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jueves, 5 de febrero de 2026

Liliana Bodoc: el peligroso juego sin fin. por Adrián Marcelo Ferrero





Hoy 6 de febrero se cumple un nuevo aniversario de la partida de una de las grandes plumas de la literatura argentina y latinoamericana, su figura y obra al decir de críticos y académicos, y sobretodo de sus lectores sigue creciendo. El Hormiguero Lector no ha querido estar ausente del recordatoria de esta figura y su impacto en el mundo de las letras, por eso comparte para lectura y difusión, este artículo del Dr. Adrián Marcelo Ferrero que nos trae a este creadora, hacedora de mundos, donde el principal ingrediente es la imaginación plasmada en obras que 



Siento que la poética de Liliana Bodoc me toca muy de cerca, es más, me atraviesa

como la quilla de un barco de vapor. Su imaginación me desafía a imaginar un mundo más

equitativo, más justo, más renovador de estructuras sociales anquilosadas que precisamente

sus ficciones invitan a poner en movimiento, a revisitar, no sin antes haberlas puesto en

cuestión, en un desplazamiento sin fin. No podría decir que estoy a gusto por dentro de

dentro de todos sus libros. Porque algunos son incómodos. Pero precisamente es esa misma

incomodidad, ese sentirse fuera de lugar es lo que señala la eficacia de una poética bien

orquestada, operativa, y que a la larga depara felicidad. Porque hay alguien que también

comparte con nosotros las preocupaciones por vivir en este mundo que no demuestra

funcionar precisamente en armonía.

Sus niños, niñas o sus héroes o heroínas, inquietos siempre, también me interpelan,

porque de la inquietud a la rebeldía subyace solo un paso. Y pienso que esa mujer que “no

concebía escribir sin cambiar el mundo” roza mis principios y mis ideales de escritor más

de cerca. Cada vez que la releo me interno en los intersticios del corazón de su creatividad

y sus ideas. Y eso me resulta apasionante.




Está claro que el mundo tal como funciona está patas arriba. De solo descorrer la

cortina del dormitorio que da a la calle (como lo hice ayer por la tarde) uno ve a una nena

pidiendo dinero o bien se le rompe el corazón al ser testigo mudo de gente pidiendo pan o

agua fría en este verano que se ha manifestado tórrido en el Cono Sur. O cuando en un

semáforo nos paran dos adolescentes para pedirnos lo que tengamos, algo para comer.

No podría escribir un nuevo In memoriam de Liliana Bodoc sin volver a releer por

sexta o séptima vez (tal vez más) su nouvelle El perro del peregrino. Si bien tengo bastante

fresco el resto de su corpus no menos cierto es que esa breve novela remueve los entresijos

del alma sea uno o no creyente, porque no está escrita con intención doctrinaria sino más

bien de un profundo homenaje a palabras que honran a la condición humana y que honran a

la bondad, y el amor encarnadas en la gran figura “del galileo”. Y tiene por protagonistas a

algunos personajes del Nuevo Testamento y a otros que fueron el producto de su

imaginación creativa. Lo más cautivante de la historia es el modo como Liliana Bodoc se

las ingenia para evitar pronunciarse acerca de los hechos sobrenaturales del galileo, pero a

la vez ratificando su condición suprasensible. Toda una serie de chismes de gente que

asegura o niega su condición divina matiza el texto de Bodoc.

Está tan bien ilustrado el Mal, con la figura de un extranjero y su perro amenazante,

frente a la figura de Jesús que es el contrapeso de esas intrigas, esas mentiras, esa

seducción, esa sensualidad con la que aspira a destronar a los pactos de lealtad entre

semejantes y sembrar la cizaña. De este lado de las cosas, está el galileo, con su perro Miga

de León, pequeño pero fiel a su amo hasta los últimos instantes de su vida. A quien salvó

de las aguas del lago Tiberíades de cierto intento por matarlo siendo cachorro con sus

pequeños hermanos de un hombre que quería ahogarlos para no tener que velar ni alimentar

esas bocas.

