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sábado, 12 de septiembre de 2020

“María Elena Walsh: de la creación a la revolución poética

                                                                                              




por Adrián Ferrero                         

 

     En buena parte del corpus literario de María Elena Walsh (pero también del musical), pese a su amplia variedad, se podría postular respecto de él una ética de concebir a la alteridad como una figura que merece ante todo se le otorgue la merecida dignidad y la consideración en tanto que persona con derechos asociados sobre todo a la libertad. Esta afirmación, que podría ser obvia, no lo es. Porque si bien puede ser predicada de muchas otras poéticas, en el caso de Walsh adoptado un carácter paradigmático. En efecto, subyace implícito a sus argumentos, a sus temas a sus contenidos. Pero también a sus estructuras formales, que llegaron a este país para o fundar nuevas (en lo primordial) o a romper las codificadas.

     La idea de la libertad es una de las líneas dominantes más potentes que desde el plano de la ideología (y desde la ideología literaria misma plasmada en ficciones y poemas) marca axiológicamente de modo positivo las ficciones, la dramaturgia y la poesía de María Elena Walsh. De modo que el otro no puede ser ni objeto de sojuzgamiento, ni de atropello, ni de descalificación, ni de degradación, ni de confinamiento ni menos aún de eliminación. Y lo es, lo es para precisamente poner de manifiesta su carácter inadmisible. No obstante, está ausente por completo una aspiración didáctica pero sí con sentido de convicción (y de convicciones firmes). María Elena Walsh confirma lo que fue uno de los valores que más señaladamente constituyeron los pilares de su conducta ética y cívica. Y por lo tanto, se muestra perfectamente coherente con el resto no digamos solo de su proyecto creador (lo que podría ser más o menos presumible) sino que se es promovido hacia todos los órdenes de su vida. Fue una mujer que desde la dimensión de lo artístico, en el orden de la escritura podría ser considerada por dentro de las poéticas argentinas infantiles, en palabras equivalentes a las del crítico argentino Nicolás Rosa referidas a Borges, “La Gran Madre Textual”. En efecto, Nicolás Rosa se refiere con esta expresión tan acertada como novedosa en masculino, “El Gran Padre Textual”, a la figura tutelar del autor de Ficciones en la literatura argentina. Acudo entonces a su oportuna metáfora declinada esta vez en género femenino para dar cuenta de una personalidad desde la estética emblemática y portentosa que se derramó hacia el teatro, la canción popular infantil y para adultos, la musicología, la escritura infantil y para adultos, el guión, el cine, la TV, entre otras prácticas asociadas al orden de las significaciones sociales del universo de las artes, como una presencia ejemplar. Hay por consenso una adoración, veneración o aprobación (mejor) fundamentada hacia María Elena Walsh por parte de una gran mayoría de los argentinos en tanto y en cuanto esta artista significó un vuelco de naturaleza impresionante de la literatura como pedagogía hacia la literatura como juego y como poética por sí misma por fuera de todo rapto de demagogia o de mensaje. En el caso de la infantil muy especialmente. Hubo otras escritoras importantes de literatura infantil, del mismo talante, como Silvina Ocampo, Sara Gallardo o María Granata. Incluso Enrique Banchs, para mencionar a un varón. Todos ellos entre los más reoconocidos.Pero Walsh constituyó esa “Gran Madre Textual” que de modo indudable y perturbador acometió en carácter de programa su misión demarcando “su zona” y estableciendo un sistema de tensiones con el sistema de ese campo específico de la producción literaria nacional (que no lo había conocido ni esa magnitud ni esa clase de manifestación). Quizás no seamos capaces en la actualidad de evaluar el alcance que tuvo el giro de la poética infantil a partir de su obra porque estamos acostumbrados ya a un tipo de ficción instalada en el presente y el pasado recientes según el cual ese paradigma ya ha dispersado sus semillas más fecundas. Y ha germinado. Pero en ese momento en el que el paisaje era yermo, su alumbramiento resultó de una infinita riqueza que haría estallar formas, temas y figuras de escritor y escritora. O, en su caso, más ampliamente, de artista.



     Se produjo simultáneamente en Walsh una confrontación abierta incluso en épocas de censura con el campo del poder. No calló cuando se la pretendió hacer callar. Mantuvo una conducta ética y cívica coherente sin precedentes en el marco de la cultura argentina (no solo la artística) y jamás hizo de sí misma un culto de la celebridad. Guardó un perfil bajo. Y, si bien lo sabemos, fue una figura pública eso tuvo que ver con la gran revolución que supuso para su época (y naturalmente las generaciones posteriores) el acto de presencia de una voz y una poéticas singulares que en todas sus aristas se resistió a acatar mandatos y tradiciones (más bien a desacatarlos) sino más bien a la invención de los propios. María Elena Walsh, en palabra del crítico inglés Raymond Williams, tradujo su trayectoria poética bajo la invención de una tradición. Y su acto de presencia manifestó en toda causa de liberación y libertad además de en todo su altísimo voltaje transgresor. A lo que se suma su condición de mujer, circunstancia que la volvió un referente nítido sin lugar a dudas de naturaleza insoslayable en el campo de los derechos por la liberación de la causa feminista. Si bien nunca se pronunció de modo programático acerca del feminismo, hay un epistolario con Victoria Ocampo, hay un poema a Evita, hay una visita a una de las feministas más conspicuas de Inglaterra, Virginia Woolf, al que hace referencia en un artículo. Intervino con valentía y sin retrocesos en distintos campos permanentemente innovando pese a las resistencias que debió afrontar y, es más, contra las que debió confrontar.

     Su presencia como compositora e intérprete, así como la de recopiladora de la tradición musical folklórica del Noroeste, sobre las tablas, naturalmente hacen de ella una persona que sí o sí debía someterse a la exposición por su trabajo. Lo que no supone que al bajar del escenario María Elena Walsh estuviera dispuesta a moverse en ámbitos que fueran ajenos a su intimidad, frívolos o por fuera de un estrecho círculo de personas elegidas criteriosamente. Jamás se prestó a la exhibición o el exhibicionismo. Fue una personalidad sobria. Y si bien se pronunció públicamente acerca de varios temas relevantes en lo relativo a la política, el arte o la sociedad lo hizo con prudencia, palabras cautas, calmas (si bien elocuentes), medidas y a los solos efectos de preservar en todo momento la libertad de expresión para sus colegas y para sus conciudadanos cuando esa libertad se vio comprometida. No otra cosa es, por citar un ejemplo, su artículo “Desventuras en país-jardín-de-infantes” en el que con énfasis denunció a la figura del censor en un país que a su juicio no había crecido ni madurado ya nota tan lejos del año 2000. Censores, para el caso, de la dictadura. Pero entiendo que más ampliamente también a quienes ignoran lo más trascedente del arte y lo degradan a juicio moral o, peor aún, mensaje tergiversado. A leerlo desde el prejuicio. Desde el control. Y confundiendo lo verdadero con lo verosímil. Esto es: la esfera de lo real con la esfera de lo ficcional. Confusión a la que suelen tender los sistemas de control ideológico porque ven fantasmas en todas partes, por un lado. Por el otro, porque son profundamente ignorantes, además de poco cultivados. De escaso discernimiento. Es por ello que muchos creadores y creadores han logrado sortear con éxito la censura en tiempos oscuros. Fue su forma de supervivencia. Pero supieron hacerlo con inteligencia.

     Hubo en María Walsh una vocación temprana, muy temprana agregaría yo, por el hallazgo de la realización pese a cualquier obstáculo. Se propuso a brazo  partido que nada la detendría ni la desacreditaría en su camino hacia la posibilidad de ser quien aspiraba a ser (alguien que creaba, alguien que brindaba lo que podía crear a otros) y a mi juicio lo logró dando una dura batalla que la vuelve un caso digno de ser elogiado por donde se lo mire. En especial siendo una mujer por la época en que nació y se desarrolló su vida. Lo conquistó todo con trabajo, a contracorriente, corriendo aventuras, pero sin renegar de sus principios. Sabía lo que quería y se sirvió de “las tretas del débil” (en palabras de la crítica Josefina Ludmer) para hacerlo. También de una acción arrolladora. Hubo mucho trabajo en su vida. No hubo pereza. Y un talento descomunal que se tradujo en una obra incomparable. Hubo también apetito, estudios que aunque no se tradujeron en iniciativas universitarias sí fueron enormemente formativos. Todos los grandes de la geografía iberoamericana han cantado sus canciones, de Serrat a Mercedes Sosa, de Pedro Aznar a Ana Belén, de Julia Zenko (quien le consagró un álbum) a Juan Carlos Baglietto. Algunas de esas canciones son emblemáticas y abrigaron en tiempos de fría oscuridad.

