CIRLOT, J. E. (2016) Diccionario de símbolos, Buenos Aires: Siruela.
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sábado, 11 de septiembre de 2021
Meteme el perro Presencia de los perros en el Arte y la Literatura Infantil
viernes, 27 de agosto de 2021
Sobre la lectura
Por María Cristina Alonso
Leer ha sido la
felicidad de mis días. He acumulado libros que dan cuenta de mis viajes por la
literatura. Mi biblioteca es mi autobiografía. Allí están desde los primeros
tomos de la Colección Robin Hood hasta los que compré el mes pasado en una librería de City Bell..
Mujer leyendo» 1903
Henri Matisse
Las nuevas tecnologías calman la voracidad lectora.
Tengo en mi libro electrónico más textos de los que puedo leer. Con él viajo
sin peso, y eso es para agradecer. Pero, cuando un libro me enamora quiero
sentir el aleteo de sus páginas con el viento de la mañana, su olor a tinta, el
silencio iluminado del papel que espera sin requerir más tecnología que la luz
del día o la generosidad de la lámpara.
Soy hija de Luisa Alcott. Mujercitas fue el primer
libro entero que leí a los 9 años, quizá a los 10. Pero antes estuvieron todas
esas colecciones de libros troquelados, adaptaciones de cuentos de Andersen y de
los Grimm que me regalaba mi padre durante las enfermedades infantiles. Todavía
mis dedos juegan con un farol de plástico que colgaba del paraguas de la
cerillera de Andersen, una especie de libro juguete editado en España. Pero
cuando llegó Alcott fue otra cosa. Quise desde el primer momento ser Jo, la
chica que escribía en la buhardilla sin importarle las modas y las cuestiones
sociales. No sólo quería ser escritora, quería ser la escritora Jo y terminar
teniendo una escuela para muchachos que se interesaran en la lectura.
“Alrededor de la persona que escribe
libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la
soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese
silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a
todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las
lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte
en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo
de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era
escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond
Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más.” Margaritte Duras, Escribir
(1993)
No hay recetas
sin embargo para escribir. Cada escritor elabora y reelabora sus poéticas. Pero
hay una cosa segura: nadie puede convertirse en escritor si antes no es un
lector voraz. La literatura nace de la
literatura, de nuestra admiración por esos escritores que nos han conmovido. Por
la iluminación de tantas páginas que, al leerlas, hubiéramos querido escribir.
En cada texto que escribimos quedan los rastros de
esas lecturas, lo que no quiere decir que estaremos utilizando la voz de los
otros, sino que vamos construyendo nuestra propia voz y nuestro propio
imaginario en ese libro infinito que es la literatura del mundo.
Del conocimiento de los géneros nacerá nuestra obra. Hay géneros que se acomodan mejor
a nuestra manera de contar. Por ejemplo Cortázar será un maestro del género cuento.
Teorizará sobre él, hablará de su esfericidad, recurrirá a otro maestro del
cuento, iniciador del cuento moderno: Edgard Allan Poe. También pienso en
Horacio Quiroga que, a pesar de que escribió novelas lo vamos a recordar por
siempre por los Cuentos de la selva.
Otros serán poetas y abrevarán en la poesía de todos
los tiempos. Pero hago una aclaración: todo
narrador debe abrevar en la poesía porque es el lenguaje que mejor da
cuenta de la complejidad de la experiencia humana.
La literatura, se sabe, utiliza las mismas palabras que un discurso político o un recetario de
cocina. Pero lo que la diferencia del lenguaje utilitario es, precisamente su
función poética, su capacidad de crear mundos nuevos o de recrear los ya
conocidos.
Entonces, volvemos sobre las influencias. Cada
generación tiene sus escritores emblemáticos. La mía es la del boom
latinoamericano, todos queríamos escribir como Cortázar y García Márquez. No
obstante, uno es una acumulación de lecturas. Hoy, si bien pienso en esos
escritores mis lecturas y mi escritura se ha ido nutriendo de otros autores: desde
Margarette Atwood, Chimamanda Adiche, Paul Auster, Guillermo Martínez y
las escritoras argentinas: Selva Almada,
Eugenia Almeida, María Teresa Andruetto, Perla Suez
Fíjense qué curioso, la mayoría son autoras mujeres,
lo que indica la potencia que tiene el empoderamiento de la mujer, aunque
hablar de escritura femenina es bajarle el precio a la literatura que escriben
las mujeres y otros colectivos. La literatura es buena o mala
independientemente del género al que pertenezca quien la escribe.
Yo me siento más cómoda con la novela. Me gusta un plan de escritura que dure un largo tiempo.
