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jueves, 27 de enero de 2022

"El uso de las nuevas tecnologías en los procesos educativos"

 



Tráilers de libros en la clase de Literatura



por María Cristina Alonso
La incorporación de las TIC en las clases permiten que la Literatura sea vivida por nuestros alumnos como experiencia, como espacio dinámico, realizando trabajos a partir de proyectos que no se centran exclusivamente en la lectura e interpretación de textos. Los estudiantes se convierten ahora, como lo señala la investigadora catalana Gemma Lluch (2010), en protagonistas a través de páginas de autores, marcan tendencias a través de foros, transforman la lectura en una experiencia compartida, organizan espacios creativos que continúan la lectura.





Podríamos detenernos en las nuevas formas en que las editoriales y los autores promocionan sus obras en Internet. Una de las más eficaces maneras la constituyen los tráilers de novedades editoriales que construyen un discurso audiovisual. Los “book trailers” son videos publicitarios que se crean de igual manera que los trailers de películas y circulan en Internet a través de blogs especializados en literatura

Los docentes podemos valernos de estas nuevas formas de comunicación entre el editor y el lector, para hablar de libros y propiciar aprendizajes significativos, convertir a nuestros alumnos en lectores críticos y creativos. Podemos analizar esos trailers, ver con qué estrategias se intenta atrapar al lector, realizar hipótesis sobre las historias que narran a partir de las imágenes y los textos que contienen. Y además, hacer un trabajo creativo proponiendo la construcción de tráilers con libros pertenecientes a la tradición que hayamos incorporado a nuestros programas.

Para realizar una tarea como esta, que culminará en un producto audiovisual, se seguirá un proceso que supondrá: en una primera etapa, ver los videos que aparecen en la red promocionando libros. Tomamos como modelo un tráiler sobre el libro “El mundo de Komori”, de Javi Araguz. Analizamos a quién va dirigido, cuál es el producto que se quiere vender, quién realiza el video, qué selección de contenidos realiza, cuál es el efecto que logran las imágenes en relación al deseo que provocan de leer el libro.

En la segunda etapa, los alumnos -conformando grupos de trabajo- harán un guión, buscarán imágenes en la web y realizarán el video con movie maker, incorporando grabaciones, imágenes estáticas, subtítulos. De esta manera, a partir de la imagen y del resultado obtenido, se puede comprobar si los alumnos se han apropiaron de los textos, si lograron interpretar los contextos de tal manera que los pudieron explicar con palabras e imágenes, si el soporte icónico sirvió como canal de comunicación para expresar sus lecturas con ideas claras y completas.

Finalmente, colgando los videos en YouTube, los alumnos podrán compartir sus trabajos con un público que trasciende el aula.

Aquí van algunos tráilers que hicieron mis alumnos durante el año







lunes, 10 de enero de 2022

"Admirar las maravillas: un encuentro imaginario con María Elena" (*)

 



Por Adrián Ferrero

 




-Buenas tardes, María Elena. Muchas gracias por recibirme en su casa-, pronuncio algo amedrentado por tanto talento guardado como en una cajita de nácar, delicada y sutil.

-Sí pasá. ¿Y si nos tuteamos?


-Sí, para mí sería un gusto. Pero usted es una figura tan enorme que diera la impresión de ser un monumento más que una mujer. Un monumento al talento, a la creatividad, a los principios éticos, a la ductilidad, a la plasticidad, a la capacidad de trabajo, a la vida aventurera.


-Eso son calumnias, diría Borges. Yo solo soy una mujer de la cultura. Eso sí, tenés razón, me he comprometido con ciertos derechos que considero importantes. Uno de ellos es el del reconocimiento mujeres para que sean respetadas. Y estén a la par del varón. Eso he intentado hacer toda la vida. Pero me ha salido solito. No lo busqué. Simplemente un día me puse curiosa. Creativa. Me dieron ganas de viajar. Conocí gente maravillosa con quienes compartir la vida. Amigos, amigas, músicos, músicas, musicólogas, como Leda Valladares, con quien durante más o menos diez años consolidamos el dúo “Leda y María”.
Y esa parte de mi vida fue decisiva. Porque si bien yo venía de la poesía, este nuevo ingrediente que me proporcionaba la música, era una herramienta novedosa. Recursos renovados para seguir interpretando primero, más tarde, cuando me convertí en compositora para adultos y niños, tomé de allí muchos ritmos, géneros, mezclé la harina con el agua, como quien dice. Un poco de sal. Por mi parte, si me lo permitís, un toque de queso sardo rallado. El queso me encanta. Es una de mis comidas favoritas. Me gustan las picadas ¿Te gustan las picadas, Adrián?

-Sí, muchísimo. Pero las como muy de vez en cuando. No tengo la costumbre de comprar o encargar para que me traigan a casa. Soy de comer más verduras, frutas. Pueden parecer comidas más insulsas. Pero intento que mi dieta sea lo más sana posible. Si bien, bueno, de vez en cuando, soy capaz de devorarme una milanesa a caballo, de esas con huevos fritos y papas fritas. Las comidas insulsas tuve que empezar a consumirlas regularmente con motivo de una operación seria que tuve de intestinos que me obligó a llevar una dieta estricta, con mucha fibra.