La poética de Liliana Bodoc ha venido a sacudir el edificio de la literatura argentina. ¿Y

qué vino a aportarle a esa construcción siempre provisoria? En primer lugar colaboró para

socavar un realismo que ya venía golpeado en nuestro país por escritores de literatura

fantástica como Borges, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, J. R. Wilcock, una


formación de autores y autoras de ciencia ficción y la primera tentativa de épica fantástica

en Argentina: Angélica Gorododischer, que fue un primer desembarco que luego Bodoc

consolidó. También riesgo, audacia, fantasía, imaginación desbocada y desbordada,

justicia, indignación, poesía, una gota perfecta de prosa que supera a muchos de la

generación de los maestros, y esa originalidad de Bodoc al internarse por territorios poco

transitados y también, por qué no decirlo, temidos, fueron afrontados con una valentía, una

autoridad, una seguridad de pluma, una documentación, un equilibrio que no se conocían en

la literatura argentina hasta ese momento.

Es cierto que había habido previamente proyectos creadores novedosos, que venían a

sacudir el polvo anquilosado de formas y temas del realismo, pero Bodoc se atreve a

alcanzar cimas de insurrección y libertad de naturaleza fabulosa que también deja de

interesarse por las consecuencias que le traerían o podrían traerle incursionar por tal o cual

nuevo sendero que afrontaba cuando se ponía a escribir.

Lo hizo todo. Desde obras ambiciosas, extensas, de estructura compleja, elaborada,

hasta otras cuyo portento venía dado por una brevedad concisa y su argumento

deslumbrante pero que no por ello renunciaba a afianzarse en territorios nuevos y

exploratorios en el plano de los argumentos y las formas. Novelas extensas, de forma

intrincada, algunas incluso inconclusas o que sus hijos terminaron en coautoría. En fin,

tampoco faltó el teatro, la literatura infantil con esa bocanada de aire fresco que siempre

trae y con la que nos regocija. Y una factura perfecta que admiraba y dejaba absortos a

editores y lectores y lectoras por su alto nivel de perfección. Argumentos que abordaban

tramas renovadoras. Y una escritura bella, bellísima, que parecía esculpida en metales

preciosos y afianzada en el aroma perfecto de los jazmines.

Los principios están siempre en Bodoc. Bodoc no puede escribir sin poner en acción la

maquinaria de la ética orientada al semejante con afán de justicia. Pero no desde la

propaganda o la cándida moraleja sino desde argumentos que desafían el sentido común. Y

no puede olvidarse de los grandes perdedores de la historia de todas las civilizaciones. Los

que han quedado a la retaguardia o lo habían quedado hasta hace poco tiempo pero son

quienes ahora en ocasiones están a la vanguardia protagonizando grandes revoluciones.

Universos creativos que abren los sentidos, que subvierten los patrones sociales tales

como están naturalizados y ella precisamente se propone la fundación de nuevos mundos

con leyes y personajes transformados de pacientes y en los nuevos agentes de cambio

social.

No hubo una sola etapa de mi vida en que pudiera decirse que me haya apartado del

mundo Bodoc. Jamás dejé de releerla. Un poco no me lo han permitido personas que saben

cuánto me ha calado, con qué intensidad he leído y su sensibilidad creadora me ha sacudido

literalmente hasta mis zonas más recónditas con pedidos para sus publicaciones. Otro poco

motivado por mi propia iniciativa. Es que uno viene de las Letras en donde nos hicieron

leer y otro poco ha elegido leer mucho. Sin embargo Bodoc fue un descubrimiento personal

y que permanece vigente desde aquel atribulado 2002 en que por primera vez tuve uno de

sus libros entre mis manos hasta este 2026 en que la ceremonia renueva el sortilegio de su

embrujo.