En su transcurso voy habitando el mundo narrado. Investigo si ocurre en un
tiempo pasado desde cómo se vestían hasta cómo era la luz que daba una lámpara
de aceite en el siglo XIX. En Aventuras en borrador trabajé mucho el tema de los
exploradores de Australia en el siglo XIX que murieron en el intento de cruzar
de sur a norte un continente que, para ese entonces era tierra inexplorada. Se
llamaban Burk y Wills y los había encontrado en una enciclopedia que siempre me ha fascinado y que la he
heredado de mi padre: El tesoro de la
juventud, de 1915, escrita en Londres y publicada por la Editorial Jackson
con una mirada absolutamente colonizadora.
Une ejemplar de El tesoro de la
juventud
Sus ilustraciones siguen siendo fascinantes y su papel
está como el primer día, blanco, inmaculado. Está escrita antes de que se
inventara le submarino, antes de las guerras mundiales, antes del
descubrimiento de la penicilina, antes de la invención de los aviones. Pero
cuenta historias, está divididita en apartados: "La Historia de la Tierra", "El Libro
de las narraciones interesantes", "El Libro de América Latina", "Los países y sus
costumbres", "Cosas que debemos saber", "El Libro de la
poesía", "El Libro de nuestra vida", "Historia de los
libros célebres", "Los dos grandes reinos de la naturaleza",
"Juegos y pasatiempos", "El Libro de los "por
qué"", "El Libro de los hechos heroicos", "Hombres y
Mujeres célebres" y "El Libro de las lecciones recreativas".
Para construir ese universo en donde dos tipos de
origen inglés escribían un diario contando cómo se morían me llevó a rastrear desde
la historia de Australia hasta leer novelas que transcurrieran en ese
continente y cómo se vivía en ese entonces. Es decir que, cuando nos
enfrentamos a una historia, antes tenemos que hacer una investigación para que
lo que se narre sea creíble, respete el verosímil. Aun si incorporamos
elementos fantásticos.
Otra cuestión es la
del punto de vista. Cualquier historia puede ser interesante o aburrida
depende desde dónde se la cuenta. Quién es el que narra. Entonces eso le dará sustancia
al relato. Gran lección que nos dio un maestro de la novela, Henry James. En su novela Otra
vuelta de tuerca, un aparente cuento de fantasmas, comienza, como
muchos textos del siglo XIX con una reunión de gente aburrida que, en torno a
la estufa de leña se disponen a contar cuentos de fantasmas para pasar el
tiempo. Y James utiliza el recurso del manuscrito encontrado, lo que hace que
el relato tenga dos niveles de narradores. El primero es anónimo pero la
historia nos llega a través de un personaje, Douglas, que se dispone a contar
una historia de fantasmas pero ya no en forma oral como sus compañeros, sino
que lee un manuscrito, un segundo narrador, que es el diario de una institutriz
que protagoniza la historia.
.Con este
procedimiento, habitual en la historia de la literatura, no solo se consigue
una mayor verosimilitud sino que, y ahí es precisamente donde radica el gran
acierto de James, se juega con una ambigüedad que da pie a dos posibles
interpretaciones completamente contradictorias.
Otros
narradores interesantes que se me ocurren.: En La isla del Tesoro de
Robert Louis Stevenson, el narrador es Jim Hawkins, que recuerda su época
adolescente –es una historia de piratas- pero si bien los hechos que narra son
de interés del público juvenil, nos damos cuenta que es un adulto el que narra,
muy preocupado por analizar el carácter ambiguo del ser humano, obteniendo un relato
para una audiencia mixta.
Robert Louis Stevenson
En mi novela Aventuras en borrador, hay una
narradora, una mujer adulta que se dirige, en su relato, a una segunda persona.
Es decir, hay un primer interlocutor que no es el lector, es un Pepe que sólo
descubriremos quién es al final de la novela
También me
gustaría hablar de los géneros. Me gusta el policial, la ciencia ficción, la
novela de aventuras, esos textos que funcionan con algunas características bien
marcadas. Pero también me gusta los textos que parecen pertenecer a un género
pero a la vez lo transgrede. Se trata de piezas
literarias que combinan diversos géneros en su planteamiento. Un ejemplo muy
famoso son las novelas que hibridan ficción y ensayo.
Voy a citar dos
ejemplos. Uno es La loca de la casa,
de Rosa Montero. Este libro es una novela, un ensayo, una autobiografía. Es la obra más personal de Rosa
Montero, un recorrido por historias de escritores, claves de la creación artística
y del oficio del escritor.
Otro caso
es el catalán Javier Cercas. En Soldados
de Salamina, en La
velocidad de la luz, en Anatomía
de instante, en El
impostor (y en menos medida en Las leyes de la frontera),
Cercas metaboliza los géneros:
biografía, autobiografía, crónica, ensayo, policial. Todo cabe en sus
libros. Y con todas esas herramientas va edificando personajes y tramas,
sosteniendo siempre el tono y el verosímil. Cercas le dice al lector: “es
imposible captar con total precisión la realidad, pero usaré todo lo que esté a
mi alcance para acercarme a la esencia.”