-Comprendo. Yo ando perfectamente de mis intestinos. Entonces me puedo dar estos lujos de comer picadas. Es graciosísimo porque cuando viene alguien a cenar compro una picada y a la gente le da vergüenza comer. Y a mí para nada. ¿Por qué a la gente le da vergüenza comer cuando va de visita a una casa? ¿temen pasar por maleducados? ¿qué más quiere el dueño de casa? Yo, en cambio, todo lo contrario. Entonces pico, y pico, y pico. Eso es una picada. Y de tanto picar parezco una avispa o un tábano. Me gusta el cantimpalo también”

-Estamos hablando de palabras mayores, María Elena. Pero yendo al motivo por el cual la visitaba, que en verdad tenía que ver con conocerla personalmente, en primer lugar. En segundo lugar, contarle algunas cosas que usted escribió, compuso o realizó y que a mí me resultan magnéticas, le quería decir que fue papá quien nos introdujo en su obra. Nos hizo escuchar las canciones como yo después se las hice escuchar a mi hija, alrededor del año 2001. Ella había nacido ese año y yo ya le ponía sus canciones. Para que se le fuera acostumbrando el oído a tanta maravilla. Porque las maravillas empiezan por entran por los oídos en forma de canción.

-Bueno, bueno. No exageres. Hay muchos compositores excelentes. También para niños. Yo porque trabajé en Argentina. Pero hay antecedentes en el mundo. Y hay músicos posteriores incluso en Argentina que son estupendos. Ya en la música para adultos, cambio bruscamente el rumbo de nuestro campo de discusión, a mí me gustan muchos los Les Luthiers.

-Yo me quedo con vos, con tus canciones y tus cuentos grabados. Me acuerdo de uno que tenía a un personaje que se llamaba Don Fresquete. Era fabuloso ese cuento. Encima yo lo escuchaba en invierno, cerca de la estufa de living, donde estaba el tocadiscos, porque la verdad es que hasta me daba frío escucharlo.

-Comprendo. Sí. Es cierto. Cuando uno es chico le impactan mucho más las cosas. Sobre todo porque tiende a vivirlas de un modo tan subjetivo, las empapa de grandeza, tiende a idealizarlas, a exagerarlas, al punto en ocasiones las deforma para bien y en ocasiones las deforma para para mal. Son cuestiones de la subjetividad infantil, de la maduración.

-Sí. Y de la personalidad. Hay gente más temerosa que otra. Hay gente más valiente (bueno, o más inconsciente, quién puede saberlo). Y hay gente muy influyente en otros. Así como hay gente que se deja influir por otros más poderosos o con más poder de determinación.

- ¿Usted se dejó influir por gente más poderosa?

- El embrujo del amor.

-Sí. Hay ocasiones en que o nos enamoramos de alguien ciegamente. O bien el mundo parece girar en torno solamente de una persona. Como un eje gravitatorio. Yo, por ejemplo, no estuve tantas veces enamorado. Quiero decir, sí, me han gustado muchas personas a veces. Pero no había reciprocidad o bien eran amores imposibles. De modo que renunciaba a ellos. Con desazón.

-Eso pasa, Adrián. Es muy frecuente. Es muy difícil enamorarse. Se tienen que dar un montón de factores que confluyan en un lugar y un momento. Los adecuados. Por ejemplo, en mis cuentos. No suele haber tantos casos de amores. Se trata más bien de situaciones o exóticas, o disparatas, o con sinsentidos (nonsense, como les dicen los ingleses) o bien absurdas. ¿Te gusta jugar con el absurdo?

-Muchísimo. Está, como todos sabemos, esa línea del teatro, como Eugene Ionesco, del teatro del absurdo. A veces Samuel Beckett, si bien Beckett no es exactamente absurdista. Pero tiene, por ejemplo, momentos o una vertiente en esa línea. Momentos de desconcierto. Y a una le parece tan sorprendente la pluma de Beckett. También leí de él “Final de partida”. Me encantó esa obra de teatro. “Esperando a Godot” también. Pero no sé. “Final de partida” tiene algo especial en mi vida.

-Veo que sos una persona culta.
-No se crea. Sé de algunos autores, porque los he estudiado. A otros por la Universidad Nacional de La Plata, donde estudié Letras, como es obvio. He sido un lector ferozmente voraz.

-Lo supuse.
-Pero yo me agarraba cada chinche. Porque no nos daban para leer literatura para niños ni juvenil. Hasta que un buen día, cierto día, mejor dicho, era de noche, lo recuerdo, yo ya había terminado la Universidad, me dije: “¿Y si escribo yo cuentos infantiles?”. En realidad, no me lo propuse deliberadamente, ahora que lo pienso. Simplemente tuvo lugar. Aconteció. Y me animé, en 1999 a escribir uno a partir de una entrevista que de una revista frívola que le hacían al actor Alfredo Alcón. A mi juicio el mejor actor argentino de todos los tiempos. Fue un lindo homenaje, dicho sea de paso. Si bien él no es el protagonista. Pero sí la anécdota que se cuenta es real. Él de chiquito le pedía a su papá que la bajara la luna. Y leí ese: “Le pedía a su papá que le bajara la luna”. Y me dije: “Esta es la mía”.

-Yo he leído mucha literatura para niños, por supuesto. He tenido la fortuna de conocer a algunas de sus autoras y autores más recientes porque se han acercado a mí para pedirme consejos. O simplemente para saludarme. Los cuentos y poemas para niños han sido fundamentales en mi vida. Me han alimentado. Le han dado vuelo a mi imaginación y mi fantasía. De allí que yo pudiera escribir tantos cuentos y novelas. A mí, de todo lo que escribí lo que más me gusta es Dailan Kifki.


