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sábado, 18 de enero de 2020

ENTREVISTA A LA ESCRITORA ADELA BASCH





—¿Por qué se te ocurrió ser escritora?

Más que una ocurrencia, fue una necesidad. La cabeza se me llenaba de palabras que querían salir y se me empezaron a desparramar por los ojos, los oídos, la garganta y la nariz. Después pasaron al resto del cuerpo, me llegaban hasta la punta de los pies. Yo veía palabras, las olía y las oía, se me atragantaban, se cruzaban con las líneas de mis manos y hasta me cosquilleaban y me bailoteaban por todas partes. Comprendí que si yo les abría la puerta y las dejaba salir, iba a explotar en cualquier momento. Así que les abrí la puerta de par en par y de inmediato se esparcieron sobre las hojas de papel que tenía a mano. Se adhirieron a ellas con tanta fuerza, que nunca intenté sacarlas.

—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?

Sinceramente no lo sé. En esto, como en casi todo, mi sabiduría es muy limitada. Lo que sí sé es que por más que alguien pueda haber nacido con una fuerte inclinación por la escritura, y la mía era muy fuerte porque durante el embarazo mi mamá comía mucha espinaca y porque yo, al nacer. tuve una inclinación de 120 grados, sé que si se no trabaja sobre esa inclinación  con persistencia, aunque se corra el riesgo de caer de tan inclinado que se ve el mundo, si no se hace infinidad de borradores, si la persona no se forma como lector o lectora, (yo me tuve que formar mucho porque en mi adolescencia era bastante deforme) es difícil que se logre escribir algo que valga la pena. Aunque sí se puede lograr escribir algo que dé pena. Y realizar todo ese trabajo significa tomar una decisión.

—¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

Es la imaginación la que me deja volar a mí. Lo que yo intento es que nada me corte las alas, porque se armaría un desparramo de plumas que mejor ni te cuento. Y el vuelo me lleva por tantos lugares, tan dispares y tan asombrosos que no puedo dejar de mirar fascinada. Uno de los lugares por donde me lleva es lo que solemos convenir en llamar realidad. Pero es muy diferente mirar la realidad o lo que fuere a una distancia de 20 centímetros, de 50 metros o de cientos de miles de kilómetros. Creo que la imaginación es parte de la realidad y que esta es parte de la imaginación. O al menos, eso es lo que imagino.

— ¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora?

Tuve algunos trabajos insólitos. Trabajé muchos años de alumna, pero nunca conseguí que me pagaran aguinaldo ni vacaciones. Fui profesora de dactilografía y taquigrafía, aunque nunca entendí cómo lo pude hacer. Traduje libros del inglés al español, que es una tarea rarísima porque traducir de una lengua a otra es imposible. Y también di clases de lengua y literatura y me sigo preguntando qué clase de clases daba.



—¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

Me es muy difícil encontrar solo uno. Y tal vez eso sea para mí un hecho afortunado, porque quizás si alguno me hubiera gustado más, no habría seguido escribiendo.  Por ejemplo, si el primer libro que escribí, Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha, hubiera sido el que más me gustó escribir, seguramente no habría escrito ningún otro. Creo que siempre el que me gusta más es el libro que esté escribiendo en el momento presente. Y cuando lo termino, estoy segura de que el próximo me va a gustar más. Pero cuando llego al final de ese libro, tengo la certeza de que el siguiente va a gustarme todavía más. Y cuando lo termino, no tengo duda de que el que estoy a punto de empezar será  el que más me va a gustar. Sin embargo, cuando lo termino... me doy cuenta de que tendré que escribir muchos otros para descubrir cuál me gusta más.

—Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es la relación dentro de la escuela? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños?

Me gustaría que la escuela fuera un lugar al que los niños y las niñas quieran ir, donde se sientan a gusto, cuidados, felices. Es la base para que el conocimiento se desarrolle. La literatura ayuda mucho a que esto ocurra. A veces funciona como un bálsamo que les trae alivio, un rato de disfrute, un momento para encontrarse con algo distinto. A los niños y también a los maestros y bibliotecarios. Es muy importante que el tiempo de lectura y el acercamiento al libro esté bien diseñado, sin presiones ni la sensación de que es algo obligatorio. Y puedo asegurar que, por suerte, me crucé con infinidad de maestros y bibliotecarios que hacen un trabajo excelente. 
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—¿Sos muy sensible, como tus personajes?

Sí, porque todos mis personajes, desde los más queribles hasta los más detestables, me representan en alguna medida. Por eso cuando tengo que comprarme ropa es un lío, soy de tantas maneras que ni sé qué talle me queda bien. Y en este momento aparecen unas líneas de Walt Whitman que dicen “Sí, me contradigo. Contengo multitudes”.

—¿Qué te hizo ser así?

Tal vez el hecho de que cuando era chica los domingos en el almuerzo en lugar de mirar televisión (que no teníamos) mi papá nos contaba cuentos de “Las mil y una noches” (que posiblemente fueran los únicos que sabía bien) y mientras mi cuerpo comía ravioles mi imaginación se alimentaba de alfombras voladoras, lámparas maravillosas, Simbades y Alí Babás. O que cuando nos íbamos a dormir mi mamá nos contaba a mi hermano menor y a mí cuentos que inventaba y nos cantaba canciones de industria casera, y entonces mi cabeza se apoyaba sobre la almohada y mi mente viajaba sobre las alas del encantamiento de las palabras. O que cuando aprendí a leer y escribir tuve la certeza de que por fin podría conocer los secretos del universo, el sentido de la existencia y expresar lo inexpresable. O que durante mi infancia era muy tímida y los únicos con los que podía hablar libremente eran los libros. O que mis hermanos mayores tuvieron la feliz ocurrencia de leerme poemas de Alfonsina Storni y Rubén Darío y en ellos encontré un ritmo que se unía a mi respiración.



—¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?

La veo con un poderoso nivel de crecimiento, sobre todo en estas últimas tres décadas. En toda Latinoamérica, pero más que nada en Argentina, país que siempre se destacó por tener una oferta editorial asombrosa. Da gusto ver las cosas maravillosas que están haciendo los escritores y los ilustradores de LIJ. Se abrió un espacio que estaba a la espera de ser construido, y se vino con todo. Antes éramos muy pocos los que hacíamos libros para chicos, con lo cual los chicos leían menos y la industria no era fuerte. Ahora hay muchas editoriales, grandes o pequeñas, que apuestan a la literatura infantil. Como Abran Cancha, la editorial de LIJ que creé y dirijo desde hace casi veinte años. Me da una satisfacción enorme hacer libros para chicos, y también ver que la lectura crece, crece y no para de crecer entre los niños y las niñas. Me hace feliz. 

—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

Desde mi punto de vista, lo primero que tiene que hacer es no dar demasiada importancia a lo que le digan que tiene que hacer. Creo que es mejor que cada quien vaya viendo por sí cómo llega a ser escritor o escritora. Sin embargo, también puede ser de ayuda escuchar a quienes ya tengan un trayecto hecho en ese sentido, pero eso no significa que haya que creer a pie juntillas que lo que a una persona le ha dado buen resultado necesariamente le tenga que ser útil a otros. El camino de la escritura, me parece, es diferente para cada persona. Y cada persona se merece aprender a escuchar su propia voz del modo que pueda. De todos modos, me atrevo a decir que si se quiere ser escritor, es indispensable leer mucho. La lectura es otra cara de la escritura. También creo que es importante tener paciencia. Suele ser imperioso hacer muchos borradores y corregir y corregir para escribir algo que despierte el deseo de leer y pueda sostenerlo. Y también creo que es necesario aprender a ponerse en el lugar de otros, de los potenciales lectores.

—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable? ¿Por qué? 



Prefiero no poner a la literatura epítetos ni calificativos. Me digo: ¿Quién soy yo para dictaminar cómo debe ser la literatura? Me parece mejor que sea como ella misma quiera y no imponerle mi modo de ver, qué sé que es muy parcial, fragmentario y siempre provisorio.

--Adela, ¿cómo ha sido y es tener un propio sello editorial?

Ha sido y es un sueño, una quijotada, una utopía, una locura, un noble propósito, una insensatez, una carrera de obstáculos, un acto de fe, un esfuerzo constante, una navegación contra la corriente, una prueba de que hay mucho en este mundo de lo que entiendo muy poco o nada, un absurdo, un desafío permanente, un aprendizaje sin fin, una vertiginosa aventura, una alegría.



—¿Cómo se amalgama el tener que tratar con escritores, ilustradores, sobre todo teniendo en cuenta que vos sos un par, una colega?

Es sencillo. El hecho de ser un par, una colega, me permite tener una profunda empatía con las personas que trato. Sé cómo se sienten, porque con frecuencia me toca a mí estar en el mismo lugar que ellas.





@ Eduardo Raúl Burattini


miércoles, 15 de enero de 2020

Profesores que escriben Heme aquí, ya profesor (de Mientras duren los libros)

                                                            por María Cristina Alonso



 Me pregunté durante mucho tiempo: ¿se puede escribir y ser una profesora de secundaria? Pienso en Haroldo Conti, dando clases de latín mientras escribía Mascaró,  en Cortázar en las escuelas de Bolívar y de Chivilcoy, en la década del 40, o  en Antonio Machado y sus cursos de francés en la España de la Segunda República. Sobre estas cosas trata este capítulo de Mientras duren los libros


Durante mucho tiempo soy una profesora que anda a los tumbos y apenas si puede orientarse en el salón de clase. La juventud nos llena la cabeza de sueños. El mío es el de convertirme en escritora y en poder leer sin que nadie me interrumpa durante horas. Pero no hay caso. No hay tiempo para nada. Además de las horas que paso frente a alumnos, en dos turnos, tengo que asistir a reuniones, hacer planificaciones, escribir discursos para los múltiples actos que se suceden a lo largo del año y corregir parvas de evaluaciones y trabajos escritos.

Corregir, esa es la condena del profesor. Los chicos     escriben como si estuvieran colgados de una ventana mirando el precipicio. Letras de múltiples formas con biromes de todos los colores pero nunca escritura legible. Un profesor es un criptógrafo, un aspirante a Champollión, un descifrador de jeroglíficos. Pasa horas mirando las hojas de carpeta intentando dilucidar lo que han querido escribir sus alumnos y, cuando lo logra, en general no hay nada consistente.

Horas de corrección. Me instalo frente a la ventana con el mate, pongo música, me reclino sobre almohadones, pero la pila de escritos no avanza. Cuando ya tengo cinco corregidos me acuerdo de que hay que ir a descolgar la ropa porque va a llover o pienso que el cubo del agua del perro estará vacío. Me levanto incontables veces para consultar libros de la biblioteca que me vienen a la cabeza, los abro, leo unos párrafos y los vuelvo a colocar en los estantes. Me digo que, para corregir los cinco cursos que se apilan sobre mi mesa, debería atarme a la silla con una cadena. Me muero de aburrimiento. No soy buena profesora, odio corregir siempre las mismos errores, esas largas oraciones sin puntos ni comas, esos errores ortográficos que horrorizan, esas diez palabras que conforman casi todo el vocabulario de los adolescentes que tiene siempre cosas más interesantes que hacer que dedicarse a escribir una página decente para la prueba de lengua.

