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domingo, 1 de septiembre de 2019


Silvina Ocampo y su novela infantil

por Adrián Ferrero



      “Los grandes escritores son los que no entienden lo que escriben; los otros valen poco” (p. 22). Esta frase metapoética, incluso, no está extractada de un libro complejo de ensayos para adultos, de un tratado de estudios literarios que Silvina Ocampo hubiera podido consultar, leer o acaso escribir en algún momento de su vida; ni tan siquiera de una entrevista a un escritor o escritora certeros. Es una frase escrita por ella misma, sagazmente  intercalada, de su novela infantil La torre sin fin. Ya desde las primeras páginas de su libro para niños Silvina Ocampo propone entonces una prodigiosa confianza y respeto afianzada en una afirmación que evidentemente depositaba en el público infantil bajo la forma de un pacto de lectura. A lo que sumaría: bajo la forma de una consigna. Para sí misma. Un público, al que, según sus declaraciones, consideraba “el más exigente”. Lo sabemos: el lectorado infantil es el menos complaciente. Cuando algo no le interesa, no le gusta o incluso (aunque parezca mentira) no le parece bien escrito, simplemente prescinde de él. No siente remordimientos ni tampoco piensa en el qué dirán ni sus pares ni sus mayores. No tiene ni temores ni escrúpulos ni reparos en hacer ninguna clase de ridículo al cerrar sus tapas, porque la lectura, para el público infantil es otra forma del juego. Lo lúdico prima incluso por sobre lo intelectual porque para ellos el juego es la forma natural de conectarse con el mundo. Para un niño o niña los libros son también objetos. Motivo por el cual con las ilustraciones, los diseños y con la gráfica los editores han sido siempre tan cuidadosos. Y los autores tan exigentes, si lo han podido.

     Precisamente Silvina Ocampo, que de modo evidente debe haber padecido en su rígida educación de institutrices y gobernantas típicas de las clases patricias de los años ‘30 en Bs. As., interviene haciendo circular entre sus personajes versiones de la infancia donde los protagonistas son audaces, corren riesgos, peligros y no temen ser imaginativos. En la bizantina discusión entre “literatura para adultos” y “literatura para infantil”, Ocampo pareciera hacer propias las palabras del teatrista y escritor argentino Hugo Midón: “no existe una literatura para niños y adultos, existe, más bien, una literatura, apta para todo público”.  

     La torre sin fin, fue publicada en España en 1986 por la Editorial Alfaguara con ilustraciones de Gogo Husso. El libro pasó desapercibido tanto allí como en el país de la autora, donde ningún editor manifestó interés en sumarlo a su catálogo (tampoco demasiado atendido ni por expertos ni por un público más amplio). Probablemente esta circunstancia haya tenido que ver con que Silvina Ocampo nunca fue una celebridad (ni aspiró a serlo, es más lo evitó) y, por otra parte, a que ese corpus de la literatura tanto por ser de una extranjera como por ser infantil, no concitaron la avidez por su lectura y divulgación. Por otra parte, en el mundo ibérico, el español rioplatense de una argentina tampoco sospecho que fuera particularmente estimulante sino, más bien, que introdujera ciertas reticencias.

     Se trata entonces de la única novela de Silvia Ocampo publicada en vida de su autora (la otra, Los que aman odian, la escribió en coautoría con Adolfo Bioy Casares en 1946) y eso la vuelve un objeto verdaderamente precioso y singular si a ello sumamos los atributos del libro. En efecto, es significativo el modo en que el texto configura un lector ideal y, otro  implícito, sin subestimarlo, sino, por el contrario, invitándolo a crecer, a indagar, a curiosear, a investigar sumiéndose en los sinuosos caminos del universo no solo del cual somos capaces de desentrañar los seres humanos sino en el de concebir la invención. Un universo en el que en su biblioteca o en la de sus padres cometer también travesuras.

     Escrita bajo la advocación expresa de Lewis Carroll y sus tan célebres “Alicias” (de hecho Alicia aparece no sólo como intertexto literario implícito sino como personaje de la trama de la novela), “La torre sin fin” es didáctica en un sentido por completo distinto del que suelen serlo los libros para el público infantil en general. Lejos de pedagogías, ejemplos de virtud o castigo y mensajes edificantes (o seudoedificantes, los más habituales), el libro se propone sin insistir, en distinguir, a partir de un procedimiento constructivo, la buena de la mala literatura, como trazando una frontera también esclarecedora para transmitir de modo fecundo al público infantil un claro mensaje de lo que estéticamente vale la pena por su nivel de elaboración y de talento de lo que no. Para ello, dispersos por aquí y allí, hay frases, pistas, indicios, bajo la forma de nociones formativas para un lector joven: la narradora indica que el libro alternará a veces la primera persona con la tercera de forma explícita. Habrá ciertas palabras, cuyo significado puede ser complejo o desconocido, que serán escritas en bastardilla (“macabra”, “discernir”, “aviesamente”, “baldaquín”, entre otras). Es decir, Ocampo no niega que el universo adulto y su modo de habla o del uso del lenguaje son complejos. También, en un punto, que lo distancian del infantil. Pero brinda soluciones intratextuales para que un lector inexperto o que se está iniciando en la aventura de internarse en los libros lo haga con acierto. Procede a hacerlo mediante enunciados que no lo subestimen. La narradora aclara que esa distinción obedece a la necesidad de separar lo inteligible de lo ininteligible, y que se trata de una invitación para que los lectores y las lectoras se sumerjan en los diccionarios e indaguen en significados. Quien invita a la búsqueda de un significado, propone un peregrinaje, inculca el ademán y el hábito de la curiosidad (la picardía, la transgresión, la treta, por qué no decirlo), allana el camino al señalar que hay soluciones para discernir lo que parece abstruso, y más aún, sugiere salir de un libro para entrar en otros. De modo que ese dispositivo intratextual entretejido por Silvina Ocampo sintetiza desde la misma literatura (y no desde aclaraciones, consejas, directivas u órdenes) formatos a partir de los cuales contribuir a conformar lectores y lectoras inteligentes, a iniciarlos gratamente en el universo del conocimiento, la imaginación y otras bibliotecas. Incluso a formar la propia.

