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sábado, 9 de noviembre de 2019

“Escribir la ilimitada libertad: Esta vez había una vez de Belén de Larrañaga”


                                                                                                               
                                                                                                 por ADRIÁN FERRERO





Belén de Larrañaga, autora infantil argentina, ha realizado una hazaña. Ha logrado narrar, en verso, probablemente al estilo en que lo hacía el antiguo romancero pero con una sutil diferencia, acudiendo al nonsense, una historia de un príncipe malcriado que se enamora de una princesa con barba. Y tan malcriado resulta ser este príncipe por su madre, que al corroborar que se trata de un fulminante flechazo, ella decide imponer la moda de las barbas en el reino todo, para que no salten a ojos vista las diferencias semiológicas. De este modo invisibilizado un rasgo inaudito, convengamos, infrecuente en una princesa, el romance podrá oficializarse sin suspicacias ni pérfidas habladurías. Serialmente, el reino entero gozará de una fisonomía que no desentone con la de esta princesa que se espera que a su vez dé a luz herederos tan barbados como ella, pero en un reino en el que de modo uniforme no llamarán la atención. En efecto, la historia de amor se concreta, el amor se consuma, terminan comiendo “maní y miles de hormas/ de queso apestoso y con gusanitos”.  Un menú acorde a las mejores ocurrencias de Lewis Carroll.

     Belén de Larrañaga es una autora de literatura infantil y juvenil radicada en la ciudad de La Plata, Lic. en Comunicación Audiovisual por la Universidad Nacional de La Plata con especialidad en Guión. Ha publicado otros títulos en Editorial la Brujita de Papel, como Moloso (ser un villano no es fácil) y Lasa aventurasa de Botazul y otros cuentos de piratas.

     Pero regresemos al libro. Entre un hijo que parece más un chico que un joven, una princesa que se parece bastante más a un rey barbudo que a su eventual hija heredera y una reina todopoderosa que con tal de cumplir los deseos de un hijo por el que desfallece tuerce la realidad con el objeto de que se ajuste a sus caprichos se arma la arquitectura argumental de Esta vez había una vez. Hay, también, de esto conviene tomar nota, un rey ausente. ¿En qué recóndito lugar una barba masculina habrá sido sustraída?

     Así, bajo la forma de un mandato que aspira a imponer la ideología de una moda tirana, Belén de Larrañaga pone patas arriba los cuentos tradicionales, invierte fórmulas y corroe las versiones oficiales desde el desacato. Y es que, bien mirada, tal vez esta sea una parábola sobre la aceptación.Pero también sobre la rebelión. Y sobre todo de la rebelión de quien escribe y lo hace forzando los límites de un género, por llamarlo de alguna manera, al que lo conmina a jugar según sus propias reglas. Y no se deja amedrentar por la obediencia. Belén de Larrañaga opera sobre la tradición mediante complejas operaciones de un trabajo de reescritura no solo por lo que supone de espesor discursivo sino por lo que supone de urdimbre con la ideología de la composición y también de sus temas. Arrebatada por el furor de tener que obedecer a una serie de reglas que considera ilegítimas por codificadas, por estereotipadas y hasta concebidas desde la matriz de la exclusión las hace estallar semántica y formalmente sin reparos pero no desde una economía de la violencia sino más bien a partir de un profundo cuestionamiento desde la propuesta que realiza transacciones con el humor. 

     Las identidades de género están trastocadas, son inestables, eso es evidente, desde una semiología, como dije, que desarticula las represetaciones que suelen emitir la cultura oficial de los relatos de esta vertiente literaria. Los roles entre madres e hijos están atravesados por una ternura llevada al exceso que sin embargo encubre la parálisis y el colapso de un príncipe que lo conduce a la inutilidad. Un príncipe que no tiene capacidad de iniciativa así como tampoco diera la impresión de ser demasiado despabilado. Sino que acude a una figura tutora para que cumpla sus deseos o, en todo caso, los resuelva. A diferencia de los cuentos tradicionales, en que los deseos se les solicitaban a las hadas, no a las madres, en este caso se trata de personas de carne y hueso por añadidura femeninas, otra ruptura con el género. Por último: una madre que sucumbe de los deseos más ridículos de un hijo (si bien el amor no es en ningún caso un afán ridículo) enla decisión por satisfacerlo en tanto lo consiente.
     Belén de Larrañaga transcribe en este libro como paratexto bajo la forma de un epígrafe un breve fragmento del autor inglés Roald Dahl: “No importa lo que usted sea o parezca, mientras alguien lo ame”, del libro Las brujas (1983). Esta frase, naturalmente, dialoga de modo inevitable con el contenido de la trama. Ser amado es la justificación y el fundamento último de todo ser humano. La condición que, de modo inclusivo, le permite devenir un ser social y un ser dichoso. De otro modo, el sujeto queda sumido en el aislamiento, la imposibilidad de comunicarse, el colapso, se consume, se disipa en tanto que persona y personalidad. Pienso que esa es la clave de lectura de Esta vez había una vez. Ser lo que se es porque otro nos inviste de la condición de seres deseados. Sin deseo, sin deseo erótico  para el caso, no hay amor y sin amor no hay completitud posible.

