Por María Cristina Alonso
Como profesora de secundario participé varias veces en el Programa
Jóvenes y memoria de la CPM. En 2009 el proyecto a trabajar con mis alumnos y
alumnas consistió en la escritura de un libro contando la historia de Cecilia Idiart,
una de las desaparecidas de Bragado. Cecilia participó junto a siete compañeros
de una experiencia de “rehabilitación” realizada en el marco de la terrible
represión desatada por Camps en la ciudad de La Plata. Ella, junto a otros
jóvenes apresados estuvo cautiva en la Brigada de Investigaciones. Como era un
régimen especial, el cura Von Wernich se encargaba de hacer de correo entre los
detenidos y sus familias.
Contamos con las
cartas que Cecilia le escribía a la familia. Eran textos escritos con birome,
con letra despareja que, de alguna manera, a pesar de que hablaba de
trivialidades parecían esconder premura y desesperación.
Ese recuerdo, el de
tratar de leer el lado de atrás de las palabras, lo que dicen y no dicen los
textos que se escriben cuando se está privado de la libertad, nos lleva a indagar y preguntarnos, ¿por qué
escribir en un centro clandestino de
detención? ¿Cómo se piensa el lenguaje
cuando las palabras pueden definir la vida o la muerte?
En el caso de Cecilia
las cartas hablaban de la ansiedad que le producía la promesa de salir del país, narraban festejos
de cumpleaños, describían a algunos de los represores con los que compartían
festejos,
En
apariencia, leídas a tantos años de que fueron escritas, las cartas de Cecilia parecen
inofensivos mensajes de una hija a su familia, las de una chica simple que
repite que cree en Dios y que Dios la ayuda y le ha indicado el camino. Pero no
son cartas comunes, como no lo fueron las circunstancias en que fueron
escritas.
Y
entonces, esa escritura, que dice y
encubre, nos lleva a preguntarnos cuál es la razón por esa pulsión por
escribir cuando se está en cautiverio.
Los
textos concentracionarios parecen
surgir como reacción al deseo de los supervivientes de aliviar los tormentos pasados
de tal manera que la escritura adquiere un valor liberador. Relatar lo sucedido
o reflexionar sobre ello se convierte en uno de los pocos medios de que se
dispone para intentar asimilar una experiencia marcada por un nivel de horror
tan elevado y tan comprensible.
Jorge
Semprum: un autor
franco-español, confinado en el campo nazi de Buchenwald, llegó a afirmar en su
libro El largo viaje que uno de los estímulos que más le animó a
luchar por la supervivencia en el campo fue su convicción de que «era preciso
contar”.
Las
cartas de Cecilia dirigidas a la familia nos situaron en la ambigüedad y la sospecha de
que tal vez ese discurso era el de la simulación. Que encerraban un mensaje en
clave, que detrás de las palabras había otras que era necesario encontrar superponiendo capas de
significación. La palabra “ellos” referida a los captores –que parecían en el
relato de Cecilia unos “compresivos celadores” que hasta festejaban cumpleaños
con los detenidos– nos remitieron a otros “Ellos”, los que Oesteheld, imaginó
como el mal absoluto, como el odio cósmico, en la historieta El Eternauta.
La
escritura de Cecilia da cuenta de la
imposibilidad de decir, o al menos decir algo para llenar un espacio que
los represores le habían otorgado, un
territorio que era la hoja en blanco en la que podía escribir un texto que
seguramente era mirado y aprobado. Un texto que luego sirvió de prueba para
condenar al cura Von Wernich, el “Padre bondadoso” que Cecilia invoca y recrea
y que era el contacto con sus familiares.
Letras
desde el infierno trasmutadas en expresiones tan inverosímiles como “nos tratan
como a unas reinas”.
Nos
preguntamos con mis alumnos ¿Qué dicen y qué no dicen las cartas de
Cecilia? ¿Qué leemos en ellas que no pudo leer su madre o sus hermanos ahora
que conocemos su triste final?
En
ese lugar había rejas, porque eso era una cárcel clandestina, un lugar donde
todo era disimulo. Más allá de la sala donde Cecilia y sus compañeros de
cautiverio recibían a sus familiares se torturaba, se vejaba a los prisioneros.
“¿Qué te creés, que estamos en el paraíso?”, dijo Cecilia no sin cierta ironía,
ese día de visita en que alguien le preguntó por la misteriosa parte de atrás.
Volvemos a la pregunta: ¿Por qué escribir en un centro clandestino de detención? En ese momento de vacío absoluto, de
indefensión, la escritura se constituye en un
procedimiento de comunicación
para luchar
contra la anulación individual: el deseo de mantener un aspecto digno en
circunstancias extremas refleja la
intención de resistirse a ser otro, a perder su personalidad.
