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martes, 27 de agosto de 2024

Nuestras pioneras y pioneros de LIJ: LAURA DEVETACH






AFIRMACIONES 5


Prefiero las penumbras ciertas
a las luces demacradas
que se encienden
para poder decir
que hay luz.





PERO, VAMOS

¿Cómo vamos a vencer al dolor
si no es con la alegría?
Qué alegría
dirás.
Y yo
pondré esa cara que envidio a tanta gente
y me diré
y te diré
empecinada
y a la vez perpleja ante mí misma
pero vamos
no me vas a decir
que no existe la alegría.

de Para que sepan de mí, Ediciones de la Flor, 1988/
Calibroscopio, Buenos Aires, 2016


Ilustración María Cristina Alonso 


La palabra es como llave
puede abrir puede cerrar
habrá que darle una vuelta
que me sirva para entrar.

en La hormiga que canta, Ediciones del Eclipse, Buenos Aires, 2004
Colección Libros-álbum del Eclipse
Devetach, Laura (texto) y Lima, Juan (ilustraciones)



Ilustración María Ratti 

1979: ALGO PARA GANAR

Si viviera en Holanda
yo sería de esa gente
que le va ganado tierra al mar.
Si estuviera en el Sahara
ganaría lluvias
cultivando rosas
sobre pausados camellos
que conocen la vivienda de las aguas.
Pero soy de aquí
y soy millones
vibrando en el cansancio elemental
de ganarles nuestra vida
a un puñado de crápulas

de Para que sepan de mí, Ediciones de la Flor, 1988/
Calibroscopio, Buenos Aires, 2016




domingo, 25 de agosto de 2024

Gotas de rocio..., versos de Haikus: sobre el libro "Así de simple" de Nury Busquets

 Gotas de rocío

por el Dr. Adrián Ferrero





A propósito del libro Así de simple. 200 Haikus de los sencillo y cotidiano

Veamos. En esta relectura del libro Así de simple. 200 Haikus de los sencillo y cotidiano,

en el trabajo creativo, su autora, Nury Busquest uno no encuentra sino virtudes. En primer

lugar, su contenido es transparente porque no evita su calma cristalina. Y me volví a

enamorar de ellos y su caudal diáfano. Debo decir que la que me estimuló, sin estridencias

para que pusiera como escritor manos a la obra, fue el libro de Nury Busquets Así de

simple. 200 haikus de lo simple y cotidiano. El embrujo, el hechizo de su libro permanecen

intactos pese a una lectura ya distante. Es una forma de poesía que me conquistó. Porque se

trata de una composición que lo tiene todo para brindar la posibilidad de elevarse desde lo

más mundano hasta lo más diminuto y espiritual de la condición humana. Llegar a las

cimas de las preguntas más complejas porque ese poema como diminuto interrogante es un

mensaje a descifrar. Un desafío magnifico cono regalo para comprender los orígenes de la

especie humana.

Aquí por el contrario nos encontramos con manifestaciones compositivas que vuelven

a postular preguntas en torno de ese universito que configura cada una de ellas. Los haikus

evitan la grandilocuencia o los excesos, puesta en contraste lejos, por omisión en todo caso.

Tampoco este libro está en consonancia con el formato del verso libre, como adelanté de

desarrollo tan desbordante. Los sonetos (que cultivaron Petrarca, Dante Alighieri, entre

otros) no alcanzan porque son estructuralmente de ancho caudal pese a estar ceñidos a una

forma demasiado rígida, convengamos. Los haikus son como lágrimas o gotas de rocío.