     La princesa por su apariencia ignoro si es alguien extravagante. No sería tan superficial en afirmar semejante cosa, y menos en un cuento escrito en verso. Pero su aspecto sí lo es según el orden de lo consuetudinario. Y desde la ya mencionada semiología sería posible inferir que la relación que establezca con el mundo será igualmente desemejante que la que mantenga con el resto de sus pares. Una barba es un atributo masculino. En la fisonomía de una princesa, todo conduce a pensar que ese ser fuera de serie no solo parece alguien distinto sino actúa otro rol. Sin embargo, la autora conjetura que las cosas pueden no ser tan simplistas. Y siembra de incertidumbres esa aparente credulidad espontánea. En efecto, si el final, prácticamente a ritmo a despedida triunfal, es la consumación del romance (en su doble acepción de forma poemática y relación entre ambos), las cosas no eran tan disfuncionales al sistema de roles como parecían. Porque la llave para ingresar en este libro no es lo que se supone debe ser sino lo que podría ser y no es. Y podría ser exitoso y hasta provocar regocijo si nos quitamos de encima todo cliché. La barba que la ilustradora de este libro ha concebido es prácticamente rubia y es confundida con una red como primer indicio por el príncipe. En efecto, la ilustradora de este libro, Florencia Cassano, en unos pocos pero refinados trazos la figura que definirá el rasgo que podría resultar escandaloso a los ojos de esa sociedad de iguaoles. En tal sentido, se esmera porque lo en principio distinto sea singular.

     Acudiendo al absurdo bajo la forma del verso rimado. A la lógica, precisamente, del nonsense, al desparpajo, al humor, al disparate, lo anticonvencional, una economía de lo incierto que deja en vilo al sentido común, Belén de Larrañaga pone patas arriba a los cuentos tradicionales en un tour de force magnífico. Insurbodina los signos. Demuestra con pluma maestra que es capaz de despedazar centurias de tramas previsibles y establecer temas de actualidad de una vigencia sin precedentes a partir de una relectura del canon en clave transgresora. No obstante, no acude al lugar común de la categoría de género como choque contra la interpretación inmediatamente antecedente sino como algo mucho más hondo y profundo: a una revisión en el sentido que desde el  canon el humor puede ser provocador pero también no agresivo ni ir al encuentro de la confrontación. Reubica la relación apariencia/realidad. Y, sin utopismos gastados pero sí con una inveterada fe en la utopía, concede que lo que parecía imposible así como se plasma en cuento puede irrumpir con brutalidad en el orden de lo real sin demasiadas transiciones ni tampoco demasiadas transacciones. El universo cifrado en estos términos, admite aquello que la crítica Rosemary Jackson ha denominado “imposibles semánticos” (Fantasy. Literatura y subversión, 1981), dentro de los cuales esta trama tan por fuera de los lugares transitados queda inscripta en una tradición ya nutrida de revisión y corrosión del canon y las instituciones que con poder absolutista lo han revestido de esa jerarquía. En efecto, si desde el pasado asistimos al retorno de una serie de convenciones provenientes de un corpus irremediable e indefectible, no menos cierto es que existen en la actualidad tramas y temas de una urgencia para la escritura creativa que no puede esperar. En esa situación se implica Belén de Larrañaga. Con pericia, desde el orden del control magnífico de los recursos literarios y sin falsos pudores ni menos aún actuando según lo que supone serán los significados previsibles. Por fuera de toda moda. De todo mandato. De toda brutal expulsión, intercepta las normas y con irreverencia y delicado vigor interviene sobre un consenso de generaciones para organizar la economía de la representación a partir de nuevas pautas: las que ella misma dicta. Y lo hace desde una radical originalidad.

     Iconoclasta en sus giros. Agitadora en sus gestos pero sin rastro de hacer una escena en el teatro de la escritura fuera de lugar o sin modales, Belén de Larrañaga arremete contra el control discursivo un sistema atributivo según el cual los géneros literarios han de responder a una estipulación y a una regulación. Sin aceptarlo, lo impugna con su pluma.