- ¡María Elena! ¡La primera novela completa que leí! ¡Y es suya! Estoy tan agradecido. Me introdujo en el universo de la novela. Es de 1966. Yo la leí alrededor de 1976 o 1977. Recuerdo que no podía parar de leerla. Me resultó deliciosa. Yo estaba completamente obnubilado. No podía creer la cantidad de cosas fabulosas que iban pasando. ¿Un elefante en un zaguán con un cartelito de que lo habían dejado abandonado? No hay derecho. Abandonar a un pobre elefante que ocupa mucho espacio. Y también había un personaje que decía siempre “Estamos fritos”. Yo no sé por qué pensaba en papas fritas. De todo lo frito que se puede comer, junto con los pastelitos, o las empanadas, o los buñuelos.

-A mí de las frituras,Adrián, la verdad es que me gustan las tortas fritas y las empanadas de carne bien condimentadas. ¿Qué opinás de eso?

-Sí, opino que tenés toda la razón del mundo. Es que en realidad del universo culinario lo más rico me parece que son las cosas fritas. ¡Me olvidaba de las las tortillas de papas!

-Sí, también. Por supuesto. Y todavía te estás olvidando de algo mucho más importante: las rabas o los cornalitos. El pescado frito tiene lo suyo.

-Uy, María Elena. Eso directamente es imperdonable ¿cómo iba a olvidarme de esa comida tan irresistible?”

- ¿Te gustó algún libro mío además de Dailan Kifki?

-En realidad me gusta todo. No puedo elegir. Me gustan los poemas para adultos. Me gustan las canciones para adultos. Este año escribí un artículo analizando las letras de tu cancionero para adultos. Fue un deleite. Y también un desafío. Eran poemas/canciones. Así las definió un experto.

-Es posible. Yo ponía al escribirlas el mismo cuidado que cuando escribía mis poemas. Y te confieso que hasta me servía de los mismos recursos. Las letras para mí, como bien dijo este experto, son otra forma del poema. Por eso requieren ser trabajadas, cinceladas, pulidas, urdidas con cuidado. Y cuando una las canta, las desovilla como a una media que tiene una hilacha suelta, esa hilacha no debe estar. Es por ese motivo que el perfeccionismo es importante.

-Cuando mi hija era bebé también con su madre escuchábamos todas las canciones para adultos que vos misma cantabas. Me gusta tu timbre. Tu registro de voz. Era, yo no sé de estas cosas, pero parecía algo grave.

- ¿Grave? ¿urgente? ¿preocupante? ¿Qué, te daba dolores de cabeza?
- ¡Pero no! Usted me está haciendo un chiste y yo le estoy hablando en serio. - También escribí un trabajo sobre su poesía para adultos. Nuevamente crítica literaria. En fin, estoy un poco resignado a que me salga eso, a ser crítico mal que me pese. Me gustaría escribir más cuentos. Sobre todo cuentos infantiles. Escribir cuentos es lo mejor del mundo. Uno se siente el creador de un universo. Del que teje y desteje los hilos. Pero solo si son buenos. Si a uno le salen bien. Esos redonditos como una bola de billar. De otro modo los borro y los mando a la Papelera de reciclaje.

- ¡Pero vos estás loco! ¡Se guarda todo porque uno nunca sabe qué puede salir de un cuento que ha quedado chueco! Mal cosido.

-No sé, a mí me da la impresión de que es su destino quedar chueco de por vida. Me da la impresión de que son irrecuperables. Irremediables.

- Pero no seas tan pesimista. Yo he reescrito cuentos que estaban para tirar y han quedado bastante bien. Con una buena terminación. No te diré que eran lo más inspirados. Pero por lo menos no se les veía el dobladillo. Vos me entendés qué quiero decir con “no se le ve el dobladillo”. Como a los delantales para ir al colegio de antes.

-Creo que entiendo. Algo así como que no se le ven las imperfecciones. O las costuras con las que uno los mejoró. No sé. A mí me da la impresión de que cuando un cuento llega malogrado tiene ese destino para siempre. Está confinado al olvido. Y resulta muy difícil revertirlo.

-Yo no estoy de acuerdo con esa idea. Hay que dejarlo descansar. Ahora que lo pienso ¡Es cierto! Los cuentos se cansan de que uno les ande zumbando alrededor. ¡Uy! ¡No me di cuenta de que no te había ofrecido ni siquiera un té! ¿Querés un té?

-Gracias, María Elena, así estoy bien. Pero un vaso de agua te acepto.

María Elena se retiró a la cocina, abrió la canilla del Dispenser y llenó un vaso. O por lo menos eso creí escuchar. Yo estaba en living. El Dispenser sobre la mesada de la cocina. Estaba tan fría por suerte.

-Está riquísima. Debe de ser de esos Dispensers que tienen agua fría y agua caliente en bajas o altas temperaturas.
-Exacto.

-Debe de ser fabuloso para hacer un té, por ejemplo. O un café instantáneo. En un periquete se hace el café.

-En efecto. “Estamos invitados a tomar el té”. ¿Te acordás de esa canción?

- ¿Cómo no me voy a acordar? Pero mi favorita es una muy melancólica. Yo soy de temperamento muy triste, muy melancólico, mejor. Me gustaba una que decía “Los castillos se quedaron solos. Sin princesas ni caballeros…”. Y me imaginaba construcciones, una arquitectura desolada. Sin personas. Sin ninguna clase de habitante. Y un rayo de sol que entraba por la ventana. Iluminaba una habitación en la que no había nadie. Y en un rincón se formaba una sombra.