     El libro trabaja con figuras que verosímilmente comparte con los tradicionales cuentos de hadas de tipo maravilloso, pero realiza una suerte de adaptación a la situación y a la lengua rioplatense o del español del Río de La Plata. Otro tanto ocurre con la literatura de autores como Lewis Carroll, Oscar Wilde, James Barrie, entre otros. Es decir, construye cuentos maravillosos modernos, según concepciones de la niñez contemporáneas y no anacrónicas versiones (por lo general victorianas), que terminan siendo conservadoras, repitiendo un orden literario establecido y no son innovadoras. Además de fijando el estereotipos, estructuras cerradas y unívocas, impidiendo recorridos múltiples por otros itinerarios que alumbren lecturas y la infinita riqueza del pensamiento abstracto pero también la sensibilidad.

    Asimismo, si bien la novela es rica en el despliegue de imágenes visuales, colores, contornos, formas (difusas y claras, lo que produce un efecto de refracción, donde la incertidumbre o la seguridad de los contornos se desdibuja), logra hacer confluir sus dos vocaciones: el lenguaje pictórico y el lenguaje poético. Sabido es que la autora se inició desde muy joven precisamente como dibujante y pintora en su niñez y juventud y prosiguió con esa vocación hasta siendo adulta, inclinándose por el hasta avanzada edad por el dibujo. Tuvo como maestros a Fernand Legér y Giorgio de Chirico. De modo que el despliegue plástico adopta matices espontáneos en la escritura de Silvina Ocampo. Lo que el protagonista pinta se convierte en objeto o ser real, circunstancia que transfiere representaciones pictóricas a figuras del orden de lo real. Esta mutación introduce operaciones creativas notables con numerosos matice. Que van desde el humor, el disparate hasta el absurdo. Y para Ocampo no constituye un trabajo esforzado sino que naturalmente forma parte de su espontánea naturaleza que transpone a su poética, también a sus poemas y cuentos para adultos. En ellos el universo de las imágenes se despliega en toda su magnífica amplitud.





     El protagonista de la novela se llama Leandro y luego de la visita a su hogar de un personaje de apariencia siniestra que resulta ser el Diablo, se encuentra al poco tiempo confinado en una torre cuyas puertas conducen a otras puertas. A lo largo de esa suerte de claustrofobia que comienza a experimentar como un estado que se desprende los sucesos, vemos que la acción tiene lugar en un espacio cerrado y al mismo tiempo interminable, al estilo de los laberintos o, más aún, de los castillos góticos del siglo XVIII británico (o de ciertas obras plásticas de Escher, vistas de modo contemporáneo), irán desfilando una corte de personajes tanto humanos como animales, que le revelarán algún aspecto de la condición humana. Leandro con ya citado poder (al igual que sucede en ciertas narraciones orientales chinas) de que lo que pinta se vuelva real se vuelve una figura poderosa. De modo que, mediante la metáfora de la pintura, tal como el arte en general trabaja, hace irrumpir en el orden de “lo real” algún tipo de forma a la que se le otorgan significados sociales mediante formas y condensaciones. Más aún, el arte, planteado en estos términos, sería una prefiguración del ser, anticiparía la realidad de futuros seres, su condición previa de existencia constatable. Es más: la dimensión creativa de una representación daría cuenta de su presencia en el mundo.

     La valencia de las formas que emergen del pincel de Leandro, pueden ser tanto salvadoras cuanto peligrosas. Pero en cualquier caso salen de lo profundo, de las zonas soterradas y más recónditas de la conciencia que sólo el arte puede hacer aflorar. El texto, siguiendo una sintaxis onírica, por momentos llegando al nonsense, se vuelve perturbador, pero nunca angustiante. En este sentido, Silvina Ocampo me parece que de modo inteligente introduciendo en el universo infantil nociones axiológicamente connotadas de modo en ocasiones negativo no las hace llegar a un punto intolerable para sus lectores y lectoras. No alcanza el punto de que pueda afectarlos indiscriminadamente.

     La novela adopta múltiples recursos para narrar: diálogos, cartas de amor, descripciones. También, como no podía ser de otra manera en un texto de estas características, acontecen hechos insólitos, aparecen personajes mágicos o bien personajes ordinarios con atributos prodigiosos, situaciones o escenas temidas (debidamente conjuradas merced a algún tipo de intervención que limita el posible malestar o el rechazo).

     En su doble sentido de espacio que puede ser escrito y reescrito, pintado o restaurado, leído y releído, recorrido a través de habitaciones que no terminan ni acaban, el título remite a un haz de significados con los que me gustaría –paradójicamente- terminar este análisis. En primer lugar, la torre, es el topos en el que se confinan,  y según el socorrido reproche, los poetas o escritores acusados de desvinculación de los procesos sociales o de desinteresarse de todo orden de “lo real” o lo político/social. Ocampo la elige tal vez por sus resonancias mágicas, medievales o bien maravillosas, pero también puede ser leída como un lugar no exento de conflictos, donde el poeta-pintor-escritor que es un niño no está precisamente “a salvo” de nada, y donde incluso puede correr riesgos y hasta peligros, además de aprender. El regreso de Leandro al mundo familiar de su hogar finalmente se tiene lugar. Logra salir de ese castillo/cárcel y reencontrarse con su madre. Nutrido de experiencias, aprendizajes, luego de haberse vinculado a toda clase de seres.  