Cada soneto, en cambio, exige rima, métrica, cantidad de estrofas. En la versificación es

menos estricta, pero exige juego, exige concisión. El haiku no desmiente que la brevedad

supone la inmediata realización de series de ellos según su contenido (un libro quedaba

grande o resultaba extremadamente ambicioso). Y así lo hice. El resultado generó una

adhesión sorprendente por lectores agradecidos porque les había acercado como Nury bajo

la forma de la lengua española un cielo. Mérito de Nury Busquets. Fue bienvenida cada

serie temática. La brevedad del haiku, al ser leído con tanta fugacidad, que adopte más

lectores que se interesan quizás por su economía. Muchos se aficionan a él o son seguidores

de Grupos en Facebook. En parte me sugieren moderación e intimidad. En este punto

resulta son fundamentales.

En mi caso tomé núcleos amplios que suscitaban otras series. Hubo casos en que es

cierto que hubo un abierto tema con unidad de significado que iban llegando a mis manos.

Elegí zonas a partir de las cuales de la conjunción de un corpus, se armara una totalidad.

Fue así como de pronto mi computadora comenzaba con un brillo sereno, casi lunar, casi

imperceptible a manifestar proponerme algo novedoso con silencios para mí en el orden de

lo escrito hasta por antaño, deparándome impactos respecto de toda la poesía que había

escrito hasta ese momento. Fue así como el libro de Nury Busquets operó como una

máquina de propagación. Una gran inspiración de estas perlas. Fuente de espiritual y

generaba amplitud de variaciones, cadenas asociativas, encuentros o reencuentros entre

unos y otros haikus. Y había una persona rodeada por la hermosura. En otros casos lo que

sucedía era que forma y fondo se conjugaban en una forma profunda de encontrarse entre

significantes y significados.


Ir descubriendo la escritura de haikus también fue descubrir un cierto tiempo de

producción literaria. Una suerte de temporalidad imaginaria. También un cierto tipo de

palabra poética, de cambio en la relación entre amplitud y brevedad. Jamás había escrito

sonetos ¿por qué? Esa es una buena pregunta. Pero era tan rígida su forma, que me

acobardaba, me parecía insulsa y tampoco me daba deseos de leerlos como sí lo hacían en

cambio la poesía en verso libre o bien otras formas con combinaciones menos codificada.

Los haikus son composiciones poéticas con tres versos en razón de 7-5-7 sílabas.

Ahora bien: ¿quién será el que se asome con una mirada totalizadora y luego se interne

en este tipo de poesías? A mi juicio no alcanzará ni hermetismo ni el universo indescifrable

Yo creo que el lector entrará al libro saliendo de él siendo otro. Siendo un humano que ha

atravesado el universo del juego, la risa, el dolor, la muerte, los sabores, el juego de un niño

con su lenguaje singular, el aroma de las flores, el amor físico, la comida, las ceremonias de

la conversación, el tiempo y sus matices, el amor, la inteligencia. Pero también la maldad y

el tedio, el odio y el sinsabor. Al leerlos (y escribirlos), me encontraba con la belleza de

una vertiente. También tomo nota de la honestidad, la riqueza, la justicia, la fidelidad, la

lealtad, las tareas del día al día, entre muchas otras variantes.



Escribir haikus, como ser docente o coordinador de talleres literarios, supone, para el

caso, volver asuntos difíciles o complejos o universales en una variante de tenor

aparentemente simplista. Nada menos cercano al haiku. Por último, regresar con palabras

nuevas a este lado del universo, de modo renovador conmovedor desde lo mínimo a una

totalidad que la esfera del haiku argentino merece. Hacer acto de presencia aquí, en el Sur

del Sur. Con su merecida secreta alquimia. La intimidad roza lo enigmático de estas piezas.