Y también pensemos en
Operación
masacre, de Walsh. Un libro que denuncia los fusilamientos de
peronistas en José León Suárez pero que está narrado con recursos del policial.
Y podemos
ir un poco más atrás. Hay una novela publicada en 1759, Tristan Shandy de Laurence Sterne..Narrada en primera persona y de
un modo intrincado, humorístico, desarreglado y un tanto picaresco, la novela pretende
ser la autobiografía del narrador, Tristram Shandy. Sin embargo, en uno de los
giros humorísticos centrales de la novela, a saber, que el tal Tristram Shandy
es incapaz de explicar nada de forma sencilla, el narrador recurre una y otra
vez a digresiones y anécdotas explicativas que supuestamente ayudan a formar el
contexto de su vida, pero que de hecho van a ser la esencia de la novela, y que
desvían el hilo conductor de la misma continuamente, impidiendo cualquier
avance lineal en la trama. De esta forma, la novela se va extendiendo alrededor
de las curiosas peripecias de un grupo de personajes relacionados con el
narrador, de los que Sterne hace un retrato humorístico, y ofrece multitud de
digresiones y anécdotas colaterales, hasta el punto de que el nacimiento de
Tristram no ocurre hasta el libro III, y
que este solo aparece como personaje brevemente en el libro IV para desaparecer
en el libro VI..
En este
sentido, a lo largo de toda la novela, Sterne va a romper los rígidos moldes en
los que se enmarcaba la novela en su tiempo. Al narrarla en primera persona, y
ofrecer la historia como una suerte de reflexión personal, va a crear una
primera forma de lo que posteriormente se llamará monólogo interior.
En Pasaje a la frontera hice cruces con la historia –hay un viaje en
el tiempo a la época de la zanja de Alsina, que aparece como personaje_ y
trabajé el género de aventuras y la ciencia ficción porque hay una máquina del
tiempo.
Escribir,
volvemos a Margueritte Durás “Escribir.
No puedo. Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe. Lo
desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso
o nada. Se puede hablar de un mal del escribir. Hay una locura de escribir que
existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido
a esa locura de escribir. Al contrario. La escritura es lo desconocido.”
lunes, 16 de agosto de 2021
Periodismo y literatura infantil
Por Honoria Zelaya de Nader (*)
El deseo de difundir noticias, tan antiguo como la raza humana, desde tiempos remotos ha dado lugar a manifestaciones diversas. Las primeras semillas del periodismo se remontan al año 449 a. de C. cuando el Senado Romano depositó un informe oficial en el templo de Ceres y ordenó que se produzcan copias para ser distribuidas. Asimismo, se inscriben en tales orígenes a las tablillas blancas (álbum) con noticias, que en el año 60 a. C., Julio César ordenó colocar en el foro. Sumamos a lo señalado, los informes que transmitían en la Edad Media los mercaderes en sus viajes, o la costumbre iniciada en Venecia de redactar noticias manuscritas para venderlas a los comerciantes y a los hombres de gobierno. Sin dudas, mucho es lo transitado en las comunicaciones hasta llegar a la invención de la imprenta y la aparición de los primeros periódicos europeos como el Notizzie Scritte (1566) y La Gazette (1570), ambos en Venecia.
Ya más cercanos en el tiempo y ubicados en nuestra geografía, nos salen al paso los partes de guerra que el General Belgrano publica en Tucumán en 1817 en el Diario Militar del Ejército Auxiliar de la Campaña del Alto Perú. ¿Cómo no destacar en consecuencia, que Tucumán tuvo el privilegio de ser la primera provincia del interior del país en editar un periódico? Frente a tal realidad nos permitimos inferir que cuando aquellas páginas caían en las manos de los niños surgían deletreos, sueños, fantasías. ¿Acaso no tenían ante sí, letras que hablaban, que informaban, que contaban hechos que tal vez ellos no entendían pero que les permitían recrear mundos? Desde otro ángulo nos preguntamos ¿qué otras posibilidades lectoras tenían en aquellas épocas los niños provenientes de familias de escasos recursos sino aquellas hojas impresas?
No se nos escapa que en la actualidad hay diferentes concepciones acerca del valor de la lectura cumplida con materiales de la prensa, pero es innegable que conforman productos de la cultura de masas y sería impropio desconocer la influencia de la prensa dentro de la historia de la literatura infantil y mucho más olvidarnos de John Newbery, un editor pionero quien a mediados del siglo XVIII da tres importantes pasos en la historia de la prensa infantil. El primero en 1744, cuando abre en Londres la primera librería infantil Le and Sun, Juvenile Library; el segundo, hacia 1753, al editar el periódico infantil The Lilliputian Magazine; y el tercero, cuando Newbery empieza a publicar cuidadosas pero baratas ediciones de libros con un equipo interdisciplinario de escritores e ilustradores, quienes bajo su dirección imprimían cuentos tradicionales y novedosos a sólo un penique.