    Fue la inspiración y la maestra (como dije), de generaciones de escritores posteriores de literatura infantil que percibieron en ella no solo su magisterio, sino a alguien cuyas propuestas eran literariamente de excelencia y una alternativa providencial a la literatura que habían leído hasta el momento pero que no querían ni repetir. Aspiraban a innovar. Ella hizo prácticamente de la nada algo novedoso. Es cierto que existen  precursores y precursoras extranjeros y extranjeras. No obstante, su literatura tiene un sabor inconfundiblemente argentino, por un lado, no solo ligado a su lenguaje poética. Sino a una idiosincrasia que la sitúa en el campo literario argentino en un espacio creativo que fundante del cual por dentro de ese sistema no existían precursores.

     Esto fue lo que sucedió con los nuevos autores y autoras: una literatura que jamás habían leído antes y querían comenzar a escribir. Por supuesto cada cual a su manera. Este fue el punto. Ya era hora de una vuelta de tuerca en la literatura infantil. El momento había llegado de la mano de María Elena Walsh. Junto con sus canciones que hacían tándem. Pero me atrevería a decir que quienes escribimos para adultos también nos hemos alimentado (o al  menos en mi caso así ha ocurrido) de una herencia tan sugestiva como plástica. Porque reducir a María Elena Walsh a la categoría de mera Musa Infantil sería degradar a una figura cuya sensibilidad de modo incuestionable literalmente puso patas arriba a la cultura argentina no solo en el plano de la literatura infantil, sino también como totalidad a la cual se asistió como figura pública que venía con cada nueva iniciativa a abrir nuevas sendas: la narrativa para adultos (más tardíamente en narrativa), la poesía par adultos (tempranamente), la canción popular, el teatro, el resto de las manifestaciones culturales y que, mediante un énfasis en una determinada ideología artística y una nueva política de la representación, fue una precursora de la igualdad de género, la lucha gremial, el pensamiento (porque escribió también influyentes artículos de opinión y ensayos, como dije, en particular en circunstancias coyunturales), entre muchos otros campos de naturaleza inagotable. Leí hace dos años su biografía en edición aumentada del escritor e investigador argentino Sergio Pujol y me informé allí de su capacidad visionaria, de su sinceridad, de su coraje frente a la enfermedad que debió afrontar hacia el final de sus días. Lo hizo sin vacilaciones y con entereza. Y si bien hubo desdichas en la vida de María Elena Walsh, no hay una gota de desencanto sin embargo en su obra. Destila más bien un temperamento optimista, dichoso y pleno de humor y risa. De afán lúdico y transparencia. De modales y de “el buen modo”, como titula ella una de sus creaciones.



     Juan Ramón Jiménez (a quien ella dejó de idealizar rápidamente) descubrió su talento precoz  y  prácticamente la becó para que residiera en su casa de EE.UU.  María Elena Walsh se radicó allí durante una temporada. La necesaria para conocer la triste modernidad capitalista estadounidense: un país desarrollado en lo económico pero conservador en las ideas y las costumbres, segregacionista e imperialista. Permaneció allí  hasta arribar a la conclusión de que no era su lugar en el mundo: estaba llamada a ejercer una dimensión en el orden de la invención vinculada a otra clase de posibilidades que la distinguieron de inmediato. En primer lugar se ocupó de los olvidados y postergados: la infancia argentina. Este punto me parece un punto a destacar en María Elena Walsh. Porque en primer lugar le otorga al público infantil un lugar de jerarquía y de respeto que nadie antes le había dispensado (o muy pocos) con ese énfasis. Les regaló canciones y les regaló cuentos y poemas, algunos de los cuales recopiló. Tradujo y realizó versiones libres del inglés. Adaptó del francés. Y realizó, como es sabido, todo un intensísimo trabajo, mucho antes, de recopilación del cancionero folklórico del Noroeste argentino junto a Leda Valladares, una de las primeras graduadas en Filosofía por la Universidad Nacional de Tucumán pero que interpretaba la caja y era musicóloga.

     Los cuentos y poemas de María Elena Walsh cruzan el disparate, el humor, el nonsense, lo lúdico, lo inesperado, la desventura, el juego de palabras, la mezcla de poesía con música, la ruptura en lo formal, la oralidad más desatada con el código escrito, la recuperación de la cultura tradicional argentina en diálogo con la cosmopolita. Juega con la dimensión significante y fónica de las palabras (lo que trae aparejado un desajuste en los significados, que literalmente “pierden el juicio”). Esta intervención sobre el lenguaje altera así los significados apostando a un planteo estético que subvierte la lógica habitual del signo: significante, significado y referente, en términos de Ferdinand de Saussure. La distorsión en el manejo de los significantes es productora de significados y figuras que son disruptivas del orden social. El hecho de haberse consagrado a la canción probablemente haya sido el motivo por el cual lo musical regresara una y otra vez y sea persistente en su narrativa, pero sobre todo en su lírica. Escribió una novela infantil, Dailan Kifki, (1966), muchos cuentos, poemas y recopiló composiciones populares, una adaptación de un cuento de George Sand, La nube traicionera (1990). Y dos novelas para adultos, Novios de antaño (1990) y Fantasmas en el parque (2008). También compiló una antología de poemas, A la madre (1996), sobre esa figura entrañable, sobre todo, para los más pequeños.  

     Por supuesto conocedora de todas las grandes personalidades de Bs. As. (evocaba el primer encuentro con Borges reunidos para tomar un té en una confitería del centro de Bs. As.), María Elena Walsh desarrolló impetuosamente su actividad creadora que de modo arrebatador se jugó en muchos frentes y en todos ellos innovó y provocó conmoción. Y a mi juicio mayor mérito debería atribuírsele a estos logros en tanto y en cuanto lo hizo en el marco de una sociedad que se supo manifestar por entonces hostil a mujeres profesionalizadas en trabajos no convencionales que por añadidura destacaran de modo sobresaliente, como en su caso. No obstante, esa sociedad aceptó con consenso  gozoso el éxito de sus iniciativas. Y los emprendimientos de María Elena Walsh siempre fueron bienvenidos, teniendo una amplia repercusión entre el público argentino de ambos sexos y también parte del extranjero. En todos los casos con muy buena reputación.  

       Merece que reflexione acerca de esta doble circunstancia de ser mujer, de habitar un universo donde, en palabras de Pierre Bourdieu, existe “la dominación masculina” pero sin embargo una mujer de naturaleza transgresora adquiere notoriedad. Sin la explicación de su radical originalidad y sus dotes sin par no cabe otra explicación. Sus trabajos cautivaron tanto como resultaron para los padres aptos para alimentar la imaginación de sus hijos de modo novedoso. La propuesta resulta atractiva para ambos: adultos y niños, que veían en esta mujer una nueva figura que entretenía de modo espectacular, inteligente y creativo.

     Fue una mujer fundamentalmente disidente al sistema, opositora de ideologías retrógradas y reaccionas, a todas las resistentes al progresismo en el territorio de las ideas y de las prácticas sociales de avanzada. Toda ella empapaba de libertad. Fue refractaria y condenó toda forma de la tontería, la hipocresía o la cultura de las apariencias. No condescendió a degradar su escritura ni sus dotes como intérprete o compositora en trabajos de ocasión bien pagos en momento alguno. No fue una autora comercial u oportunista con el mercado. Pero sí, con palabras vulgares, podría decir que fue una triunfadora.

     En lo relativo a la poesía para adultos tuvo una gran capacidad para el soneto y cultivó la elegía. Fue una exponente de la generación del ’40, una suerte de neorromanticismo que alimentó la producción poética nacional con temas previamente conocidos y otros nuevos. Su citado poema sobre Eva Perón, de quien doy por descontado valoraba muy en particular la posibilidad del acceso al voto femenino como una conquista fuera de serie, significó una adhesión a las causas por la libertad de la mujer también desde esta perspectiva  plasmada en un poema significativo. En lo relativo a  su vida social, supo señalar que por fuera de las tertulias del patriciado porteño de Victoria o Silvina Ocampo se sentía más a gusto entre la bohemia.