     La escritura es poderosa, parece afirmar con contundencia Belén de Larrañaga. Tan poderosa como peligrosa. Porque consiste en repensarnos como sujetos, como identidades estables, fijas, inmóviles y como sociedad normalizada. Una paisaje del que sin embargo para dar cuenta de él conviene tener en cuenta múltiples y diversas variables, combinaciones y puestas en cuestión.

     Belén de Larrañaga está en condiciones de resistir las tramas de la compulsión social. Ser amado por alguien es, en definitiva, el más preciado regalo para un humano. Y tal como lo refuerza desde la citada clave de lectura de esta historia, la justificación de toda vida. Pese a cualquier condición cristalizada.

     Muerto de amor por una princesa con barba, un príncipe malcriado con una madre que lo consiente, entonces, rompen todos, absolutamente todos los moldes. Siglos de un orden establecido (¿o statu quo, si así se prefiere?) que buscaban perpetuarse en tic. Volviendo a refundar el pacto social de un universo semántico que requiere, en este momento más que nunca, de la comprensión, la aceptación del distinto y de la solidaridad cómplice, Belén de Larrañaga interpela sin eufemismos al lector. Lo verdaderamente importante, como lo afirma y confirma Belén de Larrañaga, es que ambos príncipes, al cerrar las páginas del libro, son felices. Y en esa definitiva realización. En esta definitiva plenitud de los significados de la condición humana que por fin encuentran su Eros, la presente historia, tan sanadora como paródica, de tal infinita riqueza como infinita sutileza e inteligencia, llama nuestra atención acerca de penosos y prescindibles prejuicios. Conquista, por sí misma, otra feliz boda: la del arte maestro de escribir con el arte maestro de concebir el universo según normas alternativas con la más ilimitada libertad. De pensar, de sentir. Pero, por sobre todo, -y he aquí el punto- de actuar.


Narradores y Cuentacuentos: Entrevista al narrador COSME NICOLÁS GONZÁLEZ





-¿Cómo y cuándo descubriste que tu destino estaba ligado a la transmisión de la cultura a través de la oralidad?
Desde que era un niño  descubrí  la importancia de la transmisión oral. Mi padre era un gran Narrador  y todas las noches al terminar la cena surgían las historias, los relatos, las anécdotas, que a mí no solo me emocionaban, también me hacían vivir un mundo de imágenes que me subyugaban, eso solo con la palabra. Ese amor por escuchar historias con el tiempo se transformó en el mismo amor por contarlas. Los inmigrantes tienen dos formas de sobrellevar  la angustia del desarraigo, o no hablan nunca más de lo que dejaron atrás o viven recordándolo, mi padre estaba entre los que pregonaban que la vida no es lo que se vivió, es lo que uno recuerda y como lo recuerda para poderla contar y yo desde niño estoy en ese grupo de personas. Muchas veces me decían vos  por edad no podes haber vivido lo que contás y  yo lo tengo tan dentro mío que es como si lo hubiera vivido. En este tiempo en que lo visual deja de lado la palabra, relegándola a un segundo  plano, creo que es imperioso  levantar la bandera de la oralidad, como la forma más humana y cariñosa de transmitir sentimientos y conocimiento cultural.-

¿Con quién aprendiste a narrar?
Sin ninguna duda el gran maestro fue mi padre, aún sin proponérselo, con su ejemplo. Luego con el paso del  tiempo, estudié oratoria, como materia en la Facultad de Derecho.  Posteriormente me formé como Narrador Oral, con una de las profesoras más importantes de la Argentina,  Dora Apo, a quien le debo lo que soy como Narrador y con quien desde hace muchos años comparto escenario. También estudié Teatro en la Manzana de las Luces con el Director de teatro   y  Maestro de actores  Andrés Sacchi. Realice talleres con distintos narradores argentinos y latinoamericanos, Carlos Pachón (Colombiano), Claudio Ledesma (Narración Oral Escénica),  Vivi García (Puesta a punto de cuentos e historias), Gustavo Frascchia ( Narrar actuando, Actuar narrando). En Cuba con Elvia Pérez y Mayra Navarro; en Lima Perú, taller con Cucha del Águila; Taller de trabajo  con la voz,  con Laura Finguer  (Fonoaudióloga). También  intercambio y colaboración para la puesta en escena  con mis compañeros de Los Palabreros (Ricardo Cabrera y Gino Piccinini) y con el actor y narrador  Hugo Corrias.-



¿Narras  para niños y adultos? En caso afirmativo ¿Cuál es la diferencia?
Narro para niños, adolescentes y adultos.  Realmente me cuesta  mucho trabajo marcar diferencias, pues en todos los casos siento que el que viene a escuchar historias, cuentos, leyendas,  trae su mente dispuesta a conmoverse con un relato, hacerlo suyo y pasarlo por el corazón. Por supuesto  es responsabilidad  del Narrador la elección de lo que va a contar para lograr ese propósito. A mí personalmente,  me cuesta más llegar a los más pequeños, pero siempre pongo el esfuerzo por lograrlo, si bien me siento más cómodo  con adolescentes y adultos.