-Sí. Pero a mí también me gusta mucho esa canción que compuse. Yo también soy melancólica. Nadie me puede creer porque escribo cuentos y compongo e interpreto canciones con mucho humor. Pero en el fondo. Muy en el fondo, en ese lugar en el que el corazón se vuelve semilla, brote, yema, canto, soy melancólica. Esa zona recóndita del alma, que nadie conoce salvo uno mismo. Porque es intransferible. Bueno, yo te puedo contar esto. Pero sentir, lo que se dice sentir, esa melancolía, solo yo misma puedo hacerlo.

-Estamos a mano entonces. Somos parecidos en algo.

-Pero también en que los dos escribimos.
-Bueno, eso es una forma de decir. A mí jamás se me pasaría por la cabeza en una charla mano a mano con usted decirle que soy escritor porque usted es superlativa.

- ¿Super qué? ¿Superman?


- Es una forma de decir, una hipérbole. Quiero decir que usted es la máxima. Es lo más a lo que un escritor puede aspirar. Incluso para adultos. A mí me gustan sus novelas para adultos. Novios de antaño y Fantasmas en el parque. Creo que me gusta más la primera. Tiene mucho humor. En verdad las dos tienen humor. Pero la última es más autobiográfica. Y es más seria. Es cierto que es de las más recientes que recientes que escribió. Transcurre en ese parque. Esa plaza a la que usted o alguien muy parecido a usted va a tomar sol todas las tardes. Y los perros hacen necesidades y usted y todos sus vecinos del barrio se quejan. Vos no debés tolerar los edificios de departamentos.

-Para serte franca, Adrián, vivo en uno y no los tolero. En el verano nos fuimos con una amiga a una quinta y yo me leí entero, bajo el sol de la mañana, la saga de En busca del tiempo perdido del autor francés Marcel Proust. Es larguísima. Casi perpetua. Pero en verdad fue tiempo ganado. Imaginate todo el tiempo que estuve leyendo. Pero estaba el pastito recién cortado porque venía el jardinero. El olor a césped. Estaba el sol, como te digo. Había una pileta, por si quería tomar un baño o nadar (yo nado poco, pero bien, si bien no me gusta el agua me muevo bien en ella).

- ¿Te gustó París, María Elena?

-Me pareció de oro. No de plata. Una bandeja de oro. Como si estuviera metida en una novela de Liliana Bodoc. Me gustó siempre Liliana Bodoc. Y no nos conocimos jamás personalmente. Pero la leo mucho. Es una grande. ¡Y cuánto escribió!
-Sí, la verdad que sí. Yo escribí dos encuentros imaginarios con ella, en su cabaña de El Trapiche, en la Provincia de San Luis. Pero también mucha crítica literaria. Muchísima. Ya ve. Esto de la crítica literaria en mi vida parece algo irremediable. Soy incorregible. Pero me sale solita.

- ¿Y qué te decía en esos encuentros que deben de haber sido maravillosos?
-Bueno. En realidad, mucho no puedo contar. Son dos secretos entre ella y yo. Pero te cuento que dibujaba un círculo de fuego en aire y me regalaba un libro de mar.

-Veo que te gusta el agua. El vaso de agua. Ahora el libro de agua.

-Sí, el agua el fundamental en mi escritura. Está siempre. Jamás se marcha. Es una dulce, amable compañía, presente compañía. ¿Y cuáles son sus compañías?

-Me gustan mucho los animales y las sirenas.
-Lo imaginaba. Había leído varios cuentos suyos sobre animales. Y “La sirena y el capitán”.

-Ese. Sí. Ese mismo. Es un capitán malvado porque la quiere capturar. Es un español que llega a conquistar América. Pero se rebelan los pájaros, los monos y otros animales de la selva y lo echan. No le queda otra más que salir disparando. No disparando el arcabuz. Literalmente rajando. A él y todos los conquistadores. Si habrán hecho barbaridades acá. No tienen perdón de Dios.
-Sí. Justamente Liliana Bodoc trabajó bastante con el sustrato aborigen y las culturas precolombinas para su épica fantástica.

-Sí. La he leído. Es fascinante. Me gustaría ser su amiga. ¿A vos no?

-Bueno, de tanto escribir sobre ella ya me siento un poco amigo. Pero seguro que me encontraría defectos. Como si conociera los entresijos de su alma. Como si hubiera penetrado en los secretos creativos de su vida. Hasta incluso he llegado a conocer que he alcanzado a rozar alguno de sus misterios de tan profunda que ha sido la comunicación. Yo soy bastante imperfecto. Me encuentro algunos manchones de plasticola de color en la camisa.
- ¿Y qué más querés? Es lo mejor del mundo jugar con plasticola de colores. Pintar. Dibujar. Hacer la flor redonda del país de la geometría. ¿Te acordás de ese cuento mío?

- ¡Pero cómo no me voy a acordar, si es el que más me gusta!

- ¿En serio? A mí también es el que más me gusta. Bueno, y la canción “Manuelita”.

-Tengo una amiga que escribe para niños. Sus novelas son sobre tortugas. La tortuga Antigua Pasolento. No Manuelita. Pero uno siempre encuentra ecos en los maestros ¿no te parece?

-Sí. Yo no me considero maestra de nadie. Pienso que cada cual hace su camino. A lo sumo se alimenta, se nutre de la literatura de otros u otras. Esta una especie de posta. Uno se la pasa a otro. Como en ciertos deportes.

