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sábado, 6 de marzo de 2021

La narrativa de aventuras y la literatura juvenil: Manuales para asomarse al mundo

Por María Cristina Alonso 

 Contar una historia es, en cierta manera, iniciar un viaje. Ricardo Piglia dice que sólo hay libros que cuentan un viaje o una investigación . Escritor y lector inician, en momentos distintos, un peregrinaje hacia un mundo desconocido: el del texto. Se instaurarán dos tiempos: el tiempo del escritor en el que construye su historia, el tiempo real de la escritura que puede llevarle meses o años, y el tiempo del lector que, a través del lenguaje, visita esos mundos, restituye el sentido a esa historia, la completa, la reconstruye con sus propias vivencias. 





 En esa bifurcación del tiempo, la literatura quizá plantee su máxima ambigüedad, su absoluta falta de límites, su desborde de fronteras. Es en ese territorio, en ese espacio impreciso, donde ocurre la verdadera aventura, el instante en el que la historia atrapa y es atrapada por el lector. En estas cuestiones pienso al querer definir la relación que se ha establecido entre la novela de aventuras y el público juvenil que ha sido no siempre su destinatario inmediato pero si, su consumidor más persistente. 
 La aventura y el viaje están en los comienzos de todos los relatos: los encontramos en la Odisea, en el Quijote, en Robinson Crusoe, en los Viajes de Gúlliver. La mayoría de estas historias responden al género novela, un género que se ha vuelto indestructible a lo largo del tiempo hasta tal punto que, cuando se habla de literatura juvenil -la que abarcaría esa franja etaria que va de los 12 a los 18 años- se piensa, inevitablemente, en la narrativa y, sobre todo, en la novela. 

 Porque las novelas de aventuras son la esencia misma de la ficción. La aventura, como dice Juan Sasturain en su estudio sobre El Eternauta, está asociada prejuciosamente al pecado de evasión y al entretenimiento. Como si escribir o leer aventuras estuviera automáticamente descalificado. Sin embargo, la aventura no es un género sino un componente estructural en todo relato, de este modo aventura se asimila a peripecia, a lo que sucede, a la acción.

 ¿Pero qué es la aventura? La a-ventura sería lo contrario de la ventura, lo que se contrapone a la rutina, a lo cotidiano. La aventura es el lugar del héroe, lo que le permite desafiar el riesgo y enfrentar al peligro. Por lo tanto, no es extraño que estas historias sean las que más ha consumido el público juvenil, e incluso que se apropiara de ellas aun cuando inicialmente no le estaban destinadas. 

 Cuando el niño se transforma en adolescente, se va alejando de la fantasía, va abandonando la pasividad imaginativa e intenta introducirse en el mundo real de una manera más activa. Las novelas de aventuras aportan esa cuota de adrenalina que parece ser tan necesaria en la adolescencia, época en la que se tiende a una identificación con el protagonista. En el espejo de estos textos, los héroes tropiezan con todo tipo de dificultades, tienen que vencer al monstruo, al dragón, escapar del infierno, llegar a brazada limpia a la orilla después del naufragio, pelear contra un ejército entero o contra los molinos de vientos, soportar inconmovibles el canto de las sirenas o escapar de la celda más oscura del castillo y –además- conquistar a la muchacha o llegar victorioso a la patria. 

 El joven que lee llega a la última página con el héroe hecho hilachas pero victorioso. La vida no se resuelve como en la literatura, no es fácil ser un héroe en la vida real y -acaso lo hayan sospechado los jóvenes lectores de todas las épocas- la felicidad en las páginas de los libros tampoco es demasiado duradera. ¿No envejecerá Ulises y se convertirá en una carga para Penélope y el pobre Telémaco que tanto lo anduvo buscando? ¿En qué clase de hombre se transformó Jim Hawkins después de volver de la isla del tesoro cuando supo que la aventura también tenía su costado amargo y decepcionante?

 Si hay una etapa en que es necesario pasearse por el mundo de la imaginación a bordo de cualquier cosa es, precisamente, en la juventud. Y esos viajes nunca se olvidan. Dice Ema Wolf en un artículo dedicado a la literatura de aventuras:”A los libros de aventura les debo mi condición de lectora. (...) Si alguien me hubiera dicho entonces que eran libros de evasión, no lo habría entendido. Eran libros de conocimiento. Manuales para asomarse por primera vez al mundo(...) El amor, la fraternidad, el coraje, la lealtad sin límites estaban allí, intactos (...) En los libros de aventuras estaban también las palabras más hermosas. El repertorio de la marinería, del desierto, del tocador de las damas francesas, de la jungla, de los ladrones de caminos. Nadie había expurgado esas páginas de palabras difíciles. Estaban todas al alcance de la mano, como pequeñas cajas cerradas, secretas, valiosas. No necesitábamos diccionarios: las atrapábamos en su propia guarida." 