    Finalmente, postular la existencia de una torre, y de que esa torre no tenga fin, invita, como una pesquisa, a una continua búsqueda y peregrinación, a una deriva por los sentidos y por ella. E ir al encuentro en otros libros de la belleza, la compañía y encuentros emocionantes.

Libreros y librerías. Tierra de lectores


 Entrevista a Silvina Rodríguez de la Librería "Tierra de lectores"


Continuamos con el recorrido por los diferentes caminos que nos llevan al encuentro de la LIJ, y uno de estos caminos tiene como destino el palpitar de las LIBRERÍAS, en este caso visitamos la LIBRERÍA "TIERRA DE LIBROS", una organización de puertas a adentro, que gracias al compromiso de su Hacedora Silvina Rodriguez, sale a recorrer instituciones educativas, sociales y culturales llevando la carga maravillosa de libros, propuestas lectoras, ferias del libro y muchas cosas más... Una librería muy particular. que además, organiza veladas, presentaciones de libros en un cálido "Living",  que alimenta las ansias de lectura de la zona norte del conurbano.



¿Cómo nació Librería TIERRA DE LIBROS? ¿Cómo decidió apostar por una librería de este tipo? Cuéntenos la historia.
En realidad empezamos con una amiga con la idea de una librería de nicho, no sabíamos bien si infantil o no, allá por fines del 2003. En abril de 2004 surgió la oportunidad de poner una especie de rincón en una pulpería para turistas y así arrancó “Hojas gauchas”, en Entre Ríos y Garay en CABA. Nos especializábamos en libros para el turismo que nos visitaba, con material bilingüe, incluída Mafalda…
Este proyecto no prosperó y buscando un local en Zona Norte que era donde ambas vivíamos ya para fines de 2004, apareció un local “doble piso” muy cerca de la estación de Acassuso. Ahí decidimos armar una librería genérica con bastante énfasis en lo infantil y juvenil, así que el 22 de diciembre estrenamos “Tierra de Libros”, con la idea ya en el inicio de ofrecer actividades culturales para todas las edades en el primer nivel, lo cual sostuvimos durante los seis años en que estuvimos ahí.
¿Cuál es el fondo con el que trabajás, referido a cantidades? ¿Qué temáticas manejás a la hora de elegir comprar  y de vender libros?
En general, el material que tengo consignado es del que más stock manejo, cuando hago compras es algo puntual que me piden o me interesa tener, ya sea porque daremos un taller sobre el autor o nos visitará o tenemos un evento temático en el Living y se hace necesario tener varios ejemplares. Trabajo con ficción preferentemente de autores argentinos o de habla hispana (todos los géneros, narrativa, poesía o teatro), no me gustan mucho las traducciones pero obviamente busco las que me parece que hacen menos ruido a nuestra oreja rioplatense.
Como también hago ferias para escuelas, tengo una gran variedad tanto de temática como de editoriales, prefiero las independientes y pequeñas a los grandes monstruos, siempre elijo lo que a mí me conmueve.



¿Qué haces con los fondos usados que tras un largo período de tiempo no han tenido salida en el mercado?
En algunos casos tratamos de venderlos por alguna plataforma tipo Mercado Libre, resignando algo de margen, en otros donamos a una ONG de promoción de lectura con la que trabajamos hace más de diez años, muchos libros aun cuando no tienen salida, tienen un lugar en las estanterías, nunca se sabe cuándo puede aparecer el lector indicado.
¿Qué público sueles tener en la librería? ¿Qué es la cosa más rara que te han pedido como librero? ¿Cuál es el libro al que más cariño le tomaste y que siempre le estas recomendando  a tus  lectores/compradores?
Nuestro público es ciertamente variopinto, pero tal vez haya dos franjas etarias: los de menos de doce y los de más de sesenta y cinco, los que más consumen. En quince años en este métier creo que lo más raro que me pasa en temporada de textos es cuando un cliente desesperado por no encontrar el libro que le piden a su hijo me reclama: “Es uno azul, con una franja, el de Sociales”. Sin más datos. Difícil búsqueda.
Complicado elegir uno, le tengo mucho cariño a muchos, suelo recomendar lo que leo, que suele ser mucho, de un mismo autor, por ejemplo María Rosa Lojo y María Teresa Andruetto.

¿Cómo ves el futuro de las librerías? ¿Sigue siendo la profesión de librero/a imprescindible? ¿Qué aprende el librero de los lectores? Y según tu experiencia ¿Qué debe darles?
En estos quince años vi una transformación del espacio, de hecho me rearmé una librería “puertas adentro” en el living de casa, algo que en 2004 era casi una utopía. Creo que la cuestión de poder asesorar, recomendar, tener conocimientos del material son condiciones que hacen que los lectores nos busquen. También es cierto que las mejores recomendaciones que he recibido ha sido de clientes muy lectores, recuerdo una mamá del Colegio Franco Argentino que me hizo conocer a Amélie Nothombe y me prestó (en francés) la primera novela que leí de ella. Es ida y vuelta. Para mí es muy importante conocer a la gente, saber qué les gusta y recordar lo que se llevaron antes.
¿Qué crees que tiene un librero que no tiene un bibliotecario?
Considero que son actividades diferentes, los bibliotecarios que conozco y con los que trabajo hace años son excelentes lectores, conocedores del material que tienen y muchas veces ávidos de conocer más, pero están dedicados también a mantener el material en orden, administrar los préstamos, en algunos aspectos es una tarea más técnica, aun cuando algunos son excelentes promotores de lectura.
Para mi ser librero es una parte constitutiva, esencial. Pienso y se me vienen siempre referencias, citas, autores. A veces estoy en la librería de otro y ya me estoy por poner a recomendar, o veo que no sabén cómo buscar los libros y yo ya lo estoy viendo, por editorial, por orden alfabético, una especie de archivo mental que ejercito todo el tiempo.
Por supuesto, el tema comercial no es menor, los bibliotecarios no están pensando en precios o ventas cuando recomiendan, el librero tiene que tener en cuenta qué puede pasar con el bolsillo de quien viene a comprar.
¿Son las bibliotecas buenos clientes para las librerías o por el contrario deberían interesarse aún más, ya que en ellas pueden encontrar algunos títulos no disponibles en su fondo bibliográfico?
En general las bibliotecas pueden ser muy buenos clientes para las librerías, es importante que renueven el material que tienen al menos una vez por año, en las ferias nuestro acuerdo es ese, un porcentaje de lo que se vende vuelve a ellos en libros que eligen de entre los que están disponibles y es una muy buena oportunidad para obtener libros de reciente aparición.