Hay ejemplos de esa resistencia. Mientras que las
condiciones físicas y su mermada salud se lo permitieron, Antonio Gramsci
dedicará la mayor parte de los años de su reclusión a la reflexión sobre
diferentes cuestiones de carácter político y filosófico, hasta completar
los Cuadernos de la cárcel,
probablemente la obra marxista más rica y substancial del siglo XX. El trabajo
de estudio y redacción de los cuadernos fue también la particular forma que
tuvo de continuar con la batalla política y cultural después de su arresto.
Muchos
supervivientes de los campos de concentración argentinos como los llamados El
Vesubio y Sheraton, recuerdan haber visto a Héctor Germán Oesterheld, el autor
de El Eternauta, escribiendo guiones de historietas que sabía no se iban a
publicar. Estaba enfermo y muy deteriorado físicamente.
Entonces,
¿la literatura como un cable al que aferrarse para no caer en el vacío de la
desaparición, de la experiencia del campo? Ana María Ponce, cautiva en la ESMA dejó
una breve pero lúcida obra que quizá acerca una respuesta a este interrogante.
Ana María Ponce nació en San Luis el 10 de
junio de 1952. Se crió en un hogar politizado, con un abuelo fundador del
Partido Laborista, un padre que sería intendente de la capital de su provincia
y una madre docente universitaria. Fueron los modelos que ella seguiría durante
su juventud. Egresada de la Escuela Normal de San Luis con medalla de oro de su
promoción, “Any”, como le decían sus amigos, ingresa en el profesorado de
Historia y Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional
de La Plata; allí comienza su militancia, en la Juventud Peronista de La Plata
y en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional, donde conoce al que
sería su marido, Godoberto Luis Fernández, y padre de su único hijo, Luis
Andrés. Luego de que su marido sufriera un atentado contra su vida, se mudan a
la Capital Federal.

El 11 de enero de 1977, Godoberto Luis
Fernández es detenido por fuerzas del Ejército. Seis meses después, el 18 de
julio, día del cumpleaños de su hijo, Ana María es detenida por fuerzas de la
Marina, y llevada a la ESMA, donde permanecería hasta febrero de 1978. El lunes
de Carnaval, último día en que se la vio con vida, a “Loli” (como la conocían
en la ESMA) le informaron que tendría una entrevista con el director del centro
clandestino de detención y torturas, el almirante Chamorro, para que efectuara
un “mea culpa” público y así lograr una “supuesta” legalización de su
condición. Intuyendo su suerte, “Loli” deja en manos de Graciela Daleo, una
compañera de detención, todos los poemas que había escrito durante el tiempo
que duró su secuestro. Graciela, sobreviviente de la ESMA, es quien logra
contactar a familiares de Ana María para entregarles esos conmovedores textos.»
(Fuente SEA)
El poeta Juan Gelman escribió, para
comentar y celebrar estos escritos en una contratapa de Página 12: “La poesía
la hizo más libre que sus asesinos.”
En uno de sus poemas ella dice
intentando explicar para qué escribe:
“Para
que la voz no se calle nunca,
para
que las manos no se entumezca
para
que los ojos vean siempre la luz,
necesito
sentarme a escribir en este preciso momento
en que todo comienza a ser silencio,
los
trenes que pasan me llevan a lejanos territorios de lucha, y libertad,
y el sol, el sol que me recuerda años de risa
fácil,
de
pies descalzos, de manos en permanente búsqueda.
A
veces extraño lo que antes quise, lo inacabado,
lo
que ya no tiene razón de ser, en esta vida nueva que me alimenta,
que me duele pero que me conduce hasta ese fin
inesperado…”
Los
poemas que Ana escribe en la ESMA nos permiten reflexionar sobre la
vulnerabilidad de los cuerpos, sobre su fragilidad.
“Detrás
de mí, / quedó un mundo que ya no me pertenece.../ Me miro los pies. /Están
atados. /Me miro las manos,/ están atadas, /me miro el cuerpo; /está guardado
entre paredes,/ me miro el alma, está presa.../ Me miro, simplemente/ me miro y
a veces no me reconozco ...”
La
experiencia concentracionaria a veces no encuentra palabras para decir ese
vacío que se produce cuando el mundo cotidiano queda suspendido, en el
recuerdo: En otro poema, expresa:
“No sé cómo llamar / a este silencio
permanente, / a estas horas menos solas, / a esta incertidumbre, / a este
cotidiano pasar, / a este estar sin estar / siendo y a la vez no siendo”.
Pero
el lenguaje, aunque parece romperse para
describir una experiencia de excepcional
vulnerabilidad, convoca, a veces, la esperanza:
Escribe
el 12 de agosto de 1977: “Sólo queda una sombra y un lugar vacío, sólo quedan
las horas repitiéndose en mi cerebro, sólo quedan algunos recuerdos, algunas
caricias, y algunas pocas palabras. Aún así, sigo buscando la vida”.