 Pero volvamos a la primera idea, la de que toda aventura también es un viaje. Fernando Savater, en su libro La infancia recobrada, define el género de esta manera: “El ochenta por ciento de las aventuras reviste explícita o implícitamente un viaje, desglosable siempre con suma facilidad en pasos hacia la iniciación. El esquema es obvio: el adolescente, todavía en el ámbito placentario de lo natural, recibe la llamada de la aventura, en forma de mapa, de enigma, relato fabuloso, objeto mágico..., acompañado por un iniciador, figura de energía demoníaca a quien juntamente teme y venera, emprende un trayecto rico en peripecias, dificultades y tentaciones, debe superar sucesivamente pruebas y, finalmente, vencer a un monstruo o, más generalmente, a la Muerte misma; al cabo renace a una nueva vida, ya no natural, sino artificial, madura y de un rango delicadamente invulnerable. 

 El viaje es siempre visto como algo significativo desde la sabiduría épica: para el narrador nunca se peregrina en vano. No se vuelve igual de la isla del tesoro, ni desde el centro de la tierra, ni de los mundos desconocidos. El viaje siempre es una iniciación en un saber que antes no se tenía. Se pone a prueba la audacia, se experimenta el riesgo, el vértigo. El regreso implica traer una mochila más pesada, se ha conocido el dolor, pero también se experimenta el triunfo, que no es otra cosa que el crecimiento. 

 De esta manera, desde los textos ficcionales más antiguos que se conocen, contar es siempre contar un viaje, es narrar la experiencia del viaje en busca de historias. Con el paso del tiempo, la literatura fue complejizando esta concepción, pero la misma persiste como una matriz. Viajes que, a veces, sólo se hacen con la imaginación. La literatura está llena de viajeros, porque el viajero, a lo largo del camino, encuentra una verdad y también se adueña de una nueva mirada sobre el mundo. 



  Aunque desde la Grecia clásica pueden encontrarse interesantes antecedentes de la literatura juvenil de aventuras (textos literarios dirigidos al cultivo del intelecto y la sensibilidad), sólo desde finales del siglo XIX, cuando comienza a hablarse de la adolescencia como una etapa con peculiaridades psicológicas, hay ejemplos claros de obras dirigidas específicamente a este público: Así, no sólo Defoe o Swift, también Wells, Chesterton, Stevenson, Twain, Burnett, Alcott, Burroughs, Doyle y muchos otros han constituido durante años el patrimonio literario del adolescente. 

 En estos clásicos juveniles, podemos encontrar ciertos rasgos comunes que los han convertido en lectura predilecta de varias generaciones de adolescentes: Es cierto que muchos de estos autores no escribieron para niños pero sus obras fueron apropiadas por ellos porque tenían algunas de las claves que les interesaban. Entre ellas, el viaje iniciático. La isla del tesoro, de Stevenson, o las novelas de Julio Verne no son sino viajes iniciáticos.


  Sin embargo, uno de los primeros antecedentes en el que la aventura y el viaje se unen en un libro destinado a los jóvenes data del siglo XVII. En 1689, Fenelon se convierte en preceptor de los tres hijos del Delfín, y sobre todo del más difícil de los tres que parece haber sido el Duque de Borgoña. En pos de narraciones que puedan interesarle a su joven alumno encuentra un tema: el viaje de Telémaco en busca de su padre, y así escribe Las aventuras de Telémaco, libro en el que compendia todo su saber geográfico, económico y moral. Allí ya están los condimentos de la aventura: un naufragio, el de Telémaco que arriba a la isla de Calipso en compañía de Minerva, que se presenta disfrazada bajo el aspecto de un anciano, Mentor. Y, mientras Calipso reconoce en Telémaco al hijo de Ulises, de quien ha quedado enamorada, se dispone a escuchar el relato del joven sobre su viaje a Pilas y a Lacedemonia. Un tiempo instalado en otro tiempo, el relato del naufragio y el tiempo de la historia que cuenta Telémaco. De esta manera comienza el rapto del lector hacia esos mundos donde suceden las peripecias. 

 Otros náufragos famosos harán el deleite del público juvenil.En 1719 aparece el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, y en 1726, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, dos obras que entran a formar parte de la literatura subterránea de los niños, fascinados por esos textos que, más allá de sus complejas ideas sobre la condición del hombre, hacen de Robinson y Gulliver dos héroes insuperables, dos héroes enfrentados con la aventura absoluta. Por lo demás, proliferaron versiones y adaptaciones, traducciones de traducciones, no siempre felices. 

 Con Robinson, Defoe utilizó la ficción para profetizar sobre los procesos económicos y sociales del momento histórico. Es más, Robinson Crusoe ha sido considerado el perfecto símbolo del hombre económico, resultado de la sociedad moderna, llegando a verse incluso como el prototipo del joven precapitalista inglés, cuyo pecado radica en no estar nunca conforme con lo que tiene y siempre querer más. Sin embargo, el lector juvenil leyó en él las virtudes del héroe que atraviesa pruebas en la soledad y casi al borde de la locura, capaz de volver a su patria invicto y acompañado por el fiel Viernes. Con Gulliver, Swift quiso amargarnos la vida. Con su duro sarcasmo, el escritor irlandés flagela a la humanidad mostrando la soberbia y la ambición sin límites de sus congéneres. Pero también Gulliver, además de decirnos que somos espantosos, atraviesa mundos fantásticos, seres pequeñísimos y gigantes, y se queda con los caballos, seres pensantes y racionales. 