¿Tu principal defecto? ¿Tu mayor virtud? (como narrador)
Mi principal defecto es precisamente lo que hablaba anteriormente, me cuesta narrar para niños pequeños, por falta de cualidades para cantar y tocar instrumentos, por lo que debo valerme solo de la palabra.                                                                                                                                                                 Es difícil  hablar de mi mayor virtud, creo es la de hacer creíbles las historias  que cuento; para ello también es importante el repertorio.

-¿Cómo seleccionas tu repertorio?
Señalé la importancia del repertorio, creo es fundamental. Se puede contar muy bien pero un mal repertorio desluce todo intento de contar.  Pienso que es muy útil leer permanentemente, no con el afán de apropiarse de la primera historia que llega a nuestras manos; el cuento que quiere ser contado por vos, está esperando que lo descubras y cuando ello ocurre se apodera de tu voz. Por lo dicho, primero la historia debe conmoverte, luego recién estas en condiciones de adaptarla y llevarla a la oralidad. Es muy importante el trabajo de adaptación, las historias no deben ser excesivamente  extensas porque se corre el riesgo que el que la escucha se pierda en el relato y tampoco  tan adaptadas que se modifique el contenido, pues va a perder el encanto que a vos te conmovió, desmereciendo la creación literaria.


-¿Qué historias no debería desconocer ningún niño?
Todas aquellas que le acaricien el corazón y lo conmuevan. También las leyendas pues les hacen ver el mundo real desde una óptica más fantástica  y mágica.

¿Cuál fue el primer cuento que narraste en público?
Realmente con el tiempo me di cuenta que fui un atrevido, el primer cuento que narré en público fue “Un caballo verde”, una historia escrita por Mario Benedetti, que hacía referencia a  como se iba instalando la dictadura al comienzo de su exilio en Argentina (1975). Y el segundo cuento que narré fue  “El gol de Sanfilippo” de Osvaldo Soriano, con el que, como hincha de San Lorenzo, me sentí  totalmente identificado (Lo que dije, la historia me estaba esperando).-

Te convocan frecuentemente a realizar narraciones en las escuelas ¿Qué le piden los maestros a un espectáculo de narración? ¿Qué valorizan los chicos?
Como Presidente de la Asociación de Narradores Argentinos Delegación Oeste, estamos permanentemente narrando en escuelas, hace muy poco hicimos la Maratón “Sembrando Cuentos”  en Hurlingham y contamos para 2300 chicos en más de 24 escuelas primarias, secundarias y jardines (Turnos mañana y Tarde). Y hace poco más  de un mes  lo hicimos en Tigre, Provincia de Bs. As. .     Los chicos valorizan la presencia del narrador en lugares donde tienen poco contacto con los cuentos y te esperan muy entusiasmados. Con respecto a los maestros es muy variado el resultado, algunos maestros participan, lo valoran y trabajan luego con los cuentos  y otros, lamentablemente,  lo toman como una hora de descanso.

-¿Cómo describirías el panorama actual de la narración oral en   Argentina?
Se está viviendo una etapa de gran desarrollo de la Narración Oral. Pero también pienso que aún en muchos casos no se ha encontrado el camino correcto de cómo canalizarlo y se convierte en una secta cerrada, donde nos juntamos a contarles a otros narradores nuestras  historias y que estos otros, luego nos  las cuenten a nosotros. Pese a ello,  veo que muchos intentamos realizar espectáculos para llegar a lo que nosotros llamamos “público genuino” y eso requiere de mucho trabajo y esfuerzo, que muchos narradores estamos dispuestos a realizar y venimos batallando con distinto resultado. Es un poco el camino que el llamado Teatro no comercial, desde hace muchos años viene realizando. Pienso además que los que organizamos espectáculos, debemos tener un mayor grado de exigencia con respecto a los Narradores convocados, no podemos actuar por una cuestión de amiguismo; tenemos que jerarquizar la profesión y exigir un alto nivel de formación y de compromiso técnico e intelectual.-


-¿Se puede vivir en nuestro país siendo cuentacuentos?
Es muy difícil y son contados con los dedos de una mano quienes lo pueden hacer  y para ello deben ayudarse con el dictado de cursos y talleres.-

-¿Qué público te demanda mayor esfuerzo a la hora de narrar? ¿El público infantil o el público adulto?
Pienso que es indistinto. A mí personalmente el público infantil, muy pequeño, me demanda mayor esfuerzo,  por todo lo expuesto con anterioridad.-