Sueño con hojas de carpeta Rivadavia garabateadas con birome, con los extremos doblados, con florcitas dibujadas en los extremos, con la marca de agua con esa R estirada y llena de firuletes que atraviesa la hoja. Justo Rivadavia, un tipo que no me cae para nada simpático. Y trato de no hacer la cuenta de los trabajos escritos que corrijo en el mes, en el año, al cabo de los años. Por suerte, de tanto en tanto, algún adolescente escribe una historia interesante o incurre en errores graciosos.

Me pregunto ¿se puede escribir y ser una profesora de secundaria? Pienso en Haroldo Conti, dando clases de latín mientras escribía Mascaró,  en Cortázar en las escuelas de Bolívar y de Chivilcoy, en la década del 40, o  en Antonio Machado y sus cursos de francés en la España de la Segunda República. Y me respondo que se puede. Entonces corro las evaluaciones agobiantes y pongo una hoja en la Olivetti Lettera 32 anaranjada o más adelante enciendo la computadora y escribo.

Una mañana llevo un libro de poesías completas de Antonio Machado a clase. Él también fue profesor. Un reposado profesor que escribe mientras camina por los campos de Castilla bordados de olivares polvorientos: "Heme aquí ya, profesor/ de lenguas vivas (ayer  maestro de gay-saber, /aprendiz de ruiseñor)/ en un pueblo húmedo y frío,/ destartalado y sombrío, / entre andaluz y manchego". Es Antonio Machado que,  en 1912, después de la muerte de su amada Leonor, se traslada a Baeza, en Jaén, a casa de su madre y, hasta 1919, enseñará Gramática Francesa en el Instituto de Bachillerato instalado en la Antigua Universidad baezana.

Sus ex alumnos lo recordarán como un hombre benevolente y un tanto ausente del mundo cotidiano. Su cabeza estaba llena de poesía pero también preocupado por el clima político que se respiraba durante la Segunda República. Le inquietaban los males nacionales y les decía a sus alumnos: No aceptéis la cultura postiza que no pueda pasar por el tamiz de vuestra inteligencia. Hay que aprender a pensar, a razonar, a utilizar el cerebro; a distinguir “los valores falsos de los verdaderos y el mérito real de las personas bajo toda suerte de disfraces”

La pena por la pérdida de Leonor, que había muerto a los 18 años, se notaba en su  desaliño. Solía decir: Un hombre mal vestido, pobre y desdeñado, puede ser un sabio, un héroe, un santo. El birrete de un doctor puede cubrir el cráneo de un imbécil.

Escribe el hispanista Ian Gibson que Machado fue catedrático por casualidad pero que, una vez que ganó la cátedra de Lengua Francesa en el Instituto de Soria, en 1907, se aplicó muy en serio a su profesión y a sus obligaciones. Había pensado trabajar en un banco, y también había querido ser actor. Fue su maestro Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien lo encaminó hacia la docencia y le propuso opositar a una cátedra en el Instituto.  Sabía francés como su padre y abuelo, le interesaba la literatura francesa contemporánea, había estado en París. Por lo tanto, ya que como escritor no iba a poder ganarse la vida,  comenzó a dar clases. Y no fue un profesor convencional. Aunque su misión era enseñar francés con los libros de textos oficiales –por aquel entonces el francés era considerado una materia “de adorno”, como la gimnasia- se las ingeniaba para que sus clases fueran entretenidas y dinámicas. Aligeraba el aburrimiento de la gramática enseñando la lengua a través de la literatura, no sólo francesa, sino también española. Tampoco, parece, suspendía a ningún alumno. Podemos imaginar que en aquellas “lecturas comentadas” – dice Gibson- habría frecuentes alusiones a la literatura española, e incluso a poetas amigos del catedrático. Y lo más grande, era que los alumnos sabían que, pasara lo que pasara, el bueno de don Antonio nunca los iba a suspender.

Leo en voz alta Canciones y cantares, leo “A un olmo seco”. Un chico de pecas me mira soñoliento, una que no puede dejar tranquilos a sus rulos encendidos bosteza, desde el último banco se escucha el ruido de un sacapuntas. Las virutas van cayendo sobre el piso y me alejan de los campos de Castilla, de Antonio Machado exiliándose en Coilleur, de su melancolía. Suena el timbre.

Tampoco suspendía a sus alumnos Haroldo Conti,  que desapareció el 4 de mayo de 1976, secuestrado por una patota en los comienzos de la dictadura. En ese entonces daba clases en el Liceo Nacional N° 7 “Domingo Faustino Sarmiento”, de Buenos Aires.

Un profesor diferente, como lo recuerda una ex alumna, Ramy Alvarez Freita, cuyo testimonio está registrado en el libro Haroldo Conti, biografía de un cazador, de Néstor Restivo y Camila Sánchez: “No era lo que se dice un profesor común. En absoluto. A nosotros nos dictaba latín, en segundo año, en el 72”. “No hablaba mucho de sus libros. Tanto que muchas compañeras, creo, ni siquiera sabían que al frente de la clase estaba un escritor de muy alto nivel.”

Y la directora del Liceo donde Conti enseñaba recordó con horror que una noche encendió el televisor y lo vio a Haroldo Conti entrevistado por Julio Lagos, que decía: “Sí, yo dicto en una escuela latín…la verdad es que cumplo la mitad del programa.” Y pensó que al día siguiente iba a tener que llamarle la atención. Como cuando faltaba y ella le decía: “Conti, no me haga tener que pasarle una observación escrita.”