 Los viajes de Gulliver, sombría novela que, si bien fue objeto de apropiación por el público juvenil, es mucho más que un relato de aventuras, es una reflexión desgarradora sobre la condición humana. Para Gulliver, después de su largo viaje lleno de experiencias extraordinarias, visitando reinos y civilizaciones exóticas, acaso más justas que las europeas, el retorno parece imposible. Pero vuelve porque, dice el navegante: “¿quién no se siente arrastrado por sus fobias y por su parcialidad hacia el lugar en el que se ha nacido?” 


Toda la literatura de aventuras girará en torno a los tópicos que estos dos geniales autores imprimieron a sus héroes: la soledad, los obstáculos por vencer, los mundos desconocidos, la confrontación con la naturaleza. 

 Estas dos obras tienen en común el tema del viaje extraordinario, como también estaba en el Telémaco de Fenelon. En el siglo XIX será Julio Verne el que retomará el tema de los mundos desconocidos que, al decir de Michel Butor permiten alimentar, de la manera más concreta posible en el niño, la representación de un mundo exterior a los padres, de un mundo desconocido para estos.” 

 Es que las novelas, y mucho más las de aventuras, nacen de la insatisfacción, de ese desacuerdo que el escritor siente con el mundo. Tal vez por eso, este género nos lleva de paseo a donde nunca podremos ir. Ese quizá sea el mayor éxito que este género ha obtenido en el público juvenil. El lector adolescente recoge el guante y sale al aire puro de la imaginación y a vivir en otro tiempo que es diferente del real. Vargas Llosa señala de esta manera el origen de la literatura: ”Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros– quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente– ese apetito, nacieron las ficciones". Pero, sin embargo, esto no significa –agrega el escritor– que la novela sea sinónimo de irrealidad: "No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla." 


 De esta manera, el novelista es el mediador entre el deseo de aventura del lector y su concreción en las peripecias del héroe. El novelista es el que imprime en la mente del lector esas escenas que quedarán para siempre en el imaginario colectivo. Stevenson, que escribió una novela de viajes y piratas memorable, La isla del Tesoro, pensó en la forma con que él construía su mundo ficcional: ”Los hilos de un relato se entrelazan cada tanto y forman un diseño en la trama; los personajes adoptan cada tanto una actitud, los unos ante los otros o ante la naturaleza, que graba el relato en la memoria como una ilustración. Crusoe retrocediendo ante la huella de un pie, Aquiles gritando contra los troyanos, Ulises doblando el enorme arco, cada uno de ellos es un momento culminante de la leyenda, y cada uno quedó impreso en el ojo de la mente para siempre. Podemos olvidarnos de otras cosas; olvidaremos las palabras, por bellas que sean; olvidaremos el comentario del autor, aunque haya sido ingenioso y exacto, pero estas escenas memorables, que ponen la marca definitiva de la verdad en un relato y colman, de una vez, nuestra capacidad de goce simpático, las adoptamos de tal modo en el seno de nuestra mente que ya nada podrá borrar o debilitar esa impresión. Es esta, pues, la función plástica de la literatura: dar cuerpo a un personaje, pensamiento o emoción en algún acto o actitud que impresione de manera notable al ojo de la mente “

 Si de aventuras se trata, a veces vida y escritura se juntan. Chesterton señala en un ensayo dedicado a Stevenson que, si bien fueron los jóvenes los que se solazaron con las aventuras narradas en La isla del tesoro, el que más las disfrutó fue el escritor escocés, cuando hizo su propio viaje a los mares del Sur, ya no metafórica sino físicamente, y encontró en Samoa su isla soñada. 

 En la Argentina, durante el siglo XX, las historias de aventuras dejaron de situarse en la Malasia, Singapur o África negra para suceder a la vuelta de la esquina, cerca de la propia casa, en un espacio conocido. Esta es la operación que hace Oesterheld en su historieta El Eternauta, publicada en la revista Hora Cero en 1957, con el guión de Héctor Germán Oesterhedl y dibujos de Solano López. En ella se cuenta también un viaje y su personaje es un viajero que viene del siglo XXV, Juan Salvo. Ha visto mucho –demasiado- y sólo tiene una meta: reencontrarse con su mujer y su hija. Entonces se corporiza frente al guionista y narra. Narra el espanto, narra la invasión de los “Ellos”, esos seres de otro planeta que nunca aparecen dibujados, porque el mal -en esta historia- parece no tener forma. Y la historia no ocurre en el Londres de Wells o en la Nueva York o Los Angeles de la Ciencia Ficción de moda en los años 50. Sucede en nuestro Buenos Aires. Comienza en una casa del barrio de Vicente López donde cuatro amigos juegan al truco. Ahí, en una noche cualquiera de un invierno de 1959, comienza la nevada mortal y también se inicia la aventura. 

