Siento que la poética de Liliana Bodoc me toca muy de cerca, es más, me atraviesa
como la quilla de un barco de vapor. Su imaginación me desafía a imaginar un mundo más
equitativo, más justo, más renovador de estructuras sociales anquilosadas que precisamente
sus ficciones invitan a poner en movimiento, a revisitar, no sin antes haberlas puesto en
cuestión, en un desplazamiento sin fin. No podría decir que estoy a gusto por dentro de
dentro de todos sus libros. Porque algunos son incómodos. Pero precisamente es esa misma
incomodidad, ese sentirse fuera de lugar es lo que señala la eficacia de una poética bien
orquestada, operativa, y que a la larga depara felicidad. Porque hay alguien que también
comparte con nosotros las preocupaciones por vivir en este mundo que no demuestra
funcionar precisamente en armonía.
Sus niños, niñas o sus héroes o heroínas, inquietos siempre, también me interpelan,
porque de la inquietud a la rebeldía subyace solo un paso. Y pienso que esa mujer que “no
concebía escribir sin cambiar el mundo” roza mis principios y mis ideales de escritor más
de cerca. Cada vez que la releo me interno en los intersticios del corazón de su creatividad
y sus ideas. Y eso me resulta apasionante.
Está claro que el mundo tal como funciona está patas arriba. De solo descorrer la
cortina del dormitorio que da a la calle (como lo hice ayer por la tarde) uno ve a una nena
pidiendo dinero o bien se le rompe el corazón al ser testigo mudo de gente pidiendo pan o
agua fría en este verano que se ha manifestado tórrido en el Cono Sur. O cuando en un
semáforo nos paran dos adolescentes para pedirnos lo que tengamos, algo para comer.
No podría escribir un nuevo In memoriam de Liliana Bodoc sin volver a releer por
sexta o séptima vez (tal vez más) su nouvelle El perro del peregrino. Si bien tengo bastante
fresco el resto de su corpus no menos cierto es que esa breve novela remueve los entresijos
del alma sea uno o no creyente, porque no está escrita con intención doctrinaria sino más
bien de un profundo homenaje a palabras que honran a la condición humana y que honran a
la bondad, y el amor encarnadas en la gran figura “del galileo”. Y tiene por protagonistas a
algunos personajes del Nuevo Testamento y a otros que fueron el producto de su
imaginación creativa. Lo más cautivante de la historia es el modo como Liliana Bodoc se
las ingenia para evitar pronunciarse acerca de los hechos sobrenaturales del galileo, pero a
la vez ratificando su condición suprasensible. Toda una serie de chismes de gente que
asegura o niega su condición divina matiza el texto de Bodoc.
Está tan bien ilustrado el Mal, con la figura de un extranjero y su perro amenazante,
frente a la figura de Jesús que es el contrapeso de esas intrigas, esas mentiras, esa
seducción, esa sensualidad con la que aspira a destronar a los pactos de lealtad entre
semejantes y sembrar la cizaña. De este lado de las cosas, está el galileo, con su perro Miga
de León, pequeño pero fiel a su amo hasta los últimos instantes de su vida. A quien salvó
de las aguas del lago Tiberíades de cierto intento por matarlo siendo cachorro con sus
pequeños hermanos de un hombre que quería ahogarlos para no tener que velar ni alimentar
esas bocas.
La poética de Liliana Bodoc ha venido a sacudir el edificio de la literatura argentina. ¿Y
qué vino a aportarle a esa construcción siempre provisoria? En primer lugar colaboró para
socavar un realismo que ya venía golpeado en nuestro país por escritores de literatura
fantástica como Borges, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, J. R. Wilcock, una
formación de autores y autoras de ciencia ficción y la primera tentativa de épica fantástica
en Argentina: Angélica Gorododischer, que fue un primer desembarco que luego Bodoc
consolidó. También riesgo, audacia, fantasía, imaginación desbocada y desbordada,
justicia, indignación, poesía, una gota perfecta de prosa que supera a muchos de la
generación de los maestros, y esa originalidad de Bodoc al internarse por territorios poco
transitados y también, por qué no decirlo, temidos, fueron afrontados con una valentía, una
autoridad, una seguridad de pluma, una documentación, un equilibrio que no se conocían en
la literatura argentina hasta ese momento.
Es cierto que había habido previamente proyectos creadores novedosos, que venían a
sacudir el polvo anquilosado de formas y temas del realismo, pero Bodoc se atreve a
alcanzar cimas de insurrección y libertad de naturaleza fabulosa que también deja de
interesarse por las consecuencias que le traerían o podrían traerle incursionar por tal o cual
nuevo sendero que afrontaba cuando se ponía a escribir.
Lo hizo todo. Desde obras ambiciosas, extensas, de estructura compleja, elaborada,
hasta otras cuyo portento venía dado por una brevedad concisa y su argumento
deslumbrante pero que no por ello renunciaba a afianzarse en territorios nuevos y
exploratorios en el plano de los argumentos y las formas. Novelas extensas, de forma
intrincada, algunas incluso inconclusas o que sus hijos terminaron en coautoría. En fin,
tampoco faltó el teatro, la literatura infantil con esa bocanada de aire fresco que siempre
trae y con la que nos regocija. Y una factura perfecta que admiraba y dejaba absortos a
editores y lectores y lectoras por su alto nivel de perfección. Argumentos que abordaban
tramas renovadoras. Y una escritura bella, bellísima, que parecía esculpida en metales
preciosos y afianzada en el aroma perfecto de los jazmines.