Movilizante para quienes lo escribimos, como todo en este mundo terrestre. Y para este

caso: ¿no es maravilloso intentar conocerlo de más de cerca? ¿más a fondo? ¿no es acaso

una maravilla y una fiesta para celebrarlo?

lunes, 19 de agosto de 2024

Federico y el tango

 


Por Reina Roffé 


LORCA Y EL TANGO 

Dos años antes de su asesinato, Federico García Lorca visitó Buenos Aires y permaneció casi seis meses en la capital argentina. La reposición de “Bodas de Sangre”, interpretada por la compañía de Lola Membrives en el Teatro Avenida, le supuso un amplio reconocimiento. Amante de la música popular rioplatense, y con el tango en su apogeo en una Buenos Aires que aunaba melancolía con renovación y proyectos vanguardistas, Lorca trabó amistad con Enrique Santos Discépolo, el afamado autor de teatro y compositor de tangos inolvidables como “Yira Yira” o “Cambalache”. Y pasó horas intensas charlando con Carlos Gardel, a quien conoció en el teatro Smart, incluso hicieron planes para volverse a reunir en Nueva York.




 Encantado con la lectura de “La crencha engrasada”, del poeta lunfardo Carlos de la Púa, que escribía en el diario Crítica, Lorca visitó su redacción, en la que trabajaban autores tan dispares como Nicolás Olivari, Ulises Petit de Murat y Jorge Luis Borges. Este último fue uno de los pocos que no cayó seducido por Lorca. Por lo demás, lectores, público, medios y artistas de las más diversas ramas lo festejaron con un entusiasmo sin reservas. La noche porteña se abrió a Federico ávida y generosa. Con Samuel Eichelbaum, César Tiempo, Alfonsina Storni, Oliverio Girondo, Norah Lange, Raúl González Tuñón y otros muchos escritores de la época recorrió sus calles y sus dancings, acudió a la peña Signo y frecuentó las animadas tertulias de los cafés más bohemios: el Tortoni y la confitería Real. Cuando encontraba un piano, para sorpresa de todos, cantaba el tango “El ciruja”, con su compleja letra en lunfardo y un tono arrabalero tan logrado que no parecía imitación. R.R. Del muro de Reina Roffé

jueves, 15 de agosto de 2024

CABALmente...!!! "Miedo" por el Grupo de cuentos El delantal..., recordando a Graciela Cabal






Felicitaciones y gracias El Delantal, un lugar de cuentos, por sumarse a los homenajes a nuestra Hada Madrina Graciela Cabal, en el marco del Programa Cabalmente, al cumplirse 20 años del inicio de la gira de la Cabalita. Aplausos agradecidos desde el Hormiguero de la Biblioteca Popular Madre Teresa de Virrey del Pino, La Matanza. 👏👏👏👏👏🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜





 

martes, 6 de agosto de 2024

Mil grullas... Memoria...!!!

 


Se recuerda hoy (06 de Agosto), el acto criminal y terrorista de las bombas atómicas arrojadas por EEUU, sobre las Ciudades de Hiroshima y Nagasaki, Japón.

Compartimos este bello y emotivo cuento:


MIL GRULLAS

(cuento)


Elsa Borneman (Argentina, 1952 - 2013)


Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.

Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíén, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.

Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.

Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.

¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!

Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.

Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…

Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.

-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…

El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.

Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.

A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.

Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…

Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…

Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo.

Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.

Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas -Para cuando termine la guerra… —decía el abuelo—. Todo acaba algún día… —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.

¿Y Naomi?

El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.

Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.

El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus:

Lento se apaga

El verano.

Enciendo

Lámpara y sonrisas.

Pronto

Florecerán los crisantemos.

Espera,

Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.

El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!

Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.

La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…

Y los dos deseos se cumplieron.

Pero el mundo tenía sus propios planes…

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.

Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?

“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta:

-¿Qué estará haciendo Naomi?

En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.

En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.

Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.

En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.

Dos viejos trenzan bambúes por última vez.

Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez. [“La bellota que rueda hace koro koro al rodar…”. Canción popular japonesa]

Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.

Miles de hombres piensan en mañana por última vez.

Naomi sale para hacer unos mandados.

Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.

Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.

Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.

Nadie será ya quien era.

Hiroshima arrasada por un hongo atómico.

Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.

En diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!

Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.

Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.

El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.

Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.

Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.




-Voy a morirme, Toshiro… —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…

Mil grullas… o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.

Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.

-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.

El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.

Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.

Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.

En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.

Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.

La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.

Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.

Con los dedos raspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.