 Oesterheld es, para muchos críticos, el mejor escritor de aventuras de la Argentina. Su idea de la aventura es completamente original, rompe con el modelo del héroe individual que sólo rescata a la muchacha o evita una catástrofe. Oesterheld concibe al héroe colectivo, un héroe que juega en grupo, que suma individualidades para responder a las peripecias. Y el enemigo ya no es un estereotipo, es una fuerza que sólo se manifiesta a través de sus esclavos que son seres oprimidos y que no persiguen un objetivo en sí mismo.


  También es bueno apuntar que las aventuras en los guiones de este autor siempre terminan mal, se trastruecan los conceptos de victoria y derrota porque lo que se plantean son las contradicciones existenciales.

 Esta historieta fue clave para los jóvenes que la leyeron en la década del 50, pero sigue vigente para los lectores del siglo XXI porque es de esas historias que se iluminan para atrás -como señala Juan Sasturain -. Oesterheld cuenta, veinte años antes, en clave de ciencia ficción, una asombrosa historia que anticipa el país cercado por el horror de la dictadura militar de los años setenta, cuando ya su autor, Héctor Germán Oesterheld, era un desaparecido más. El tema de la invasión, tan transitado en la literatura de anticipación, ofrece aquí otras lecciones. Los héroes de Oesterheld no son seres superiores, sino argentinos normales, gente común que se enfrenta con un enemigo que casi es innombrable, se enfrenta con el mal. El mundo parece estar en equilibrio. La gente va a su trabajo, al cine, realiza sus tareas cotidianas. Pero, de pronto, algo que viene desde el exterior pone en peligro la paz del planeta. Es la invasión, la amenaza extraterrestre, es la confirmación de que no hay armonía que dure, de que el enemigo siempre está al acecho y los hombres, siempre indefensos, en este mundo insignificante perdido en el universo. Así se contó, desde los primeros tiempos de la ciencia-ficción, la amenaza absoluta, la fragilidad de la tierra frente al otro, al desconocido que viene, casi siempre, para destruir y someter. H. G.Wells narró esta situación límite en un libro que aún hoy se lee con inquietud, La guerra de los mundos. Una invasión a Inglaterra por los marcianos, con derrota final de los invasores incluida. 

 Desde entonces, las novelas, el cine y la historieta se empeñaron en reeditar una y otra vez esa situación espeluznante. En muy pocos casos, los invasores venían en son de paz, con fines altruistas. Oesterheld, en El Eternauta, la contó otra vez, pero en su ficción no hay una fe ciega en la capacidad del ser humano para salir airoso de las asechanzas del espacio. La historia termina mal, pero rescata -como no lo hacían las historietas en boga- la solidaridad de los héroes anónimos que aúnan sus esfuerzos para sobrevivir. Es que Héctor Germán Oesterheld tiene confianza en el héroe colectivo. Él decía que siempre le había fascinado leer Robinson Crusoe, novela escrita por Daniel Defoe en el siglo XVIII, y que El Eternauta era su versión de ese relato. Pero en El Eternauta, el héroe verdadero es el héroe colectivo, el hombre “en grupo”. Aquí está el nudo de lo que debemos destacar en este libro. La idea que puede trasladarse al mundo de hoy. Un mundo en el que ya no son los extraterrestres la amenaza, sino la miseria, la desigualdad, la corrupción, la violencia, que parecen haber trastocado todas las relaciones sociales. 

 Al comienzo decíamos que contar es iniciar un viaje, y en esta historia, la condición de viajero del tiempo de su protagonista es el mecanismo que posibilita el relato. Juan Salvo, convertido en un viajero infinito, cuenta al guionista una historia que aún no sucedió. 

 En definitiva, el relato empuja a la aventura, se viaja para contar. Después vendrá el otro viaje, el del lector. Porque, como dice Bioy Casares, "La impaciencia es un mal que aqueja a los viajeros. Si uno anda, quiere llegar, y si ha llegado, muy poco después quiere partir. ¿Dónde está, pues, el placer del viaje? Como el de tantas cosas, en la mente, en el recuerdo".

viernes, 26 de febrero de 2021

La literatura infantil: una forma de leernos y ver la identidad caribeña

por  Jenny Fraile (*)


                      