@ Eduardo Raúl Burattini

lunes, 4 de noviembre de 2019

Entrevista al escritor MARIO ESCOBAR CASTEX


  Hoy nos hemos concentrado en nuestros propios senderos, hemos caminado por los caminos que nos han permitido ser un Hormiguero, nos atrevimos a esta charla con un Hacedor de las Letras que nos ha acompañado en nuestro crecimiento como Hormiguero Biblioteca con sus palabras, con sus relatos, con sus versos... Hablamos de Mario Escobar Castex, nacido allá lejos..., en un pequeño pueblo de la pampa bonaerense (Moquehua, Partido de Chivilcoy). 
  
De niño aprendió el arte de ver más allá de esos horizontes infinitos, aprendió sobre el tiempo, la espera, el adiós, ese adiós marcado por el pitar de los trenes que señalaban  lejanías y aventuras. Es así que un día se subió a uno y no paró de recorrer distancias y perseguir horizontes...., primero la Gran Ciudad y luego, durante 20 años su vida de hombre de letras y tiempo en Los Angeles, Estados Unidos, luego vino la brisa fresca de la democracia y la libertad, y en los 80 vuelve a esta su Patria. Desde sus orígenes colabora con nuestra Biblioteca y comparte su palabra, su tiempo, su obra con todos los lectores. Nos une, una gran amistad y un agradecimiento profundo...









—¿Por qué se te ocurrió ser escritor?

      Porque así se dio, no mas. Desde la primaria escribía poemas y pequeñas historias que luego rompía u ocultaba.

—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?

      No creo que se pueda decidir ser escritor si no se nace con esas cuotas mínimas de imaginación, fantasía y sobre todo observación necesarias para pergeñar algo que pueda interesar al otro.

—¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

      Cuando escribo lo hago basado en hechos reales vividos o escuchados, pero siempre dejando volar la imaginación al máximo para hacer de ello algo que despierte interés en quien lo lee.    


—¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritor?

      De cadete en el Correo local de mi pueblo, Moquehua. Enpleado de comercio en Capital Federal. Diferentes trabajos en U.S.A en Miami y Los Angeles durante 20 años que enriquecieron mi mente con otras realidades.

—¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

      Escribo poesías y cuentos cortos. De éstos, me gusto “La noche que regreso el tren”, que tuve la alegría de verlo publicado en la revista La Maga en 1995. También me gustó “Reencuentro”, imaginario encuentro de Judas y Jesús en un café de C.A.B.A.     
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—¿Sos muy sensible, como tus personajes?

      SÍ, soy un poco y casi diría bastante sensible como mis personajes.  

—¿Qué te hizo ser así?

      Creo que nací así; la vida se encargó del resto.  


—¿Cómo ves la  en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?

      Quisiera que en algunos aspectos volviera a ser lo que alguna vez fue: tierra de trabajo, de fe, de esperanza. Tierra sin odios ni rencores. Tierra de convivencia. Lo mismo veo y quiero para mi Latinoamérica, Continente – bebé que caminará sin tutelaje alguno cuando las armas y sus lacayos encuentren, por fin, el imaginario cementerio que les dé el definitivo adiós.  

—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

    Ese niño o niña tiene que ESTUDIAR. Ser fantasioso, sensible, pero sobre todo ser un bue  observador; un gran observador. Y leer , leer , leer.  



—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable?.  ¿Por qué?


Diría que pueden ser las cuatro, porque hay lectores y lectoras con gustos diversos. Pero me inclino por CONMOVEDORA. Porque por lo general lo conmovedor persiste desafiando al tiempo y a lo que está de moda







@ Eduardo Raúl Burattini

domingo, 3 de noviembre de 2019

“El caballo celoso de Javier Villafañe como ficción de la falta”


     
                                     


                                                                                                            por Adrián Ferrero





     El caballo celoso (1985, 1992 mi edición), de Javier Villafañe, es una narración en cinco partes o capítulos, precedidos, al menos en mi edición, de una “Carta a los chicos” (y no a cualquier clase de lector), que en tanto que paratexto le permite al propio Villafañe jugar a desdoblarse, por un lado, como autor del libro. Por el otro, como alteridad de uno de los protagonistas de la narración que también es titiritero, que conoce la ciudad de La Plata y que guarda otras semejanzas con él. De modo que este paratexto primordial funda las bases de un pacto según el cual el propio Villafañe tendrá una suerte de alter ego ficcional. Como iremos viendo, leeré esta obra narrativa como una ficción de la falta.  