Hasta aquí, y durante largos años, he recordado a Liliana Bodoc una vez que ella hubo

partido. ¿Y si diera vuelta la frase? Tengo 55 años. Pueden pasar muchas cosas en mi vida

y yo puede que me marche de este mundo ignoro cuándo ¿por qué no? ¿cómo me gustaría

ser a mí recordado? ¿es que acaso nos pensamos omnipotentes e inmortales, fuera del

tiempo histórico? Creo que ser recordado como un lector militante de Bodoc sería un elogio


superlativo para mi epitafio. Prácticamente condensaría en un nombre propio todo un

conjunto de ideas, ideologías, prácticas sociales, principios, ideales, una estética, un

universo de valores. Lo he intentado todo. Ha habido homenajes sobre su carácter y su

temperamento, retratos, encuentros imaginarios con ella, con su esposo Antonio y también

con otros escritores y escritoras que consideré dignos de formar parte de un coloquio

siempre incesante con ella. Hubo artículos críticos que abordaron su obra en relación con la

tradición, otros sobre su corpus en forma abarcativa, una entrevista que le hice vía email y

publiqué luego en libro, reseñas de textos de narrativa breve y extensa que abordé en forma

particular, miradas sobre su proyecto creador desde la politización del discurso literario,

mucho más aun teniendo en cuenta que se trataba de una mujer, género desplazado hacia

los arrabales del poder, notas para blogs sobre literatura infantil y juvenil, en otros casos

puse su poética en diálogo con otras no realistas también argentinas y qué lugar ocupaba en

el sistema literario argentina su obra. En fin, una obra de tan portentosa imaginación

invitaba a proseguir la crítica y la revisión por muchos medios. A embarcarse en la aventura

de conocerla a fondo. Hasta llegué a esa zona vagamente difusa de las emociones privadas,

narrando en un texto íntimo lo que me había sucedido el día que me enteré de su muerte, mi

contestación automática con un texto evocativo bajo la forma de un In memoriam

instantáneo la tarde misma en que me enteré aquél fatídico 2018 que había fallecido de un

ataque cardíaco. No quedó rincón por recorrer, sendero por hollar, conversé con sus

familiares, me escribieron cosas entrañables porque comprendieron que estaban frente a

alguien en quien la obra de esa esposa, madre, hermana había profundizado de tal modo

que había habido una comunicación y una comunión a fondo, de naturaleza total. Diría

insuperable. Esto es lo que vengo a decir este día de febrero. Que efectivamente es de tal

vitalidad la naturaleza de Liliana Bodoc como autora, de tal fortaleza indestructible, que

siempre, siempre que esté vivo, quiero decir, habrá un texto disponible para ella, que yo

habré escrito, probablemente serán desparejos, pero no siempre mi pluma está lo

suficientemente inspirada, y que no se parecerá a nada que haya hecho antes. He publicado

artículos, notas y entrevistas a Liliana Bodoc en EE.UU., en México, en Venezuela, en

distintos medios de Argentina, tanto diarios, semanarios, revistas, académicas, como dije,

blogs. En fin, el texto se sigue escribiendo porque ella sigue siendo leída y por lo tanto ella

sigue viva. Leo la poética de Liliana Bodoc a cada rato y en todo momento. No hay

descanso. Y en esta lectura general de la poética de Liliana Bodoc, una parte mía muere y

otra renace. En un peligroso juego sin fin. Ese joven que de modo incandescente se

desangraba literalmente escribiendo sus homenajes, hoy es un adulto de mediana edad que

también languidece por momentos con una fortaleza que ya no es la de antaño. Y en este

nacer y renacer en cada nuevo texto sobre Liliana Bodoc, una nueva arruga aparece. El pelo

encanece o se cae. Los músculos se debilitan. El tiempo hace acto de presencia y mi cuerpo

es materia sensible. Perecedera. Quedan los textos, en un sacrificio perenne, que la alojan y

procuran enaltecerla en su condición de talento literario mayor.

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