INTRODUCCIÓN 

Desde épocas ancestrales el hecho de descubrir quiénes somos se ha constituido en una pregunta filosófica que ha orientado desde la duda más existencialista hasta una de las frases más célebres de una obra literaria “ser o no ser, he allí el dilema”,1 tanto en lo personal como en lo social, y nuestra sociedad latinoamericana y caribeña no escapa de esta inquietud, de esta búsqueda identitaria. ¿Quiénes somos? Definitivamente somos mucho más que la reminiscencia de pueblos indígenas diezmados, o pueblos africanos desarraigados, despatriados, que se mezclaron, se fundieron, se amaron, se odiaron, se reconciliaron, la intención de estas líneas es presentar una revisión de los signos de identidad caribeña reflejados por diversos autores revisados a lo largo del seminario de Literatura Latinoamericana y del Caribe en un corpus de cuentos de literatura infantil, como parte de esta búsqueda de respuesta a una inquietud, o quizás, en el mejor de los casos, el encuentro con muchas otras preguntas que llevarán a buscar sus respuestas, o seguir preguntándonos si somos flores o somos pájaros, si volaremos por el mundo, si perfumaremos al mundo o simplemente seremos una espina, una pregunta sin respuesta. Jenny Fraile 532 Opción, Año 32, No. Especial 11 (2016): 531 - 543 

La revisión de los documentos propuestos en literatura latinoamericana y del Caribe abrió un nuevo panorama, que ha permitido resignificar un territorio y cómo este es visto, plasmado en la literatura infantil. En esta búsqueda de respuestas nos topamos con el pensamiento latinoamericano de Zea, quien recoge buena parte de esa triple visión histórica en la que se ha debatido “el hombre americano”, “¿es un conservador, un expectante o un revolucionario permanente?”. A hora bien, la inquietud por el término “identidad”, esta rondando desde la década de los setenta (70), sin embargo, parece que ha sido en la últimas décadas motivador de arduos debates, tema de congresos, simposios, eje filosófico, pero es en realidad un problema propio de la existencialdad humana, como se dijo en líneas iníciales, y que a lo largo de la historia ha dado lugar al surgimiento de diferentes corrientes del pensamiento, ya que como bien planteo Galíndez (s/f) “la universalidad se alcanza comprendiéndose como hombre para poder así comprender a otro hombre”. Latinoamérica tiene tiempo en la búsqueda de su identidad, ha pasado por diferentes etapas, han surgido términos como la hibridación, negritud, tercer espacio; tanto los estudiosos de los textos literarios de Latinoamérica como del Caribe2 , según la revisión preliminar coinciden en los mismos problemas; pareciera que a lo largo del territorio, tanto en su zona insular como continental, con la llegada del europeo se desdibujo al indígena, se dominó al negro y el blanco de allá o de aquí siempre guió. Con lo cual, en la generalidad de los casos se obvia el mestizaje cultural, étnico y social. 

En los albores de la historia América Latina, Sajona se acrecentaron las luchas internas, según cuenta Zea, se “arrancó el cetro a España pero se quedaron con su espíritu, se logró la libertad pero no se formó para vivirla, se mantuvo la esclavitud, la diferencia mantuana; una frase de Alberdi (1886:159) citado por Zea nos llamó poderosamente la atención, y creemos resume en buena medida lo que ocurrió en gran parte de nuestra América luego de la gesta independentista “ La Patria es libre, en cuanto no depende del extranjero; pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y absoluto”. De tal forma que se siguió anulando al indígena y al negro, tanto en las regiones peninsulares como insulares que conforman Latinoamérica y el Caribe. Esta falta de identidad era un problema, según los documentos revisados a finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, pero al leer algunos documentos emanados de las cumbres de las Américas paLa literatura infantil: una forma de leernos y ver la identidad caribeña 533 reciera que sigue vigente este conflicto de identidad, por lo cual se torna interesante realizar una revisión de algunos libros de autores latinoamericanos de literatura infantil e indagar en sus textos esos rasgos que pueden fomentar la construcción de la identidad caribeña en conexión con la latinoamericana ya que como bien lo señala Kamau Brathwaite, citado por Bonfiglio (2014) …en lo que respecta a lo que escribimos, a nuestros modelos perceptuales, somos más conscientes (en términos de sensibilidad) de la caída de la nieve, por ejemplo —los modelos están todos allí para la caída de la nieve— que de la fuerza de los huracanes que ocurren cada año. En otras palabras, no tenemos las sílabas, la inteligencia silábica, para describir el huracán, que es nuestra propia experiencia, mientras que podemos describir la experiencia ajena importada de la caída de la nieve (Brathwaite “Historia”, en Bonfiglio:121).

 Claro está que nuestros niños, niñas y adolescentes, en su mayoría, han crecido, y hemos crecido, con la influencia de los clásicos europeos, nórdicos y hemos dejado en un segundo plano los textos de la literatura indígena, latinoamericana, de tradición oral, con lo cual evidentemente tomamos posición sobre indigenismo y negritud sobre la mirada eurocentrista, ya que lo que se quiere resaltar es el proceso de construcción de identidad caribeña y latinoamericana. Rescatamos de nuevo lo propuesto por Zea en su compilación del pensamiento latinoamericano en relación a la identidad, ya que propone como de manera sistemática en el proceso de construcción identitaria se ha anulado al indígena y al negro, por lo que si en la construcción de esa identidad, en lo adelante a partir de los textos de literatura infantil y juvenil, deben estos, no negar la historia, sino mostrarla, valorar y presentar nuestros culturas de pueblos originarios y la herencia afrodecendiente. Cita también Zea a Darcy Ribeiro, quien propone tres ideas de formación de identidad, a saber: pueblos testimonios, pueblos nuevos y pueblos trasplantados. Los primeros se corresponderían a nuestros pueblos originarios como los aztecas, wuayúu, waraos; los segundos se corresponden con los grupos llegados a América bien para reiniciar su vida con mejores opciones o traído a la fuerza para su explotación; y los terceros son exclusivamente grupos europeos quienes migraron con la idea de reconstruir el continente y su vida. 