     La historia está protagonizada por gran cantidad de animales pero que reúnen atributos humanos: hablan, se expresan, poseen pensamiento abstracto o concreto, se emocionan, según los casos, se enamoran de humanos (en este caso puntual un caballo de Lucrecia, una niña).

     La narración responde a un verosímil fantástico, no realista. Los animales, como dije, están humanizados, hay brujas que atraviesan mares y continentes, una niña puede regalar un corazón y una voz a un caballo y, muy en especial, un caballo puede enamorarse de una niña. Esta suerte de imposibles semánticos, en términos de Rosemary Jackson (1981) de cruce de identidades según el cual un animal puede desear y hasta efectivamente sentir amor por una criatura humana, se produce luego de un intercambio entre ambos en el que ella le revele algunos de sus rasgos de carácter. Y ciertos datos de su biografía. Y hasta le regale su corazón y su voz.

     Otros personajes, como sombras chinescas, se proyectan en esta narración: el Sapo Abuelo, el Mamboretá, el Titiritero, el Palo Borracho, ratones y, en sueños, toda una serie de animales que serán importantes en orden a los ejes sémicos que se desplegarán dentro del relato.

     La presencia de animales/personajes importa varias repercusiones desde el punto de vista de  los procedimientos narrativos. Villafañe acude a lo que habitualmente se denomina personificación, pero también en otros casos hay humanos que se comportan como tales. De modo que no podríamos afirmar de este libro que se trata de uno que acude a la personificación como recurso exclusivo. Hay humanos que son humanos y actúan como tales. Está la presencia, como ya lo indiqué, del personaje de la bruja, paradigma de los cuentos de hadas o de terror u horror (también algunos góticos), lo que articularía El caballo celoso con varias tradiciones. Por un lado, con la línea que acabo de mencionar. Por el otro, con la de la fábulas, de Esopo, las de la Fontaine hasta versiones contemporáneas incluso propias de poéticas canónicas infantiles argentinas,  como la de Gustavo Roldán. Como es sabido, este autor trabajó con intensidad desde su poética la flora y  la fauna del territorio del que era oriundo: el Gran Chaco.

     Tienen lugar una serie de acontecimientos del orden de lo mágico o lo maravilloso a lo largo de toda la narración.  No obstante, una de las zonas más interesantes para trabajar es el universo de lo onírico, de recurrente presencia en esta historia. El caballo sueña en tres oportunidades (tres capítulos distintos se ocupan de dichos sueños) y el titiritero también hace lo propio en una oportunidad (sucede lo miso que en el caso del caballo). De modo que se da un cruce, por un lado, entre ficción y realidad propio de toda literatura. Por el otro, ingresamos al orden de lo onírico, que tiene sus propias leyes, como es natural, pero muy en especial carece de la lógica de las leyes del mundo empírico. Los sueños son también el espacio de la utopía, con la que sabemos Villafañe se ha sentido particularmente comprometido. De modo que en esta suerte de ficción en segundo grado como son los sueños, la narración de Villafañe denota una engañosa simplicidad. Ingresaremos en una ficción en abismo, según la cual cada sueño será un relato dentro del relato. Pero un relato según una lógica propia que no responderá a la de la realidad tal como habitualmente la habitamos en la vida cotidiana
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     Los sueños, asimismo, se encadenan. Hay un hilo sutil que los va entrelazando hasta componer un friso. Y dentro de ellos sucede que son como pequeñas cápsulas dentro de las cuales acontecen cosas que serán fundamentales para el desarrollo de la narración. Si Villafañe consagra cuatro de los cinco capítulos a sueños, vemos la relevancia que le otorga a la economía propia de este universo subjetivo. Porque si los sueños son por un lado, como dije, el ámbito por excelencia de la utopía, también son el ámbito de la libertad subjetiva. Y de una gramática que no respeta idéntico funcionamiento que el de nuestra realidad. Con un encadenamiento, una cierta relación asociativa y una vinculación entre sus distintos capítulos que los pone en diálogo, los sueños narran de una manera singular. Se caracterizan por un tipo de relación entre los distintos episodios que refieren que si bien no remiten al caos si lo hacen a una capacidad de pensar el universo a partir de perspectivas ilimitadas. Esta ausencia de fronteras torna a la ficción ilimitada.