No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.

-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.

Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…

Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara:

-Pero cinco minutos, ¿eh?

Naomi dormía.

Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.

Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.

Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.

-Son hermosas, Tosí-can… Gracias…

-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.

En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.

Los ojos de Naomi seguían sonriendo. La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podrían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?

[Febrero de 1976]

Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.

Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.

Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.

Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.

Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…

Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completará las mil… —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?

Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.


Mil grullas, Buenos Aires, Loqueleo. 48 pags

miércoles, 24 de julio de 2024

Pablo de Santis en la Feria del Libro de Bragado, Provincia de Buenos Aires (los enigmas y secretos)


 


Feria del libro de Bragado 2024
Los enigmas y secretos de Pablo de Santis
Por María Cristina Alonso
Pablo de Santis el autor que estará en la apertura de esta nueva edición de la Feria del libro de Bragado 2024, es escritor y guionista, ganador de múltiples premios, autor de una enorme obra y miembro de la Academia Argentina de Letras.

Leída en su conjunto, la vasta obra de Pablo de Santis nos sumerge en un mundo que se parece levemente al nuestro pero que aparece desdibujado por la niebla, por espesas capas de lava o por parvas de libros desperdigados en un edificio en ruinas.

En el “mundo de Santis” hay personajes que no pueden dormir, calígrafos que viajan en un sistema de correo nocturno que transporta cadáveres, arquitectos obsesionados por construir un edificio que se parezca a la torre de Babel, comisarios que investigan crímenes en un lugar llamado Bosque Blanco, personajes que practican oficios en extinción como la filatelia, o la caligrafía. Nos cuenta sobre un mundo en el que hay academias para aprender a asesinar o sectas que impone sus propias reglas sobre las alturas de los rascacielos de la ciudad. Hay hoteles decadentes o a medio construir donde se alojan seres que han perdido el rumbo o andan detrás de un secreto.



Escribir es inventar un mundo, ha dicho de Santis en algún reportaje, es agregar cosas al mundo. Por eso, cada nueva novela de las más de treinta que ha escrito propone al lector un viaje inigualable a un universo que se ha agregado al real y del que, a veces, no nos podemos desprender.
Una obra adictiva que dialoga con las primeras lecturas de infancia del autor como Ray Bradbury, abreva en el policial de cuarto cerrado a la manera de Agatha Christie y se adentra en los escenarios de J. G. Ballard, que son nuestro reflejo, nuestra manera de entender el mundo. Casi todos los personajes de Pablo de Santis son un poco náufragos y andan buscándose.
Las tramas policiales que tejen sus ficciones despliegan juegos de cajas chinas, cada ficción contiene otra ficción y, muchas veces reflexionan sobre el poder de la ficción sobre la realidad. Algunos de sus personajes escriben con obsesión, como una enfermedad. La escritura suele ser un síntoma de la locura.
En este mundo creado, este autor argentino, guionista de historietas y de series de televisión, presenta todo siempre bajo una pátina de vejez, de deterioro, donde merodean los secretos. Climas enrarecidos, claustrofóbicos. Policiales que se escapan hacia lo fantástico, historias que tan pronto se sitúan en la actualidad (La cabalgata de las valkirias, La traducción, Filosofía y Letras) como a principios del siglo XX (La Academia Belladona) o a la Francia de la Ilustración (El calígrafo de Voltaire), a los años 70 (La hija del criptógrafo). Pero siempre el enigma estructura la narración.
Entre sus magníficas historias hay algunas fundantes de los climas y personajes que trabajará en obras posteriores. Astronauta solo, una novela juvenil que pertenecie a la colección La movida de Colihue, transcurre en el último día de 1999. Historia de un imposible regreso a casa contado por un guionista de historietas. La historieta que da nombre al título es sobre un astronauta argentino. Carlos María Laspiazu ha quedado solo en el espacio y envía mensajes al mundo proclamando -entre otras muchas cosas- la superioridad de Argentina sobre otras naciones, mensaje que lee en páginas de libros gigantescos que flotan junto a él.