El mismo Conti dirá, en un reportaje publicado en el diario La Opinión del 15 de junio de 1975:”Ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes (se refiere a sus deseos de ser escritor). Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín.”

Y, reflexionando sobre su situación económica: “Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos.”

Conti se desempeñó como profesor de latín en el Liceo N°7, de Buenos Aires, desde 1967 a 1976. Luego de su desaparición, durante dos años, se le siguieron computando las ausencias y, recién a mediados de 1979, el Ministerio de Educación, envió al establecimiento una notificación que lo declaraba cesante por "abandono de tareas".


Escritores que enseñan, que dan clases para vivir pero que andan por los pasillos de las escuelas con sus ficciones a cuestas. Mientras van pasando los años y escribo libros, mientras transcribo notas a planillas cuadriculadas, corrijo evaluaciones y asisto a interminables reuniones de profesores cuya finalidad es hacernos sentir siempre en falta y culpables, pienso en Cortázar enseñando Instrucción Cívica en la escuela normal de Chivilcoy entre 1939 y 1944 y escribiendo cuentos en la pensión Varzilio.

Chivilcoy está a cincuenta kilómetros de la ciudad donde vivo. Envidio a los chivilcoyanos por haberlo tenido a Cortázar vagando por sus calles.
Leo un prólogo que Cortázar escribe para una edición de los cuentos de Felisberto Hernández  -“Carta en mano propia”-  y puedo entrar, guiado por sus palabras a la pensión Varzilio.

Para envidia del resto de los pensionistas, la habitación de Cortázar da a la calle y parece que es la mejor de la casa aunque el futuro escritor se queje no sólo de ella, sino de la aplastada ciudad de la pampa bonaerense.
Cuando no está en la escuela, Julio escucha discos que pasa en una victrola rasposa, según la descripción que hace a un Felisberto que ya no puede leerlo porque está muerto.  Por la ventana de la pensión Varzilio salen aires de Mozart, de Bach, tangos de Gardel,  los blues de Jelly Roll Morton y las canciones de Bing Crosby.

La vida de Cortázar en Chivilcoy se reparte así: cada tanto un concierto en el club social y de lunes a miércoles, cinco horas de geografía, nueve de historia y dos de instrucción cívica. Los almuerzos compartidos en la larga mesa con viajantes de comercio y empleados bancarios.

El joven Cortázar se está volviendo un experto en pueblos, antes de Chivilcoy ha estado en Bolívar, “ese peldaño del infierno que se llama Bolívar”,  le escribe a una amiga, describiendo las ventajas de Chivilcoy: De no existir la inapreciable ventaja de escaparse cada fin de semana, acaso habría más problemas de vida aquí que en aquel pueblo sin alma. No sabe usted las cosas que me han ocurrido... y que me ocurren: la suma de miserias y torpezas que caracterizan a una ciudad del interior.

  Lo cierto es que  antes de Rayuela y el boom latinoamericano, antes de Cuba y de su hermano, el Che, que iba por los montes mientras él  dormía y  Nicaragua tan violentamente dulce, Cortázar es un docente que enamora a alguna de sus alumnas y debe abandonar el pueblo acusado, en 1944, de comunista, anticlerical, anarquista y trotskista por no besar el anillo del obispo de Mercedes, que visita la institución.



Obras mencionadas en este capítulo:
Mascaró, de Haroldo Conti. “Campos de Castilla”, “A un olmo seco”, de Canciones y cantares, de Antonio Machado. Haroldo Conti, biografía de un cazador,  de Néstor Restivo y Camila Sánchez. Rayuela, de Julio Cortázar, “Che” en “Carta a Adelaida y Roberto Fernández Retamar” de Cartas 1964-1968, de Julio Cortázar en Edición a cargo de Aurora Bernárdez.

sábado, 11 de enero de 2020

ENTREVISTA AL ESCRITOR WALTER MARTINEZ









¿Por qué se te ocurrió ser escritor?

En realidad, el camino que realicé y que me llevó a ser escritor se fue dando en un proceso paulatino. Yo cursé talleres de escritura con escritoras como Liliana Bodoc y Graciela Komerovsky. Y con Iris Rivera, con quien sigo cursando.
Hice toda esta introducción para explicar que ser escritor no fue algo que se me ocurrió porque nunca imaginé que iba a publicar. Yo iba solo para escribir mejor. Ahora, cuando fue pasando el tiempo empecé a darme cuenta que quería algo más que eso. La primera vez que me planteé si quería ser escritor fue cuando tuve la oferta de una editorial que se interesó por unos de mis cuentos. Y en esa editorial publiqué La lógica Lautaro.
Ahora, si tengo que responder ¿por qué soy escritor?, diría que por la necesidad de llegar a potenciales lectores. El escritor sabe que escribe para otros. Y no podemos ni debemos olvidarnos de eso.

Se puede decidir ser escritor o se nace?

Las dos cosas son importantes. Creo que hay algo que uno trae: la inquietud, la necesidad de contar, la capacidad de construir mundos con las palabras. Pero en esta profesión hay mucho de trabajo, de aguantarle la mirada a la hoja en blanco; y sobre todo, de corrección.
La escritura es un proceso complejo. Solo tenemos dos ojos para mirar todo ese andamiaje que armamos para contar. Pero no podemos descuidar nada, necesitamos de tiempo y tachaduras y reescritura, porque sabemos que después van a ser cientos o miles de ojos y de miradas que van a aportar los distintos lectores.    





Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

Considero que en la escritura no puedo prescindir de ninguna de las dos.
Lautaro –el personaje sobre el que tengo dos libros, uno publicado y uno a punto de salir- es un personaje de ficción. Pero todo lo que le pasa es tan real, tan cotidiano para cualquier niño, que algunos alumnos cuando voy a visitarlos por el libro creen que Lautaro va a llegar conmigo de la mano. Y muchos otros me preguntan si Lautaro tiene que ver con mi niñez.  
Y ahí es en donde se mezcla la ficción y la realidad. Y me encanta esa alquimia.

De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritor?

Trabajé en una imprenta haciendo afiches de calle. Fui ferroviario, siendo técnico de una Central Telefónica, y actualmente sigo trabajando como administrativo en una oficina pública.

Cual fue el libro que más te gustó escribir?   

Bueno, mi respuesta es sencilla: “La lógica Lautaro”. Hasta principios de febrero de 2020, que esté en las librerías “Lautaro a la carta”.
La verdad es que disfruté mucho escribiendo estos dos libros. La diferencia es que, de La lógica ya tuve devoluciones de alumnos, docentes, lectores en general. El otro libro todavía es una incógnita.

Se habla mucho de la lectura y la escuela ¿cómo es la relación dentro de la escuela? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños?

La lectura en la escuela es fundamental. No puede prescindirse de la lectura. La lectura debe ser creativa, divertida, reflexiva, abierta, disparadora.
No se debe leer por imposición, sino para mostrarle un abanico de posibilidades según el perfil y el interés de cada alumno.
Hay niños que fuera de la escuela no leen. Por eso es importante hacerle saborear la dulzura de las palabras. Todos probamos por primera vez un helado cuando éramos niños. Y ese sabor dulce nos dejó una marca para siempre. A partir de ese día supimos que nos gustaban.
Nosotros, como mediadores, escritores, docentes, debemos hacerles probar por primera vez el dulce sabor de la literatura. Es un trabajo de paciencia, porque no todos los niños tienen los mismos gustos. Y lo mismo ocurre con los helados.  



Sos muy sensible, como tus personajes?

Sí, soy muy sensible.
Probablemente Lautaro sea más sensible que yo. Pero es tan distraído que no se debe dar cuenta.
   
Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?

No creo descubrir nada si digo que la literatura infantil y juvenil en Argentina ha crecido a pasos de gigante. Y eso se entiende desde ver a tantos colegas premiados en nuestro país y a nivel mundial.
Digo esto sin obviar que en estos últimos años hubo una depresión importante en las ventas y en toda la labor editorial. De igual modo, creo que siempre hay un mercado activo. Escritores, ilustradores y editoriales pequeñas que se las ingenian para seguir adelante. Espero -a partir del anuncio del Plan Nacional de Lecturas- que el mercado se reactive, la actividad crezca para bien de todos. 
Y en Latinoamérica, según creo el comportamiento es parecido. Mucha avidez de buena LIJ hace que los cerebros no descansen para ver cómo hacer más y mejor literatura.  



Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

El mejor consejo que les daría es que lean mucho, lo que tengan a mano. Lo que más les guste, pero también que prueben, exploren, busquen, curioseen otros géneros impensados para ellos. U otros autores que imaginan que no son de su interés. Porque quien quiera ser escritor deberá tener un conocimiento amplio de múltiples lecturas.

¿Creés que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable? ¿Por qué?

Creo que la literatura debe ser eso y mucho más.
La literatura crea mundos: países, escenarios, animales, personajes, conflictos. Crea todo de la nada. De modo que esas cuatro definiciones no alcanzarían.
La literatura, en principio debe ser todo lo que el autor se propone. Más tarde la valoración de nuestros lectores dirá si lo conseguimos. A veces, la vida nos ofrece ese punto de vista del lector, que nos conforma o no, pero que siempre nos conmueve.   






@ Eduardo Raúl Burattini



jueves, 9 de enero de 2020

Instrucciones para enseñar a leer a un niño

                                                por Gustavo Martín Garzo




Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.
Palabras del día y de la noche

Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que están ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.
Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.
Jardín secreto


Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que están ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.
Cortesía del suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC

sábado, 4 de enero de 2020

“Utopía, y distopía en Natalia y los Queluces de Santiago Kovadloff”



                                                                                                      por Adrián Ferrero




      En la ficción narrativa para niños Natalia y los Queluces, de Santiago Kovadloff, originalmente publicada en 1993 (y reeditada en 2005), es posible rastrear algunas claves convergentes y divergentes en torno de lasa cuales la poética de Kovadloff se organiza sémicamente. Los actantes de la trama son seres fabulosos, siempre migrantes aéreamente (ángeles, aves, nubes, caballos voladores, globos) o bien humanos que, mediante atributos que, distorsionando sus capacidades, configuran un nuevo tipo de entidad ya no homínida. Los rasgos humanos, por cierto, se acentúan aún más al verse cruzados con los fabulosos, por contraste, pero también en función de que lo humano, metonímicamente se recorta contra la enorme totalidad de las posibilidades del ser, en este caso de índole sobrenatural. Por ejemplo, el discurso en que se expresan los queluces, coprotagonistas de esta ficción, operan sobre el lenguaje oral resemantizando la lengua española, mestizándola, como veremos, con la lengua portuguesa pero también plagada de los gorjeos ornitológicos, elaborando una suerte de panlengua babélica susurrada a Natalia, la protagonista de la historia. Esa lengua, no obstante, es comprensible al mismo tiempo por ella..