     Y también este libro es la narrativa de una emoción: la de los celos. Un caballo que no tiene nombre. O que sí lo tiene: un genérico “Caballo”, siente celos de un titiritero que conquista a la niña de la cual él se había enamorado. Un titiritero que lo desplaza del lugar al que él creía estar llamado. De modo que mucho de lo que dispare la acción y la intervención del personaje estará determinado por la sensación emocionante del amor, por un lado. Y, por el otro, la de la consternación del fracaso. Lo que conduce a la vivencia del sinsentido. En efecto, el universo de Caballo se derrumba cuando, luego de velar por detrás del Palo Borracho la casa de Lucrecia, durante largas jornadas, de dejarle flores en el balcón para acceder a su amor y, finalmente, verificar que, pese a que lo pensaba ahuyentado, el titiritero ha regresado para estar nuevamente con ella y, peor aún, de modo definitivo, morirá de pena. Y en esta partida por cierto dolorosa del personaje cuyas lágrimas terminan por devenir una lluvia sobre la ciudad, esa partida será una frustración pero también, luego de sembrada la gran pregunta en torno de la muerte: ¿qué es la muerte? ¿cómo se siente estar muerto? Preguntas ambas que había deslizado el libro en un diálogo entre dos personajes, se torna doblemente significativa. Esta partida de Caballo se carga de resonancias. El significante “muerte” nombrado previamente remite a esta circunstancia de no retorno pero en la cual evidentemente Caballo ignoramos, como en un enigma atractivo, qué estará sintiendo o qué estará a punto de sentir una vez que haya subido a los cielos. Es sabido que el cielo es la toponimia religiosa por excelencia que connota la partida de esta tierra hacia el más allá. Javier Villafañe respeta esa convención, si bien las lágrimas de Caballo, pese a estar muerto, aún siguen cayendo sobre la ciudad de La Plata.




     Hay también personajes humanos en esta trama, como el Intendente, los señores jefes y los señores ordenanzas, además del Capitán del barco en el que regresa el titiritero de sus andanzas por Europa y Oriente, la citada niña Lucrecia, pero también su madre. De modo que Villafañe no deja de lado acudir a todos los matices. Este sería entonces otro de los contrapuntos: la relación entre personajes humanos y animales que disponen de atributos de la anterior condición. Ese diálogo que establecen Caballo con Lucrecia y ese deseo que ella le inspira también es posible merced a este doble juego del animal/animado. Así como hay animales animados hay personas o, en todo caso, personajes. Dentro de este friso completo y complejo que establece relaciones entre sus integrantes,  la sociedad que forma parte de este libro se revela como riquísima. Del mismo modo, los sentimientos de los unos hacia los otros en la vida empírica.

      Otro dato curioso es que si en el paratexto el allí firmante Javier Villafañe se declara titiritero, que exista un personaje en la narración que lo sea también constituye una suerte de figura en abismo. O, en todo caso, de alteridad que reproduce un oficio que Villafañe conoce y ha desarrollado con maestría y hasta magisterio. Este titiritero goza de tal conocimiento de su oficio que es capaz de improvisar una función a bordo y también de armar títeres con unos pocos y simples elementos: papas, lápiz de labios, una manta de colores, un cartón, un alfiler y sus propios dedos. A partir de esta economía de recursos del Titiritero construye un retablo completo. Me parece que precisamente Javier Villafañe con en esta instancia de la narración le está realizando un señalamiento al lector respecto de que para ser titiritero y hacer lo necesario para  cumplir con ese oficio no es imprescindible más que la imaginación y, naturalmente, el arte. El saber cómo afrontar semejante desafío consiste solo en proponérselo. Y se lo hace a partir de una economía de medios.

     La muerte del Caballo celoso es un episodio que comporta tristeza en la economía emotiva de la narración. No obstante, resulta completamente coherente con lo que ha tenido lugar: el amor le ha sido sustraído por un humano. El amor entre Caballo y Lucrecia es un “amor imposible” y entre cuatro ovejas y cuatro pájaros logran finalmente izarlo una vez que ha muerto. Un niño le señala a su madre el “caballo volador” (motivo muy habitual en los cuentos infantiles, menos habitual en estado mortuorio) y el Caballo celoso llora. Esa lluvia es una suerte de lluvia asociada al duelo, a la pérdida, a la imposibilidad de realizar los sueños. O por lo menos algunos de ellos. Y Javier Villafañe también pone a la imaginación en su sitio. Y con la fantasía hace lo propio. No todo es posible en los cuentos. Una niña entre un Caballo y un humano que es un titiritero seductor elegirá a este último. Mucho más si descubre por una fisonomía física una correspondencia espontánea entre ambos. Caballo deberá resignarse a su condición de celoso, de testigo del amor de otros. Y asumir la pérdida. Pero esa pérdida resulta tan intolerable para él, que paga con el costo de su propia vida el fracaso. Probablemente muera de pena. No obstante, Villafañe, pese a los sueños, pese a la más salvaje imaginación desplegada en esta narración y pese a que sus personajes son animales que hablan, piensan, celan y aman, no deja de ser realista. Aún en el marco de lo fabuloso el realismo es importante. Cobrar consciencia de los límites y las limitaciones. De qué nos está permitido y qué no. De cuál es nuestra órbita de injerencia de cuál no lo es.




