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lunes, 12 de septiembre de 2022

Marcas de lectura

 



por María Cristina Alonso


El futuro tecnológico nos augura un mundo sin libros de papel, bibliotecas enteras albergadas en dispositivos digitales con pantalla y memoria que permiten lecturas prolongadas y llevar, por ejemplo, todos los tomos de la Enciclopedia Británica o todas las novelas y textos que ocuparían innumerables estantes en un aparato pequeño que pesa no más de 250 gramos. Estas maravillas también tienen su contrapartida, en breve tiempo se convertirán en basura tecnológica mientras que, los libros de papel siguen siendo, como lo asegura Anderson Imbert en su cuento Cassette, un asombroso invento. En este relato escrito en 1982, que transcurre en 2113, Blas, jugando con un aparato tecnológico -un cassette que lo distrae con imágenes y sonidos y que le permite conversar con colonos de Marte ya que la comunicación es únicamente oral- reinventa el libro.


El niño imagina un nuevo dispositivo absolutamente revolucionario, que se encienda con la mirada y permita seguir su desarrollo hacia adelante y hacia atrás y saltear los pasajes fatigosos, escrito en un código de signos que transcribieran vocablos, palabras impresas en láminas cosidas. Sin querer, en la soledad de su penitencia, Blas está inventando el libro, el dispositivo de almacenamiento como lo hemos conocido desde Gutenberg hasta hoy.

Aunque con el Kindle se puede subrayar, citar y comentar, lo que no recogerán los libros electrónicos son los rastros que el lector deja sobre las páginas.

Los libros de papel permiten diálogos entre lectores de épocas distintas. La literatura me ha permitido cruzar a mi tía abuela María -una dama que, a principios del siglo XX leía Ecos de las montañas, de Juan de Zorrilla, en una edición ilustrada por Gustavo Doré, sobre un sillón de gobelinos- con Osvaldo Soriano, el de Triste, solitario y final, trajinando Los Ángeles, sin plata y muerto de frío, justo en el momento en que encuentra a Philip Marlowe junto a la tumba de Stan Laurel.

Mi tía abuela me dejó una biblioteca que leí con pasión durante la adolescencia. Era la biblioteca de La Nación de 1909, con volúmenes encuadernados en tela, compuesta de clásicos como Don Quijote o Robinson Crusoe y de los best sellers de la época, como La cabaña del tío Tom o María, de Jorge Isaac. En esas novelas aprendí a amar a los personajes de ficción y, cuando las miro alineadas en el mueble con el que se las vendía, veo departir amigablemente a Sherlok Homes con el Abat Prevost, a David Copperfield con Bernardin de Saint Pierre, el que escribió Pablo y Virginia, que –a la distancia- me devuelve playas desoladas y un tierno amor adolescente. En todos los libros María, mi tía abuela, estampó su nombre, como si con su nombre y apellido, que también es el mío, me hubiera dejado un mensaje, una posta. Seguí vos, leo en la tinta invisible. Y yo seguí. Leí toda mi vida y encontré de todo. Libros que dejé en la primera página porque tal vez no me estaban destinados -o que aún están a la espera- y otros que devoré con desesperación de náufrago, porque no es otra cosa la literatura que un remar en un mar de palabras con la exasperación de quien tiene que llegar inevitablemente a una cita. Y siempre fue así, si llegué a tiempo a la cita con la literatura fue porque muchos de los libros de mi biblioteca, la que armé a lo largo de la vida, están llenos de citas, de subrayados, de dedicatorias. A través de esas marcas que sólo pueden hacerse para que las descifren otros sobre papel y con lápiz, he andado y desandado mi camino lector, construido mis lecturas y relecturas.

Esas marcas son mapas que quedan para el próximo lector y que dibujan una geografía donde hay islas con arrecifes de coral como la de Stevenson (La isla del tesoro), donde Mansilla tiene largos conciliábulos con los ranqueles (Una excursión a los indios ranqueles), donde la Maga encuentra a Oliveira en un puente de París (Rayuela, de Julio Cortázar) , donde Dahlman viaja al sur (El sur, de Borges), y los tártaros al fin llegan a la fortaleza Bastiani (El desierto de los tártaros, de Dino Buzzatti), una biblioteca que ocupa casi todos los espacios de mi casa y que no deja de hablar, incesantemente.


sábado, 27 de agosto de 2022

Novedades que hacen lectores...!!! "Un mundo más leve", poesía para disfrutar y sentir.




 Un mundo más leve es una colección de historias acerca de las pequeñas cosas de la vida contadas con una mirada sensible y divertida.Desde su aparición a fines del año 2021, está colección de poesía infantil no para de recorrer espacios, lugares, Ferias y visitas en instituciones educativas y bibliotecas populares.


Un mundo más leve ya ha alcanzado su 2da edición.... y según nos comentan en el Hormiguero se estaría preparando una tercera, 👏👏👏👏👏👏👏👏, esto se ha logrado gracias a la unión creativa de su autora la poeta María Laura Burattini y la genialidad de la editora Paula Frankel que a través del sello editorial independiente Mil Trazos ofrece un mundo de literatura exquisita.

Un párrafo aparte merecen las ilustraciones de Paula Socolovsky,  que acompañan y fortalecen el texto poético, Un mundo más leve, se convierte así en un producto literario y en una verdadera pieza de arte de alta calidad.



Un mundo de leve está compuesto como colección:

4 libros de poesía ilustrada:

Las olas

Un mundo más leve

Mi amigo imaginario

¡Mi abuela es extraordinaria!