Estamos viviendo momento de crisis y según muchos, una persecución a la cultura. ¿Cómo la ves desde tu posición de librero y cómo crees que se podría ayudar al mundo cultural? ¿Cree que la crisis le ha afectado del mismo modo a las librerías, que al mundo editorial?
Estamos viviendo un momento de crisis, y son tiempos difíciles. Desde mi librería tratamos de dar opciones a la gente, en cuanto a precio sobre todo, sin desmerecer la calidad (ediciones de bolsillo, libros de tapa blanda en vez de dura, nacionales en vez de importados), sobre todo cuando vienen a elegir para regalos. Tratamos de dar opciones. Seguir con las actividades. Las librerías son el último eslabón de la cadena y posiblemente el más débil, las editoriales chicas que no están sobredimensionadas y están muy encima de las ventas creo que tienen más posibilidades de mantenerse. El tema de los costos es una variable muy importante y si hay que pagar un alquiler realmente se hace cuesta arriba. Siempre espero que la situación mejore y que en algún momento las cosas se estabilicen.
Muchas gracias,  por compartir con nuestros lectores tu experiencia e impresiones. Un saludo y ¡mucha suerte con TIERRA DE LIBROS…!!!

@ Eduardo Raúl Burattini

miércoles, 28 de agosto de 2019

El umbral en los libros álbum



por María Cristina Alonso

Como varios teóricos del género coinciden, el libro álbum es un género experimental, equiparable a las escrituras de vanguardia contemporánea para adultos. Como lo señala David Lewis (1999), en "La constructividad del texto: El libro-álbum y la metaficción", el acercamiento entre el libro álbum y la ficción "experimental" para adultos reconoce elementos metaficcionales, es decir pone en evidencia la condición misma de la ficción.

 Se entiende por libro-álbum a aquella producción literaria dirigida especialmente a un público infantil, en la cual se combinan imagen y texto con sentido de codependencia entre uno y otro.


Es diferente del libro ilustrado debido a que en este la imagen ilustra lo que el texto lingüístico dice y por eso, si se quitan las imágenes, se puede entender su contenido sin ningún problema. Mientras que en el libro álbum hay un aporte conjunto entre texto e imagen para generar el respectivo contenido.
Esta interdependencia del lenguaje visual y verbal propia de los libros álbum propone al lector un permanente desafío en la construcción de sentido dado que imágenes y palabras dialogan, se contradicen o amplían significaciones.
Libros que no abordan historias aleccionadoras sino que transgreden las reglas de la ficción realista y, en muchos casos, muestran las  técnicas de construcción  utilizadas para realizarlos. Así como también muchos de ellos, carecen de palabras, son los libros silentes, libros que desarrollan su narratividad y sedimentan las posibilidades de interpretación en la narración visual.
Para Cecilia Bajour (2016), en los libros álbum predomina la construcción de la sorpresa como clave principal del relato, recuerdan dos juegos emblemáticos de la infancia constituyentes de la cultura de los niños/as: la adivinanza y la escondida. Decir y callar, mostrar y ocultar propia de los juegos infantiles.



Los relatos empiezan antes de abrir el libro y terminan mucho después de acabar de leer la última frase de la historia o de observar la que parece ser la última ilustración narrativa.
 Un ejemplo es el libro Trucas del ilustrador mexicano Juan Gedovius. El verde personaje que aparece en la cubierta se asoma a nuestro mundo con cara de preocupación invitándonos a abrir el libro para enterarnos de lo que le ocurre y que no es más que una travesura gráfica.
Por lo tanto, la combinación entre imágenes y texto se realiza en forma sinérgica. Cada uno de los códigos que conforman el “texto” poseen medios expresivos particulares y sus propias convenciones.

Como obras posmodernas, los libros-álbum representan un mundo polifónico en el que se multiplican y diversifican distintas líneas narrativas obligando al lector a establecer coherencia entre ellas.

Otra de las cuestiones que plantean estos libros innovadores, como lo señala  Colomer (1996), es en torno a su temática. Aparecen temas duros que buscan un impacto emotivo y que antes quedaban fuera de la literatura infantil.


Rosa Blanca de Christophe Gallaz y Roberto Innocenti (Lóguez Ediciones, 1987),  es un libro ambientado en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y en él aparecen niños en campos de concentración nazi.
En general, los libros-álbum ponen en tensión las maneras de percibir el mundo cotidiano. Son libros incómodos, libros que invitan al lector a cuestionar, a mirar las cosas desde otros ángulos que no son los convencionales. Son libros que piensan en nuevos lectores y en nuevos modos de leer, productos de una sociedad en la que impera la imagen. Libros que esperan un lector activo desafiando marcas genéricas y proponiendo intertextualidades en el campo de la literatura, de las artes visuales, del cine, de la publicidad.