Los principios están siempre en Bodoc. Bodoc no puede escribir sin poner en acción la
maquinaria de la ética orientada al semejante con afán de justicia. Pero no desde la
propaganda o la cándida moraleja sino desde argumentos que desafían el sentido común. Y
no puede olvidarse de los grandes perdedores de la historia de todas las civilizaciones. Los
que han quedado a la retaguardia o lo habían quedado hasta hace poco tiempo pero son
quienes ahora en ocasiones están a la vanguardia protagonizando grandes revoluciones.
Universos creativos que abren los sentidos, que subvierten los patrones sociales tales
como están naturalizados y ella precisamente se propone la fundación de nuevos mundos
con leyes y personajes transformados de pacientes y en los nuevos agentes de cambio
social.
No hubo una sola etapa de mi vida en que pudiera decirse que me haya apartado del
mundo Bodoc. Jamás dejé de releerla. Un poco no me lo han permitido personas que saben
cuánto me ha calado, con qué intensidad he leído y su sensibilidad creadora me ha sacudido
literalmente hasta mis zonas más recónditas con pedidos para sus publicaciones. Otro poco
motivado por mi propia iniciativa. Es que uno viene de las Letras en donde nos hicieron
leer y otro poco ha elegido leer mucho. Sin embargo Bodoc fue un descubrimiento personal
y que permanece vigente desde aquel atribulado 2002 en que por primera vez tuve uno de
sus libros entre mis manos hasta este 2026 en que la ceremonia renueva el sortilegio de su
embrujo.
Hasta aquí, y durante largos años, he recordado a Liliana Bodoc una vez que ella hubo
partido. ¿Y si diera vuelta la frase? Tengo 55 años. Pueden pasar muchas cosas en mi vida
y yo puede que me marche de este mundo ignoro cuándo ¿por qué no? ¿cómo me gustaría
ser a mí recordado? ¿es que acaso nos pensamos omnipotentes e inmortales, fuera del
tiempo histórico? Creo que ser recordado como un lector militante de Bodoc sería un elogio
superlativo para mi epitafio. Prácticamente condensaría en un nombre propio todo un
conjunto de ideas, ideologías, prácticas sociales, principios, ideales, una estética, un
universo de valores. Lo he intentado todo. Ha habido homenajes sobre su carácter y su
temperamento, retratos, encuentros imaginarios con ella, con su esposo Antonio y también
con otros escritores y escritoras que consideré dignos de formar parte de un coloquio
siempre incesante con ella. Hubo artículos críticos que abordaron su obra en relación con la
tradición, otros sobre su corpus en forma abarcativa, una entrevista que le hice vía email y
publiqué luego en libro, reseñas de textos de narrativa breve y extensa que abordé en forma
particular, miradas sobre su proyecto creador desde la politización del discurso literario,
mucho más aun teniendo en cuenta que se trataba de una mujer, género desplazado hacia
los arrabales del poder, notas para blogs sobre literatura infantil y juvenil, en otros casos
puse su poética en diálogo con otras no realistas también argentinas y qué lugar ocupaba en
el sistema literario argentina su obra. En fin, una obra de tan portentosa imaginación
invitaba a proseguir la crítica y la revisión por muchos medios. A embarcarse en la aventura
de conocerla a fondo. Hasta llegué a esa zona vagamente difusa de las emociones privadas,
narrando en un texto íntimo lo que me había sucedido el día que me enteré de su muerte, mi
contestación automática con un texto evocativo bajo la forma de un In memoriam
instantáneo la tarde misma en que me enteré aquél fatídico 2018 que había fallecido de un
ataque cardíaco. No quedó rincón por recorrer, sendero por hollar, conversé con sus
familiares, me escribieron cosas entrañables porque comprendieron que estaban frente a
alguien en quien la obra de esa esposa, madre, hermana había profundizado de tal modo
que había habido una comunicación y una comunión a fondo, de naturaleza total. Diría
insuperable. Esto es lo que vengo a decir este día de febrero. Que efectivamente es de tal
vitalidad la naturaleza de Liliana Bodoc como autora, de tal fortaleza indestructible, que
siempre, siempre que esté vivo, quiero decir, habrá un texto disponible para ella, que yo
habré escrito, probablemente serán desparejos, pero no siempre mi pluma está lo
suficientemente inspirada, y que no se parecerá a nada que haya hecho antes. He publicado
artículos, notas y entrevistas a Liliana Bodoc en EE.UU., en México, en Venezuela, en
distintos medios de Argentina, tanto diarios, semanarios, revistas, académicas, como dije,
blogs. En fin, el texto se sigue escribiendo porque ella sigue siendo leída y por lo tanto ella
sigue viva. Leo la poética de Liliana Bodoc a cada rato y en todo momento. No hay
descanso. Y en esta lectura general de la poética de Liliana Bodoc, una parte mía muere y
otra renace. En un peligroso juego sin fin. Ese joven que de modo incandescente se
desangraba literalmente escribiendo sus homenajes, hoy es un adulto de mediana edad que
también languidece por momentos con una fortaleza que ya no es la de antaño. Y en este
nacer y renacer en cada nuevo texto sobre Liliana Bodoc, una nueva arruga aparece. El pelo
encanece o se cae. Los músculos se debilitan. El tiempo hace acto de presencia y mi cuerpo
es materia sensible. Perecedera. Quedan los textos, en un sacrificio perenne, que la alojan y
procuran enaltecerla en su condición de talento literario mayor.
