     Las operaciones desfamiliarizadoras o desnaturalizadoras, funcionan como un mecanismo de relojería. Kovadloff se interna en el intrincado mundo de los seres fabulosos pero, elaborados, como es sabido, siempre por una combinatoria con figuraciones terrestres.  A través de la función lúdica de la ficción, el juego dialéctico y elástico entre lo existente y lo improbable pero posible, se gesta un colectivo de personajes que, a través de distorsiones, alcanzan su propio fundamento ontológico.  Así, lo fabuloso no es un emergente del orden de lo imposible, sino una nueva reacomodación de elementos que antes permanecía atomizados o dispersos, pero del orden de lo constatable y lo presente. Para ello, acude a una ingeniería imaginaria, a una carpintería configuradora que lo sitúa entre los autores más audaces de la narrativa argentina infantil en cuanto a que evita los indicios costumbristas y regionalistas así como se sumerge en la tradición del cuento maravilloso, especialmente el europeo. En efecto, su ficción resulta singular por la construcción de los personajes, no tiembla ante las posibilidades de inferir la construcción de un verosímil casi disparatado o, al menos, contrafáctico.

     La Tierra, como planeta, no sólo se presenta como un espacio, tanto real como imaginariamente incompleto. Hábitat de contradicciones y malentendidos, de desencuentros e insatisfacciones, de desaguisados y desperfectos, de defectos y malestar, todas formas de la represión y el deseo incompleto, que casi naturalmente se torna necesario refundar. Así, surgen como escenario inconformista y resulta paradigmática. esta, la ficción porque adviene que es necesario restaurar una esencia primordial moralmente transgredida. Porque si bien Kovadloff no pretende aleccionar, sí pretende formular o reformular valores y conductas que, actualizados, desordenan la moral social y, por lo tanto, los pactos sociales. Dichos pactos sociales son los que grrantizan la paz social, por un lado. Por el otro, lo sueños utópicos de pensar un mundo en términos más completos en el que el ser humano pueda vivir sin sobresaltos.

     Propositivamente, todos los actuantes de la fábula remiten, como decíamos, a lo aéreo: alas, nubes, planetas, ángeles. No obstante, los seres fabulosos que la protagonizan, los queluces, son una combinatoria de hombres de origen portugués de fines de 1580, que abandonaron su palacio de Queluz, no lejos de Lisboa, cuando el país cayó en manos de España. También su otra mitad es la de ser de aves portentosas, similares a las águilas, que habitan las cumbres del Asia Menor, región no distante de aquella en la que Portugal mantuviera hasta entonces prósperas colonias. Producto entonces de un éxodo y una expansión geopolítica, los queluces son seres políticos además de fabulosos. Se trata, entonces, de una politización de una zoología y una antropología fantásticas, tal como Jorge Luis Borges definía a los seres de nula taxonomía animal y humana.   


    Los diálogos entre los queluces y Natalia sostienen la función informativa, portadora de una transparencia crédula que la niña en ningún momento pone en entredicho. Luego de numerosos intercambios comunicativos frente a la ventana de Natalia, en un edificio de departamentos en la ciudad de Mar del Plata, los queluces, estos seres gorjeantes encargados de trazar una cartografía del presente y del futuro, mezclando la futurología con la omnisapiencia, son los responsables de narrar el contenido bajo una forma en abismo como protagonistas y narradores simultáneamente. Una vez transcurridos estos diálogos, Natalia es transportada hacia el país utópico al que se dirige: los queluces la depositan en la nube percherona. Natalia, atenta y curiosa niña pendiente de las nuevas inflexiones y secretos que el mundo comience a develarla (dato crucial para un niño o niña), no duda en entrevistarse con estos seres heraldos de un nuevo mundo ni tampoco por otros que con ella interactúen. Por el contrario, cierta angustia ante su destino y su futuro, se encargará de, simultáneamente, intervenir en las acciones de las que participa a través de insistentes inquisiciones. De este modo, hablar con una nube, dialogar más adelante con una niña que es nada menos que la inversión de sí misma, vislumbrar un mundo alternativo al originario, no hacen sino suscitar una incertidumbre cuya tranquilidad sólo puede ser lograda mediante una relación de contigüidad entre lo que acontece y la función informativa del lenguaje, a través siempre de su propia iniciativa. Estos patrones de conducta oral de carácter propedéutico que la preparan para otorgarle seguridad de ánimo, de temperamento y de reforzar sus principios son asimismo la forma de penetrar en la consolidación del universo atópico y acrónico en el que se verá involucrada y depositada. Los interlocutores sucesivos le permitirán, mediante la antelación, construir una universo utópico a partir del cual repensar la ley moral y la ley social en la que, sin haberlo advertido, o acaso víctima de una educación cultural que la invisibiliza, está inmersa. “Volar al planeta” en una nube percherona, como así los denomina el narrador, asegurará un nuevo patrón de inteligibilidad política y social de la niña. Ahora estará en condiciones de advertir dónde estuvo, en qué lugar se encuentra, y qué relación que existe entre la distopía, esto es, el desorden social de la que proviene y la utopía hacia la que se dirige y en la que permanecerá producto de haber sido preparada para ella.

     Recursivamente, al tiempo merced al cual se accede mediante una distorsión feliz, la ficcionalidad se alimenta merced a la renovación permanente de hallazgos que, axiológicamente connotados de manera positiva, reenvían de un mundo a otro, por cierto contiguos. De la utopía que es el mundo al que ingresa Natalia, a la distopía detalladamente descripta de su mundo de origen y a sus interlocutores en la Tierra, espacio en el que desiste permanecer, el dinamismo fluido de la fábula acentúa el rasgo móvil de todo aquello que alude a la organización social de Natalia en tanto que sujeto de cultura, incluidos los relatos infantiles y las narrativas sociales y cosmogónicas.