 Libros como los de Isol, interpelan a la infancia desde personajes que alteran lo esperado por la tradición, rompiéndola. Libros que demuestran que el humor es territorial y que, en oportunidades provocan ciertos desacoples entre la realidad y el contexto. 

El umbral en los libros álbum


Las historias en las que aparece el umbral que lleva a los personajes del mundo real a otro lugar donde las cosas funcionan diferente, se presenta también en los libros- álbum.



 En el libro La pequeña niña grande de Uri Orlev y Jacky Gleich, (Norma,1999)  Daniela, la niña protagonista,  parece preocupada desde el comienzo del relato por su tamaño. Hasta que un día, Daniela se despierta y se encuentra convertida en una persona muy grande mientras que sus padres han empequeñecido. Si bien el sueño aparece como el umbral en donde la niña pasa a ese “mundo del revés” en el que ella asume el rol de los padres, los apresta para ir a trabajar y los reprende frente a sus faltas, el umbral aparece en la imagen: una puerta que lleva a ese otro mundo en donde Daniela es grande y cambia de rol:







Así como los personajes de las novelas de aventuras suelen vivir las peripecias y los peligros como algo natural sabiendo que la aventura es los contrario de la vida cotidiana, en Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, (Anagrama,1977) las travesuras de Max, el protagonista, son castigadas por la madre que lo manda a la cama sin cenar. La habitación de Max se convierte en un bosque poblado de monstruos al que el niño llega después de navegar en una pequeña embarcación. Sendak resuelve el pasaje de un mundo a otro a través de la diagramación de la página. Si al comienzo las imágenes del mundo real aparecen enmarcadas -son las seis primeras páginas- a medida que Max transita hacia  otro espacio y tiempo, el mundo de los monstruos, sin que se diga que es un sueño o una fantasía, la habitación se puebla de árboles y  la imagen se ensancha y ocupa todo el espacio de la página.



 Es decir el pasaje del mundo de Max al de los monstruos, se produce de manera paulatina, especialmente en la imagen, y sin que se expliquen con claridad las razones del cambio de mundos. En ningún momento se dice, ni en el texto ni en las imágenes, que se trata de un sueño o de una fantasía de Max, lo que, en definitiva, daría una explicación al extraño acontecimiento.




 En Flotante de David Wiesner, (Océano Travesía, 2007) el mar trae a la playa una antigua cámara de fotos que recoge un niño. Al revelar el rollo aparece un mundo marino surrealista y fantástico, extraños peces mecánicos, pulpos sentados en sillones burgueses, extrañas edificaciones hechas con caracolas. El mundo real, dibujado con un realismo extremo, contrasta con este otro que aparece en las imágenes rebeladas. El umbral, aquí se manifiesta a partir de un artefacto tecnológico, la vieja cámara que permite al niño vislumbrar un mundo distante en el que otros niños también usaron la cámara para retratarse. Es decir que se invierte el sentido de la credibilidad de la imagen. Se supone que a diferencia de la ilustración, la fotografía captura lo real, sin embargo aquí, descubre un mundo maravilloso.


Como sostiene Pablo De Santis al abordar la novela para niños, las entradas a esos mundos fantásticos son inolvidables para el lector, porque estos umbrales funcionan como metáfora de la lectura misma. “El héroe tironeado entre la realidad y el reino mágico se convierte en metáfora del lector,siempre vacilante entre la vida cotidiana y el oscuro poder de la ficción.También la lectura consiste en atravesar un umbral.” 




sábado, 24 de agosto de 2019

Entrevistas. Nora Hilb, ilustradora






Cuándo descubriste tu gusto por las artes plásticas? ¿Dibujabas de niña? ¿Provienes de una familia con sensibilidad artística?

Siempre dibujé... siempre. Llenaba de garabatos pequeños blocks de mi mamá que se encontraban al lado del teléfono para anotaciones. Inventaba historias ilustradas, hacía libritos, era una pasión. Y lo sigue siendo.

¿Qué te aportaron tus estudios académicos de Bellas Artes ?

Soy autodidacta... no tuve estudios académicos y gracias a la generosidad de colegas y amigos fui adoptando ciertas técnicas y adquiriendo nuevos conocimientos. De pinturas, técnicas, de diferentes tipos de papeles, sus gramajes, etc.

Durante algún tiempo fuiste y sos profesora de artes plásticas de niños. ¿Qué influencia tuvo esa etapa en tu quehacer profesional posterior?

Nunca fui profesora de artes plásticas. Me recibí de maestra jardinera pero solo ejercí una semana... Osada juventud la mía... Es que de verdad no sabía que podía ser una profesión la de ilustradora, por lo que seguí los estudios de jardinera, que era lo que había sostenido siempre que haría. Pero supe de un grupo de cine para chicos, y para allí fueron mis ganas, por lo que renuncié al trabajo en el jardín de infantes que me había convocado y comencé a dibujar para películas de animación. Como todos los integrantes del grupo, ad honorem, en C.IN.E. – Cine Infantil Educativo, con sede en Vicente López. De allí, muchos de nosotros emigramos a México en 1976, en los albores del golpe de estado, cuando comenzaron a perseguir a los grupos culturales.

¿Qué te atrajo de la ilustración de libros para niños y cómo te insertaste profesionalmente en ese mundo?