Newbery, como editor y periodista, firma la partida de nacimiento de la Literatura Infantil y le da existencia oficial ante los ojos de toda una sociedad. Entre las razones del éxito de este editor están su maestría en saber conjugar los gustos y tendencias nuevos con los antiguos, y su inimitable manera de dar los más audaces pasos sin romper con el pasado, ni ofender sus normas. Hizo libros para divertir a los niños, pero como muchos padres y educadores todavía torcían el gesto ante las teorías de Locke, a las que consideraban revolucionarias, no descartó el elemento instructivo. El resultado de la fusión de lo antiguo y lo nuevo fue una afluencia de libros que son típicos del siglo XVIII. Para perpetuar la memoria de John Newbery, desde 1922 se otorga en los EEUU el más prestigioso premio literario del país para libros infantiles: la Medalla Newbery, galardón concedido por la American Library Association.
Los ejemplos de la promoción de la literatura infantil por la prensa son rotundos: Pinocho aparece por primera vez en el Giornale per i bambini en 1881. ¿Qué hace Martí con La Edad de Oro? Redacta la revista literaria infantil en 1899 como publicación mensual “de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”. En España los dos periódicos infantiles de los que se tiene referencia completa son Gazeta de los Niños (1798-99), de Josep y Bartolomé Canga Argüelles, y Minerva de la Juventud (1833-36), de Juan Ballesteros.
En nuestro país las palabras ficcionadas surgen en la prensa, con acentos didácticos. Las encontramos en El Télegrafo Mercantil durante 1801 y 1802. Vienen de la mano de nuestro primer fabulista, Domingo de Azcuénaga, y están marcadas por la sátira. Le preocupaba difundir cuadros de época a fin de anular inhibiciones y nutrir prédicas de valores y anhelos de dignidad ciudadana como escapes naturales. Pero he aquí que más allá de ese didactismo literario dieciochesco, al estar impregnados los textos de ritmo poético, de humor, de sentido estético, de historias en las que reina lo imaginario, conquistaron desde la prensa a la infancia de la época.
Otros ejemplos de escritores que le dedican sus creaciones a la infancia desde la prensa los tenemos en Juana Manuela Gorriti, Ada María Elflein, Enrique Banchs, Juan Carlos Dávalos, Tránsito Cañete de Rivas Jordán. También la casi legendaria revista Caras y Caretas se ocupó de la infancia.
La infancia en la prensa local
Por razones de espacio, algunos mínimos ejemplos: en 1923, en el diario El Orden, en su “Sección para niños” se publica “Pinocho detective”; a su vez en la revista Panorama, Año II, 1953, en la Página Mundo Infantil, aparece “El Borriquito” de Manuel Rivas Jordán y en la revista Sustancia, 1943, nos encontramos con el poema “Canción infantil para bailar” de Fryda Schultz de Mantovani.
La literatura infantil aparece con espacio propio y no circunstancial en las primeras décadas del Siglo XX con páginas especialmente dedicadas a los niños: “La sección para los niños” de El Orden y “La página para todos los niños” en LA GACETA. En esa época LA GACETA publica un cuento tradicional infantil dentro del formato historieta y hacia él vamos: en primer lugar, atendemos al espacio publicitario del 1º de marzo de 1931. Dicho anuncio expresa: “Todos los días visitará a nuestros niños lectores La Cenicienta. Cine Condensado. Historieta en cuadro que LA GACETA comenzará a publicar próximamente”.
Destacamos la respetuosa actitud del emisor hacia su destinatario infantil al anunciarle que le brindará una lectura para solaz. Mucho más relevante aún, ya desde el campo de la auténtica literatura infantil, la historia seleccionada: “La Cenicienta”. De allí que hayamos considerado insoslayable el citado aviso, que data de hace casi un siglo, y ya prometía algo inédito en la historia de la literatura en Tucumán: la entrega en serie de un cuento tradicional. Días después, el 6 de marzo se publica el episodio número 1 y con él la literatura infantil en la prensa alcanzaba un hito histórico.
Desde aquellos días mucha agua ha corrido debajo del puente y en ese curso mucho es lo que LA GACETA desde sus páginas le ha ofrecido a niños y jóvenes. No podemos dejar de mencionar, a vuelo de pájaro, las múltiples notas que tanto desde esta sección como en las diversas páginas del diario se le brinda a la literatura infantil, actitud altamente valiosa ya que tal tarea es insoslayable. Se necesita formar mediadores calificados cuando de acercar la auténtica literatura infantil a niños y jóvenes se trata.