Es una noche de fin del mundo. El narrador intenta volver a la casa de su novia después de ayudar con una mudanza a un amigo. Ese viaje que se torna indefinido lo lleva a encontrarse con personajes salidos de una noche en la que todo es posible: hinchas de fútbol de los años 50, trenes que pasan a toda velocidad con vagones vacíos, un locutor solitario que recibe llamados de un soldado que deambula por la ciudad, una mujer que se ha escapado de su fiesta de cumpleaños a la que ha invitado a todas las personas que ha conocido en su vida, un parque del futuro corroído por el óxido.
La ficciones de de Santis expresan una cierta moral del fracaso señalada como una característica de la novela moderna desde el Quijote en adelante. Novelas que son autónomas respecto al referente, que crean un mundo particular, diferente al que existe en el afuera del texto.
Novelas imposibles de abandonar una vez empezadas. Los lectores quedamos, atrapados con los enigmas y secretos que habrá que develar.

martes, 23 de julio de 2024

Encuentro crucial en el Trapiche: el sonido y la furia... (encuentro con Liliana Bodoc)



 

por Adrián Ferrero


Lo que sucedió después


     Trepada a la cúspide de las escaleras de la biblioteca, hablaba sin mirar a nadie en particular sino parecía pendiente de buscar los ejemplares que me había prometido no exactamente regalarme, porque eran sus herramientas de trabajo, demasiado valiosos incluso para una persona generosa.

     Mientras ella buscaba y rebuscaba yo miré la escalera pulcramente tallada en caoba. . Ella reconocía que todos los libros y tratados merecen estar hospedados en un mueble de la materia más noble. En este caso noble en su doble acepción: como título de sangre pero también en lo relativo al universo de los principios. Así como en ocasiones uno dice: “Noble como el pan (estoy improvisando)”, o “noble de carácter”. Mezclaba así universo de valores con la sustancia material. 

     Yo escribo o, en todo caso, soy escritor. Lo digo habiendo dejado atrás el pudor de hablar de mí mismo como abrazando la escritura habiendo pasado por muchas pruebas (llegan a mí ecos de Emily Dickison). No los aburriré con una larga trayectoria que no nombra más que un conjunto de episodios, capítulos sorteados más con dignidad que con talento. Pero también con vocación. La porfía de aceptar mi propio destino ¿Acaso aún a los autores y autoras de más señera condición mucha gente o nos idealiza o nos desprecia? ¿No se toma acaso la escritura como una extravagancia? 

     He recorrido este sendero hasta El Trapiche, en la provincia de San Luis, el paraje que ella y su marido eligieron para sus días en el otoño de la vida, en que todavía los lugares pueden elegirse con libertad. Evidentemente este territorio posee un magnetismo que la ha conquistado. Siempre siento que con ella se han ido de este mundo un modo de nombrarlo.

Un tono de voz, un color que nombraba al universo en una obstinada sensación de que también están, su esposo y ella, con el deseo de habitar una Comala magnífica. Salvo que no es cruel. Una Comala que está lejos de ser sanguinaria. Lo opuesto en este caso, en que todo es que sin perder su parte oscura, también los alberga con el sol y la canela. Pero nosotros la buscamos en sus libros, leyéndola con entusiasmo superlativo, como hoy es ahora una fecha que no reclama conmemoraciones sino, como les decía, de hablar de este mundo con palabras nuevas, hileras de palabras que existen pero no han sido combinadas con ese mágico encantamiento. Es cierto que he leído todos sus libros (o casi todos). Pero también me ha admirado el modo como ha demostrado su valentía no solo escribiendo sino con  intervenciones en foros con clases magistrales, con discursos o conferencias. O bien simplemente junto al arroyo leyendo entre los dos en voz alta con Antonio un libro que mantengo en reserva. 