Lo que me gusta ilustrar, lo que busco plasmar en mis dibujos, es el humor y la ternura. Y sobre todo, me gusta ilustrar historias. No dibujo si no hay historia, si no hay relato, es lo que me gusta hacer. No dibujo nunca por el gusto de dibujar. Ponerle imágenes a un cuento, propio o ajeno, es lo que me mueve y conmueve.






Cuando se observan las ilustraciones de tu etapa inicial y las más recientes, se intuye un largo camino de búsquedas expresivas y de maduración profesional. Hoy día posees un estilo muy personal y fácilmente reconocible. ¿Cómo llegaste a conseguirlo?
Ilustro para los más chicos... quizá porque mi estilo a los editores les parece más adecuado para la infancia. O porque me causa placer pensar en un lector jovencísimo y agregarle pequeños detalles juguetones a las ilustraciones que ellos disfrutan y que quizá ni aparecen en los textos... Yo misma me defino como ilustradora de libros para los más pequeños.
Dibujo, buscando que la escena, los gestos, me conmuevan. Esto es algo muy personal... Siento que si me provoca determinado sentimiento o sensación la forma en que interpreté y dibujé alguna escena, también se la provocará al lector. Pero somos todos muy diferentes, y lo que me sucede a mí puede no pasarle a otro. Por lo que celebro la diversidad de ilustradores que somos. Tanto a la hora de elegir algún libro para mirar, leer, como para ilustrarlo desde la perspectiva del editor.

¿Con qué técnicas te sientes más a gusto, más vos?

Me encanta ilustrar con lápices de colores o simplemente con lápiz negro de grafito. Luego, gracias a la tecnología, corrijo los dibujos digitalmente, los retoco. Pero también uso tintas al agua.

¿Qué esperas del lector que se enfrenta a tus imágenes gráficas?

Espero siempre que el lector se emocione con lo que me emociono yo al ilustrar tal o cual texto. Que se ría y divierta como lo hago yo al inventar las imágenes...

¿En qué género te sientes más cómoda ilustrando: poesía o narrativa? ¿Tienen exigencias diferentes para ti?
Me gustan ambos géneros, por igual. Pero eso sí, me tengo que enamorar del texto. Si no es así, prefiero no ilustrarlo.

¿Qué libros de los que has realizado sentís que representan mejor tus búsquedas como creadora?

Hay libros que quiero especialmente... Libros ya de hace muchos años: "Tutú Marambá", de María Elena Walsh (Espasa); "Miedo" y "Azul", de Graciela Cabal (Sudamericana/Random); la colección del "Lobo Rodolfo", escrita junto a mis hermanas Vera y Claudia (Loqueleo); la colección "Cosas cositas", escrita por mí y con fotografías de mi hija Marcela Cabezas Hilb (La Brujita de Papel) y también de la misma editorial, "Bicho Patudo", de Norberto Rey; la colección de "Gastón Ratón y Gastoncito", escrita por mí (AZ Editora) y "Cu Canguro", de Gabriela Keselman (Norma). Y libros para el exterior, algunos de los cuales fueron para mí grandes desafíos. Entre ellos, "Nora´s Ark", escrito por Eileen Spinelli (Zonderkidz, USA).
Hay más... pero este es un resumen de algunos que me representan en mis búsquedas como ilustradora.



¿Qué creadores han marcado tu trabajo, bien como referentes o como paradigmas?
Me cautivó la ternura de un ilustrador español, Ulises Wensell, y el humor de uno alemán, Helme Heine. Luego hay muchos argentinos que admiro, pero no voy a mencionarlos porque temo olvidarme de alguno.

¿Cómo concibes la relación escritor-ilustrador-editor?

Concibo esta relación como una relación donde todos intentamos crear el mejor libro posible. Socios en una tarea. No siempre creo que sea necesario el intercambio con el escritor, pero puede resultar muy rico. Puede suceder también que nuestra interpretación, nuestra lectura del texto, varíe con la del escritor. En tal caso, quizá agreguemos elementos impensados a la historia, sin hacerle perder su esencia. Y quizá enriqueciéndola... todo es posible. También la insatisfacción del escritor al ver su obra, de algún modo diferente, a como la concibió.
Los ilustradores no adornamos los textos, los interpretamos, volvemos a contar la historia con imágenes, de un modo personal. El mismo cuento ilustrado por diferentes profesionales, será absolutamente distinto en todos los casos. Con improntas personales, con interpretaciones y lecturas varias. Concibo el libro resultante como un todo, donde interactúa el texto con la imagen y no se puede desprender uno del otro. Porque en muchas ocasiones el dibujo suele "decir" lo que el texto no...

¿Qué elementos de un texto son importantes para vos a la hora de acercarte a él plásticamente?
La tristeza, la alegría, la soledad... noche, día... todos elementos que me hacen "pensar" la ilustración desde diferentes perspectivas, en cuanto a colores, tamaños... Un ejemplo de esto es como pensé los miedos del chico en el libro "Miedo" (Graciela Cabal), de hace casi 20 años. Escenas oscuras... y a medida que los miedos se disipan cambia la técnica en cuanto al uso del color y la luminosidad de las escenas.

Cuando miras hacia atrás tu obra publicada, ¿qué piensas de ella?

Miro atrás... y querría que un montón de libros no existiesen más. Veo algunos y me sonrío... Se crece, en todo. En la ilustración también.
Fue un enorme camino de aprendizaje, sobre todo porque comencé a ilustrar en un momento de grandes posibilidades, en editoriales que daban oportunidades a recién llegados a la profesión. Tengo muchos agradecimientos que dar a aquellos editores que confiaron en mí. Los recuerdo a todos. Y gracias a libro tras libro tras libro he llegado hoy a ser una ilustradora cuyos libros "viven" en los jardines de infantes, las aulas y los hogares argentinos. Este, es para mí, un valiosísimo premio...