     Fijar sentidos es una de las funciones de la lengua. La ficción, apoyada en los signos, procura, en cambio, corroerlos, hacerlos chirriar, procura ponerlos en cuestión, esto es, en el mejor de los casos hacerles decir lo indecible, aquello que sólo la dimensión imaginaria de la existencia es capaz de capturar y concebir. Así, Natalia y los queluces fijan formas de denunciar la alienación en el planeta tierra, el descuido y la sumisión de los seres humanos, su afán de lucro y su incapacidad de persistir y valorar lo inherente a cada uno. Irrespetuosos de la niñez, Natalia señala sin candor la aspiración de un niño a ser tratado con benevolencia pero también con mediante juicios invitantes (y no despectivos) de índole genuina.. Cada persona, en la Tierra, como lo testimonia Natalia en el inicio del texto, aspira a ser lo que no es: si una persona es flaca quiere aumentar de peso, si vive en un departamento añora estar en e campo, si tiene un color de pelo envidia el de otros. Se aspira a ser  permanente lo que no se es. Dicha insatisfacción constituye el motor de la fábula. Así, la ontología adopta la forma de un oxímoron pauta las fantasías de los habitantes terrestres. Esto  es lo que los queluces vienen a reparar. Es por ello también que el planeta en el que termina afincándose Natalia, precisamente garantiza a quien lo visita o en él fija su residencia, una asunción, su aceptación y su afirmación de su identidad, que no debe ser confundido con el conformismo, pero sí con la sinceridad y la honestidad: el ser lo que se es de modo honesto. Por el contrario, dicha toponimia fantástica axiológicamente es connotada de modo exigente por aquello que debería ser para mejorar su calidad, no su tranquilidad, sino su excelencia.

     Se logra, por fin, aquello que pretenden los seres humanos pero de un modo imposible y descarriado, casi naïve. En ese mundo todo se invierte, no para la satisfacción, sino para la sorpresa y el desconcierto. Pero no se trata de devenir lo que no se es, invirtiendo ese rol fundante de la identidad sino, por el contrario, asumir aquél del que está investida la genuina imaginación, capaz de formular afrimaciones eimposibles semánticos, como es posible advertir en todo fantasy. Sin inhibir lo existente, la ficción acude a lo audaz.


     Pero lo que propone Kovadloff es una vuelta de tuerca más compleja que la de la mera moraleja del mundo del revés o de la negatividad. Por el contrario, el autor insiste en la necesidad de que mediante la imaginación (razonada o bien maravillosa), los seres humanos no necesiten apelar a ningún tipo de astucia, ni técnica ni cosmética, para comprender y asumir lo que son, para persistir en su ser sin desvíos ni deformaciones disciplinadoras. Y que el mero hecho de comprender y hacerse cargo de lo que son constituye ello mismo una verdadera aventura, una odisea autónoma en la que vale la pena embarcarse. Desistir de ello supone una amputación a la portentosa capacidad de, reflexivamente, poder asistir a nosotros mismos como un espectáculo que nos brinde satisfacción y realización, además de perspectivas de un futuro concreto, funciones todas ellas que revitalizan el don de la vitalidad..

      Los contornos de los seres que habitan esta obra están delineados según un horizonte humano, animal pero también del orden de lo inanimado. Lo inanimado o lo no humano que se torna, mediante el hálito de la ficción, mediante un suplo en un ser animado. Así, una nube como un caballo percherón de un circo puede comunicarse con la protagonista, en donde va montada. Puede hablar con otras nubes como los seres humanos hablan “por teléfono pero sólo a larga distancia como si estuvieran al lado” y no a la inversa. O bien los queluces, mediante una combinación medieval de hombres con aves, persisten en un idioma que sólo se habla en primera persona del plural, una lengua, también, inclusiva desde su misma nominalización y comprensible para Natalia, pero portan aquellos indicios propios de las aves. No sólo vuelan. Sino que pueden sostenerse en el aire, como plumas o globos, desafiando la ley de la gravedad. Esta suerte, una vez más, de desafío, parecería constituir la semilla de la poética de Kovadloff. Se trata de organizar un patrón cultural según el cual la ficción desarticula las narrativas represivas y coercitivas de la imaginación social y de pensar siempre opciones alternativas a las del orden de lo real..

      Kovadloff viene a insistir: La ley, la ley del Padre, la ley social, la norma burguesa, son fruto de una insatisfacción propia de todo sistema social y políticamente organizado, que contiene sujeción y represión, ante la cual se vuelven necesarias la acción insurreccional depositada en los relatos, compensatorios y corrosivos a la vez. La ficción viene a desordenar, como un espejo distorsionado, lo que aparentemente la ilusión óptica del sentido común impide percibir en su opacidad. Los personajes de Kovadloff se rebelan, revelando al mismo tiempo las leyes que la sociedad normaliza, pero que resultan ampliamente represivas para la expresión de las de los sujetos sociales, particularmente los infantiles, que suelen no tener voz o cuya voz no suele ser atendida. Una vez más, aquellos a quienes les es dado revisar, impugnar, cuestionar. Aquellos capaces de una verdadera rebelión contra los signos, contra las instituciones que los signos reescriben, son los niños, cuya capacidad de producción ficcional es de tal magnitud que alcanza el orden de lo portentoso e ilimitado, pese a su corta edad. La inexperiencia no constituye un disvalor, sino, por el contrario, la condición sine qua non para establecer una relación discontinua con la cultura, en su sentido más irreductiblemente negativo.  
     La ley de la gravedad, la ley de la individuación, la ley de la unicidad, la ley social, son sometidas a una profunda revisión por una imaginación insumisa que, esta vez, se ve puesta en abismo por la ficción narrativa protagonizada por Natalia.