Lo que sucedió después

 

    Los caminos de piedra, pedregullo y polvo producen en las ventanillas un efecto sw de opacidad.      

     Desde mi camioneta puedo apreciar estas vueltas, giros, cabañas distantes la una de la otra. No sé por qué en el viaje he recordado una canción de cuna que nos cantaba a mi hermano Diego nuestra madre y a mí cuya pócima resultaba infalible. Lentamente un sopor nos envolvía, mirábamos una estrella por la ventana e inmediatamente caíamos de inmediato en un sueño reparador. La escena tenía lugar como si ella fuera una encantadora.  

     Voy y regreso en el tiempo, en su vida, en la mía, en el Trapiche, en un vaivén que pendula con la mía que, de momento, se rozan por obra de las palabras, con el arte que cada una de ellas logran, combinadas de una manera que las singularizan y la hacen brillar como el oro regio. 

     La llegada ha tenido el inevitable gesto de un cierto alboroto y el júbilo por encontrarnos. Ella es de temperamento ardiente. Acudiré a sus libros más adelante, acudiré a sus conferencias, acudiré a entrevistas y extravagancias que me refiere su marido Antonio para recomponer ese patrimonio transparente y tornasolado que lanza chispas color verde oscuro y oro. Un chisporroteo de fuego y plata en el marco de la ventana.

     Me convida mate. Los prepara a la temperatura que ella supone gratificará más al comensal que a ella misma. Sobre la mesa hay pan que ella horneó por la madrugada. Ahora que lo pienso, mientras ella horneaba esta sustancia maleable cruda hasta volverla puro hechizo yo dormía del otro lado del mundo. El amanecer dejará un resabio que lentamente se disipa,  

     Saludo a Antonio. Le muestro luego a ella un paquete con un nombre largo. Lo mira y lo hace con furia y admiración: El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges. Una suerte de fauna fabulosa hija de la imaginación y el prodigio. Yo lo leí hace ya muchos años. Pero me cercioré de un modo cómplice para asegurarme de que no lo tuviera. Ella no sabía que yo llegaba con un paquete de medialunas. Se sorprende de mi extravagancia. “Es buena la combinación de una confitura y una sustancia sagrada”. ¿No es el pan acaso un objeto sagrado?

     Naturalmente que tiene lugar la ceremonia de la llegada. Las preguntas inevitableEsobre el viaje. Las preguntas de mi ciudad de origen. Mi familia. La suya (yo), la mía (ella), curiosos por descifrar las cosas  inescrutables del destino. Me habla de sus hijos y nietos. Hablamos de mi hija. No sé por qué pero puedo percibir un rastro de una limpieza transparente en su rostro. Pienso en sus búhos, esos animales que sin embargo leemos en historias durante el día.

     Recordemos que es invierno. De modo que Antonio llega con leños para el hogar y más tarde para la salamandra. Por diligencias yo no podré pernoctar en El Trapiche. Pero este encuentro, queda celosamente guardados en la más secreta memoria. A su vez cierta vez, muchos años más tarde, será evocada su escena recordando cada detalle en toda su hermosura.

     Ella está vestida con una pulóver de alpaca y una bufanda de lana color crudo. 

     Entonces me dice: “Está allá”

     Yo creo entender vagamente a qué se refiere porque he contemplado todo en derredor y no he vislumbrado ningún asomo de biblioteca o volumen ni tratado. Sí la computadora, abrigo de sus palabras. Ella escribe sentada sobre una silla dura. Debe de ser de algarrobo, conjeturo.

     La sigo. La escalera estaba en el lugar estratégico. No me digan por qué ni cómo porque lo ignoro y no lo he querido preguntar. Pero la biblioteca es enorme. Reinan en ella los poetas. Los latinoamericanos y los españoles. Hay resabios de altri tempi, de las lecturas de fantasía y ciencia ficción o del absurdo. Yo entiendo la disposición de esos libros porque la conozco a ella. También he sido lector remoto lector de autores de seres o tramas maravillosos.  