-Sí, yo creo lo mismo. Pero hay creadores muy influyentes que nos impactan tanto pero tanto que nos quedados patitiesos.

-Sí. Ya sé. Sospecho que la tortuga de tu amiga, Antigua Pasolento, por todo lo que me contás, debe ser una creadora que se inspira en otros creadores de modo permanente. Pero en creadores que ella considera afines a sus principios.
Y…Yo la verdad es que no soy demasiado objetivo.
-Te mando solamente un mensaje para tu a amiga.
-Sí, dale María Elena.

-En primer lugar, le decís que le dé de comer pepinos a Antigua. Y a continuación le decís: Querida amiga de Adrián: Manuelita le manda saludos a Antigua Pasolento.

- María Elena. Se va a poner super contenta. Y yo le mando el mensaje que seguro si ella estuviera acá te diría vos: “Vos encontraste tu maravilla”. Eso es todo.

- ¿Eso es todo? ¡Es una barbaridad! ¡Es muchísimo para una persona encontrar su maravilla! Hay gente que no encuentra su maravilla jamás. Viven tristes y enjutos.

- Bueno, pero ella es experta en enseñar a que la encuentren con sus libros. En sus libros, en sus clases, en sus talleres, en sus charlas, en sus Zooms.

-Bueno, Adrián. Espero que un día vengas de visita con ella.

- ¡Por supuesto! Ella también encontró su maravilla. Y me dice que yo también tengo una. Salvo que no me doy cuenta. Yo sin embargo creo que todavía la estoy buscando. Prendo la linterna de noche. Abro las cortinas bien de mañana. Reviso la casa. Miro en el patio. Barro los zócalos. Hurgo en los zaguanes. Me interno en los sótanos. Miro por entre las cortinas de la cocina.

-Las maravillas no se buscan. Se encuentran, Adrián. Y jamás en los lugares que me acabás de mencionar. Por otra parte. A veces hace falta toda una vida para encontrar nuestra maravilla. O ya la tenemos delante de las narices y esa maravilla es invisible a los ojos. Porque es una virtud. No un reloj de lujo.

-Bueno, María Elena. Será cuestión de escucharlas a las dos. A usted y a mi amiga. A través de la tortuga Manuelita y de la tortuga Antigua Pasolento. A ver si por fin mi maravilla se hace ver. Por lo pronto, disfruto muchísimo de ver las de los demás.

-Eso me encanta. Es muy bueno conmoverse con las maravillas de otros. Y admirarlas ni te digo. Y disfrutarlas mucho más. Admirar las maravillas de otros a mi juicio es un sentimiento de grandeza. Ahora que lo pienso. Tal vez esa sea tu maravilla. Admirar la maravilla de otras personas sin envidias.

Le doy un beso en la mejilla porque hemos intercambiado las palabras primordiales. Ni una de más. Ni una de menos. Me acompaña hasta la puerta, que no hace ruido. Los pasos son silenciosos porque hay una alfombra toda verde en su casa. Pero, aunque no hubiera una alfombra, estoy seguro de que ella tampoco haría ruido. María Elena no es ruidosa. Ni para hablar ni para moverse.

     Y me despido. Con todas las esperanzas que me acaba de aconsejar. Con toda esta otra maravilla de nuestro encuentro, no dejará de resultarme sorprendente por el resto de mi vida.



(*) artículo aparecido en blog: "El mono de la Tinta"

viernes, 31 de diciembre de 2021

"El tallo invencible de una flor"

 



por Adrián Ferrero

a mi hermano Diego, con quien tan luego las palabras son innecesarias

 

 

     El tapón de la botella hizo ¡plop! y una cascada de brillo como una brizna marina afloró. La casa después volvió al silencio que había precedido a esa ceremonia. Acercó el pico de la botella a la copa y derramó su contenido. El burbujeo le recordó cuando hervía ciertas comidas. Esta vez fue hasta el borde adonde llegó el chispazo como marmita helada de una bebida que él, no obstante, repudiaba porque, como es sabido, suele ser bebida de la alta burguesía, esa vida de gente con pretensiones de nobleza, lo más distante de la autencidad que él consideraba por principio un hombre debía ser. Se trata de esas personas que suele a escalar posiciones empresariales o bien profesionales en general que les permiten comenzar a codearse con ciertos círculos, esos sí, de apellidos tradicionales, que por lo general están escasos de recursos. En ocasiones sin escrúpulos, están atentos a “los contactos”. Pero en este caso puntual, Diego había recibido un regalo de un amigo del alma, más bien pobretón, que le había traído bajo el rayo del sol no una botella sino una  caja. Y, él sí, un hombre de principios. Un laburante que le debía varios favores. Un amigo que había muerto hacía unos meses por la pandemia. Pensó, luego de desinfectar la caja, que una buena forma de honrarlo sería tomar una copa de ese champagne bien habido. Su mujer también había muerto por el COVID-19 hacía seis años, pero sin embargo su pérdida lo hizo sentir que debía mantenerse fuerte por sus nietos y sus hijos. No tomar esa copa hubiera sido casi como un pequeño acto de desprecio. Así fue como un sentimiento de bienestar al evocarlo neutralizó todo rechazo y la bebida corrió por su garganta mientras brindaba tácitamente evocándolo, recordando algunas cenas o asados de fin de semana con los amigos. Fue así como ahuyentó todo fantasma.