     Se proyectó hacia el extranjero no solo como viajera cultural desde la poesía en sus comienzos, sino durante la etapa en que se radicó con Leda Valladares en París con el dúo “Leda y María” interpretando canciones del citado folklore popular del Noroeste argentino. De allí, estimo, data su fascinación por la canción popular francesa, que sería incuestionablemente uno de los componentes que, con sus matices, desembocarían junto a varias tantas otras vertientes en su propia estética musical bajo la forma de una condensación y una síntesis. Si bien no soy crítico musical ni musicólogo sí soy capaz de advertir letras poderosas, que no son una simple compañía para melodías acertadas o de carácter protagónico sino que siempre las canciones de María Elena Walsh no solo “suenan” de una determinada manera sino “dicen” cosas importantes. Tienen contenido. Este rasgo me parece digno de ser señalado. Como si la música fuera otra ocasión más para ejercer la lírica pero también de hacer público un mensaje sin pedagogías. Diera la impresión, también, de ser una gran intuitiva, pese a no haber recibido una formación formal sistemática pero aun así, mediante la adquisición de saberes como autodidacta y naturalmente de talento, realizó aportes fundamentales en todos los campos arriba señalados. Fue una notable virtuosa en el campo musical. Su cancionero, de cual dispongo bajo la forma de libro, puede ser perfectamente leído como un extenso poemario. Esto es: se trata de una letrística que adopta una forma prácticamente poética, respetando ciertos formatos, naturalmente Una letra con elaboración poética, con significados sociales y personales profundos, de una alta condensación sémica,  plagada de sentidos. Y con una orientación del discurso hacia lo ético y el humanismo de naturaleza perenne.

     Para cerrar esta aproximación conjetural a una figura insoslayable de la cultura argentina, agregaría que el gran aporte de María Elena Walsh lo constituye a mi juicio el de haber vivido sin cobardías en ningún plano de la existencia, que apostó al riesgo creativo, vital, pero al mismo tiempo sin pretender hacer de ello un personalismo carismático. Subvirtió roles atributivamente asignados en la sociedad a la mujer. Tuvo una vida con exigencia hacia los poderes de honestidad, limpieza y transparencia que primero se exigió a sí misma. Y una encendida defensa de toda capacidad de expresión subjetiva. Podría decir, sin temor a equivocarme: una personalidad de la cultura argentina de naturaleza inmarcesible

domingo, 6 de septiembre de 2020

“El negro de París: una ficción infantil del exilio de Osvaldo Soriano”

 





por Adrián Ferrero

 

     El Negro de París (1989), una narración de Osvaldo Soriano, refiere los avatares de un niño y su familia, que debe abandonar la Argentina por motivos políticos, más concretamente debido a la dictadura militar. De modo que, forzados a emprender la partida de su país natal, se exilian en París. Por supuesto que hay una narrativa del dolor, porque hay una narrativa de la pérdida. Tanto para los adultos como para el pequeño, hijo único de ese matrimonio. En el marco de las pérdidas, mientras salen a las apuradas, dejan a la gata Pulqui, la mascota del niño. Pero no la dejan a su suerte. La cuidará su tío Casimiro.

     Ahora bien: hay una narrativa del dolor por la partida forzosa de la patria, y hay otra clase de narrativa del dolor, la adaptativa. La que supone la asimilación a un espacio, a una nueva clase de socialización, a una lengua completamente ajena: “ese idioma cantarín y engolado”. Francia tal vez sea, para ese niño, hasta el momento en que llegó por primera vez, solo una palabra que había oído pronunciar en su colegio de Argentina o visto en mapamundi. No ha habido puntos de referencia previos profundos en relación a esta nueva cultura. De modo que el ingreso al nuevo universo significante los encuentra en un estado de orfandad que es el otro lado de la narrativa del dolor del exilio. La necesidad compulsiva también de ingresar a otro paisaje para no quedar excluidos del espacio en el que viven en la actualidad. Este es el otro rostro de la violencia de la dictadura. La violenta irrupción en una ciudad respecto de la cual no existe un pasado en común. Todo será nuevo en ese lugar. Pero no se tratará precisamente, de un viaje de turismo, como el lector podrá imaginarse, en este caso, sino de un viaje desde el horror hacia una patria que los acoge siendo también en su idiosincrasia muy distinta.  

     Si bien el niño explica que se produce una adaptación exitosa luego de una etapa de desconcierto y sensación de exclusión  inherente a situaciones como esa, llega un día en que comprende el idioma, se acostumbra a que allí no se utilicen guardapolvos ni tampoco las costumbres en términos generales sean las mismas precisamente porque ha comenzado a ejercerlas, las ha internalizado. No obstante, lo sabemos, para cualquier exiliado, también un niño, el ser de pronto instalado en un espacio nuevo sin comprender demasiado los alcances de las explicaciones que se le brindan (por más que en este caso se es veraz), no deja de resultar traumático. Los padres se refieren a la partida en términos de que “corríamos peligro mientras los militares gobernaran el país” (p. 5). Ello nos permite inferir la condición de disidentes de sus padres respecto de la dictadura, al punto de que su misma integridad física estaba en peligro. En tal sentido, predomina la voluntad de autopreservación eligiendo el exilio. Ello se explica mucho más teniendo en cuenta que están educando a un niño.




     Este niño, pese a que abandona sus referentes más nítidos, también es cierto que en este proceso de asimilación, goza de la presencia, el apoyo amparador y la protección de sus padres, lo que no es poco. Con motivo de referir que extraña a su gata Pulqui, cierto día con su padre van a la Sociedad Protectora de Animales de París, donde luego de examinar a los gatos disponibles para ser adoptados, el niño elige a uno que tiene otro nombre, que está despatarrado sobre un tronco de árbol en un jaula, pero que bautiza como “el Negro” precisamente por el color de su pelaje, como es obvio.

     A partir de ese momento se volverán inseparables compinches y correrán aventuras. El Negro, también correrá las suyas por su cuenta. Regresará de noche herido, o bien desaparecerá por unos días, experimentando apasionadas historias de amor, pero el niño sabrá a qué atribuir esas cicatrices. El Negro no tiene demasiado en común con su gata Pulqui, que no salía del estrecho perímetro de la casa. Solía dormir acurrucada los pies de la cama del niño. Los despertaba para ir al colegio. El Negro es un gato callejero que sabe perfectamente cómo moverse por los tejados y también es dejado en libertad para hacerlo. Nótese en este punto la libertad de movimientos que se le otorga al gato en relación a la sensación de reclusión en la que debe vivir la familia. De reclusión en el seno de otra cultura. De reclusión en el hogar por falta de lazos afectivos en esa sociedad nueva. De reclusión en la que vivieron con motivo de la dictadura durante la breve etapa que permanecieron en Argentina luego del golpe de Estado.

     El Negro se volverá amigo de correrías del niño y también la narración de esas mismas andanzas permitirá al lector conocer el escenario sobre el que se recorta la historia. Por ejemplo, los bares son designados en Francia con la palabra “bistró”, como bien explica el niño. Por otro lado los quioscos se encuentran en las confiterías y no fuera de ellas. Tienen una oferta de golosinas que él compara con la de  Argentina y resulta pobre. De modo que así como Francia es un país aparentemente más desarrollado en muchos aspectos, también para un niño puede representar un espacio de carencias o faltas respecto incluso de lo material no por ausencia de recursos sino por su disposición cultural. Este no es un detalle menor. Porque si para ir a un quiosco uno debe entrar a una confitería, el lugar asignado por esa cultura a la infancia en función de la distribución de los espacios en lo relativo a las costumbres será otro. Esto se pondrá de manifiesto en numerosas oportunidades. Y si bien el niño se ocupa se acentuar que los franceses son ordenados para todo, ese orden al que responden puede no necesariamente desorientar a un extranjero. Pero puede ser vivido como desorden para él. Muy en particular porque él llega de “otro orden”, según el cual los niños se movían de otra manera, con otras atribuciones, se les asignaban más espacio. En definitiva: se trata de diferentes infancias.  

     Esta situación de vivir “fuera de lugar”, “descolocado” es una circunstancia que se repetirá a lo largo de varios momentos de la narración. Y que muchos exiliados referieren. Entre otros casos, la descripción del orden de las calles en París, que no se parece en nada a la de Buenos Aires y él no se explica cómo un cartero puede orientarse en esa maraña parra hacerle llegar las cartas y postales de su tío Casimiro. El texto dialoga paratexutalmente con los dibujos del libro porque cuando precisamente se menciona esta circunstancia un dibujo ilustra en la página contraria la fisonomía urbana de un barrio de la ciudad. En este sentido, la noción misma de orden difiere en una cultura y en otra. Pero él deberá ajustarse a la nueva. Aceptando ese desajuste. Producto de una situación sociopolítica que ha ubicado a su familia en una situación de expulsión.

