Por María Cristina Alonso
Tengo un archivo en la computadora con textos sobre la
dictadura, sobre el horror de la represión, sobre el exilio, sobre la
resistencia. Son poemas y algunos cuentos que guardo porque siempre es bueno
tenerlos a mano cuando es necesario hacer memoria.
Muchos son autores
muy conocidos, otros no tanto. Un poema, por ejemplo habla del exilio. En “Bajo la lluvia ajena” Juan Gelman dice:
“No debiera arrancarse a la gente de su
tierra o país,
no a la fuerza”.
Gelman, uno de nuestros más grandes poetas, periodista y
militante tuvo que abandonar el país tras el golpe militar de 1976. Su largo
exilio lo transitó por diversos países: Italia, Francia España, Nicaragua y
México. En Argentina, su hijo Marcelo y su nuera Claudia, embarazada de siete
meses, desaparecieron. El exilio fue, entonces, para el poeta aun más doloroso
y desgarrador. Durante años buscó a su nieta y la encontró en 2000, después de
una incansable búsqueda.
El exilio fue también para Gelman una forma de resistencia. Su obra
toda es un testimonio del dolor y sufrimiento que se vivió durante la dictadura.
Nunca dejó de denunciar y de reclamar justicia. En medio de la adversidad,
alejado de su patria escribe:
“Tenemos que aprender a
vivir como el clavel del aire,
propiamente del aire.
Soy una planta
monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de
mí y no nos ata un tallo, nos separan dos
mares
y un océano. El sol me mira cuando ellas
respiran en la noche,
duelen de noche bajo el sol. (Roma, 14 de mayo 1980)
Otro poema
explica el tiempo de persecución permanente con sus consecuencias de disolución
de la vida cotidiana, de destrucción del individuo, de devastación. Ahora es
Paco Urondo el que lo escribe en un poema, “Por soledades”:
Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia,
sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia, esa
organización, se
siente perseguida…
De Cuentos de batalla
Paco Urondo fue un poeta periodista, docente y militante santafecino que cayó asesinado en Mendoza en 1976 cuando iba con su mujer y su hija de 11 meses a una reunión política. En su intensa obra dio cuenta de la violencia que atravesó su época. En 1973, en la cárcel, convivió con tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew y recogió sus testimonios que, más tarde, en su liberación, fueron publicados en su libro La patria fusilada.
Para Paco Urondo la verdad era la única realidad:
Del otro lado de la reja
está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe
bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la
explotación o de la producción. (“La verdad
es la única realidad”, Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973)
En este archivo tan
disímil aparece la voz de Ana María Ponce, que escribe en cautiverio desde la
ESMA recordando en un poema al amor ausente:
Y si de vos
me dijeran que no exististe,
les gritaría que me quedan,
tus ojos tristes,
tu caminar lento,
tu sonrisa apenas esbozada,
tu caricia leve,
y una espera,
una larga espera
de la que no volveremos
nunca,
o tal vez si …
(Ana María Ponce, Poema escrito mientras
estaba cautiva en la ESMA)
El 11 de enero de 1977, Godoberto Luis
Fernández, el esposo de Ana María, fue detenido por fuerzas del Ejército. Seis
meses después, el 18 de julio, día del cumpleaños de su hijo, Ana María fue detenida
por fuerzas de la Marina, y llevada a la ESMA, donde permanecería hasta febrero
de 1978. El lunes de Carnaval, último día en que se la vio con vida, a “Loli”
(como la conocían en la ESMA) le informaron que tendría una entrevista con el
director del centro clandestino de detención y torturas, el almirante Chamorro,
para que efectuara un “mea culpa” público y así lograr una “supuesta”
legalización de su condición. Intuyendo su suerte, “Loli” dejó en manos de
Graciela Daleo, una compañera de detención, todos los poemas que había escrito
durante el tiempo que duró su secuestro. Graciela, sobreviviente de la ESMA, es
quien logra con contactar a familiares de Ana María para entregarles esos
conmovedores textos.» (Fuente SEA)
Juan Gelman escribió, para comentar y
celebrar estos escritos en una contratapa de Página 12: “La poesía la hizo más
libre que sus asesinos.”
Junto con los escritos de Ana María que imagina como es la vida fuera de
su prisión, aparece un poema de Clara Arias que habla de la naturalización del
horror. Se pregunta qué manos de hombre o de mujer cosen las capuchas que los
represores les ponen a los prisioneros. Imagina que con las mismas manos que se
cosen disfraces de hadas para la escuela se hacen las terribles bolsas negras. Arias,
que escribe poemas en los que se hilan la memoria, la identidad con lo cotidiano,
dice:
¿Quién cosía las
capuchas
para los detenidos de la ESMA?
alguna vez una mujer
habrá agarrado un dedal,
un hilo, una aguja.
O habrá enhebrado paso a paso
con la punta de un carretel
los ojales de una máquina de coser.
No sé porqué digo mujer
tal vez porque recuerdo a mi abuela
las tardes de costura,
no había hombres en esas tardes
en ese universo de cajas de botones
y retazos de telas.
Una tarde, alguien
con un rollo de tela negra
habrá tocado el timbre de la casa de Dorita
la que hacía los trajes para bailar el minué
en los actos de la escuela
o aquel disfraz de hada madrina,
le habrá pedido treinta mil bolsas
treinta mil bolsas negras.
Alguna vez una mujer
o un improbable hombre
se sentó a coser
con paciencia y esmero
como quien cose una batita
para un niño por nacer
las capuchas que usaban
los detenidos de la ESMA.
No hacen falta muchas palabras para nombrar al horror.
Los vehículos que se llevaban a los secuestrados, los Falcon verdes son descriptos
por el poeta salteño Carlos Jesús Maita:
El Falcon de la patrulla se desliza,
lento,
como un largo lagarto por el parque oscuro.
Su ojo de sangre va manchando la hierba.
De Los pañuelos de las Madres
(2006)
Solo el poema puede sintetizar temas tan
trascendentes y universales como el exilio, la persecución, el cautiverio, la
naturalización del horror. Lo que no puede decir la comunicación habitual queda
expresado en el territorio de la poesía. Estos textos, y otros que dan cuenta
de una época de crueldad indescriptible, nos interpelan, nos cuestionan, nos muestran
otras visiones del mundo.
Descifrar el mundo para
no quedar indiferentes a las cosas que nos rodean. Lo dice Irene Gruss (Buenos Aires,1950- 2018):
«Mientras tanto»
Yo estuve lavando ropa
mientras mucha gente
desapareció
no porque sí
se escondió
sufrió
hubo golpes
y
ahora no están
no porque sí
y mientras pasaban
sirenas y disparos, ruido seco
yo estuve lavando ropa,
acunando,
cantaba,
y la persiana a oscuras.
De Solo de contralto