(*) artículo aparecido en @La Gaceta.
viernes, 13 de agosto de 2021
“Segunda visita a El Trapiche: Liliana Bodoc y el regalo de un libro mar”
por Adrián Ferrero
Esta vez no golpeo a la puerta de la
cabaña de El Trapiche. No por mala educación. No por sentir un exceso (o abuso)
de confianza de la que no gozamos. Sino que siento hoy, ahora mismo, que hasta
el sonido de una cerradura podría perturbar su hacer, su estar haciendo. De
modo que abro la puerta (delgada como hostia, ligera como pétalo de jazmín del
país, como dice Tununa Mercado). Hay un límite nítido que separa ese interior de magia y de batallas épicas y el que habito
yo, de otra clase de batallas que sé que ella entiende y aprueba, pero sobre
las que no escribe. O escribe de otro modo. La lateralmente, digamos.
Metaforizándolas, digamos. Pero indudablemente
su escritura mira para este otro lado del mundo (de allí que vea su
espalda y no su rostro, quizás por ese motivo está de espaldas a mí. Es decir: el
universo, dividido en dos mitades, nos une y nos separa a la vez. Habito apenas
una frontera de su mitad, toco con mis dedos, con mis pies, sus orillas. Su
marea.
De pronto la veo que se detiene frente a
la computadora. O se distrae acaso del texto, pensativa. ¿La imaginación le
habrá jugado una mala pasada, deteniendo su flujo? Debo decidirme. Y no puedo.
Las ventanas están todas abiertas. Es (y será) una mañana inolvidable. Una
mañana refrescante. Antonio no me ha visto llegar a la cabaña de El Trapiche
porque ha salido a dar su caminata diaria, una caminata que puede durar más de
dos kilómetros. En un hombre robusto no es extraño.
No deseo que ella me vea. Quiero decir: no
deseo interrumpir, irrumpir entre sus creaciones, malograr un solo detalle, un
solo borde de sus borradores. Desviarla de un solo adjetivo. Sobresaltarla de
un alquimista. Seré como un fantasma. Tan solo un narrador. Una figura
invisible como la de la fábula de H. G. Wells. Pero con la diferencia de que
estoy entre dragones que lanzan humaredas por sus fauces, dragones buenos, que
se agazapan para salvar a sus compañeros del peligro que corren de ser
atrapados y luego cautivos de sus
enemigos que aspiran a torturarlos para luego exterminarlos. No camino precisamente
por entre las calles de Londres. Ni soy el invento de un inglés engreído. Ni soy
tampoco un cuerpo literario. Soy un hombre empírico que de modo totalmente
casual ha acudido a ese recurso con un objetivo noble.
Ella ligeramente toma una taza de té de
hierbas (¿cedrón? ¿tilo? ¿manzanilla?), a diferencia del mate de la vez anterior,
en que también hablamos con esa infusión de por medio. Pero esta vez me resisto
a interrumpir el acto mágico de dar a luz un universo, como todos los que ella
ha concebido. Como esos pintores certeros que de una pincelada perfecta asestan
a la tela la invención genial de un retrato o de un paisaje natural. ¿Una
naturaleza muerta? Ahora estamos a solas en esa cabaña (yo: posición vertical,
suelas silenciosas ¿sandalias? ropa de tela blanca) y ella con un pulóver que
la ampara de cierta ráfaga de frío que le ha confiado a Antonio cunde por la
casa a ciertas horas, hostil, peligroso como ciertas criaturas de sus libros. La
silla es recta, dura, de madera: la columna está estirada, en su sitio. Ella no
podría jamás estar encorvada. Ella es recta. Ella siempre en posición erguida.
Vertical como toda cosa honesta. Vuelve a tomar otro sorbo de té, no se la
escucha sorber la taza. Parece un ser alado como sus dragones. O no. Puede que un
ave (¿paloma, calandria o jilguero?,
gorjeo puro). Sabemos que ella crea, recrea, digita el vuelo de la dragona
blanca, despliega sus alas enormes, hace brotar la llamarada y la humareda. El
relámpago y trueno de modo inexorable (probablemente suceda en instantes en la
realidad: su escritura provoque la tan temida tempestad entre mortales).
Tan de repente la veo encorvarse sobre el
teclado. El tecleteo de las letras es el señalado indicio de que el hilo de la
trama que estaba meditando de pronto acaba de desatarse, se vuelve visible a sus
ojos, tangible a su tacto. Es capaz de distinguir fisonomías, tramas, el rostro
de un malvado cuyas facciones detecta para identificarlo y de ese modo ubicarlo
en tal o cual lugar de la historia. Pero también saber a quién tiene delante,
que no es de su misma madera. De modo que va a su encuentro. Logra percibir un
encuentro entre un eunuco y una dama de la corte. Es capaz de que un grupo de
adolescentes visiten a un viejo que hace morisquetas para realizar una tarea escolar
y terminen todos disfrazados interpretando a fragmentos de obras de Shakespeare
gracias a este prestidigitador que ha realizado el encantamiento. Es capaz de
que un perro mire a los ojos a Jesús, se hablen recíprocamente, conversen
acerca de lo que vendrá, que como sabemos será terrible. Y que el perro llore
por su amo con un gemido imperceptible para no alarmarlo pero de pronto se
contenga porque debe narrar, narrar, narrar hasta el último suspiro, en que
entre chismes y versiones, se le atribuirán a este hombre muchos destinos (o
muchas vidas). Circularán los cuentos de las alcahuetas. Miga de León calla,
cuando ve que su rostro se ha
derrumbado, exangüe. Y comprende que ha dejado de tener sentido ponerle
palabras a aquello que no es de este mundo.