 

Texto: María Laura Burattini
Ilustraciones: Paula Fränkel y Paula Socolovsky

ISBN 978-987-47942-4-6

Formato: 14 x 14 cm

Tapa blanda

8 páginas

IMPRENTA MAYÚSCULA

domingo, 21 de agosto de 2022

Eduarda Mansilla precursora de literatura infantil. A 130 años de su paso a la inmortalidad , 1892 - 2022

 




por Mariano Oliveto
Universidad Nacional de La Pampa


Hasta hace muy pocos años atrás, Eduarda Mansilla de García, hermana del célebre Lucio V., era una escritora prácticamente ignota, una figura al margen de los intereses editoriales y de la crítica especializada. Su ausencia en el canon literario comienza muy tempranamente: apenas es mencionada en las historias de la literatura argentina de Ricardo Rojas y Rafael Alberto Arrieta.

Además de su condición de mujer que escribió en el siglo XIX, el peso de las figuras familiares que gravitaron a su alrededor –desde su padre y hermano hasta su tío, Juan Manuel de Rosas-, contribuyó a opacar su imagen. A su vez, como si se tratase de otro precursor de Kafka, antes de morir, Eduarda ordenó reunir sus textos para que sean quemados, lo que seguramente impidió o retrasó las posibles tentativas de reedición de su obra.



Eduarda fue una de las mujeres argentinas más destacadas del siglo XIX: no sólo se dedicó a la escritura de cuentos y novelas, también fue dramaturga, periodista, viajera, compositora y cantante, y una gran lectora dueña de un vasto conocimiento literario, filosófico y musical. Participó activamente de la vida cultural tanto de Argentina como de Francia, país en el que vivió durante varios años debido a la carrera diplomática de su marido, Manuel Rafael García Aguirre: asistió a conciertos y bailes y participó de tertulias literarias. Sin embargo, paralelamente a esta vida un tanto descentrada para una mujer del siglo XIX, no se apartó de los modelos tradicionales de hija, esposa y madre. En este sentido, apunta Hebe Molina en el amplio estudio que precede a Cuentos (1880), Eduarda autoconstruyó una imagen de mujer convencional cuando en realidad actuaba como fémina extraordinaria.



Al margen de algunas reediciones aisladas de su novela El médico de San Luis (1860) durante los años treinta y sesenta (Canillita, 1935 –Eudeba, 1962), es en la década del noventa cuando comienzan a reeditarse algunas de sus obras: Pablo o la vida en las pampas (Confluencia, 1999) y Recuerdos de viaje (El Viso, 1996). Sin embargo, el impulso revitalizador de su obra no llegará hasta el año 2007 cuando se publican varias de sus obras, sostenidas por un aparato crítico de suma relevancia: en la Colección Los Raros de la Biblioteca Nacional-Colihue, aparece Pablo o la vida en las pampas con un estudio crítico de María Gabriela Mizraje, novela escrita originalmente en francés, y publicada en Paris en 1869. Luego de esa primera edición francesa, la novela fue traducida al español por su hermano Lucio y publicada en 1870, bajo el por entonces usual formato de folletín, en el diario La Tribuna. También en 2007 aparece su novela de 1860, Lucía Miranda, en una edición a cargo de María Rosa Lojo y su equipo (Iberomaericana – Vervuert). Parte de ese grupo de investigación será el responsable de lanzar las Ediciones Académicas de Literatura Argentina (EALA), publicadas por Corregidor. En esta colección se editaron varias obras de Eduarda Mansilla acompañadas de estudios críticos de relevancia.
En 2011, EALA publica Cuentos (1880). La edición anotada está a cargo de Hebe Molina, quien escribe una sustanciosa introducción, en la que no sólo realiza una biografía de Eduarda Mansilla a partir del rescate de invalorables fuentes documentales, sino que además analiza con detenimiento los cuentos que integran el volumen. Las numerosas notas que acompañan la lectura de los relatos están pensadas para un público no especializado, tanto argentino como extranjero. De este modo, el sistema de anotaciones aclara referencias a autores u obras que Eduarda menciona o alude, también traduce e indica las fuentes de las citas que recurrentemente utiliza la autora, se reponen datos de personalidades y familiares que aparecen en las dedicatorias, se aclara el significado de palabras en desuso o de expresiones arcaicas como así también se brinda información acerca de calles o ciudades referidas en los cuentos.



En la literatura argentina, los niños empezaron a aparecer con la generación del ochenta, en las obras de escritores como Eduardo Wilde, Eugenio Cambaceres o Miguel Cané. Sin embargo, como apunta Molina, los textos de estos autores no han sido escritos para un público infantil. Eduarda Mansilla fue precisamente quien escribió los primeros cuentos infantiles de nuestras letras, cuando publica en 1880 sus Cuentos. El libro está integrado por diez relatos, entre los que podemos mencionar a “Chinbrú”, “La paloma blanca” y “Tío Antonio”. Las historias están protagonizadas por chicos y animales, y en su mayoría transcurren en Buenos Aires, lo que permite una valiosa reconstrucción de época.
En 2015, EALA publica Creaciones (1883), otro libro de cuentos de Eduarda Mansilla. La edición y notas esta vez se encuentran a cargo de Jimena Néspolo. Al igual que CuentosCreaciones no conoció reediciones hasta el momento. El libro se compone de seis cuentos –“El ramito de romero”, “Dos cuerpos para un alma”, “La loca”, “Kate”, “Sombras” y “Beppa” – y una obra teatral breve, con la que abre el volumen, titulada “Similia Similibus”.