¿Qué libro te gustaría ilustrar?

Estoy esperando ilustrar el quinto libro de la colección del "Lobo Rodolfo" (Loqueleo), cuyo texto ya fue aprobado. Es uno de los proyectos más entrañables que tuve y tengo, junto a mis hermanas Claudia y Vera Hilb. Si hablamos de otros autores, querría seguir ilustrándole, entre otros, a Margarita Mainé, a Gabriela Keselman, cuyas obras disfruto verdaderamente.
Por último, para ser sincera, mi mayor deseo de ilustrar un libro determinado se cumplió. Fue "Tutú Marambá", de María Elena Walsh, hace muchísimos años. Siempre había querido ilustrar la Canción del Gato Confite incluida en el libro... Y lo hice. El libro fue editado por Espasa, los colores sobresaturados, una edición imperfecta. Pero yo, a pesar de eso, me sentí inmensamente feliz.



@ Eduardo R. Burattini


“Liliana Bodoc: marchar al  encuentro del semejante”

@ Adrián Ferrero




     Cuando en 2013 Liliana Bodoc publica su breve novela “El perro del peregrino” convengamos que asume un riesgo alto porque también sabe que la materia que abordará en ese libro cifrada en términos de un argumento literario sería polémica. Eso no la arredró en modo alguno. Es más, lo hizo como parte de un ejercicio a mi juicio completamente coherente con su proyecto creador que consistió, ya desde sus bases fundacionales, en un ejercicio de valentía. Hubo sin embargbo también mucho respeto. También agregaría a ella que Bodoc no conoció, al menos desde el punto de vista de las distintas materias que fue trabajando en su bibliografía, la cobardía. Se fue acentuando una cierta idea de que era de naturaleza sustantiva que una poética se atreviera a abordar ejes problemáticos en torno de asuntos políticos. No facciosos ni partidistas, pero sí apostando a ciertos principios que consideró los elementales para la dignidad de las personas: la dignidad, la libertad, la igualdad y el respeto del semejante. También el rechazo de toda forma de la violencia. Es posible rastrear estos temas, desde una dimensión compleja, en toda su producción, abordados desde puntos de vista y fábulas diferentes y también desde una mirada prismática que tampoco se permitía los lugares comunes en torno de lo que debía ser un discurso combativo. En efecto, Liliana Bodoc fue inteligente, por un lado. Y tuvo grandeza, por el otro. No aspiró a descalificar a nadie. Pero sí se apresuró a realizar fuertes señalamientos e intervenciones de una intensidad sin precedentes en el marco de la literatura infantil y juvenil (además de la de para adultos) argentina en torno de discursos o prácticas que atentaran contra los valores humanistas arriba señalados. Un utopismo que jamás la abandonó la hizo privilegiar, por ejemplo, el sustrato aborigen como referencia natural de sus sagas “de comienzos”. Más tarde llegarían otros.