     Todo el relato está narrado desde una primera persona encarnada en el mismo niño, de modo que ese desconcierto al que acabo de referirme, resulta doblemente puesto en escena en función de que la narración adopta su punto de vista. En tal sentido, resulta un acierto de Soriano a mi juicio poner en boca del niño todo el proceso narrativo en su devenir diacrónico. La sensación de extrañamiento del niño efectivamente nos permite introducirnos en la mente infantil, su perplejidad frente a lo que va teniendo lugar, los comportamientos en el seno de la cultura y las situaciones más o menos exitosas según los casos en que se producen fracasos, logros o conquistas. Vistos a los ojos de un niño, también la dictadura y el exilio son narradas desde aquellos quienes la padecieron pero la comprendieron tardíamente. O lo hicieron a medida que crecían en todo caso. 

     En tanto el niño crece, su padre le mostrará imágenes de Buenos Aires, monumentos, calles, mediante mapas y libros, de modo que la sensación de pertenencia a su ciudad de origen se percibe como una deliberada intención en la que persistir para que el desarraigo no sea de naturaleza traumática, por un lado. Por el otro, que pese a residir en otro espacio el niño no pierda de vista los puntos de referencia originarios, de naturaleza identitaria. Argentina, su barrio de Villa Devoto, el barrio de Liniers de su tío Casimiro. Finalmente, que él mismo componga desde el orden de lo imaginario una construcción de su país y de su ciudad que es la que se ha perdido pero que no debe ser olvidada. Su tío, por otra parte, al enviarle las citadas cartas con fotografías de Pulqui, también es otra pieza que organiza este espacio que él experimenta como anhelado. El niño siente nostalgia y si bien existe la presencia de estos objetos como talismanes, también con ellos llegan la añoranza y el desgarrón.

     Se sigue perteneciendo a una cultura que se recupera no solo manteniendo el idioma nativo en la comunicación entre los miembros de la familia. También esta ciudad de la que se ha partido por la fuerza se construye y reconstruye de manera imaginaria, como dije, de modo incesante. Hay otro país, otra ciudad que en simultáneo, en paralelo, sigue existiendo. Este deseo de no perder las raíces es en definitiva el deseo de una esperanza porque les sea restituida la posibilidad del regreso, “cuando se hayan ido los militares”. El territorio al que verdaderamente se pertenece. Tiene lugar la circunstancia de que se reside en un  lugar, pero se vive tanto desde la imaginación proyectada como desde la avidez por tener noticias, en otro. Esta circunstancia de realidades paralelas, o de realidades contenidas las unas dentro de las otras, como un leitmotiv recorrerá toda la narración.

     El Negro cierta noche en que sus padres hacen una salida, lo invita a correr una aventura: treparse por los techos para ver su anhelada ciudad de Buenos Aires. Porque el niño y el Negro se comunican en un particular idioma y  este punto me parece digno de ser destacado.  La comunicación con el animal en ocasiones tiene lugar con una palabra o bien gestualmente, mediante una mímica.

     Esa noche en que salen, saltan por los techos, atraviesan muros, se desplazan entre chimeneas. Hasta que llegan a la gran Torre. La Torre Eiffel, de 300 metros de altura, a la que sus padres lo habían llevado en numerosas oportunidades. No obstante, en esta ocasión la iniciativa será suya inspirado por el Negro. Y luego de ver en uno de los pisos de la Torre a un grupo de pordioseros cenando exquisiteces y celebrando, nos enteramos en que esa es la noche en que los deseos se cumplen. Vagabundos como lo ha sido y parcialmente lo sigue siendo el Negro, no cuesta adivinar la solidaridad entre este grupo de marginados y el pasado del Negro. Pero también convive con él además de ese pasado, una serie de conocimientos que no consisten solamente, de modo evidente, en moverse con soltura por los tejados. Es el Negro el que invita al protagonista a correr la aventura. Él es el que le da la llave maestra para que ingrese en esa tierra de la que él proviene, y escuche su música.

     Trepados a la cumbre de la Torre, el niño y el Negro pueden ver finalmente Buenos Aires. Esta suerte de episodio de naturaleza fantástica que se introduce en una narración con elementos fuertemente políticos, claramente referenciales, históricos, hace contrapunto notable con el verosímil realista de la novela. Y sienta el precedente incluso en el marco de una historia que prometía ser de naturaleza exclusivamente mimética, a la que me atrevería a definir en un punto como testimonial, también se pueden sumar componentes que tracen cruces con las notas y los matices que suelen caracterizar a las narraciones infantiles tradicionales, en su tradición mágica o maravillosa. De modo que entre lo testimonial, lo político, lo referencial, lo histórico, la escritura de Soriano mediante un gesto de apertura ficcional (y de transgresión literaria) introduce en la trama lo inesperado. Esto es: el ingrediente que hace a esta altura vacilar la historia entre lo verosímil y un poder inventivo que se proyecta hacia lo inverosímil pero al mismo tiempo, en virtud de que estamos en el contexto de una ficción, todo es allí posible.

    Lo sabemos: la narrativa es el territorio en el que podemos forzar los límites del orden de lo real tal como se nos  presenta de modo habitual, frecuente, cotidianamente. Si Soriano se permite esta “magia menor”, diría Borges, quiere decir que también hace literatura según los términos en la tradición de la literatura infantil que no respeta sino sus propias leyes, sin ajustarse más que en lo elemental a un referente histórico.  

     También viene a desmentir que toda narración que dé cuenta de la dictadura o bien del exilio no pueda contar con componentes que trazan matices riquísimos con todo aquello que remite a episodios del orden de lo cotidiano. Lo mágica, maravilloso o fantástico, es aquí uno de los elementos más cruciales de la trama. Porque es precisamente lo que pone en conexión a los dos países: Francia y Argentina, Paría y Buenos Aires.

     El sueño final del niño, en que es ahora lo onírico lo que entra en juego, introduce una forma de pensar la imaginación desde la mente infantil. En efecto, es ahora en ese sueño desde París, en que el protagonista, según esa singular gramática que concatena los acontecimientos de nuestras percepciones cuando dormimos, tenga la imagen de Pulqui, el Negro y él mirando desde Buenos Aires, a París. Y lo que ve es a sí mismo, de modo especular, mirando a Buenos Aires con sus gatos.  El sueño funciona aquí como anhelo, como deseo, pero en el marco de la narración como un juego notable entre las expectativas y lo que seguramente tendrá lugar. Dado que será restaurada la democracia.

     El Negro de París, como narrativa del exilio constituye la prueba más elocuente de que, en primer lugar, temas de esta naturaleza pueden ser abordados en la literatura para público infantil. Un público que tiene todo el derecho de conocer “el otro lado de la Historia”, las tramas del dolor de las personas que expulsó la dictadura y la supervivencia en contextos no necesariamente hostiles pero sí de extrañamiento y pérdida de la identidad originaria a que se ven sometidos compulsivamente.

     El vínculo paterno/filial resulta clave en esta novela. Esos padres, en espacial el padre, se hace cargo de ser el fiel depositario, el fiel custodio, el mediador cultural y el transmisor de una memoria que no  quiere ni acepta sea perdida por su hijo, por sustracción de memoria y llega de olvido. De modo que también El Negro de París se erige dentro de las narrativas de la memoria que se han escrito en  Argentina o fuera de ella por parte de exiliados que han regresado o se han instalado de modo definitivo en otros países.



     La opción por no olvidar está clara. Y la opción de ese niño por “ver” a lo lejos inspirado por su gato a su ciudad de origen también deja a las claras que ha sido tomada por él mismo como una determinación. Es él quien apuesta también, en principio a partir de este juego fantástico que le propone el Negro. Pero  el Negro sabe lo que hace. Hace lo que Soriano quiere que haga. Que es mantener la memoria activa, viva, sin perder un ápice de su actividad. El recuerdo de ese país considerado un espacio que tampoco es idealizado pero sí se lo compara y se detectan desventajas así como ausencias, faltas, desventajas y un lugar en el que los  privilegios de que goza un niño en Argentina aquí le están denegados.