     De modo que había logrado mantenerse lo suficientemente entero, alejado de la consternación pensando en las nuevas generaciones. Hubo llamados, claro, y habría otros más tarde pasada la medianoche. Él tomaría la iniciativa. Sabía que los nietos suelen estar en otras cosas más edificantes y los adultos se olvidan del mundo cuando están cortando el pan dulce o entrechocando copas. Los suelen dejar en un misterioso cono de sombra, particularmente si ellos son personas discretas que para no molestar no frecuentan a sus hijos. Saben que interrumpen sus vidas, los ocupan, los preocupan, son una carga para ellos, ven sus achaques y tal vez esa sea la razón por la cual los  mantengan lejos de su mirada. Los recuerdan fuertes, nadando en la pileta o jugando al fútbol.

     Por estos meses Diego se había consagrado fundamentalmente a su trabajo pero en su casa. Estaba jubilado de la Universidad. Era escultor y había estudiado primero en la Universidad Nacional de La Plata. Luego en Londres, en la Universidad de Oxford. Una beca de prestigio que había ganado por concurso contra dos aspirantes que habían quedado de la UBA. Esto era un indicador de que su Universidad también era de excelencia y él un hombre de talento (si bien no pensó esto con soberbia, sino más bien como con el orgullo que sentía su familia). Evocó las largas caminatas por el campus y las bibliotecas eternas. También un viaje a Dublín, en donde había visitado la Biblioteca del Trinity College. Fascinado, se pasó el día contemplando ese monumento en el que había ediciones príncipe del Ulises o incluso de manuscritos de Oscar Wilde.

     Diego había nacido en La Plata, en una familia de clase media ilustrada, por supuesto ávida de que él y sus hermanos (dos y dos) se cultivaran. Motivo por el cual había asistido a academias de idiomas, clases de piano y de armonía, clases de canto, coros. Además de, como es natural, a un taller de artes plásticas. Había ido a lo de Irene Humble, una docente especializada integralmente en varias artes plásticas en la misma Universidad Nacional de La Plata, con la que había estudiado distintas técnicas. Era una mujer de temperamento, pero directa, nada agresiva, discreta, posgraduada en NY en Columbia University.

      En ese taller había aprendido primero a dibujar con carbonilla. Largos caballos salvajes debajo de nubes tormentosas junto al mar de Mármara (él titulaba de ese modo su obrqa singular). Tropillas que cruzaban la costa de un océano encrespado. Ese era su paisaje favorito. Irene ni siquiera debía darle una consigna. Simplemente se acercaba y le susurraba al oído: “Carbonilla”. Y él apasionadamente ponía manos a la obra. De ahí había pasado a las acuarelas. Dibujos simples, es cierto. Para él insulsos paisajes que no se le habían resistido pero que sí le habían resultado lemtamente estimulantes. Eso lo había llevado a realizar un cierto recorrido por museos de Buenos Aires, a mirar en detalles libros de arte con reproducciones de algunos franceses del siglo XIX, elegir a Vermeer, detenerse en René Magritte, también en Leonora Carrington y Remedios Varo. Hasta ya no detenerse en el destino de la Facultad de Bellas Artes. Su camino allí fue largo. Y también fue sinuoso. Después de haber tentado con grabado había comprendido que no estaba dotado para esa técnica (¿o ese arte?) ni tampoco le gustaba. Probó suerte con la pintura al óleo. Tampoco. Hasta que había cierta vez asistido a una clase de escultura. Y se había, como quien dice, enamorado definitivamente de ella. Un arte difícil, eso es cierto. Pero todo en su vida le había costado mucho. No le gustaba hacer cosas que le resultaran fáciles. Él era hombre de retos. Esto vale por decir que era exigente para definir objetivos y cómo lograrlos. Le gustaba probarse. “Siempre dar un paso más allá”, se decía. Ese vértigo lo conducía a una sucesiva experimentación creativa. Y una vez descubierto, ese camino tal personalidad lo condujo luego de su graduación derecho a la beca a Londres con la que accedió a una preparación de excelencia. Además de a viajes y a conocer un idioma que le abriría las puertas a muchos universos, uno de ellos fue la literatura riquísima. Se acercaría a los grandes escritores norteamericanos y a las narradoras sureñas de ese país. En poesía elegía dos opuestos: Emily Dickinson y Walt Whitman, si bien esas largas tiradas de Whitman por momentos le resultaban tediosas.  

     Un sudamericano en Oxford debía ser primero admitido no digamos como un par pero sí como alguien respetable. Pero los ingleses sí lo respetaron. Era trabajador, tenía talento, era sobrio, no era vulgar y era discreto. Virtudes suficientes para ser como mínimo admitido en una sala de trabajo sin desprecio y en una reunión social tampoco discriminado. Probablemente, eso sí, pasar la Fiestas entre latinoamericanos con algún español.

     Lo cierto es que esa noche de Año Nuevo en que la botella había hecho ¡plop! y la vida un poco se le había derramado junto con ese champagne desangelado pero precioso sobre la copa, sintió casi que se desangraba. Le pareció una manera triste, exangüe de terminar su año. Un 2021 en el que había aprendido una nueva técnica pese a estar jubilado. Conocido grandes colegas que, pese a estar retirado, iban a su casa a que les mostrara sus piezas (había renunciado a la idea de dar clases particulares). Le habían ofrecido asesorar vía Zoom a dos grandes museos internacionales, uno con sede en París y el otro en Brujas. De modo que sí, hubiera sido una noche triste terminar ese 2021 con una copa aunque fuera como una brizna de espuma de mar. La casa estaba silenciosa. Apenas, si uno prestaba una atención obsesiva se alcanzaría a percibir el imperceptible aroma de las burbujas en la copa. O el gorgorito de la ducha que jamás lograba que le arreglaran bien los plomeros. Era su maldición.   