     Pero bueno, ahora estamos en El Trapiche con sus caudales. La veo revisar y entresacar en el estante de la primera hilera, un volumen. Hasta que  de pronto baja. Miro la portada: “Es tuyo”, me dice como un adelanto de la gratitud que le devolveré conmovido. Se trata de la poesía de Nicanor Parra. Algo sabía de este poeta chileno. Lo había leído, durante cierta convalecencia, hace ya muchos años. Regalo inesperado de mamá. Nos reímos al unísono porque es el libro que ella quería que yo tuviera entre manos y el mismo que yo había estado buscando años atrás, sin fortuna. 


Lo que pasa ahora



     Y de pronto  monta a la escalera. En dos certeros talones llega a las alturas. Y ahí sí comienza  su inventario: “Maupassant, Colette, George Sand”.”Pablovski, Rilke, Márai, Bradbury”, “Kafka, Thomas Mann, Cernuda”. “Gelman, Lezama Lima, Clarice Lispector, Ursula K. Le Guin, Lewis Carol”. Y allí se detiene. El inventario podría seguir de modo unánime y perpetua. Pero ya merece ser suficiente. Desciende de la escalera acariciando la materia de la que está hecha. 

“No todos son mis favoritos”, me explica. “Son los que ahora quería que vieras”. 

     Ya en la mesa del comedor, despliega los libros, como para ojearlos, porque algunos tienen ilustraciones. O portadas coloridas. Abrirlos y respirar su aroma. De pronto, simplemente en un ejercicio espontáneo, veo sobre la mesa algo que se me había pasado por alto: un Cervantes, un Bertold Brecht, un García  Márquez, un Héctor Tizón.

     “Todo suena coherente”. No me refiero a que estos libros se parezcan en tramas o estilos sino más bien a cierto lirismo en ciertos casos, otros a su ideología. Algunos con su embrujo, una escritura con belleza, otros suelen ser desafiantes, otros susurran, otros son magistrales. Agrega: “No todos son mis favoritos”. Esto se parece bastante a un cierto canon personal, íntimo, plural, desordenado. Del mismo modo en que funcionan la memoria, la inteligencia, la imaginación cuando a uno lo perturba un orden cuando no puede sostener. 

     Yo me sirvo un trozo de pan con queso. Cruje la corteza. Delicioso todo.

     Miro hacia un costado. Ya se atisban los primeros fulgores del atardecer. El cielo ya es pictórico. En la pared del comedor hay una imagen pintada al óleo de un dragón, él sí, indudablemente desafiante. Combativo. También poderoso. Mira hacia el sur. Al fin y al cabo, hombres y mujeres de este continente también nos consagramos a estas magias, hechicerías, alquimias, pócimas, descubrimientos, alquimias... Narramos, escribimos poesía, algunos pintados u otras veces sentimos el calor de sus llamaradas.

    

Finale


     Nos despedimos lentamente, deseando hacer cualquier cosa menos eso. “Ha llegado la hora”, me digo. Nos abrazamos. Antonio se acerca y hacemos lo propio.

     Abro la puerta de la camioneta. Entro y la cuerina de los asientos, ignoro todavía por qué está tibia por el sol, consigue abrigar mis piernas. La ventanilla está cerrada, si bien por aquí no pasa ni un perro cimarrón. Cuando arranco y estoy a punto de marcharme ella me detiene con la mano izquierda, entra y en un rapto me trae Las coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, ese clásico de la literatura española que leí en el colegio secundario. Ella se ha enterado a través de una carta de esta infausta noticia. Papá, fallecido este año,  ha comenzado a ser ahora una nostalgia. Me calzo el cinturón de seguridad.   

      Se lo agradezco, y le aprieto muy fuerte la mano a Liliana. Liliana Bodoc. Lo hacemos con un contacto que potencia, más aún, sus dones. Su frenesí y su furia. 



    La Plata. Madrugada del domingo 21 de julio de 2024


Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...