     Osvaldo Soriano viene con este libro maravillosamente a dar una vuelta de tuerca a la literatura infantil. Viene a dar cuenta de la otra cara de los libros infantiles que abordan la dictadura. No los libros que han sido prohibidos por ella. Sino que se trata de un libro que narra el envés de la dictadura. El que fue escrito fuera del país por circunstancias obligadas.  Si bien publicado en 1989, en tal caso lo que resulta vigente es esta memoria del propio Soriano, quien evoca los duros años en que le tocó permanecer exiliado en Francia. Y cómo mediante una historia transmisora de esa experiencia penosa, representa literariamente también un conjunto emocionante de experiencias que el público infantil es conveniente conozca como parte de un capítulo negro la Historia de su patria. Tan negro como el Negro de París.

     También este padre que es Soriano y este escritor argentino que es Soriano se hace cargo de no permitir el olvido a partir de escribir la Historia de una versión que no miente, que no disfraza, sino que con palabras simples da cuenta de esa mezcla de desamparo y  desarraigo que subyace a todo exiliado. Que esa decisión de escritor, que esa política de la escritura haga intervenir elementos del orden de lo referencial que han sido traumáticos para muchos argentinos, vuelve a esta narración imprescindible de ser conocida y difundida. De ser leída. De ser, también, valorada y reconocida como una pieza literaria de innovación en sus contenidos.  

     La literatura infantil no consiste en la narración de tramas candorosas, simpáticas, idealizadas que evitan los conflictos del orden de lo real y lo político, como a su debido tiempo también lo demostró Graciela Montes con su libro El Golpe y los chicos. Aquí Soriano con su libro prueba y comprueba que una literatura infantil diferente también de naturaleza ficcional pero con fuertes matices testimoniales que eso es posible.  Y que es imprescindible atreverse a escribirla. Como lectura para los niños. Como lección para quienes escribimos literatura infantil, y podemos aprender de este libro, nuevas perspectivas para afrontar las complejas tramas entre literatura y política.

lunes, 24 de agosto de 2020

DÍA DEL LECTOR.... en cuarentena



por María Cristina Alonso

Sin la lectura no sería posible sobrevivir a la pandemia. Vivo en un pueblo arrasado por el virus, un lugar con hospital casi colapsado y anuncios funestos de gente que muere. Mientras leo las noticias tan tristes, encerrada en mi escritorio, miro con felicidad a los libros que leí y a lo que me esperan aún para que reme hasta sus páginas. Leer me ha salvado siempre la vida. Recuerdo qué libro estaba leyendo en momentos difíciles. Leyendo a Paul Eluard sobreviví al terror de la dictadura en mis tiempos de estudiante en La Plata. Leyendo un tomo de Historia crítica de la Literatura Argentina apuraba las horas de la agonía de mi madre. Una biopic sobre un cura siniestro y represor fue devorada la noche en que ella murió y el sueño no llegaba. Un libro cualquiera me ayudó a atravesar esa oscuridad en la que la muerte se instala en una casa y no deja que llegue la madrugada.






En estos días, en la ciudad en la que vivo, mientras los contagios se multiplican de forma incontenible, Joel Dicker, un escritor de libros que atrapan y que nos devuelven al placer de ese lector ingenuo que fuimos alguna vez, me ayuda a aferrarme a la esperanza de que todo pasará.
Borges -por quien celebramos el día del lector- dijo que no se ufanaba de los libros que había escrito sino de los que había leído. Leer es la balsa a la que me subí de niña, con ella he llegado a lugares insólitos, desde la Isla del Tesoro hasta Yoknapatawpha, desde las tiendas de los ranqueles hasta el París de la Maga, desde Casabindo a Nagazaki, desde Chivilcoy a Ginebra. Siempre así, con un libro en la cartera. Un escudo indestructible. Puedo asegurar que en todo momento, los lectores somos felices.

martes, 18 de agosto de 2020

CAMPAÑA: "LOS LIBROS POR LA PAZ, 2020"

 


por Eduardo Raúl Burattini
(Bibliotecario Director)


Desde hace un año, como institución: BIBLIOTECA POPULAR MADRE TERESA de VIRREY DEL PINO, LA MATANZA, ARGENTINA, nos hemos abocado y comprometido a trabajar, difundir, hacer realidad la AGENDA 2030 de NACIONES UNIDAS, firmada y aceptada por nuestro País, dar visibilidad a los OBJETIVOS DE DESARROLLO SUSTENTABLE en general y a algunos de ellos en particular, pues están directamente conectados a nuestra actividad como BIBLIOTECA,  por ejemplo el ODS Nro 4 (Educación de calidad), el ODS Nro 10 (Reducción de las desigualdades) y el ODS Nro 16 (Paz, Justicia e Instituciones Sólidas), entre otros.

Creemos que creando conciencia en nuestra Comunidad sobre estos Objetivos de Desarrollo Sustentable, con acciones directas, con campañas de concientización, vamos a ir forjando una SOCIEDAD EN PAZ Y PARA LA PAZ.

Es así, que durante el año 2019, lanzamos la CAMPAÑA DERECHOS DEL NIÑO (UNICEF) #PorTodosMiscompañeros, con carteles, postales que la Biblioteca Popular Madre Teresa


 llevó adelante con la colaboración en la creación de los carteles de la ilustradora Virginia Piñón, con la participación de narradores, teatro de títeres, concursos de lectura y escritura, cine debate, etc.

Este año, convencidos de seguir ayudando a nuestra Comunidad en su crecimiento y con el impacto no esperado de la pandemia de COVID 19, lanzamos la CAMPAÑA DE PROMOCIÓN DE LA LECTURA, en el marco del Programa Institucional: “POR MÁS LECTURA, POR MÁS LECTORES: MAESTRO LUIS GALARD”…., con la promoción de postales y carteles que difunden el DECÁLOGO DEL LECTOR, que también fueron diseñados y realizados por la artista e ilustradora Virginia Piñón,  además, hemos utilizado todas las herramientas que nos brinda la tecnología y las redes para compartir los bienes culturales de nuestra Biblioteca, y difundir lecturas, muestras artísticas, talleres de origami, cine infantil y  películas para jóvenes y adultos, huerta familiar, etc. (Facebook, twitter, Instagram, blog, )


Así también, actualizamos periódicamente nuestro blog de literatura infantil y juvenil “El Hormiguero Lector” (https://hormiguerolector.blogspot.com/), donde contamos con la colaboración de escritores, ilustradores, mediadores de lectura, bibliotecarios, y con artículos de verdaderos estudiosos de la literatura infantil y juvenil egresados de las altas casas de estudio de Argentina y América Latina y el Caribe. De esta forma, vamos creando lazos dentro del territorio nacional (Argentina) y con el resto de los países hermanos de América Latina y el Caribe, que nos permiten fortalecer desde el libro, desde la lectura los lazos de amistad, de PAZ y de unión.

Por eso, en este mes de Agosto, mes de las INFANCIAS, es que hemos decidido lanzan esta nueva campaña de LIBROS POR LA PAZ, invitando a todos hombres, mujeres, jóvenes y niños a compartir el fascinante mundo de la LECTURA, intercambiando, donando, comprando, regalando: LIBROS, tanto físicos con soporte papel….. como en soporte virtual, buscando en las redes aquellos libros que nos han hecho felices y a través de las herramientas digitales enviarlos para que hagan la felicidad en otros…, LIBROS Y MÁS LIBROS PARA CONSTRUIR LA PAZ, PARA FORTALECER LA PAZ, PARA GARANTIZAR EL ACCESO DE TODOS Y TODAS A LA LECTURA, AL MARAVILLOSO MUNDO DE LAS PALABRAS…., que nos contienen y que nos hacen ser.



Porque como bien lo expresa Silvia Katz: “Los libros no son millones de letras agrupadas con sentido. No son infinitos puntos y comas, ni párrafo y títulos. Son vehículos de conocimiento e inspiración que forman el mejor .patrimonio inmaterial y que abrazan tu alma”.  

Por eso, dejémonos abrazar por las letras, por las palabras, por las verdades que encierran los libros y que al abrirlos y leerlos los ponemos en acción, como dice el poeta Pablo Neruda, en su Oda al Libro, veremos;  “….el hombre regresando con un libro, el cazador de vuelta con un libro, el campesino arando con un libro. Y entonces, podremos ver que esta relación  HUMANIDAD – LIBRO, LIBRO – HUMANIDAD, nos da como resultado la PAZ. 