Ella es capaz de que una niña vea el mar
en unos ojos, los ojos de una muñeca que son los que a su vez sí lo han visto, un
mar anhelado, tan anhelado que por fin lo ha convocado su deseo, tibio deseo de
infancia. La mirada, no obstante, no es de lagrimón o llanto. Es la imagen del
mar dibujado en unos ojos en vaivén, que vienen y van, vienen y van. Esta mujer
puede también hacer que un amor se emancipe al mismo tiempo que una patria. Y
que la canela, frotada con otras cuatro especias (secreto embrujo), cautive el
deseo anhelante de un hombre que por obra de estos oficios llenos de milagro, producto
de una mujer afanosa, que trajina con la maravilla y el encanto, sea
irresistible. Ella ha sido criada libre, pero sin embargo también le es dado
comprender la suerte de una esclava. La escucha y sabe de su sabiduría ilimitada.
Su padre huele también la canela, evoca otros tiempos, pero ya están marchitas esas
carnes de viejo para tales ceremonias. La canela despierta el celo de aquel
hombre joven, el que ella desea con el alma trepidante. Pero también con el
cuerpo. Es por eso que acude a la canela. Estimulante convocatoria al encuentro
vislumbrado en fantasías.
Ahora la escritora hace una pausa. ¿estará cansada o la historia
se habrá interrumpido en su imaginación secreta? Bebe otro trago de té. Lo debe
de haber percibido frío porque lo hace a un lado, con una infinita paciencia, con
una infinita delicadeza, como si fuera un pequeño pichón que debe ser apartado
de un sitio hacia otro sin violencia. Es que se ha distraído con su historia. El
vapor del té, ahora se ha arruinado. Es que son tantas a la vez las tramas,
tantos hilos, tantos cabos que debe atar a la hora de trazar el primer dibujo
de una línea ligera como plumón. Y luego cortar con los dientes el hilo de la costura.
Piensa en un búho. Y de pronto escucho que
pronuncia: “Oficio, oficio, oficio”. Yo entiendo de qué me está hablando. Pero
para ella tal vez en ese momento tal vez solo sea una intuición. Una
persistente idea sensible que se proyectará más adelante. Son seres sabios los
búhos. Pero también vuelan por las noches noche. Y ella es una mujer de la
mañana. “Ella es la mujer matinal”, me digo. Claro que la delgada línea que
separa a la noche de la madrugada convengamos que todavía es oscura. Puede que circulen
búhos en tanto ella hornea su pan. Los rayos del sol se pueden confundir con
los rayos de la luna. Ella tiene una hilera de algunas de estas aves en
miniatura en la repisa del comedor para que la inspiren a la hora de entrever
el futuro cuando la trama no avanza, ha quedado paralizada porque la
inspiración se ha marchado por debajo de la puerta. Pero ¿no era yo quien
estaba junto a la puerta? ¿habré sido el responsable de esta detención? Y me
siento culpable de una posible falta. Frente a ella, como podrán imaginarse, me
avergüenza doblemente. Prácticamente un pecado.
Toma la taza y la lleva a la cocina. No va
a dejar una taza sin lavar o para que la lave otro. Es una mujer que desconoce las
mezquindades. Regresa pero no me ve (cierto: yo soy el invisible hombre
londinense, que por cierto desentona por completo con mi esencia sudamericana).
Estoy ahora en el otro extremo de la cabaña. Puedo verla escribir como poseída
porque ha encontrado el hilo que la conducía hacia esos hombres plagados de
maldad y de violencia frente a estos otros, tan dispuestos a dar batalla por
sus hijos y sus mujeres, por sus campos y sus moliendas. No permitirán que
estos invasores inescrupulosos se anexen una tierra de modo ilegítimo.
Ella ha jugado la partida. Ella ha
encontrado el modo de salir del laberinto para introducirse en el campo de
batalla. Las lanzas atraviesan pechos y las espadas se entrechocan (¿cómo
entender en alguien dado a la paz más absoluta que escriba tantas historias de
batallas? ¿es que una mujer encantadora puede convertirse en amazona). Su paz precisamente
consiste en dar la Gran Batalla contra el Mal. Queda el testimonio de ese
combate cuerpo a cuerpo, sangre a sangre, herida contra herida, en el filo de
las páginas de sus libros más belicosos.