     Natalia es humana pero logra volar. Las nubes vuelan pero son como caballos percherones. Las nubes hablan. Los hombres no son hombres o no lo son a secas. Las estrellas son planetas habitables y habitados. Las ventanas no se abren al mundo terrestre sino a uno prodigioso. Hombres y pájaros, de modo deslumbrante, entreverados, nuevos seres, capaces de interpelar e intercambiar información y puntos de vista con niños ávidos por escucharlos con suma atención. Los niños y niñas pueden cambiar de ser y de rol (aunque no de aspecto, convirtiéndose en una suerte de dobles o alter egos) y devenir sus pares, ocupar sus lugares y usurpar de modo bienhechor sus familias. Los seres de otros mundos son capaces de ingresar a familias ajenas y terrestres, que no los perciben como invasores. Aquellos que escuchan y no sólo oyen. Aquellos a quienes se les ocurre en una noche aburrida, mirar por la ventana y pensar que, estando en Mar del Plata, aún el mundo podría ser distinto y ser alados en vez de marítimos.


     El sentido común, las frases hechas y el universo religioso acuden a las figuraciones y el léxico del orden de lo aéreo para dar cuenta de una inteligencia proverbial o una audacia desafiante en el arte de pensar o de simbolizar. Natalia y los queluces no elude este espacio sémico. Pensar con inteligencia y ser talentoso es también “tener vuelo”. Pero no menos cierto es que la sabiduría popular estigmatiza a quienes “tienen pajaritos en la cabeza” o “viven en las nubes” o son “de vuelo corto”, y a quienes hay que “cortarles las alas”. Habría entonces una sería de figuraciones en torno del vuelo y de los seres alados de naturaleza peyorativa. Aparentemente en el caso de la ficción narrativa infantil de Kovadloff lo alado está contaminado de significados que remiten a la inteligencia, la sabiduría, el desafío, el talento, la exploración de nuevas territorialidades, no sólo las toponímicas sino también las de los nuevos significados. La levedad etérea del ser constituye un símil de la capacidad de superar las incapacidades humanas y de, por el contrario, acceder a otras no menos fecundas.


      La angeología y el eurocentrismo, lo fabuloso y lo maravilloso, la mitología bíblica y las cosmogonías orientales, las sagas y los misterios, algunos precursores del nonsense como Lewis Carroll, entre otros, sitúan a esta narración en una tradición ante la cual no parece rebelarse sino más bien apropiarse para recrearla. En efecto, Kovadloff no pareciera proponerse nombrar lo que nadie conoce, sino nombrar lo que ya ha sido nombrado, pero con sus palabras, con sus propias fábulas y metaforizaciones. Innegablemente, está avisado de que toda lengua y, en especial, todo lenguaje literario, están sostenidos por una historia de ficciones colectivas que le preceden, pero también de silencios. Allí es donde procura involucrarse con el pasado literario y, naturalmente con el futuro de su propuesta.

     La dedicatoria del libro a Elsa Bornemann, paratexto que se completa con la frase “que nos devuelve la infancia iluminada”, pone algunos acentos para una posible lectura de la obra. Una recuperación, un rescate de algo denegado, extraviado, retaceado o bien fenecido, pero aún vital, capaz de volver a ser alimentado, y de volver a ser bajo el caleidoscopio de lo novedoso y resucitar. Devolver no sólo es recuperar algo que nos ha sido birlado, mutilado o extirpado. También puede ser el denegar los juicios terminantes, los prejuicios inútiles, los pensamientos cerrados, las zonas oscuras de la vida social e individual. Las ficciones, las narrativas de la infancia, reconoce Kovadloff, son como redes o lupas unidas de las cuales podemos recoger lo que, evanescente, se había disuelto o desvanecido. Lo que la cultura había obturado confinándolo al pasado y al orden del recuerdo, de lo fenecido. La luz, encarnada en los relatos, en las ficciones cuya temporalidad imaginaria la infancia atraviesa a lo largo de todas las edades de su etapa viene a reconstruir mediante una nueva perspectiva.

     La co protagonista de la narración y doble de la protagonista, Liatana, introduce en el texto la posibilidad del juego con las palabras, de las infinitas combinaciones, insubordinaciones y las desobediencias a las que los niños parecieran ser tan afectos. Liatana es el doble perfecto de Natalia. Habla y dice lo mismo que ella pero invirtiendo las palabras, a través de intercambios de sílabas o citas. Es tan parecida a ella que termina usurpando el lugar de Natalia en su propia familia y Natalia, en cambio, permanece al abrigo de ese mundo utópico y al revés del suyo, poblado de ironías gozosas. 

      Entre un mundo pensado desde la posibilidad que expande posibilidades de la libertad subjetiva y otro que parece desordenado, los términos en que se plantea esta ficción es la d un combate (moderado) entre puntos de vista agentes de dinamismo social o bien de otros que aspiran a  mantener las cosas en un lugar no común sino también que impide el progreso del pensamiento y de los comportamientos, así como de los pensamientos de los que van de la mano. Y en esta contienda,  la distopía y la utopía entablan una discusión y zona polémica que la lectura de este libro disparará en el pública infantil para problematizar lo que parecía una afirmación categórica. En adelante no lo será tanto.


No, no..., y no...!!! por Julio Cortázar en la Campaña Libros por la Paz, Agenda ODS - 2030, NACIONES UNIDAS.

  Desde la BIBLIOTECA POPULAR MADRE TERESA de Virrey del Pino, La Matanza, ARGENTINA, seguimos compartiendo textos y libros, en esta Campaña...