“Busco
la luz,/ aún encerrada entre paredes,/ busco el sol,/ la vida,/ los pájaros,/
la risa. /Y me río,/ me río/ para poder vivir,/ para querer vivir;/ y quiero
encontrar tus ojos,/ pero todo pasó./ Sólo queda una sombra/ y un lugar vacío,
/sólo quedan las horas/ repitiéndose en mi cerebro,/ sólo quedan algunos
recuerdos,/ algunas caricias,/ y algunas pocas palabras. /Aún así, sigo
buscando la vida.”
Pensados
como testimonio del horror que se vivió en los campos de concentración, los
poemas de Ana María resultan singulares porque estamos asistiendo a textos
que narran experiencias en el mismo
campo, a diferencia de los relatos de sobrevivientes que lo hacen a la
distancia, aquí, en estos poemas la autora escribe cautiva sobre el cautiverio,
desde ahí imagina el mundo que sigue su curso lejos de ella.
Quiero saber cómo se ve el mundo,
me olvidé de su forma,
de su insaciable boca,
de sus destructoras manos,
me olvidé de la noche y del día,
me olvidé de las calles recorridas.
Quiero saber cómo es el mundo,
no recuerdo los rostros,
ni los árboles, ni las luces,
ni las fábricas, ni las plazas,
ni el dolor de afuera,
ni la risa de entonces.
Quiero saber cómo se ve el mundo,
hace tanto que no estoy,
hace tanto que mis pies
no se cansan por los recorridos,
hace tanto que mis ojos
no se queman con la luz,
Entre
los textos que escribió en la ESMA no sólo hay poemas, hay un relato en primera
persona. Ana María se imagina diez años
después, en libertad, caminando por las calles de Buenos Aires, tomando un
café, mirando con fascinación la vida del afuera, los semáforos, la gente que iba
y venía. “Empecé a caminar despacio. Moviendo mis piernas lentamente. Primero
una, luego la otra, tratando de perder ese ritmo cansado y de pasos cortos que
adquirí con tanto tiempo de llevar cadenas. Me sentía liviana, pero cuando
quise caminar rápido un mareo me obligó a descansar hasta que mi pulso se
normalizó. Qué grande me parecían los espacios. Qué anchas las calles”
En su cartera lleva un pasaje para San Luis.
Reflexiona cómo será recibida en la casa de los padres, cómo será el encuentro
con su hijo. Y concluye: “Cuando abrí los ojos, sentí que una luz me
encandilaba. Los cerré de nuevo. Los abrí y miré por segunda vez la luz. Era la
bombita que colgaba arriba de mi cucheta. Todo seguía igual. Las paredes de las
celdas, los corredores, todo cercano, todo blanco, todo monótono, todo
repetidamente igual. Sentí deseos de ir al baño y tuve que llamar al
guardia...”
Lo
que más conmueve en los poemas de Ana María es su lúcida manera de pensar su
destino y vislumbrar el deseo de que no la olviden, de que en el futuro se
mantenga viva la memoria de los
desaparecidos:
“Mañana,/
cuando no estemos/ cuando todo se haya vuelto oscuro,/ […] nosotros
los que fuimos/, vivos,/ los que reímos y lloramos/ y nos
alimentamos amando,/ queriendo la vida,/ nosotros estaremos regresando;/
y la piel será una oscura mezcla/ de tierra y piedras,/
y los ojos serán/ un inmenso cielo,/ y los brazos
y los cuerpos/ se juntarán sin saberlo/ y este niño que quisimos/
estará allí amándonos desde lejos,/ sosteniendo nuestro grito eterno,/ abriendo
nuestro vientre cálido/ haciendo interminables y multiplicados/
los puños cerrados con dolor.”
Su hijo, Luis “Piri” Macagno Fernández, escribió en una edición de 2011 que el programa Memoria en Movimiento
hizo de los poemas rescatados por Graciela Daleo:
“Gran parte de sus poemas hablan de libertad, de esperanza, de dolor, de
resignación y, al final, de aceptación del propio destino. Pero a pesar del
horror sufrido día tras día, no hay en
sus escritos ni una sola gota de odio hacia sus captores y torturadores, no hay
sed de revancha ni resentimiento, y no hay tampoco, atisbo alguno de
arrepentimiento de sus convicciones, lo que muestra a las claras que su compromiso
y su dignidad fueron mantenidas con firmeza hasta el último día”.
A cuarenta y nueve años del golpe cívico, militar, eclesiástico,
empresarial, los poemas de Ana María Ponce quedaron como testimonio de los
lugares infernales que, la dictadura, construyó para acallar la voz de los que
luchan e imaginan un mundo de derechos para todos.
María Cristina Alonso. Marzo de 2025