En su mayoría, los relatos que componen este volumen corresponden a la literatura fantástica, vale decir entonces que Eduarda se sirvió de uno de los géneros que por entonces se estaba configurando en el Río de la Plata. Por ejemplo, “La loca” es un cuento que, como su nombre lo indica, pone en escena el tema de la locura, tópico que forma parte del repertorio de la estética naturalista, construido en base a la degeneración y el determinismo insuflados por la filosofía positivista en auge. En este sentido, Eduarda participó de la misma cuerda literaria que los escritores del ochenta y noventa: las ficciones principales de Eugenio Cambaceres, Julián Martel, Carlos María Ocantos, Segundo Villafañe, Lucio V. López o Antonio Argerich también culminan en algún tipo de degeneración mental o moral de sus personajes. Lejos de cualquier tipo de domesticidad, las ficciones de Eduarda están escritas de frente a la cultura moderna de su tiempo. Otro cuento que podemos situarlo en la línea de las “ficciones somáticas” del ochenta es “El ramito de romero”. Como sucederá algunos años después en la novela de Manuel Podestá, Irresponsable (1889), en este cuento de Eduarda aparece un escenario positivista clásico: el anfiteatro de la escuela de medicina, y un cadáver que será el fetiche de la epifanía del protagonista.


Las Ediciones Académicas de Literatura Argentina han realizado el magnífico aporte de poner al alcance de los lectores a una escritora que ha permanecido prácticamente inédita durante los siglos XX y XXI. Los investigadores que llevaron a cabo este proyecto editorial contravinieron, felizmente, la última voluntad de la escritora, y así lo destaca Hebe Molina en el final de su estudio: “hoy nosotras desconocemos el mandato que la escritora legó a sus hijos y publicamos sus cuentos, tiernos, singulares, únicos, para nuestros infantes y para adultos sin prejuicios”.

Mariano Oliveto
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PAMPA

domingo, 14 de agosto de 2022

Entre la realidad y la ficción: viajando por el Hospital Italiano.

 


Por María Cristina Alonso 


La noche boca arriba en el Hospital Italiano

Pensé, mientras atravesaba la ciudad de La Plata a las seis y diez de la mañana, todavía de noche, con esa soledad contenida que tienen las ciudades antes de que estalle la madrugada, que esa situación ya la había leído. Mi hermana conducía sin decir nada. Ya habíamos dicho todo antes de salir hacia el Hospital italiano para que me hicieran una operación programada. También la había imaginado  hasta el cansancio en todos los meses que transcurrieron hasta que llegó mi turno. El motociclista del cuento de Cortázar atravesaba la ciudad un poco más tarde, a las nueve de la mañana y, mientras avanzaba por una calle bordeada de árboles tiene la mala suerte de que se le cruza una mujer, cae y debe ser llevado al hospital y operado de un brazo fracturado.

No dije nada, el miedo hace que pase una barredora por la cabeza y uno ejecute todos los actos que le dicen como si se tratara de otra persona. Llegar, sacar número, esperar junto a otros atribulados como uno en la recepción hasta que alguien te registra, te pone una pulserita con tu nombre y te envía a despojarte de todo y ponerte  la ropa quirúrgica. 


Y estás ahí, con otras mujeres que serán operadas de dolencias diversas, obligada a sacarte hasta los minúsculos aritos, la cadenita que es tu amuleto de la buena suerte, hasta la ropa interior. No me podrán sacar los libros que he leído pienso, y me río como si se me hubiera ocurrido un chiste bueno.

La noche boca arriba, el cuento de Cortázar, vuelve cuando el camillero me lleva por los pasillos, justamente, boca arriba. Lo único que veo es el techo, las luces que van pasando sucesivas,  con esa toma tan común en las películas en las  que la cámara muestra lo que ve el personaje mientras lo llevan al quirófano.

(En el cuento, el motociclista que ha sido operado y tiene fiebre,  pasa de la realidad del hospital a la persecución en la selva durante una guerra tribal, en tiempos pre coloniales. Va y viene en dos espacios distantes en el tiempo, uno en el que se siente seguro, otros amenazante)



No es la guerra florida, pienso, no pasa de ser una operación de rodilla como tantas que ha hecho este equipo, me digo,  pero tiemblo como una hoja mientras el cielo se pone azul oscuro y ya no veo luces sino la copa de los árboles y mis pies se hunden en un colchón de hojas.

Nada más fantástico que dejar tu cuerpo que vaya y vuelva por el Hospital italiano y la selva del la guerra florida, mirar al muchachito que es tu anestesista y preguntarle si te va a doler y él dice que piensa que no y  pone la peridural mientras yo no me quejo y todos lo aplauden.

Me llevan a una habitación y pienso que ya no seré el moteca al que van a sacrificar sobre una piedra. Ahora ingreso al territorio del dolor, ese lugar en el que todavía voy , acolchada por familia, amigas y amigos, gente que me salva de caer en la noche donde triunfan las marismas y los tembladerales de donde, dice Cortázar, no vuelve nadie.

#hospital italiano #literatura fantastica

miércoles, 10 de agosto de 2022

Clásicos de nuestra literatura: letras y costumbres.