TODOS INVITADOS A DIFUNDIR, A SER PARTE DE ESTA CAMPAÑA "DE UN LIBRO POR LA PAZ"

                                                                Virrey del Pino, agosto de 2020.

martes, 4 de agosto de 2020

“Monólogo: Habla Gustavo Roldán” (Mes de Gustavo Roldán)




por       ADRIÁN FERRERO


 

 

     Nací en 1935, en Sáenz Peña, provincia de Chaco, una provincia de Argentina pobre y olvidada de los funcionarios que sin embargo tiene uno de los montes más grandes del mundo. La fauna de allí es innumerable. Jaguares, bichos colorados, osos hormigueros, pumas, lechuzas, pulgas, garzas, quirquinchos, sapos, sapitos, en fin, un zoológico que sin embargo se vive y se desplaza libremente por ese monte que no tiene dueño. Es un monte libre, tan libre que a la hora de las siestas, descalzo, con la ropa más sencilla que se puedan imaginar, yo me trepaba a los árboles, corría, me sentaba a la orilla del río Bermejo, el de aguas marrones. Ese que no se parece a los ríos de los que se suele hablar, que de tan transparentes dejan ver los pies cuando uno se mete en ellos.

     Recién a los siete años vi un libro. Antes sin embargo había escuchado muchos cuentos. Cuentos que contaban los paisanos de mi tierra (que me enseñaron a andar a caballo). Cuentos que guardé, porque después, a la hora en que me tocó o elegí escribir (eso no lo tengo muy claro) me sirvieron. No sé si fueron los mismos cuentos. No diría eso. Pero sí tenían un modo de contar, un estilo, que no era ese estilo complicado que después, en la Universidad Nacional de Córdoba, estudié. En esa Universidad leíamos a autores mucho más complicados. Esos autores, como los del Siglo de Oro español, que usaban palabras importantes, difíciles, raras, que yo incluso en ocasiones a veces ni conocía. Era un español demasiado adornado. A mí me gustaba la literatura popular, la que va de boca en boca. No hay nada más rico y más complejo, más universal y por lo tanto más elaborado, que esas historias que no son de nadie y son de todos a la vez. A algunas las puse por escrito. A otras simplemente las escuché, como quien mansamente escucha el canto de los pájaros, regocijándome en su infinita belleza.

     Después de haber hecho la Universidad empecé a trabajar en ella. Di clases, aprendí mucho enseñando, porque enseñando ustedes saben que es más lo que uno aprende que lo que uno transmite a otros. Pero seguí recordando esas tarde en el Chaco, el mundo de la naturaleza, ese que era como un Edén, supongo yo, como el de Adán y Eva, según cuentas las Sagradas Escrituras. Y yo no tengo por qué no creerles.

     Para mí los animales del monte chaqueño eran como mis mascotas pero a mí me gustaba que vivieran en libertad, que crecieran lejos de mí, incluso.  Que tuvieran sus casas, sus cuevas, que vivieran en las ramas de los árboles, que nadaran en el Bermejo, que pudieran moverse sin ponerles collar. Porque siempre me gustó ser libre. Y siempre me gustó dejar en libertad a los demás. También,  una cosa que no les conté, es que me gustan los elefantes. Siempre me parecieron animales sabios. Porque tienen buena memoria. Y eso viene a cuento de los que les voy a contar a continuación.

     Hasta que un día pasó algo terrible en el país. Llegaron los militares, en 1976, dieron un golpe de Estado, tomaron el poder, a mío y a mis amigos se les ocurrió que debíamos dejar nuestros puestos de profesores en la Universidad Nacional de Córdoba. Nos  echaron. Con mi esposa, Laura Devetach, que también es escritora, pensamos en varias opciones. Pensamos en varios países a los cuales irnos. Pero a mí se me ocurrió algo más fácil pero también más peligroso. Yo no quería abandonar el monte ni mi país. Quería regresar de vez en cuando, regresar a ver a los animales, regresar a ver a los parientes y amigos que había dejado. Pensé que nos fuéramos a la ciudad de Buenos Aires, que nos hiciéramos invisibles. Y eso de lo que yo estaba tan seguro, que era que nunca viviría en Buenos Aires, una ciudad que me quedaba grande como un traje de varios números más del que me correspondía, y que jamás viviría en un departamento, terminé viviendo en esa ciudad, en un departamento. La pucha. La vida tiene estas jugarretas misteriosas. Aunque no nos gusten.



     Pero ¿de qué iba a trabajar? Teníamos que ser invisibles. Disfrazarnos de algo que los militares no sospecharan que dos escritores y profesores podían ser. Entonces me fijé en los avisos clasificados de los diarios, en la sección de ofertas de empleos, y me encontré con uno que buscaba carpintero. Como yo siempre tuve la idea de que un hombre tiene que saber trabajar con las manos además de trabajar con la cabeza, yho había aprendido y sabía hacer cosas en madera. Había hecho la cama mía y la de mi mujer, el escritorio donde cada uno trabajaba, las cunas de nuestro hijos. Tuvimos dos: Laura y Gustavo. ¿Qué por qué se llaman igual que nosotros?  Es una buena pregunta. Pero creo que en ese momento estábamos tan preocupados por tantas cosas, que no podíamos ponernos a pensar en originalidades. O quizás no fue por eso. Ya ni me acuerdo. Eran tan chiquitos.  Ha pasado tanto tiempo. Ahora Laura es escritora. Gustavo es ilustrador. Laura ha escrito libros conmigo. Gustavo ha ilustrado libros de su madre y míos. Y con Laura escribimos una versión libremente inspirada en Las aventuras de Pinocho, de Calo Collodi, el escritor italiano. ¿Se acuerdan?



     Yo desde chico escribí. Pero en serio, en serio, fue alrededor de los doce años. Escribía para adultos, para grandes. Me interesaba que la gente de mi edad leyera mis libros. Estuve seguro de eso. Hasta que cierto día, mis hijos me dijeron: “¿Y si escribís los cuentos que nos contabas a nosotros cuando éramos chicos?”. Yo me quedé paralizado. Porque sufría de amnesia de esa época. Pero ellos me dijeron: “Nosotros te vamos a ayudar. Te los vamos a contar. Vamos a hacer el camino al revés de como llegaron al mundo. En lugar de vos inventar, ahora vamos a darte de vuelta lo que vos nos regalaste con tanto amor a nosotros”. Y me los contaron. Entonces me empecé a acordar de algunos. A otros, en cambio, como vi que podía ir escribiéndolos, me animé y los inventé. Había muchos animales del monte en esos cuentos. Desde la iguana a la langosta. De la hormiga al piojo. Y así sucesivamente. Todos los animales que yo había visto en las siestas junto al río Bermejo. Uno atrás del otro fueron entrando en mis historias. Regresando a mí tal como habían salido de mí. Pero esta vez eran un regalo para otros. Para todos los chicos que quisieran y pudieran leerme.

      Al primer libro lo mandé a un concurso literario. Y tuvo tan buena suerte. O les gustó tanto al jurado, que me dieron un  premio. Entonces eso me dio valentía. Porque me di cuenta de que podía contar cuentos para los más chicos. Esos libros a los que poca gente les da importancia, porque piensan que la literatura que leen loso chicos no es de primera categoría, sino que es una literatura que no ha crecido, que no ha alcanzado la mayoría de edad. Digo yo, no sé. A lo mejor es por otra cosa. Porque piensan que es una literatura demasiado sencilla, cuando en verdad escribir para los más chicos de las experiencias que me han tocado como escritor ha sido de las más exigentes. Hay que mantener su atención. Hay que mantener su interés. Tienen que ser historias atractivas, estar bien escritas, ser complejas pero simples a la vez, si uno no solo quiere entretener sino hacer buena literatura. Y eso es lo que yo quería hacer. Nunca me gustó hacer lo que no siento. Pero esto sí lo sentía. Le encontraba sentido. Me gustaba mucho hacerlo. Cuando llegaba alguna idea, algún comienzo, arrancaba. Y seguía. A veces no llegaba ninguna y entonces no escribía. Son maneras de trabajar de los distintos escritores. Todas son respetables. Pero para mí escribir no es cumplir un horario de oficina. No soy un empleado de la literatura como no soy un empleado en una empresa.  