     Pero vayamos a “El perro del peregrino”. El sintagma que compone su título pone en un segundo plano al amo y, en cambio, lo sustituye, cambiando el foco, por su mascota. Esto nuevamente es otro indicio: a Liliana Bodoc le interesa no tanto concentrarse en formas tradicionales tanto de referir historias como en el modo de hacerlo de modo renovador pero sin estridencias. Sino en una exploración permanente de puntos de vista, procedimientos y contenidos que alumbren posibilidades inéditas, en su caso concreto en la narrativa de imaginación. Y procedió de este modo también en su producción para todas las edades. Quiero decir con esto: no subestimó a nadie, cualquiera fuese su edad cronológica. Estaba pensando todo el tiempo en abordar a su literatura desde la integridad más que desde la división o clasificación por taxonomías. Por otro lado, uno se encuentra en su poética con un caso sin precedentes: sus libros pueden ser leídos desde los adultos tanto como por los adolescentes o incluso los niños. Este don de “escribir para todas las edades” es infrecuente. Con mediaciones mínimas, estoy convencido de que esto es posible y es lo que marca el contraste con otras poéticas argentinas e incluso universales. Liliana Bodoc aspiraba no solo a lo universal por el abordaje de sus argumentos sino por el modo de hacerlo. Su poética era una poética fundamentalmente accesible, sin obstáculos ni hermetismos. Ello no le restó una gota de excelencia estética a sus cuentos y novelas.
     Y concretamente en el caso de “El perro del peregrino”, una producción muy próxima a sus últimos años si tenemos en cuenta este reciente 2018 en lamentablemente para la comunidad argentina y del mundo partió, afrontó un desafío incuestionable. En efecto: se confrontó con el relato comprometido de una versión del evento probablemente más relevante de la Historia de la Humanidad, junto con su creación: el de la vida de Cristo. Y es aquí entonces cuando retomo la noción de temas de naturaleza polémica porque imagino que al momento de escribirla ella sabía perfectamente que se movería en un acantilado peligroso. Convertir a Jesús en asunto de una novela, esto es, el hombre más relevante de la Historia para la mayoría de la Humanidad en personaje de ficción, suponía un tratamiento de orden delicado. Respetuosa como fue siempre tanto con la diversidad como con la diferencia de toda índole y de toda naturaleza, Liliana Bodoc sin embargo afronta y confronta reelaborando a una personalidad a la que hace devenir personaje de una nouvelle, esto es, de una ficción. Procederá a una representación literaria de una figura de existencia constatable y de existencia constatable de orden públicamente mayúsculo. Lo desrealiza como persona para realizarlo como materia literaria. Eso por un lado. Por el otro, de modo casi irremediable (y yo considero que hasta deliberado) dialoga con el relato oficial que la Iglesia daba de él en el marco de su dogma de fe. Sin negar sus atributos magníficos, es una figura que es abordada desde su dimensión más humana. Porque le interesaba la figura de Jesús precisamente me parece más desde ese óptica. En tanto que hombre defensor de valores dignos, virtuosos y arquetípicos. Considero que la dimensión más interesante de este libro es que toma de los Evangelios menos su constelación de sentidos teológicas que sus posibilidades creativas. Este es el punto y desde aquí leo a Bodoc. Porque ella es una escritora de ficción y no una Maestra de la Iglesia, motivo por el cual no se sentiría, de modo humilde, como lo fue, autorizada a emitir juicios acerca de puntos de vista acerca de temas de la fe sin conocimiento, esto es, apresurados e infundados, ni tampoco invectivas en su congtra, porque no era una persona irrespetuosa o falta de modales. Era tal su sentido del pluralismo, a mi juicio, que en cambio sentía la consideración propia de quienes con responsabilidad hablan de lo que saben, que es la literatura y la escritura. Su territorio, su campo y su verdadero saber. No obstante, narrar la biografía de Jesús supone una visión particular (pero sin particularismos) de su mensaje así como de lo que de él hoy en día está vigente o quienes en él creen ponen en práctica a la hora de actuar y vivir. Así, Liliana Bodoc, trayendo la figura de Jesús al presente bajo la forma de una representación per evidentemente de naturaleza histórica y no una mera invención, restituye su mensaje, por un lado. Por el otro, nos lleva a una reflexión a fondo de qué de su mensaje quienes en él afirman creen ponen en práctica sus lecciones. Este punto lo veo clarísimo. No hay una casualidad en la llegada de Jesús a su ficción. Es una figura que encarna valores que estima, precisamente, intachables, preciosos y que deben permanecer inmarcesibles, sin ser ni adulterados ni manipulados desde la conveniencial.
      Liliana Bodoc no iba a cuestionar puntos de vista acerca de la doctrina cristiana por dos motivos. En primer lugar porque respetaba a una figura que ante todo predicó el respeto hacia el prójimo. Y en segundo lugar porque respetaba demasiado a su prójimo, incluso eventualmente disintiendo con él (cosa que a ciencia cierta ignoro y sería temerario de mi parte afirmar), para que nadie pudiera sentirse sensible a un mensaje que ofendiera sus creencias. De modo que he aquí nuevamente a una persona íntegra que, sin embargo, no hace concesiones. Va al rescate de la figura paradigmáticamente más digna de la Historia de la Humanidad alguien que ante todo lo fue y lo demostró.  
     Sabe que abordando un tema de esta naturaleza media Humanidad no le tendrá simpatía si no lo hace desde el repudio. Y la otra mitad no se la tendrá si lo hace desde una posición heterodoxa o bien Porque no todo el mundo tiene en claro que la ficción no es tan simplista como para ser confundida con un panfleto. Pero he aquí la grandeza (y la brillantez) de Liliana Bodoc. Porque en efecto, apoderándose de una historia que detentaba exclusivamente un libro sagrado venerado, lo toma como materia literaria desde una perspectiva narrativa singular. Pero su abordaje, es el justo. Ni más ni menos. Se comporta a la altura de las circunstancias. Se apodera de un relato oficial para cifrarlo según sus propios términos. Pero no es blasfema. En tal sentido, si bien no se arredra ante la inspiración por tomar como tema literario una historia que es Historia. Tampoco es una persona que se deje de comportar con todo el esmero y la consideración que le merece el semejante que asume esta historia como Historia Sagrada. Subyace al libro, entonces, esta encomiable tarea que Liliana Bodoc realiza de modo magistral. Ni agravia, ni se arredra. Toma de una Historia codificada durante siglos, solo lo que le conviene. Asume que seguramente el mundo ateo no verá con buenos ojos que ella otorgue crédito virtuoso a una persona que para muchos resulta alienante y enemiga de su cosmovisión materialista y que no concibe el espiritualismo sino bajo el ateísmo o el agnosticismo. Lo que no es sinónimo, me gustaría dejar en claro esto, que ser ateo sea sinónimo de no responder a una ética virtuosa.


     Plantearía entonces en estos términos la estrategia deslumbrante, de escritura capaz de crear a un Satanás con un clima ominoso de modo que pocas veces he visto a lo largo de toda mi historia de lector. De poner su imaginación potente y frondosa al servicio de narrar una Historia que ella convierte, con palabras modestas, en historia, con minúsculas. Esto es, en materia literaria. Y, el otro punto que considero primordial aquí, ya desde su título, consiste en que no admitirá la voz autoritaria que narre esta trama sino la de un humilde cachorro. Esto es: ni tan siquiera un humano. El más humilde de entre los seres de la tierra. Quizás ese ser que como nota dominante suele ser el apego, la fidelidad y un sentimiento de devoción hacia su amo que, en este caso es la palabra clave. La devoción. Pero que también quiere sea la valentía llena de bravura de quien suele defender un hogar con sus dientes, sus orejas y su olfato. Quizás fueron todos esos sentidos los que Liliana Bodoc puso a funcionar para, al momento de escribir su historia, hacerlo en los término apropiados y en el tono justo. Y el equilibrio y la armonía que no condujeran ni al odio y las divisiones. Sino la concordia. Y a la reconciliación. En el medio por supuesto que estaría el disfrute gozoso en su maestría del ejercicio literario. Y el abrazo del semejante que marcha al encuentro del semejante. Sin sectarismos, odios ni confrontaciones. Simplemente la comunión.

No, no..., y no...!!! por Julio Cortázar en la Campaña Libros por la Paz, Agenda ODS - 2030, NACIONES UNIDAS.

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