 Aprendiendo de la literatura nuestras costumbres, excelente artículo sobre el "matambre" por Esteban Echeverría. (*)



Apología del Matambre

Autor: Esteban Echeverría

Un extranjero que ignorando absolutamente el castellano oyese por primera vez pronunciar, con el énfasis que inspira el nombre, a un gaucho que va ayuno y de camino, la palabra matambre , diría para sí muy satisfecho de haber acertado: éste será el nombre de alguna persona ilustre, o cuando menos el de algún rico hacendado. Otro que presumiese saberlo, pero no atinase con la exacta significación que unidos tienen los vocablos mata y hambre , al oírlos salir rotundos de un gaznate hambriento, creería sin duda que tan sonoro y expresivo nombre era de algún ladrón o asesino famoso. Pero nosotros, acostumbrados desde niños a verlo andar de boca en boca, a chuparlo cuando de teta, a saborearlo cuando más grandes, a desmenuzarlo y tragarlo cuando adultos, sabemos quién es, cuáles son sus nutritivas virtudes y el brillante papel que en nuestras mesas representa.



No es por cierto el matambre ni asesino ni ladrón; lejos de eso, jamás que yo sepa, a nadie ha hecho el más mínimo daño: su nombradía es grande; pero no tan ruidosa como la de aquéllos que haciendo gemir la humanidad, se extiende con el estrépito de las armas, o se propaga por medio de la prensa o de las mil bocas de la opinión. Nada de eso; son los estómagos anchos y fuertes el teatro de sus proezas; y cada diente sincero apologista de su blandura y generoso carácter. Incapaz por temperamento y genio de más ardua y grave tarea, ocioso por otra parte y aburrido, quiero ser el órgano de modestas apologías, y así como otros escriben las vidas de los varones ilustres, trasmitir si es posible a la más remota posteridad, los histórico-verídicos encomios que sin cesar hace cada quijada masticando, cada diente crujiendo, cada paladar saboreando, el jugoso e ilustrísimo matambre.


Varón es él como el que más; y si bien su fama no es de aquéllas que al oro y al poder prodiga la rastrera adulación, sino recatada y silenciosa como la que al mérito y la virtud tributa a veces la justicia; no por eso a mi entender debe dejarse arrinconada en la región epigástrica de las innumerables criaturas a quienes da gusto y robustece, puede decirse, con la sangre de sus propias venas . Además, porteño en todo, ante todo y por todo, quisiera ver conocidas y mentadas nuestras cosas allende los mares, y que no nos vengan los de extranjis echando en cara nuestro poco gusto en el arte culinario, y ensalzando a vista y paciencia nuestra los indigestos y empalagosos manjares que brinda sin cesar la gastronomía a su estragado apetito; y esta ráfaga también de espíritu nacional, me mueve a ocurrir a la comadrona intelectual, a la prensa, para que me ayude a parir si es posible sin el auxilio del forceps , este más que discurso apologético.


Griten en buena hora cuanto quieran los taciturnos ingleses, roast-beef , plum pudding ; chillen los italianos, maccaroni , y váyanse quedando tan delgados como una I o la aguja de una torre gótica. Voceen los franceses omelette souflée , omelette au sucre , omelette au diable ; digan los españoles con sorna, chorizos , olla podrida , y más podrida y rancia que su ilustración secular. Griten en buena hora todos juntos, que nosotros, apretándonos los flancos soltaremos zumbando el palabrón, matambre , y taparemos de cabo a rabo su descomedida boca.


Antonio Pérez decía: "Sólo los grandes estómagos digieren veneno", y yo digo: "Sólo los grandes estómagos digieren matambre". No es esto dar a entender que todos los porteños los tengan tales; sino que sólo el matambre alimenta y cría los estómagos robustos, que en las entendederas de Pérez eran los corazones magnánimos.


Con matambre se nutren los pechos varoniles avezados a batallar y vencer, y con matambre los vientres que los engendraron: con matambre se alimentan los que en su infancia, de un salto escalaron los Andes, y allá en sus nevadas cumbres entre el ruido de los torrentes y el rugido de las tempestades, con hierro ensangrentado escribieron: Independencia, Libertad ; y matambre comen los que a la edad de veinte y cinco años llevan todavía babador, se mueven con andaderas y gritan balbucientes: Papá... papá... Pero a juventudes tardías, largas y robustas vejeces, dice otro apotegma que puede servir de cola al de Pérez.


Siguiendo, pues, en mi propósito, entraré a averiguar quién es éste tan ponderado señor y por qué sendas viene a parar a los estómagos de los carnívoros porteños. 

El matambre nace pegado a ambos costillares del ganado vacuno y al cuero que le sirve de vestimenta; así es que, hembras, machos y aun capones tienen sus sendos matambres, cuyas calidades comibles varían según la edad y el sexo del animal: macho por consiguiente es todo matambre cualquiera que sea su origen, y en los costados del toro, vaca o novillo adquiere jugo y robustez. Las recónditas transformaciones nutritivas y digestivas que experimenta el matambre, hasta llegar a su pleno crecimiento y sazón, no están a mi alcance: naturaleza en esto como en todo lo demás de su jurisdicción, obra por sí, tan misteriosa y cumplidamente que sólo nos es dado tributarle silenciosas alabanzas.


Sábese sólo que la dureza del matambre de toro rechaza al más bien engastado y fornido diente, mientras que el de un joven novillo y sobre todo el de vaca, se deja mascar y comer por dientecitos de poca monta y aún por encías octogenarias. 