Ella no pertenece al continente de Wells.
Ella no pertenece al Norte. Ella es la mujer de la Constelación del Sur. Como
yo mismo. Ella es una de quien lo he aprendido. Gira la cabeza y me ve. Se da
cuenta no de que la he estado espiando (el colmo de la falta de modales, de
invasión a la privacidad). Pero también se da cuenta de que solo aspiraba a
tener acceso a la cocina de su escritura. Entonces, me hace un gesto cómplice
con la cabeza. El hombre el Norte debe volverse hombre del Sur. Solo ella ha
sido capaz de ver un hombre que no podía ser visto. Solo ella tiene el don. Él
escribe también sus propios relatos. Pero sobre el agua. El agua protagoniza
sus historias bajo infinitas formas. Eso lo ha pronunciado otra mujer
extraordinaria. Esa mujer que ha pronunciado esas palabras, se ha machado
inexplicablemente de su vida. Y lo ha dejado a solas. ¿Un duelo por pérdida de
afecto? Abandonemos esa viejas historia.
-“El agua, el agua.
Nuestro cuerpo tiene mucho agua”, dice ella. Y se golpea el muslo izquierdo con
el puño.
-“Y mis dedos la
tienen”, le contesto. “He escrito un libro de mar”. Una historia de mar.
_-“¿Cómo es eso?”, se
manifiesta sorprendida. Ella, que pareciera conocerlas todas. O ser capaz de
inventarlas.
-“Tendrías que
leerlo”, le digo.
“Sí, claro que lo
haré. Será el antídoto perfecto contra el fuego de mis dragones”. Yo retrocedo
hasta la pared. Estoy arrinconado por esa mujer incandescente. Temeroso de
haber provocado alguna emoción incómoda en ella.
-“El fuego, el aire,
la tierra, el agua”, pronuncia como cuatro peligros. Como cuatro regalos. Como
cuatro profecías. Traza un círculo de fuego con la mano derecha que lo ilumina
todo. Me extiende la mano.
-“Tu libro de mar”. No logro percibirlo pero sé que ahora existe. En algún
lugar existe. Extiendo la mano y callo. No ha depositado ningún objeto dentro
de la palma de mi mano. Tampoco ha escrito nada. Pero algún misterio ha
comenzado a tener lugar.
En ese instante una idea muy intensa se
apodera de mi imaginación, de modo tan potente que no puedo traducirla a palabras. Y
que flotando el aire, la tierra, el fuego, el agua que me ha regalado entre las
manos, se vuelve más tangible. Lo ha
hecho para que sea ahora yo quien lo escriba. Ha depositado en mí una cierta
clase de responsabilidad. Lo que para mí es terrible y es un acontecimiento de
naturaleza extraordinaria.
-“Ahora eres es un
escritor de agua para siempre”. “Ondinas”, refuerza.
En ese preciso momento se escucha el
pedregullo que rueda o se entrechoca. Es Antonio. Yo, hombre de mar al fin y al
cabo, puedo y no puedo aceptar ese regalo que viene del fuego, de la intensidad
de una hoguera en la que están ardiendo las copas de un bosque de cedros. O de maderos
bajo una marmita. O una salamandra que abriga una pequeña cabaña en El Trapiche.
Los chispazos centellean. Me llevo mi libro de mar. Le hago una inclinación
respetuosa de cabeza. Le digo: “Gracias por el fuego. Gracias por el libro de
mar”. “En adelante será mi anhelo”. Yo que soy hombre de agua, por eso la leo,
para avivar la llama de la creación, le agradezco este regalo que bajo la forma
de un impacto emocionante me ha dejado en estado de shock.
Entra Antonio, sorprendido de la
presencia de un extraño (he dejado de ser invisible gracias a sus artes, “No es
necesario que lo seas”, me ha dicho serenamente). Ella en un brinco ya está
junto a su lado, le dice tres palabras al oído y todo queda en su sitio. Ha
pronunciado un hechizo.
Yo ahora estoy afuera de la cabaña. El sol
chisporrotea sobre el parabrisas como el fuego de sus libros. Ella me despide
desde la puerta con un brazo en alto, agitándolo. Su mirada es muy intensa. Me
acomodo en el asiento de conductor. Jamás me llevé bien con los autos. Prefiero
las bicicletas. Arranco. Entre mis manos alcanzo a distinguir las primeras gotas.
El libro de mar ha dado comienzo.
domingo, 8 de agosto de 2021
Una carta para viajar en el sueño
por María Cristina Alonso
En su libro La boca del tiempo, Eduardo Galeano recopila historias que vivió o escuchó. Entre ellas está esta:
“EL PADRE
Vera faltó a
la escuela. Se quedó todo el día encerrada en casa. Al anochecer, escribió una
carta a su padre. El padre de Vera estaba muy enfermo, en el hospital. Ella
escribió:
—Te digo que te quieras, que te cuides, que te protejas, que te mimes, que te
sientas, que te ames, que te disfrutes. Te digo que te quiero, te cuido, te
protejo, te mimo, te siento, te amo, te disfruto.
