Hoy el Hormiguero recibe a través de esta entrevista a una de las plumas más importantes de la LIJ que ha sabido con su obra trascender no sólo las fronteras de su patria y las de Latinoamérica, sino que ha llegado allende los mares. Hablamos del escritor, ensayista e ilustrador Joel Franz Rosell, un autor, un embajador de la LIJ con un amplio conocimiento en el maravilloso pero arduo camino de la creación literaria.
Ha publicado varios libros que lo han llevado a recibir distinciones y premios, además de haber participado en numerosos congresos y ferias del libro en Alemania, Argentina, Brasil Colombia, Chile, Cuba, Dinamarca, Ecuador, España, Francia, Italia y Suiza, entre ellos varios congresos de la Organización Internacional del Libro Infantil (IBBY).
Agradecemos su amabilidad para acceder al pedido del Hormiguero Lector...., verdaderamente un Maestro al que hay que leerlo, pensarlo y seguirlo...
—¿Por qué se te ocurrió ser escritor?
Porque me gustaba
endiabladamente leer y, en un momento en que me faltaron libros, quise escribir
las historias que necesitaba absolutamente seguir leyendo. Escribí las
aventuras, las vidas y lugares que me hubiera gustado tener. Eso fue entre 12 y
19 años, más o menos. Después, paulatinamente, fui tomando la literatura en
serio y comencé a pensar no solo en mí mismo, o en divertir a mis hermanos,
primos y amigos más cercanos. Los libros los lee mucha gente; a veces muy lejos
y mucho tiempo después, y eso implica cierta responsabilidad con lo que se dice
y cómo se dice.
—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?
Escritor se nace y se hace. Por supuesto, cuando decimos “se nace” nos
referimos a que desde la temprana infancia se van adquiriendo competencias y
deseos que nos llevarán, sin que lo hayamos premeditado, a un oficio, vocación
o afición (que todo eso es el arte de escribir). Pero uno puede frustrarse,
aunque tenga talento, si no se dota de las herramientas necesarias: leyendo
mucho (los mejores autores y algunos
malos también) y leyendo con mucha atención. No basta con querer ser escritor,
no basta ni siquiera con tener alguna buena historia que contar o con que te
guste hacer versos. Tienes que tener muchos
deseos de hacerlo… y condiciones mentales para ello.
—¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?
Ambas cosas. Yo no soy un escritor realista. La realidad pura me basta
con vivirla, con leerla en la prensa, con padecer sus consecuencias y disfrutar
de sus cosas buenas. Para poder hacer los cuentos y novelas que me gusta y me
interesa aportar al mundo, necesito de la fantasía. Y no solo como un
condimento, sino como materia prima y motor de mi creatividad. Casi todo lo que
he escrito es una mezcla de realidad y fantasía. En algunos casos, la fantasía
prima y en otros lo real está más presente. En el primer caso me salen libros
como “Concierto nº7 para violín y brujas” o “Pájaros en la cabeza” y en el
segundo, libros con algo de trama detectivesca como “Mi tesoro te espera en
Cuba”, “Exploradores en el lago” o “La Isla de las Alucinaciones”.
—¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritor?
Yo estudié en la facultad de letras y comencé a trabajar como asesor
literario. Es decir que yo ayudaba a otras personas a escribir o diseñaba las
políticas de promoción de la literatura y la lectura en un municipio o una
provincia. Eso fue en Cuba, entre 1979 y 1988. A continuación, al mismo tiempo
que desarrollaba mi carrera de escritor, trabajé como periodista en Radio
Francia Internacional y como profesor de español en colegios de Dinamarca y
Francia, y de literatura hispanoamericana en una universidad francesa.
—¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?
Esa es una pregunta muy difícil puesto que te gusta especialmente un
libro por razones diversas. Me gustó “Vuela, Ertico, vuela” porque me salió
como si ya lo tuviera escrito en algún sitio y con una intervención casi mágica
(apareció en la misma revista que un artículo mío, uno del filósofo Edgar Morin
que me ayudó a darle una dimensión mayor a la historia). Me gustó mucho “La leyenda de
Taita Osongo” porque, aunque me llevó muchísimo tiempo terminarlo, me permitió
comprender un secreto de familia. Me gustó mucho “La canción del castillo de
arena” porque es mi primer libro como autor e ilustrador. Me gustó mucho
“Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho” porque en ese libro recreo
mi casi natal ciudad de Santa Clara y porque es la primera vez que escribí en
primera persona. También me está gustando mucho escribir la serie Gatito
(Kalandraka) porque me ha permitido comprender a los más chiquitos.

Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es la relación dentro
de la escuela en CUBA? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los
niños?
La escuela ha cambiado mucho en Cuba si comparas los tiempos en que
comencé la primaria (los 60) con la época de oro (1973-1989) y los tiempos
difíciles actuales, en que faltan recursos y maestros calificados. Cuba no es
el mejor ejemplo en promoción de la lectura en la escuela; aunque los manuales
escolares son gratuitos e incluyen literatura infantil de diversas épocas y
países, e incluso se hacen algunas ediciones de LIJ exclusivamente para las escuelas.
Allá no se realizan, de manera sistemática y eficaz, las visitas de escritores
a colegios que son frecuentes en Argentina, España o Francia (por citar países
que conozco bien) y hay demasiada insistencia en la propaganda ideológica.
A nivel global, hoy la escuela vive el desafío de trasmitir muchos más
conocimientos que antes; porque la historia de la humanidad es más larga y
compleja, porque la ciencia y la tecnología avanzan a velocidad inaudita,
porque la sociedad moderna es muy complicada, y porque las familias están
descuidando un poco la formación de valores, y se espera que los maestros
suplan esa carencia.