Parecer común es, que a todas las cosas humanas por más bellas que sean, se le puede aplicar pero, por la misma razón que la perspectiva de un valle o de una montaña varía según la distancia o el lugar de donde se mira y la potencia visual del que la observa. El más hermoso rostro mujeril suele tener una mancha que amortigua la eficacia de sus hechizos; la más casta resbala, la más virtuosa cojea: Adán y Eva, las dos criaturas más perfectas que vio jamás la tierra, como que fueron la primera obra en su género del artífice supremo, pecaron; Lilí por flaqueza y vanidad, el otro porque fue de carne y no de piedra a los incentivos de la hermosura. Pues de la misma mismísima enfermedad de todo lo que entra en la esfera de nuestro poder, adolece también el matambre. Debe haberlos, y los hay, buenos y malos, grandes y chicos, flacos y gordos, duros y blandos; pero queda al arbitrio de cada cual escoger al que mejor apetece a su paladar, estómago o dentadura, dejando siempre a salvo el buen nombre de la especie matambruna, pues no es de recta ley que paguen justos por pecadores, ni que por una que otra indigestión que hayan causado los gordos, uno que otro sinsabor debido a los flacos, uno que otro aflojamiento de dientes ocasionado por los duros, se lance anatema sobre todos ellos.


Cosida o asada tiene toda carne vacuna, un dejo particular o sui generis debido según los químicos a cierta materia roja poco conocida y a la cual han dado el raro nombre de osmazomo (olor de caldo). Esta substancia pues, que nosotros los profanos llamamos jugo exquisito, sabor delicado, es la misma que con delicias paladeamos cuando cae por fortuna en nuestros dientes un pedazo de tierno y gordiflaco matambre: digo gordiflaco porque considero esencial este requisito para que sea más apetitoso; y no estará de más referir una anecdotilla, cuyo recuerdo saboreo yo con tanto gusto como una tajada de matambre que chorree.


Era yo niño mimado, y una hermosa mañana de primavera, llevóme mi madre acompañada de varias amigas suyas, a un paseo de campo. Hízose el tránsito a pie, porque entonces eran tan raros los coches como hoy el metálico; y yo, como era natural, corrí, salté, brinqué con otros que iban de mi edad, hasta más no poder. Llegamos a la quinta: la mesa tendida para almorzar nos esperaba. A poco rato cubriéronla de manjares y en medio de todos ellos descollaba un hermosísimo matambre.


Repuntaron los muchachos que andaban desbandados y despacháronlos a almorzar a la pieza inmediata, mientras yo, en un rincón del comedor, haciéndome el zorrocloco, devoraba con los ojos aquel prodigioso parto vacuno. "Vete niño con los otros", me dijo mi madre, y yo agachando la cabeza sonreía y me acercaba: "Vete, te digo", repitió, y una hermosa mujer, un ángel, contestó: "No, no; déjelo usted almorzar aquí", y al lado suyo me plantó de pie en una silla. Allí estaba yo en mis glorias: el primero que destrizaron fue el matambre; dieron a cada cual su parte, y mi linda protectora, con hechicera amabilidad me preguntó: "¿Quieres, Pepito, gordo o flaco?". "Yo quiero, contesté en voz alta, gordo, flaco y pegado", y gordo, flaco y pegado repitió con gran ruido y risotadas toda la femenina concurrencia, y dióme un beso tan fuerte y cariñoso aquella preciosa criatura, que sus labios me hicireon un moretón en la mejilla y dejaron rastros indelebles en mi memoria.


Ahora bien, considerando que este discurso es ya demasiado largo y pudiera dar hartazgo de matambre a los estómagos delicados, considerando también que como tal, debe acabar con su correspondiente peroración o golpe maestro oratorio, para que con razón palmeen los indigestos lectores, ingenuamente confieso que no es poco el aprieto en que me ha puesto la maldita humorada de hacer apologías de gente que no puede favorecerme con su patrocinio. Agotado se ha mi caudal encomiástico y mi paciencia y me siento abrumado por el enorme peso que inconsiderablemente eché sobre mis débiles hombros.


Sin embargo, allá va, y obre Dios que todo lo puede, porque sería reventar de otro modo. Diré sólo en descargo mío, que como no hablo ex-cátedra, ni ex-tribuna, sino que escribo sentado en mi poltrona, saldré como pueda del paso, dejando que los retóricos apliquen a mansalva a este mi discurso su infalible fallo literario. 

Incubando estaba mi cerebro una hermosa peroración y ya iba a escribirla, cuando el interrogante "¿qué haces?" de un amigo que entró de repente, cortó el rebesino a mi pluma. "¿Qué haces?", repitió. Escribo una apología. "¿De quién?" Del matambre. "¿De qué matambre, hombre?" De uno que comerás si te quedas, dentro de una hora. "¿Has perdido la chaveta?" No, no, la he recobrado, y en adelante sólo escribiré de cosas tales, contestando a los impertinentes con: fue humorada, humorada, humorada. Por tal puedes tomar, lector, este largo artículo; si te place por peroración el fin; y todo ello, si te desplace, por nada.


Entre tanto te aconsejo que, si cuando lo estuvieses leyendo, alguno te preguntase: "¿qué lee usted?", le respondas como Hamlet o Polonio: words , words , words , palabras, palabras, pues son ellas la moneda común y de ley con que llenamos los bolsillos de nuestra avara inteligencia.


(*) Juan María Gutiérrez, Obras Completas de D. Esteban Echeverría, Carlos Casavalle Editor, Buenos Aires, 1870-1874.

viernes, 15 de julio de 2022

Poemas que tejen el aire . Puntos de contacto de Cecilia Restiffo

 

por María Cristina Alonso



 Fuera de mí, ¿quién anda? / ¿quién me despierta sin voz?” se pregunta Chantal Maillard en el epígrafe que abre el libro de poemas de la poeta mendocina Cecilia Restiffo, Puntos de contacto (Primer Premio Certamen Literario Vendimia 2020). Cada poema parece responder a esa pregunta inicial que se formula como un viaje a través de la vida, o mejor, “a través de una noche, de todas las noches que se pierden en la perplejidad de lo que no existe”. (Costura)

En el prólogo, Restiffo esboza su poética: “la palabra busca tejer en el aire un camino de encuentro con otros”. Y aparecen tres elementos que se repetirán a lo largo del libro: mapa, tejido, camino.