Eduardo Galeano escribe una breve, minúscula historia de despedida. Es la de un padre enfermo que se
marcha y de una niña, su hija, que le escribe para que viaje protegido. Ese padre, Héctor Carnevale fue un
poeta fugaz, que murió demasiado joven pero que alcanzó a publicar un libro de
poemas luminoso: el alimento y los ojos.
El mismo Galeano escribe en la contratapa: “En este poema, la flecha/ es el blanco. Del hambre/ de luz, nacen estos
fulgores. / Ellos atraviesan el/ basural de la tierra/ y la noche del cielo y /
ardiendo van en busca/ de lo que son:/ la ciega mirada que nos/ perdona, la
muda palabra/ que nos comprende.”
Publicado en 1993 el alimento y los ojos apenas pudo
ser disfrutado por su autor. Héctor Carnevale murió joven. Había nacido en
Bragado, provincia de Buenos Aires, en 1952 y había estudiado antropología.
Estaba vinculado familiarmente a través de su mujer con el escritor uruguayo.
En el alimento y los ojos las imágenes
están trabajadas con los elementos del sueño, con esa fina sustancia del mundo
que el poeta sabía que iba a dejar: “He
caído en tu jardín/ soy una piedra/ yo/ carne del tiempo”, escribe en el
inicio. El libro está estructurado como un largo poema dividido en tres partes
que son la desgarrada invocación a un dios de un hombre que siente que la vida
se le va y tiene que encontrarle a eso un sentido.
Tamara Kamenszain, en
su libro de ensayos La edad de la poesía, dice -refiriéndose a varios poetas que
escribieron sobre el final de sus días- que “la poesía es lo más parecido a una autobiografía porque no hay una
manera humana de abandonar la primera persona gramatical, aunque se ensayen
otras… Escribir en verso, entonces, supone escribir en forma de diario:
extremando en cada escansión, en cada suspensión del sentido, en cada parálisis
narrativa, lo que se está por terminar”.[2]
En el inicio de ese viaje que el poeta se apresta a
realizar ofrenda “esta delicada luz de mi
cuerpo de niño/ que ha soñado/ ser/ alimento de los ángeles”. Toda la
primera parte es una larga interrogación sobre el dolor humano, el basural del
mundo, el tiempo que apresura la muerte. Y si el corazón de dios es alimento,
éste a veces se encuentra negado a los hombres: ¿Por qué tan abajo enterrado tu corazón?”, se pregunta. La búsqueda
es una travesía, a veces en las tinieblas, donde la Palabra no se encuentra: “Aquí dejo los ojos que me has dado, Señor, /
¡Acéptame la ofrenda!”
Si en la primera parte de este libro el poeta se llena
de preguntas, en la segunda, titulada “las ofrendas” éstas continúan “qué has visto en mi carne?” pero aparece
la certeza de que hay un lugar en donde todo recupera su sentido: “Sé que todo lo que falta/ tiene su lugar./
Sé que el cielo es/ la completud que busco.”
Por eso el hambre del poeta se sacia con las palabras,
ellas son su alimento: “Deja una hogaza
en cada estrella// ¡Qué la luna sea tu pan, Señor!”
En la tercera parte el poeta halla la respuesta. Una
vez que ha entregado su cuerpo, que ha buscado inútilmente la explicación a los
misterios del mundo y a los de su propia e insignificante humanidad, está listo
para escuchar el verbo divino que no es otra cosa que el espejo de su propia
voz. Por algo Isidoro Blaistein dice, citando a Shakespeare, que “los poetas son los espías de Dios y que Dios
es una luz imprecisa que los poeta ven sin enceguecerse, sin entornar los ojos
mientras los boquiabiertos tropiezan en la oscuridad.”[3]
En el poema de Héctor Carnevale, Dios habla para
devolver al poeta el material con el que construye sus versos. “No tengas miedos -le dice- Yo no hablo con
la lengua dulce y extranjera del hombre. / Yo soy la única posibilidad de
entender/ Soy la Palabra”.
Es en el poema que este hombre enfermo busca alguna mínima respuesta. Poesía como
alimento, como consuelo, mirador para ver lo que otros no ven, para apreciar la
luz y la oscuridad, y para añorar lo que se pierde. Como en los versos de Héctor
Viel Temperley, otro poeta que escribió bajo la experiencia de la enfermedad y
la cercanía de la muerte, en Hospital
Británico: “Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha
perdido.”
Para un poeta que busca en las palabras magias y
fulgores para entrar en lo desconocido, la carta de su hija Vera, como cuenta
Eduardo Galeano, debe haber sido el mejor vehículo para viajar en el sueño.
Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA
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