     Y así fue como me hice escritor para niños. Escribí muchos libros para niños, como mi esposa. A veces, antes de irnos a dormir, ella me contaba en cuál estaba trabajando, de qué trataba, que tenía una parte del argumento en el que estaba trabada y no sabía cómo salir de ese callejón. Y yo le daba alguna idea. Al día siguiente ella me decía: “Me sirvió lo que me dijiste. Ahora lo pude terminar”. A veces era al revés. Era yo el que no sabía por dónde empezar, por dónde seguir o cómo terminar una historia. Y ella me daba la pista. Como Ariadna a Teseo en medio del laberinto para que el Minotauro no lo cautivara y lo matara. Entonces, en ese momento, yo podía orientarme, encontrar el punto a partir del cual seguir el relato.
Y ahí se quedaron los cuentos para adultos esperando. Escribí  muchos cuentos para niños. Me daba mucha alegría porque me invitaban a las escuelas, a hablar con los chicos, de lo que escribía. Y ellos me hacían preguntas que me divertían. Pero, sobre todo, me parecían muy sinceras. Siempre la honestidad me pareció fundamental en una persona. Decir lo que se piensa y lo que se siente cuando uno lo piensa y lo siente. No esperar diez años, cuando ya es demasiado tarde para recuperar ese momento mágico en el que uno debía confesarle el amor a una chica. O bien llorar por la muerte de un pariente. O bien abrazar a un amigo y consolarlo porque se había quedado sin trabajo, como me había pasado a mí con los militares. Y también la otra honestidad: ser respetuoso de los demás. No hacer daño. Tener principios. Ser una buena persona. Ayudar porque también nos han ayudado otros a nosotros.



     Tuve amigos escritores y tuve amigos que no eran escritores. Debo confesar que me caía mejor la gente sencilla. Que no tenía demasiadas vueltas. Fueran escritores o fueran personas que no escribían. Me llevo muy bien con mis paisanos. Para vueltas me gustan los trompos. Los hago girar siempre que vienen chicos a casa de visita. O cuando voy a alguna escuela. Les llevo un trompo, y ellos quedan fascinados porque están acostumbrados a ver televisión o a jugar en la computadora pero no a ver girar a un trompo o a trabajar con las manos. O ir al monte a perderse entre los árboles y ver a los animales.

     Cierta vez hice un trabajo que me gustó mucho pero les confieso que fue muy difícil. Escribí un libro que se titula Los cuentos que cuentan los indios. Me interné en el Alto Chaco a recopilar las historias que contaban algunas tribus de esa zona: los matacos, los tobas y los guaraníes. A algunos los escuché. A otros tuve que buscar el modo de leerlos, porque había gente que se había tomado el trabajo de escribirlos. Pero fue complejo. Yo no quería traicionar esa historia ancestral, que los conquistadores habían arrasado casi por completo. Y que en el siglo XIX otros conquistadores de Buenos Aires habían exterminado. Quedaban pocos indios. Y por lo tanto quedaban pocos cuentos. Se habían esfumado como se esfuma el vapor del agua de una pava para el mate. Me gusta tomar mate a mí. Es una de mis bebidas favoritas. Yo quería que esa parte de nuestra tierra (porque yo tengo una parte de mi sangre de indio), permaneciera viva. Y para que permaneciera viva hace falta que esté escrita. Para que cuando alguien quiera resucitar, con su lectura silenciosa o en voz alta, vuelva a aparecer.

     ¿Qué qué hice en  mi vida? Escribí muchos libros, viajé, conocía gente, dirigí colecciones de libros para niños, coordiné talleres de escritura, fui jurado de concursos, fui periodista, entre otras cosas.  Porque seguí siendo carpintero. No profesional. Pero me negaba a dejar el oficio. Hasta si alguien me decía que iba a nacer su hijo le hacía su cunita.

     Les cuento cómo trabajo mis historias. Primero las escribo a mano sobre el escritorio de madera que hice yo mismo. Como la biblioteca en la que tengo mis libros. Y después recién de una larga etapa de revisarlos, los paso en la computadora. Como escritor soy como los carpinteros: me gusta hacer las cosas a mano. Como un artesano. O un panadero. Me gusta que mis historias primero tengan el olor de la tinta y el papel. Y recién ahí pasen a la computadora. Donde no se las puede ni oler ni tocar, como al pan o la madera recién cortada. En la computadora existen pero no existen. Y después sí, me gusta mucho oler el papel de mis libros una vez que han sido publicados. Pero, sobre todo, me gusta regalarlos a la gente que quiero mucho.

     Siempre tango la sensación de que me equivoco en los títulos que elijo para mis libros. La gente dice que no. Pero yo sé que sí. Yo no soy infalible como los dioses de los aborígenes. Yo me equivoco, en los títulos, en algunas frases, hasta en alguna historia que no me gusta cómo quedó entonces rompo el papel y la mando derecho para el papelero que tengo al lado de mi escritorio.

     Por lo menos una vez por año regreso al Chaco. Es más: tengo la sensación de que nunca me he ido de él. De que se trata de un viaje que jamás hice. De que sigo sentado a orillas del río Bermejo, escuchando a los pájaros, el sonido del agua correr, la música de ese lugar tan especial para mí, porque es el lugar en el que nací, donde entonces germinaron lo que después serían  mis historias.

    Pienso que me puedo haber equivocado muchas veces en la vida. Seguro que una cama me salió torcida. A la cuna de mi hijo Gustavo le puede haber faltado algún barrote. Pero a decir verdad estoy seguro de que no me equivoqué de provincia al nacer.  De que nací en el lugar adecuado. A ese lugar regreso por lo menos una vez al año en los dos lugares en los que viví del Chaco. Donde nací y donde más tarde nos mudamos, antes de instalarnos en Córdoba. Me junto con un primo muy gaucho. Nos sentamos en la margen del río Bermejo a arreglar el mundo mientras tomamos mate. Y miren lo que nos pasa.  Lo dejamos todavía más desordenado de lo que estaba.

Si tuviera que firmar esto que escribí, escribiría, “Gustavo Roldán”, como hago en mis libros. O como  me piden las editoriales que digan mis libros. Pero ahora que lo pienso, firmaría: “Gustavo Roldán. El que pese a haberse ido, siempre se quedó en el mismo lugar: el Chaco, del que jamás salió”.

 


viernes, 31 de julio de 2020

Un conejo en los cuadernos de Hawthorne, por María Cristina Alonso


Si papá no escribiera, ¡qué bien la pasaríamos todos!”, recordó Julián Hawthrone que había dicho su hermana Una.  Ese papá que escribía era nada menos que el autor de la novela La letra escarlata, cuya primera edición -que había salido en 1850- se agotó en diez días y de muchos cuentos, como “Wakefield” que, un siglo después, conmovió a Borges y lo llevó a decir que en él encontró “sabor a Kafka”.

Ilustración de Beatrix Potter

Cuando no escribía sus obras memorables, Nathaniel Hawthrone (Salem, 1804- Plymouth, 1864) llenaba cuadernos en los que anotaba argumentos de posibles cuentos: “Unos gnomos diminutos viven dentro de un diente hueco. Uno descubre que el diente fue empastado en oro y lo explotan como si fuera una mina”. “Un hombre muere dentro de una chimenea y acaba ahumado, como un trozo de tocino. Podría mencionarse de paso, al consignar los destinos de los personajes de un cuento”.  Llegó a redactar tres volúmenes de diarios que abarcan los años 1835 a 1852. Hoy los conocemos como Cuadernos norteamericanos (American Notebooks).

Pero en la casa de los Hawthorne había otros cuadernos en los que su esposa Sophia y los hijos, Julián y Una, anotaban rutinas domésticas, dibujos y garabatos.

En 1851 la familia dejó Salem y se trasladó a Lenox, en el condado de Berkshire, a una granja con una casa de paredes rojas a la que Hawthorne denominó Taglewood, como una de sus obras, nombre que perdura hasta la actualidad asociado a un festival de música. Se instalaron en la casita roja -propiedad de una amiga de su esposa Sophia- con la intención de encontrar un lugar tranquilo y agreste.  Aunque el escritor calificó de horroroso (“Detesto Berkshire con toda mi alma, y vería con placer que sus montañas fueran allanadas”) en ese lugar pasó días felices. Estaba casado con Sophia Peabody que era una mujer inteligente con la que compartía ideas progresistas sobre la educación  de los hijos, jugaba con  los niños, cultivaba hortalizas y daba de comer a las gallinas.