 Continuando una tradición de voces femeninas  que ingresan a sus poemas los festones de lo cotidiano, la voz que enuncia el pequeño mundo de todos los días, el que transitan tantas mujeres que le dan sentido, encuentra espacios para ahondar en lo trascendente.

En Costura, rinde homenaje a la abuela que canta y cose “para zurcir la trama del tiempo” y que reaparece en la memoria al abrir un ojal, un pasaje que la poeta instaura como encuentro de los mundos del presente y del pasado. Porque ella entreteje palabras para edificar el recuerdo (Metonimia) o cocina y, los aromas del pasado emanan del “plato servido como un búmeran del tiempo”.

Poemas en los que los objetos -la máquina de coser, los libros, las plantas, los alimentos- señalan la contundencia de lo real.  En ese espacio que se desarrolla en el interior de la casa, en el jardín, en las calles del barrio, se escucha esa música que nos habla sin voz para recordarnos la fragilidad de la felicidad, la fugacidad de la vida.

Retomando el  tópico del viaje como metáfora de la vida humana, el sentido de la propia existencia se busca  en encuentros entre generaciones. Hay un pasaje secreto donde ese enlace se produce.  En Dejá vu dice: “la infancia  no valdría la pena sin esa ilusión que nos iguala”. De ahí los puntos de contacto, pequeñas escenas que de alguna manera perturban, porque detrás de cada cosa late la escritura como refugio contra el desamparo.

Poemas en los que las hormigas vuelven a su tarea doméstica, las abejas colonizan las flores, las enredaderas trepan hasta el techo del lavadero, mientras se anotan las  pequeñas rutinas que van dejando un rastro de tiempo en esa casa que aparece en los poemas “como refugio, como retorno de la tormenta”.



La música, igual que la costura y la memoria familiar da sentido a estos poemas. Voz de mujer que no se deja vencer y renace: “Como la cigarra, dice María Elena, /así me levanto y vuelvo a empezar”. Lucha que se materializa en la escritura, porque escribir, también es recordar “entretejo las palabras para edificar mi recuerdo” y es también “esta música labrada por mis manos” (Puente)

Y la lectura, contada en el poema como un viaje sin brújula, la lectura que construye también el sentido de la vida, que  traza un mapa que permite explorar los parajes del miedo, esa otra vida que propone la ficción. (Tarde de lectura).

Como lo señala Cecilia Restiffo en Máquina, las cosas ordinarias nos dicen que estamos vivos. Y en estos poemas, que aparentemente se refieren a las rutinarias acciones diarias (cocinar, leer, coser) hablan también, en forma oblicua sobre las profundas razones de la existencia. Porque las cosas son, en estos poemas, lo esperado, pero también lo secreto, eso que la mirada de la poeta puede advertir y expresar con el lenguaje. El libro se cierra con los versos de Joaquín Gianuzzi que condensan lo que nos han dicho estos textos de la poeta mendocina: la poesía está ahí para ser doblada, repetida, citada. De la inmensidad de lo pequeño, de lo cotidiano, habla este hermoso libro.

Estamos sentadas bajo la luz de las lámparas,

hace frío y escucho que los pájaros vuelven,

arrinconan sus alas en los árboles y esperan

que la oscuridad termine su tarea,

que cada sonido se adormezca bajo la luna.

 

Los hilos de la conversación se anudan, se enmarañan

envuelven los silencios que ya no son incómodos,

somos dos mujeres que habitan la existencia

de reconocimiento y aceptación,

fuera del miedo.

 (Fragmento de Encuentro, Punto de Contacto, 2020. Ediciones Culturales de Mendoza. Primer Premio Certamen Literario Vendimia 2020)

 

Cecilia Restiffo, San Martín (Mendoza) es profesora de Lengua y Literatura, ejerce la docencia en el nivel secundario y universitario. Sus poemas participan de diversas antologías y ha participado en diversos proyectos literarios. Punto de encuentro obtuvo en 2020 el Primer Premio Certamen Literario Vendimia.

martes, 12 de julio de 2022

MAÑANA SE ENMAGIA, un escrito acerca de los títeres




                                       por Alejandro Seta


Tengo un mago. Es éste.


El número de títeres es muy sencillo. El mago es un mago chino: Wong. Pero nadie sabe su nombre porque es mudo. Tiene una varilla, un pañuelo, una galera.

Son estos sus elementos.


Cris es la verdadera titiritera. Cuando la conocí, ella llevaba una bolsa con cabezas de títeres. Nos conocimos en el andén de Lomas, el que va para Banfield. Yo le pregunté si era una profesora de la Universidad de Lomas, y me había confundido. No era. Le dije que era parecida. Lo único que ella tenía de la profesora era un paraguas rojo que le había prestado un día de lluvia y jamás se lo devolvió. Ese paraguas estuvo con nosotros hasta que sucumbió a la vejez y siguió el camino de toda la tierra. Pero, mientras tanto, era el vínculo real de una confusión que permitió el encuentro. Me dijo que era titiritera. Me dijo que el sábado le iban a poner el nombre de Lucho Claeyssen a una sala de la escuela. Lucho era un titiritero amigo de mi papá al que yo le había hecho una nota para una revista poco antes de que él muriera. 

 

Cada vez que hacemos el número del mago, Cris me pide que no muestre el fondo de la galera.