 Ahora bien, desde estas diferentes miradas y opciones, tenemos una gama, un abanico de posibilidades para construir nuestra identidad, ser pájaro, ser flor, ser espina. Seguir apegados al pasado, o construir futuro. Seguir en el papel de víctimas o levantarnos sobre esa sombra y volar, volar, volar. En las siguientes líneas pasearemos por algunos textos de literatura infantil que permitirán leernos y construir, fortalecer nuestra identidad latinoamericana y caribeña. 

1.- EN EL MAR… Hablar de identidad caribeña lleva de inmediato a pensar en el mar, en ese mar que baña las costas de las Antillas, de buena parte de Colombia, Venezuela, de Guyana. Evocar su aroma, el romper de sus olas, es sin duda parte esencial, pero no única de las imágenes que constituyen la identidad caribeña. La revisión teórica ha llevado a concluir que ciertamente el mar es fundamental, pero que está acompañado por imágenes, conceptos, evocaciones, vivencias de: plantación, negritud, la violencia de la esclavitud, la música, el mar, la diversidad de la lengua (español-francés-inglés-creole), el cimarroneo como resistencia, la dominación histórica, la colonización, el despojo, religación de los fragmentos; temas estos que se repiten en los ensayos de tres autores fundamentales al hablar de la identidad caribeña como los son Ortiz, Brahtwaite y Glissant. Bonfiglio (2014) al analizar diferentes producciones de Ortiz, Brahtwaite y Glissant, no sólo nos presenta los lugares comunes o categorías que se repiten en sus propuestas identitarias de Caribe, sino que alude a esa discusión postmoderna en relación a la visión de la mirada, es decir, el Caribe seguirá viendo hacia el horizonte con la mirada lánguida y pérdida en el mar hacia una Europa que dominó y domina, o una mirada que busca en la profundidad de ese mar los restos de los galeones hundidos, sus tesoros, sus recuerdos, sus historias, o una mirada de remonta la ola, surca el viento, reconoce el galeón, mira el horizonte, pero sabe, siente que es mucho más que todo eso. Es el momento de construir una identidad que nos permita honrar el pasado, vivir el presente, pero sobre todas las cosas mejorar las posibilidades del futuro, sin que se repita el Caribe, sin que cambiemos el color del esclavista, sin que repitamos la fuga del cimarrón, el dolor de la planLa literatura infantil: una forma de leernos y ver la identidad caribeña 535 tación, y solo le cambiemos el traje, el año, pero el tema de la canción sea el mismo, el dolor sea el mismo, el despojo sea el mismo. Llama la atención que tanto en el Caribe que se repite, como en ¿de qué Caribe hablamos?,se alude a la fragmentación del Caribe (anglófono, francófono, español, antillano, peninsular) y a la necesidad de unificar, de concientizar y percibirnos como parte del mismo, como diversamente unidos. Como lo dejan ver Reinosa y Valdés (2013): Para un barbadense común es familiar relacionarse con otro westindian, al cual consideraría caribeño, no así a un haitiano o a un dominicano. Mientras para un guadalupeño, la Caraïbe no va más allá de la Martinica y la Guyana francesa, certeza que a cada instante se le reafirma desde los medios masivos de comunicación y la perspectiva metropolitana (Reinosa y Valdés, 2013:21-22). Es decir, reclamamos que otros nos reconozcan, pero aun nosotros que formamos parte del Caribe seguimos percibiéndonos separados, fraccionados, la tarea de construcción de identidad unitaria, o en palabras de Girvan, citado por Reinosa y Valdés (ob.cit) “Hay que hacer un viaje de conquista mutua de nuestra mismidad colectiva” (p.22) al hablar de Caribe se convierte en un término polisémico que se alimenta de lo político, de lo ideológico, geográfico, cultural, lingüístico, literario, étnico, pero si aun después de mirar los componentes, de reconocer todas las acepciones, seguimos empeñados en fraccionar el Caribe cómo podemos esperar que el norte o Europa reconozca lo que nosotros aun no reconocemos, seguimos sin saber si ser pájaro o flor, pero pareciera que empeñados en mirar solo las espinas. 2. HABÍA UNA VEZ A muchos en algún momento nos durmieron leyendo o contando un cuento, o en una tarde de parque uno de nuestros abuelos deleitaba a todos contando sus historias, o quizás una maestra, o una tía, o…de alguna forma nos hemos visto acercados a la literatura infantil, en la mayoría de los casos a aquellas que inician con las frases habían una vez, en un reino muy lejano, en un bosque, en un hermoso castillo, porque durante muchos años la influencia de quienes conquistaron siguió dominando el territorio aunque ya habíamos declarado en la mayoría de nuestros pueblos la independencia. 