     De modo que después de comer una rodaja de pionono de huevo, jamón, queso y aceitunas y medio tomate relleno se levantó inquieto de su silla. Algo extraño se había apoderado de él. Resulta complejo para alguien no consagrado a la creación explicar estos estados de un cierto desasosiego. En que se impone la necesidad de un acto en particulaor. Pero pienso al mismo tiempo que todo el mundo alguna vez se ha enamorado. Otros han tenido hijos o hijas. Son emociones fuertes. Parecidas a temblores internos en que la emoción y la energía surcan el cuerpo. Un estado no diría similar, pero diría que de inquietud que se apodera de uno y debe ser ejecutado antes de que una idea o una intuición se evaparen. Una fuerza interior potente, que busca encontrar su cauce, entre lo que burbujea dentro frente a lo que se supone sobrevendrá. Algo inminente. Algo que es importante y que nada podrá detener. Resulta inexorable si uno es un artista de verdad. Ni siquiera una borrasca. Ni siquiera un temblor de tierra. Ni siquiera un tornado podría distraerlo de esa idea que se apodera de un artista cuando ha concebio la gran dimensión que precede al acto de crear. Ni siquiera un mar embravecido porque ella misma lo es.

     Se abrió su garganta, cuyos anillos esa tarde se habían apretado por unos instantes con motivo de haber sentido una angustia extraña, mezcla de abatimiento con frustración, y sabido es que la angustia se aloja, precisamente, en ese preciso espacio del cuerpo. Y puede llegar a apretar como una serpiente. Real o imaginaria.

      De modo que después de haber tomado de un trago la copa (sin demasiado placer, es cierto, pero como para entonarse), de haber comido lo necesario (lo necesario para tener energías) y de haberse lavado las manos (para trabajar con la higiene de modo solícito, según un ritual adquirido en Oxford, en sus primeras obras), fue a su estudio. Cosa curiosa. Esta vez, en lugar de acudir a sus elementos más habituales, abrió una bolsa de arcilla fresca. La había comprado hacía tres días. “Modelar algo para aflojar la mano”, se había dicho al comprarla. La había comprado a la pasada. Mientras se había fugado de la pandemia para hacerse de un par de instrumentos. Fue entonces cuando comprendió que esa noche no tallaría nada. Fue entonces cuando comprendió que esa noche pasaría algo. Algo ligeramente distinto. Modelaría. ¿Y qué modelaría? Lo ignoraba por completo. Sólo se trataba de poner manos a la obra. Y comenzar a descubrir, muy sutilmente, muy lentamente, que proponía esa sustancia en diálogo con la tal inquietud difusa.

    En el arte pasa un poco eso. Salvo que tenga uno muy en claro hacia dónde se dirige (lo que en ocasiones sucede), en otras hay que sentarse e ir viendo el destino al que se quiere o debe alcanzar en verdad según lo dicten los desplazamientos, las fuerzas que cruzaban por sus interiores. O cuál es el más acertado según nos lo indica una cierta capacidad que a la vez ignoramos. Ojo. También el oficio. La experiencia en el  ejercicio de hacer realizado muchas obras lo había preparado para ejecutar con sabiduría las nuevas. En este caso la cuestión era: qué pretendía hacerle decir a la arcilla. Porque la arcilla era como un abecedario. Y sus manos una lapicera, y la forma de la arcilla el cuento escrito o por escribir. “Ficción”, se dijo. “Ficción”, se repitió.

     Se calzó su ropa de trabajo. Puso junto a él una jarra de agua fresca con cubos de hielo y un vaso de vidrio  transparente porque no sabía cuánto le demandaría esa obra (ni tampoco si podría terminarla) y comenzó. Hacía calor ese diciembre que había sido intolerablemente tórrido.

     Primero pensó. Luego palpó el bloque como quien acaricia las nalgas de una mujer. Y luego se lanzó a ir buscando formas sobre esa materia tan rica y al mismo tiempo tan elemental. Tan maleable y con volumen a la vez. De ella habían nacido las primeras piezas de alfarería de la Historia de la civilización. Las tablillas con los primeros signos documentados. Muchos eran números para contabilizar animales u objetos. Posesiones. Pero también algunas tinajas de vino. Y aún hoy, en ciertas zonas de América en particular, personas había que las moldeaban o bien como utensilios o bien para venderlas como artesanías a los turistas. “Color local”, se dijo. “Color local”, se repitió horrorizado. Y también, naturalmente, él lo sabía, existía esa especialidad en su Facultad. Especialidad que él había rechazado tajantemente. Si bien, había conocido a artistas magníficos en esa especialidad. Pintores que habían sido artistas de cerámica. Por supuesto escultores. Pero él era escultor. Se había entrenado en ese arte sublime que a sus ojos era el mejor de todos. Y el  más difícil. Tal vez porque era en el que más había buceado.