El fondo de la galera es éste.


El mago pone el pañuelo sobre la galera, de la galera sale una flor. A la flor la saca Cris por la galera sin fondo. Todos saben cómo es el truco. 

Pero a nadie le importa.

Esta es la flor.




Poco después de encontrarnos en el tren, entonces, nos vimos en la fiesta de la escuela de actores-titiriteros de Avellaneda donde le pusieron el nombre de Lucho a una sala. Desde eso día nos vimos siempre. 

En esos días se estaba editando mi libro de poesía “Sones de la libertá y la morte”. Es éste.


Algunos de sus versos dicen:

         

         todo lo que cuento tiene

         brújula de pájaro

         se enrieda en el árbol del mañana

         y mañana (quién sabe) se enmagia


A Cris le gustó y se lo llevó a su maestro Pablo. Pablo Di Pasquo Gall. Sin saberlo, a Pablo yo le había hecho una nota junto a otros titiriteros jóvenes, poco antes, en la misma revista donde Lucho. A Pablo le gustó el libro, y, para finalizar la cursada, prepararon la puesta en escena de la poesía con titeres. 


¿Dónde está el truco? El truco está a la vista. La magia, los magos, necesitan de trucos. Pero están visibles. En “La carta robada”, Poe propone que la mejor manera de ocultar algo es poniéndolo a la vista. 

Si querés ocultarlo, te será descubierto como una mentira. Pero no hay mentira cuando lo estás mostrando y los otros no lo ven. Sólo el elegido podrá descubrirlo; el  adiestrado para verlo es el que mira donde otros no miran, es el que está preocupado por la felicidad de los demás y que  se incluye en ellos. Se enmagia mañana. 

Pero si mirás en tus deseos, en buscar el éxito por lados donde sólo está tu egoísmo, entonces no verás el truco. 


Luna nació el mismo día en que íbamos a estrenar una obra que aún hoy representamos. Luna tiene 25 años. O sea, se suspendió el estreno (que se realizó un mes después). Desde ese día, la valija de los títeres se convertía en camita detrás del retablo. Cuando Cris estaba embarazada de ella, le hacía escuchar “La canción del jardinero” de María Elena. “Mírenme, soy feliz...”. Entonces, ya de este lado de la vida, nuestra obra empezaba con esa canción. Y se dormía inmediatamente hasta que terminábamos. 


¿Dónde está el trueque? ¿Quién o quiénes cambian algo por otra cosa en el acto de la magia o aquello que llamamos magia y no es más que dar para que otros reciban y recibir al mismo tiempo (casi de  inmediato)  porque algo fue dado? ¿O es ese el truco? ¿Al resultado llamamos magia, cuando no es más que una ley física que se cumple inexorablmente?


Choque los cinco. Las dos manos se golpean, las dos están de acuerdo, las dos manos se estrechan para pedirse perdón, para hacerse amigas, para respetarse.


Trato hecho.  


Hace diez años, casi se quema nuestra casa. El fuego se había iniciado debajo del auto que estaba en el garaje; por el techo subió el fuego y entró, por encima de las paredes, a  una de las piezas. El cartón con brea que estaba en el techo empezó a derretir esa brea encendda que caía sobre las cosas. Muebles, libros y títeres murieron aquel día. Pero todos nosotros estábamos afuera. Éramos cinco. Y un humo negro que devoró todo el oxigeno, llenaba la casa. Cris abrazaba a sus hijos y yo corría con baldes de agua. Ella habrá visto mi cara, porque me dijo: “Estamos todos bien. Hicimos una casa, podemos volver a hacer otra”. En ese momento lo supe. Puede faltarnos todo, podemos ser despojados de todo, quedar literalmente en la calle, pero todo será restablecido, si estamos nosotros abrazados. Supe por un instante que no íbamos a tener casa, pero ya no importaba. Llegaron los bomberos, el fuego no se había extendido por la falta de oxígeno, apagaron las pocas llamas, mojaron todos los libros, aún hoy las manchas de humedad en las páginas son el recuerdo de aquella lección aprendida. 


Muchas veces, el público vio el fondo de la galera. Creo. Cris se propone ocultarlo todo lo que puede. Luego, una flor con un tallo extremadamente largo sale tapada por el pañuelo de la copa cinco veces más corta que ella. El mago saca el pañuelo. ¿Estará desfondada la galera?  No importa. A nadie le importa. Nadie preguntó nunca jamás.

Te estamos diciendo: “Te propongo que lo creas ¿ves? Te estoy mostrando el truco”. Juan Rulfo decía que la literatura es una mentira para decir la verdad. Enmagiate mañana. 


Wong tiene un compañero. Es éste. 


En realidad, es el primero que aparece. Baila. El fondo musical es un flamenco español con orquesta. Una filarmónica interpretando una pieza flamenca. Es circense, en realidad. En verdad, la orquesta está tocando en el foso del picadero. El payaso baila, luego Wong. No sabemos el nombre del payaso. Es Payaso, nomás. 

Wong es el patrón. Le da indicaciones precisas de que va a salir, volver, y traerá el pañuelo para tapar la galera.

Lo hace. Sale.