 Leímos y escuchamos historia de princesas rubias, de príncipes en hermosos caballos, y de bosques encantados cuando nuestro entorno es mayormente selva, sabana, o cuando mucho bosque tropical. Y seguimos repitiendo el modelo colonial, ninguneando al indígena, al negro y el blanco de aquí creyéndose blanco de allá, o al menos comportándose igual o peor que aquel. Torres (1996) cita a Martí quien en su literatura pretendía forjar ese ideario de libertad, despertar en los niños, niñas nuevas formas de mirar y mirarse para que no repitiesen ese Caribe, forjaran y construyeran un nuevo y mejor Caribe con conciencia de mar, de río, de selva, de negro, de blanco, de indígena. “... para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras... Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros” (Torres, 1996:12-13). Este mismo autor nos pasea por una selección de poemas, cuentos, retahílas y otros géneros literarios de diferentes autores en los cuales se pueden apreciar temas como el mar, la negritud, la esclavitud, la plantación, la crueldad. Algunos como la mayoría de los clásicos que originariamente no fueron pensados para niños pero que estos lectores se los apropiaron y los hicieron suyos, otros que de forma deliberada los autores los escribieron pensando en este público a fin de forjar la identidad latinoamericana y caribeña desde las primeras aproximaciones a la lectura. Veamos el siguiente poema:



 Negrón, negrito,

 ciruela y pasa, 

salga y despierte, 

que el sol abrasa, 

diga despierto 

lo que le pasa...

 ¡Que muere el amo, 

muera en la brasa! 

ya nadie duerme, 

ni está en su casa.

               (Nicolás Guillén. Siglo XX) 

La literatura infantil: una forma de leernos y ver la identidad caribeña 537 Obsérvese en él todos los elementos que distinguen al Caribe, es decir, se hace referencia a un tema recurrente tanto en el Caribe insular como en buena parte del Caribe peninsular, la negritud. Ese negro que fue traído desde diferentes regiones de África para trabajar en la plantación de algodón, de caña, de cacao, que fue maltratado, que fue abrasado por el sol, por el látigo, y que hizo de su dolor canción, poesía, tambor, y que como se leyó en el poema de Guillén que forma parte de una antología publicada en el 2000 como Clásico de Literatura Infantil Latinoamericana y del Caribe. Veamos este otro de la argentina María Elena Walsh:

 CANCIÓN DE LAVANDERA 

Lávate paloma con aire mojado, 

las patas y el pico, 

la pluma y el vuelo 

volando, volando.

 Lávate la sombra,

 Luna distraída, 

con jabón de estrella 

y espuma de nube salina, salina. 

Lávate las hojas

 dormido verano, 

con agua llovida

 y esponja de viento salado, salado. 

El aire me lava,

 la luz me despeina, 

la traviesa espuma  

me pone peluca de reina, de reina.



 Al leerle se identifican esos rasgos a pesar que geográficamente Argentina pues no pertenece al Caribe, pero definitivamente si a Latinoamérica, por lo que no es de extrañar que haya presencia de elementos que nos son comunes, que nos tocan, mucho más cuando tienen ciudades tan cercanas al mar, independientemente que no sean bañadas por el Caribe. Por lo que podemos apuntar que ciertamente la literatura infantil es una herramienta poderosa para construir esa identidad, sensibilizar, ya que a través del manejo poético del lenguaje, de las imágenes se pueden evocar ambientes y permitir que los niños, niñas, y adolescentes viajen por Latinoamérica y el Caribe. 

La importancia de la literatura infantil es su voz narrativa, que cuenta temas difíciles, que nos permite leernos, encontrar respuestas, preguntas, emocionarnos, vivir experiencias, encontrar múltiples significados en un mismo texto. Así como Torres realizó una revisión de algunos textos en su momento, nosotros presentaremos un breve comentario sobre algunos rasgos Caribe que permitirán desarrollar en los niños, niñas una mayor conciencia de unicidad en la diversidad, de conocimiento del pasado, para mirar al futuro, no con los ojos llenos de lágrimas por el daño recibido, sino con la mirada diáfana en que somos mucho más que negro, muchas que blanco, mucho más que indígenas, en realidad, somos mucho más que pájaros y flores. Somos todos los cantos y sus olores.

 3. ¿QUIÉRES QUE TE CUENTE UN CUENTO? Podemos a través de la literatura revivir la época de bucaneros como lo hace Laura Antillano en Diana en la tierra Wayúu, en cuya novela corta, Juyá, el mejor de Diana, es de la etnia wayúu con lo cual la autora no solo recrea ese Caribe del Siglo XVIII- XIX, sino que además pone sobre el tapete la integración social, cultural, étnica tan deseada, que nos permite reconocernos mucho más que pájaros, mucho más que flores. 