—¿Sos muy sensible, como tus personajes?
Ja, ja; no. Yo tengo “un corazón de piedra”. Solo lloro con los finales
de algunas películas.
Bromas aparte, debo decir que me preocupa mucho nuestro planeta, que me
enfurecen las injusticias (económicas, sociales, de género) y el comportamiento
brutal, egoísta, de muchos poderosos… o de personas comunes que viven como si
los demás no fueran “el prójimo” sino un enemigo letal. Hay mucho egocentrismo,
mucho egoísmo, mucha indiferencia en nuestro mundo. Esas cosas me duelen y me
preocupan, y están presentes en muchos de mis cuentos y novelas.
—¿Qué te hizo ser así?
Es la educación familiar, sin dudas. Mis padres, ambos maestros, eran
personas muy honestas, que todo lo consiguieron por esfuerzo propio y que no
podían aceptar nada que no hubiesen ganado por su propio esfuerzo. Al mismo
tiempo, siempre estaban dispuestos a ayudar a otras personas con menos
educación o peor situación económica. Ser buena persona, ser generoso y
educado, estar atento a los demás… con esas simples reglas puedes ser feliz y
hacer feliz en torno a ti.
Pero sin renunciar jamás a incrementar tu saber, tus experiencias, tu obra.
—¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en tu país? ¿Y en
Latinoamérica? Vos recorriste y viviste en varios países latinoamericanos y
vivís en Europa.
Cuba tiene una de las más antiguas y ricas tradiciones de literatura
infantil y juvenil del mundo hispánico. En fecha tan temprana como 1889
escribió José Martí el primer clásico infanto-juvenil de nuestra lengua: La
Edad de Oro (en principio era una revista, pero sus cuatro números se publican
desde 1921 en forma de libro). Hasta 1950 se publicaron unos pocos libros
importantes de autores que, cuando hubo suficientes recursos y la mentalidad
necesaria permitieron la eclosión de toda una literatura infanto-juvenil cubana
moderna a partir de 1960.
En la actualidad se publican muchos libros en Cuba, y prácticamente en
todos los géneros y estilos. Predomina la literatura realista y un tipo de
narrativa de estilo poético. Las temáticas, a mi modo de ver, no están siempre
suficientemente cercanas a las necesidades, posibilidades y gustos de los
chicos. Últimamente están apareciendo los álbumes ilustrados
(aunque se impriman en tapa blanda, para que no salgan caros) y bastante
fantasy y ciencia-ficción. Hay muchos autores de talento y buenos libros. Pero
insisto en que las tramas tienen que acercarse más a los chicos y hace falta
más humor y optimismo.
Después de cierto retraso, desde los 90 casi no hay país de América
Latina que no tenga una producción variada y rica de libros para niños y
jóvenes. Argentina y Brasil siguen a la cabeza, con México y Colombia cada vez
más cerca. Me parece más realismo que fantasía y, extrañamente en el continente
del realismo mágico, relativamente pocos libros que combinen acertadamente las realidades
que vivimos, y que son complejas para los jóvenes, y la fantasía que desborda
en las pantallas (la gran competencia del libro). Creo también que hay que
cuidarse del didactismo: nuestro continente tiene una historia riquísima, tanto
como nuestro folclore; pero a veces los libros que tocan una y otra temática
carecen de fluidez, de agilidad, de una trama de ficción a la altura de los
hechos, y de personajes vivos y atractivos. Otro problema es la difusión de
nuestras ediciones. No hay en América Latina suficientes librerías y las ventas
directas a las escuelas no pueden suplir esa carencia sin establecer una
relación entre literatura y enseñanza que no es buena para el desarrollo del
amor por la lectura literaria. Y no hablemos de la ausencia de libros de los
países hermanos. Si algunos autores para adultos pasan las fronteras, sus
mejores colegas para chicos son mucho menos leídos fuera de su país. ¿Cómo
hablar así de literatura latinoamericana?
—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?
Tiene que ser un gran lector. Eso es lo
primero y es lo fundamental. Lo demás se consigue trabajando… y viviendo. Niñas
y niños pueden escribir, como pueden dibujar, bailar, cantar, ocuparse del
jardín de la casa o ayudar a sus padres a cocinar. Pero escritor, lo que se
dice escritor, solo se es cuando se ha madurado lo suficiente, leído
enormemente, y adquirido la capacidad para autocriticarse y mejorar en
profundidad y estilo lo que uno escribe… ya no para sí mismo ni para compartir
con sus seres queridos, sino para ponerle al mundo algo que todavía no tiene.
—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o
indomable? ¿Por qué?
El gran escritor y pensador cubano José Martí
dijo: “a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica,
sino que ha de resistir como el
bronce y vibrar como la porcelana”. Lo mismo vale
para toda la literatura (aunque se publiquen también libros malos o para pasar
el rato).
Un libro que no estremece, que no conmueve, que
no cambia algo en la vida de sus lectores, que no se resiste a los modelos ya
usados… ¿vale la pena? No para mí. El tiempo que nos toca vivir es escaso, y es
mejor que el tiempo que pasamos leyendo sirva de algo: para enseñarnos algunas
verdades, adquirir competencias o, en el caso de la literatura, para hacernos
vivir otras vidas y obtener recuerdos de algo que no hemos vivido (como dijera
Borges). Si alguien pasa la última página de uno de mis libros y dice: “¡Bah!”
me echo a llorar.
Joel Franz Rosell
París, 23 de septiembre de 2019
@ Eduardo R. Burattini