Cuando  Wong sale, el payaso se queda a solas con la galera. La galera se mueve a sus espaldas y él trata de sorprenderla en movimiento. Él intuye que se mueve. Es apenas una milésima de segundo antes de que se de vuelta, pero no puede ver el movimiento de la galera, sólo ese triz de movimiento final que bien podría haber sido ocasionado por el movimiento propio de los objetos en reposo, (porque -¡no seamos incrédulos!- los objetos se mueven cuando no los vemos. ¿O por qué creen que todos los días pierdo algo y luego vuelvo a encontrarlo donde había mirado mil veces?).  Pero no es este el caso de la galera; la galera tiene vida, es un personaje, toma decisiones. La dificultad de este número titiritero es querer moverla cuando la titiritera quiere; el secreto es moverla cuando la galera quiere. Ese es el truco. El payaso no podrá verla si respetamos la forma de ser de la galera, su psicología, su duendidad. 


Otro truco más: Wong tiene un compañero. Se llama Payaso.

El truco del compañero es fácil: si cada compañero del grupo respeta la forma de ser del otro (su duendidad) entonces el truco tendrá éxito. Salida. La energía eléctrica se restablecerá, el agua fluirá,  no habrá contaminación.


Trabajé con chicos en situación de riesgo. Al principio quisieron asustarme. Me asusté. Me hablaron de sus hermanos o primos o vecinos asesinados por la espalda, porque cualquiera puede matar a un chico si es un ladrón. Yo les enseñaba teatro de títeres, pero antes siempre les leía un cuento. Cuentos para niños chiquitos, y ellos tenían diecisiete, dieciocho, diecinueve años. Los escuchaban con devoción. Un día estábamos pegando papel sobre una cabeza, y Paucci me dijo: “Me di cuenta de que no sirve robar”. Él era en quien más tenía confianza, era (es) mi amigo. Y pensé que había robado hacía unos dos años atrás y me iba a contar cómo había dejado de hacerlo. - ¿Cuándo? - le pregunté. 

- Ahora.


Cuando Wong vuelve, esta vez con la varita, la galera se detiene. La galera ya no es más la galera. Ahora es Galera. Galera , entonces, ahora no se mueve. Hace de objeto burgués. No se mueve, no se ríe, no juega, no llora, no nada. No olvidemos que Wong es el patrón del circo. Entonces, retomando, y reciclando, Galera en realidad no se detiene por obediencia, ahora se está riendo, pero por dentro, porque está jugando a que cumple las reglas del patrón. Pero minga. 


Galera está más viva que Wong y Payaso juntos, y, en verdad, si ella no estuviera viva, el número no se podría hacer. Si la titiritera creyera que manejar la galera es una tarea menor, tampoco. La titiritera, en este caso, sabe muy bien el valor de Galera. 


Cris es hija de un padre quichuista. A él lo dejaron que aprenda porque era el nieto criado por su abuela que lo consentía. Pero a los niños, en el siglo pasado, no se les enseñaba quichua, para que no se les burlaran en la escuela. Yo le digo a mi suegro que él es bilingüe, pero él hace un gesto y dice: “Qué importancia va a tener el idioma de los indios”. Le explico. Y otras veces (el revés de la moneda) me dice: “Yo soy descendiente de los Incas”. 


Wong le explica a Payaso los detalles de sus próximos movimientos. Entonces, practica (una, dos y tres veces) la bajada de la varita después de la cual se producirá la magia. Pero antes de llegar al tres, Payaso espía dentro de la galera, tal vez para ver si ya se está produciendo el efecto esperado y la varita de Mago cae sobre su cabeza de manera feroz y certera. Payaso, con dolor, se frota la cabeza. Esto vuelve a suceder otra vez. En los títeres hay cosas que suceden dos y hasta tres veces. Pero a la tercera, lo reprende y Payaso no se asoma/no se asombra. Se aleja; dice, con las manos, que no va a volver a pasar. Que esta vez no lo hará. 


Este es el segundo gran truco.  

Wong tiene un compañero: su opuesto, su sombra maldita, su amigo. Lo odiará y lo necesitará. Por momentos, no querría haber nacido. Quien vive solo nunca conocerá la magia. Tiene que ir a buscar al otro, sacarse todo el orgullo, intentarlo de alguna manera, decirle que lo necesita. Nadie puede vivir de su propia historia, porque hay mucha historia detrás de nosotros; detrás de cada alfarero hay miles de manos que pergeñaron el barro; detrás del más grande actor, hay miles de actores que inventaron fantasmas, ellos claman aplausos cuando él se eleva sobre sus propios talones; detrás y por delante, a los costados de cada oficio, de cada acto de virtud, de cada pensamiento que abrió una puerta, hay cientos y cientos de actos, pensamientos y oficios que hacen posible este trayecto, y que, a su vez, hará posibles otros.


Que nadie se sienta el dueño de sus actos porque no es verdad: detrás de cada cosa que hacemos hoy, hay una necesidad de que lo hagamos mañana. Y tal vez no sepamos que somos parte de ese itinerario que un día nos será develado, aunque es preciso de que nos demos cuenta, antes, de que es así. 


Wong finalmente toma la flor del fondo de la galera, Payaso toma el pañuelo: ambos salen por detrás. Entonces sucede lo inaudito, lo que nadie sabe: los titiriteros se sacan los títeres de sendas manos, Galera queda en el proscenio, el público se da cuenta de que no todo terminó. Ahora sí que no sé cómo lo hace. Pero juro que sí. Cada vez que nos damos vuelta, papeles brillantes vuelan mágicamente de su interior.


Mi hijo Galileo, una vez, hace muchos años, era muy pequeño, y tratando de encontrar el oficio de su futuro, dijo que él querría ser mago. “Pero sin magia” - fueron sus palabras. ¿Hay veces en que no se ve el truco? Sí. Podés hacer cursos, tener muchas estrategias, elucubrar, pergeñar planes infinitos, pero cuando te toca el amor, nadie puede decir cómo pasó.

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...