Llevaba una vida retirada y solo iba a la ciudad a recoger el correo a la Oficina Postal. Pero en ese aislamiento recibía la visita de quien escribiría la gran novela americana, nada menos que Herman Melville, con quien entabló una inspiradora amistad, intercambiaron cartas y hablaron de sus respectivos trabajos. Melville, que era más joven, veía en Hawthorne a un maestro. Le hablaba de la ballena que iba creciendo en sus escritos. Según Paul Auster que dedicó un ensayo a esta amistad, Moby  Dick estaba pensada como una novela de aventuras pero, por influencia de Hawthorne, dio un giro hasta el punto de convertirse en la más rica novela del siglo XIX. Se la dedica a su amigo admirado: “En señal de admiración por su genio, este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne”.

Mientras tanto, en los cuadernos de Hawthorne se van llenando con sus observaciones sobre las actividades de sus hijos.  « Una dibuja una vaca y dice: “Con una patada voy a hacer que mueva un pie”. Hay una feliz energía en esta expresión. En su calidad de creadora. Una se identifica por completo con la vaca, consciente de ejercer plenos podres sobre cada uno de sus sentimientos» .

« Julián, tras haber recogido el otro día un puñado de hojas de arce, todas rojas: “Mira papá: un ramillete de fuego” ». Y su hijo nuevamente: “Julián me ha preguntado si la noche está encerrada en el dormitorio de tía Elizabeth”.

 El 26 de julio de 1851 Sophia Hawthorne se fue de viaje a visitar a sus padres que vivían en West Newton, en las afueras de Boston, en compañía de sus hijas -Una y la bebé Rose- y su hermana mayor, Elizabeth Peabody. Dejó a Julián, de cinco años, al cuidado de su padre en la granja de Lenox hasta el 16 de agosto.

 Durante ese período el escritor famoso que, según sus críticos ya había escrito las mejores páginas, queda a cargo de la casa y del niño y decide registrarlo en un cuaderno aparte que lleva por título Veinte días con Julián y conejito.

El texto de Hawthrone está compuesto de múltiples instantáneas de su hijo en esos días en que están solos en la casita roja.

Registra juegos: arrojan piedras al agua, Julián talla  escarbadientes con una navaja, juegan a la guerra con los cardos imaginándose que “son dragones de múltiples cabezas e hidras, y que tenían vástagos tan altos que pasaban por gigantes.” Hawthorne arma un bote que tiene un trozo de periódico por vela, juntos recogen grosellas.

Casi nada pasa  en el relato, pero el paisaje, minuciosamente descripto desfila por el cuaderno de Hawthorne como un bordado de momentos intrascendentes: se desplazan las pesadas nubes, discurre el agua en el lago, aparecen las protuberancias azules de las montañas lejanas, el sol se refleja en el lago. El paisaje va variando por los efectos de la luz.

Julián reflexiona sobre lo que ve y su padre lo anota: “Entre otras cosas, durante la recolección de grosellas, estuvo especulando sobre los arco iris, y me preguntó por qué no los llamaban arcos de sol (sun-bows) o arcos de lluvia solar (sun-rain-bows). Después me explicó que la cuerda de su arco estaba hecha de hilos de araña, y que esa era la razón por la que no podíamos verla. De a ratos lo oía recitar poemas, con énfasis y buena entonación. Jamás se enfurece ni desanima, y ciertamente es tan feliz como largo es el día”.

El padre amoroso y paciente con su hijo deja, por momentos, escapar comentarios irónicos propios de quien no está acostumbrado a que caiga todo el peso del cuidado del niño sobre sus hombros.

“Julian se divirtió mucho hoy con mi navaja, que por tener el filo de una azada le di para que se pusiera a tallar. Así que hizo lo que él llamó un bote, y manifestó su intención de hacer
escarbadientes para su madre, para él, para Una y para mí. Cubrió dos veces el piso del tocador con virutas, y encontró en eso un entrenamiento tan inagotable que pienso que compensaría con creces la pérdida de uno o dos de sus dedos”.

 También el Conejito del título tiene un espacio en las anotaciones de Hawthorne. Si al principio no parece interesar mucho al niño puesto que solo come y duerme: “A primera vista es más bien imponente y aristocrático;- dice de él- pero al examinarlo más de cerca aparece vagamente risible. Julián ahora le presta muy poca atención, y deja que sea yo quien le junte sus hierbas; de otra forma, la pobre bestia moriría de hambre. Me siento profundamente tentado por El Maligno a asesinarlo a escondidas, y deseo con todo mi corazón que la señora Peters pueda por fin ahogarlo”.

Pero páginas más adelante,  Conejito aparece de mejor aspecto, sobre todo cuando sale afuera de la casa y se sobresalta con el más mínimo ruido, oportunidad que aprovecha para saltar al regazo de Julián. Se intranquiliza en espacios abiertos. Sobre el final de las anotaciones, nos enteramos que Conejito aparece muerto.

“Conejito parece estar intranquilo en los espacios abiertos y soleados; y su primer impulso es buscar la sombra -la sombra de una mata de arbustos, o la de Julián, o la mía-. Da la impresión de sentirse en grave peligro -él, un personaje tan importante- en el jardín abierto, y aprovecha toda oportunidad para saltar al regazo de Julián”.

Los días pasados juntos quedaron para siempre en los cuadernos del escritor norteamericano. Mucho tiempo después, Julián recordará en su libro Nathaniel Hawthorne and his wife los días idílicos pasados junto a su padre, aunque admite que, para un hombre de mediados de siglo XIX, la tarea debería haber  resultado bastante pesada.



Sophia Peabody Hawthorne

Nathaniel y Sofía fueron influidos por las ideas trascendentalistas profesadas por Emerson y Thoreau, y la educación que propiciaron para sus hijos no fue para nada ortodoxa, en un tiempo en que la severidad y los castigos físicos eran moneda corriente. Ambos creían que se educaba teniendo infinita paciencia, mucha ternura y magnanimidad.  Esas ideas emanan de Veinte días con Julián y Conejito: mucha paciencia y comprensión. Hawthorne refrena su ira cuando el niño lo saca de quicio, aunque en general se muestra tolerante y afable y se alegra de ver feliz a su hijo “¡Disfruta tanto de esta libertad!”, escribe. Y casi al final, cuando la nostalgia por su esposa Sophia lo embarga: “Permítaseme decir claramente, por una vez que es un niño dulce y encantador, y que se merece todo el cariño que soy capaz de darle. ¡Gracias a Dios por habérmelo dado! Que te bendiga por ser la mejor esposa y madre del mundo!”

El relato de los veinte días de camaradería es un libro en sí mismo y fue ignorado por mucho tiempo. Después de la muerte de su marido Sophía se negó a publicar este relato junto con los apuntes de los cuadernos: “Hawthrone jamás habría deseado que se hiciera pública una historia tan íntima y doméstica como ésa”. Recién vio la luz en 1932.


Stockbridge Bowl y Shadowbrook Lenox Mass 1902

 El paisaje registrado con sus cambios transporta al lector a esos días lejanos en que un padre y un hijo escriben la historia de una aventura juntos. Son instantáneas de una vida sencilla, de cuestiones domésticas que un hombre del silgo XIX difícilmente era proclive a dejar constancia. Hawthorne oficia de padre y de madre, siente terror cuando deja de ver a Julián por una hora - “tengo, sumadas a las mías, todas las inquietudes de su madre”- debe atender una picadura de abeja, dolores de panza, peinarlo sin mucho éxito y cambiarlo cuando se hace pis: “…le oí gritar cuando estaba a cierta distancia detrás de él, y, al acercarme, vi que caminaba separando las piernas- ¡Pobre hombrecito! Tenía completamente empapado los calzones”.


 En la correspondencia de Sophia y en los textos de Julián aparece un Hawthrone menos sombrío que el que emana de sus relatos. Asoma un compañero de juegos  divertido que sube a los árboles, hace de Mago y se deja tapar con hojas de hierba por sus hijos.

 Veinte días de Julián y Conejito es el álbum de momentos mínimos. Un texto lleno de poesía y ternura, escrito por un hombre que se obsesionó con el bien y el mal y con la idea de pecado pero que, en sus cuadernos de trabajo bordó con palabras esos días en los que el sol fue girando sobre la casa roja, mientras él se instalaba a tiempo completo en el mundo de su hijo.

 

 Bibliografía:

Auster, Paul, Hawthorne en familia, Ensayos completos, Buenos Aires, Planeta, 2013

Schierloh, Eric, HAWTHORNE, Nathaniel, prólogo a  Veinte días con Julián & Conejito. / Nathaniel Hawthorne. 1ra ed. Buenos Aires: Barba de Abejas, mayo de 2013.

Berti, Eduardo, prólogo a Cuadernos nortemaericanos, Bogotá, Norma, 2007.

 

 


Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...