     El trabajo, como dije, había dado comienzo. Primero se insinuó una facción. Fue curioso. Porque esa facción lo condujo a otra. Y esa a otra. Y así fue modelando un rostro. Un rostro que como en algunos tests de psicológicos, seguramente cada quien vería lo que quisiera. Pero se dio cuenta de que tenía en mente a alguien. Un contorno inconfundible. Tuvo ese rostro en mente, durante toda la noche y la madrugada que duró el trabajo vertiginoso como un cuento. También tuvo en mente un cuento. Un cuento de Clarice Lispector.



     Era un rostro familiar. Un rostro querido. Evocado. Ahora extraviado. De tanto en tanto escuchaba hablar de ella. No era un primer amor. Pero sí era un primer amor en un sentido muy distinto. Era ese rostro el que lo había conducido al amor al arte al que había dedicado su vida.

    Siguió y siguió trabajando, de modo febril. Hasta que cuando los primeros rayos de la luna se confundieron con los primeros rayos del sol, comprendió que había que había concluido la pieza. Las facciones de la imagen modelada a una persona extraña no le dirían nada. A él, a un grupo de condiscípulos, tal vez a sus familiares y allegados, les diría mucho. O todo. Era el rostro de Irene Humble. Su maestra de artes plásticas de la infancia y adolescencia. La maestra que le susurraba al oído: “Carbonilla”. “Caballos atravesando un riacho” (no un río). La maestra que le había mostrado los nenúfares de Monet. Las célebres “Water Lilies”. O las primeras geometrías, luces y sombras de Giorgio de Chirico. La mestra que le había mostrado las esculturas de Camille Claudel. Le había contado su  trágica historia pero también aleccionadora. Diego nació y murió en unos pocos minutos. Volvió a nacer para siempre.

     Y en esta suerte de noche de gloria, en la que había regresado a la persona que le había revelado el don. Fue radical y definitivamente feliz. El silencio de su arcilla lo rodeaba, enjuto. Los cubitos de hielo ya no se entrechocaban. Pero de pronto los pájaros comenzaron a cantar en una aurora como campanas que no sonaban en un campanario sino sobre sus álamos, en el inicio de su jardín. La luz del sol entraba a raudales en su estudio, como un manantial indetenible, permitiéndole ver el jazmín del país. La estrella federal. La flor de ángel. El aloe vera que, medio como para un costado, sin embargo, reinaba, invicto, conquistando su aventura de planta eterna en virtud de su naturaleza indestructible. Sus tallos de hojas gruesas, pinchudas, lo volvían una planta inmortal. Nadie se le acercaba. Él velaba por esa casa, a su manera. Si hubiera tenido voz, hubiera sido la del trueno, ese sonido que ningún otro es capaz de tapar. Y si hubiera sido una luz, hubiera sido la del sol del mediodía. En particular en verano, en que diera la impresión de haber crecido más aún en vigor. Salió al jardín. Se acercó al aloe vera. Y como hacía mucho que no había ido a regar las plantar lo vio florecido. Un extenso tallo color rojo. Con un pimpollo como fresas.

      Regresó al estudio. Se hincó junto a su creación. Cayó en la cuenta de que había empezado el 2022. Sí. Incuestionablemente había empezado. Resultaba indefendible sostener lo contrario con tanta luz y el sonido de tantas bandadas de aves. Pero que en verdad había empezado algo muy distinto. Porque comprendió, sí, algo comprendió. Algo obstinadamente irrefutable. Siempre ignoraremos qué, porque lo guardó para sí como algo precioso. Sólo estoy en condiciones de decirles que conoció algo cuya experiencia les suele ser sustraída a los mortales. En momentos de singular vulnerabilidad o singular éxtasis. No puede ser traducido a palabras. Que sin embargo todos ellos aspiran a desentrañar. Y que cuando esos pocos la conocen, comienzan a experimentar los síntomas magníficos de haber hecho cumbre en torno de un objetivo anhelado. O recuperan algo importante que creían extraviado (que no es precisamente un objeto). Diego tomó dos tragos de agua helada pero recordemos sin un hielo. Podía decirse que se sentía en paz. Había cumplido su misión, había creado de la nada un objeto que encandila de belleza. Un objeto que le traía el sonido de una voz. Y el de otros objetos, tangibles e intangibles. Ese privilegio que sólo confiere, el viaje a la semilla, el regresar de un olvido. O también recuperar la llave que conduce a un pasadizo eterno. El que no se esperaba, pero de pronto llega, distingue un hogar luego del pavor, alumbra las habitaciones, agita el grito de los niños como cuando uno mueve el envase de una emulsión. O, quizás, como cuando uno planta un aloe vera porque sabe que esa planta noble no lo traicionará. Le será fiel. Para siempre. Porque es una planta que perdura. Estará a su lado durante largos, largos años. Testigo del milagro, agente de la salud y la paz.

 

La Plata, madrugada del 31 de diciembre de 2021

jueves, 16 de diciembre de 2021

Y el Hormiguero volvió a reunirse....!!!!!!



Y llegó el día....., el Sábado 11 de Diciembre el Hormiguero volvió a brillar, las Hormiguitas Viajeras pudieron compartir y recibir sus distinciones.
Como bien escribiera nuestra Juglar María Elena Walsh....."después de un año bajo la tierra, estamos aquí resucitando..."
Hermoso espacio el Centro Cultural El rincón de la salamandra, gracias a sus anfitriones por el cariño y la hospitalidad.
Felicitaciones a todos los Premiados presentes y a los de la distancia...!!!
El Hormiguero sigue creciendo....🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜👏👏👏👏👏👏👏💞💞💞💞💞💞💞💞💞💞💞



















































 

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...