     No tener nombre. Haberse llamado “Potrillo” alguna vez y ahora llamarse según el genérico “Caballo” es una forma de estar condenado a la falta de identidad. Esta es otra de las grandes faltas en el protagonista de la trama.  Se lo llama por la especie. Lo que es una forma de no nombrarlo según su singularidad. De modo que entre la pérdida del nombre, la pérdida de un espacio en el que habitar y la pérdida del amor, la desaparición de Caballo de este mundo resulta prácticamente una circunstancia natural. No podría esperarse otra cosa de su condición de personaje al cual le ha sido quitada su identidad, el sentido de su vida (para el caso, el amor) y asistir al modo como un rival contra el que por añadidura no podría competir jamás lo supera. Leo entonces El caballo celoso, como ficción de la falta. Como ficción de la pérdida. Y como corolario de ella, solo resta esa partida que remeda, parcialmente, ecos de las zonas más  típicas de los cuentos maravillosos o bien algunos de los infantiles. El ascenso hacia los cielos y el llanto como la partida y el adiós.  


sábado, 2 de noviembre de 2019

Entrevista a la escritora OLGA DRENNEN

Hoy el Hormiguero Lector..., entrevista a una gran Hacedora de la LIJ, nada más ni nada menos que a OLGA DRENNEN, que ha dedicado su vida al mundo del libro, de la lectura, de la creación literaria..., como docente, como promotora de la literatura pero sobretodo como escritora, creadora. Una Hormiguita Maestra de LIJ que ha sabido recorrer y crear senderos y puentes para que la buena literatura y los lectores se encuentren. FELICITACIONES...., APLAUSOS....!!!





—¿Por qué se te ocurrió ser escritora? Bueno, primero, me gustó ser lectora y después, estudié y un buen, buenísimo día, me di cuenta de que podía convertirme en escritora. —¿Se puede decidir ser escritor, o se nace? A veces, se nace, pero siempre se decide ser escritor. —¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad? Miro la realidad y la transformo en otra cosa que puede ser peor o mejor.


—¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora? Fui maestra, profesora, secretaria ejecutiva y…¡escritora! —¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir? Bueno, hay varios, pero si tengo que elegir, digamos que “Griten a los cuatro vientos” de editorial Quipu. Es un libro con cuentos y poesías que habla de los derechos de los niños.



Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños? Me gustaría una escuela llena de libros, con maestros y chicos felices de estar allí. Los maestros con ganas y alegría de enseñar y los chicos con ganas y alegría de aprender. Sin frío, sin hambre, sin miedo. Con muy poquitas penas. . —¿Sos muy sensible, como tus personajes? Muy sensible, sí.
—¿Qué te hizo ser así?

 Mis padres, su cariño, el resto de i familia, su compañía. Los libros, todos los libros que leí y de los que también aprendí a querer a los demás. —¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica? Veo la literatura infantil y juvenil en Argentina y latinoamericana como si fuera un cuadro. Por un lado, chicos con ganas de leer, chicos que buscan libros con muy buenas historias e ilustraciones. Por otro lado, autores e ilustradores que ofrecen libros con muy buenas historias e ilustraciones. Y también veo personas que construyen pasos, caminos, puentes para que se encuentren. Son los bibliotecarios, los maestros, la familia y otras personas. A veces, por distintas causas, no consiguen juntarse. Algún día, van a conseguirlo. Estoy segura. Soy una de las personas que construyen puentes para unir libros y lectores.



—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer? De niño, leer, leer y leer literatura, conocer las reglas de la escritura, jugar a escribir cuentos y versos. De joven, leer, leer, leer literatura y empezar a escribir poesías, cuentos, y lo que les guste escribir. De adultos, leer, leer leer todo, capacitarse para ser escritor y escribir el género que quieran escribir. —¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable?. ¿Por qué? Creo que la literatura debe ser todo eso y más para satisfacer los intereses de los lectores. De nada vale que un escritor escriba el mejor de los cuentos de terror, de amor o de aventuras si al lector no le interesan esos géneros. En realidad, además de estremecedora, conmovedora, molesta o indomable la literatura debe tener ese “algo” que atrape a los lectores



@ Eduardo Raúl Burattini

No, no..., y no...!!! por Julio Cortázar en la Campaña Libros por la Paz, Agenda ODS - 2030, NACIONES UNIDAS.

  Desde la BIBLIOTECA POPULAR MADRE TERESA de Virrey del Pino, La Matanza, ARGENTINA, seguimos compartiendo textos y libros, en esta Campaña...