Yolanda Reyes en El terror de sexto “B” tiene un cuento que se llama Frida, de hecho, es el segundo de ocho cuentos, en él nos narra una hermosa historia de amor que tiene lugar entre un niño de Cartagena y una niña de Estocolmo. Alo largo del cuento describen a Frida su cabello blanco, cejas, blancas, piel blanca y ojos cielo, pero nunca dicen como es 



Santiago; al leer el cuento en uno de los quinto grados de la UEE Consuelo Navas Tovar  ubicada en Petare, uno de los niños me dijo: “profe es de Cartagena, cómo va a ser pues, negrito como yo”. Es decir, no solo el cuento evoca como personaje casi vital al mar, sino que la ubicación geográfica del cuento Cartagena marca de manera inmediata la evocación de un pasado de plantación, por ende, de predominancia de negritud en la zona. 

En el cuento Niña bonita de Ana María Machado tenemos un caso bien particular, primero porque rompe con el estereotipo de la protagonista rubia, la niña más bonita es negra, negrita como una pantera, y cada evocación a su negro es con un referente negro profundo. Pero de forma adicional, la ilustradora no solo recrea un pueblo de la costa, sino que incluye como personaje al mar que dentro del texto escrito nunca es mencionado, pero que es absolutamente necesario para completar esta historia en la que un conejo, blanco muy blanco admira y suspira por la niña bonita, que es bien negrita. La imagen de la portada es la niña bonita, el conejo blanco, el mar, y la niña tiene en sus manos una guarura, y cuando uno se coloca esa guarura en el oído, uno escucha al Caribe que susurra cerquita, que ruge, y no lo hace ni en español ni en francés, ni en inglés, ni en patuá, ni en creole.

 En Angélica de Lygia Bojunga Nunes se nos cuenta la historia de dos personajes bien singulares que deciden dejar de ser lo que son (to be or not to be), Angélica decide dejar de ser una cigüeña y Puerco que decide ser un Puerto. La primera se viene desde el África, a voluntad, el segundo desde el campo, pero nuevamente surgen en esta novela los elementos que nuestros filósofos determinaron que marcan y se repiten en el Caribe. Una esclavitud que golpea y lastima, la huida del cimarrón, y esa lucha constante entre la colonización y la libertad. 

Liliana Bodoc en El espejo africano nos narra toda la historia del desarraigo desde que Atima Imaoma es arrancada de las manos de su madre en algún lugar del África y traída hasta América, hasta cuando su hija se va como servicio doméstico de la antigua ama de su madre. Nos muestra todo el proceso de esclavitud, la plantación, la huida del cimarrón, las penurias de un esclavo liberto, el proceso de guerra de independencia, y como el blanco de aquí sustituyó en todo al blanco de allá, así que la independencia conquistada parece que no fue para todos por igual, o al menos no al principio. El blanco se siguió creyendo más que el negó y el indígena, sin recordarse que todos venimos más o menos de la misma semilla o del mismo huevo. Todos podemos ser pájaros o flores, todos somos mucho más canto y perfume. 



En el 2011 se publicó un cuento titulado Picuyo, en él Kurusa nos narra la historia de Juan y su familia de pescadores. Todo inicia el día en el que Juan cumple 10 años, y como es iniciado en su vida como pescador, le entregan su primera atarraya, su primer pocillo con café, ya puede ir a su primera pescar tal como fueron sus hermanos, su padre, su abuelo y el abuelo de su abuelo. A lo largo del cuento se nos adentra en el mar, en la relación entre el pescador, las sardinas, el jurel, los cangrejos; la tradición, las costumbres cómo ven el atardecer, cómo se relacionan con la luna y las mareas, con las aves y los presagios. En este cuento Kurusa atrapa un poco de las tradiciones de nuestros pueblos pescadores de oriente, los atardeceres que bien se pueden replicar y encontrar eco en tantos otros pueblos del Caribe, o bañados por cualquier otro mar. 

 Para finalizar este paseo por algunos textos de literatura infantil tenemos a Churquitos, en cuyo texto a pesar de estar ambientado en la ciudad y en la contemporaneidad se evidencia en los personajes la marca Caribe, no solo por el color de su piel, sino por el lugar de procedencia, los padres del protagonista vienen a Caracas de la Costa Colombiana, es decir, puede que sean de Cartagena, pero además, en el trato entre los personajes se evidencia una reminiscencia a la plantación en el que se deja ver la casa grande y la casa pequeña, “la niña Manuela” que es la forma como todos se refieren a la niña de la casa grande, observando como de forma inconsciente la autora del cuento mantiene en la historia un eco de la colonial dormido en el imagen de la plaza, con su iglesia, con la casa de gobierno en todos los pueblos de América. Y para cerrar este pequeño corpus comentado un poema de Gabriela Mistral:

 CANCIÓN DE PESCADORES 

Niñita de pescadores

 que con viento y olas puedes,

 duerme pintada de conchas,

 garabateada de redes. 

Duerme encima de la duna 

que te alza y que te crece, 

oyendo la mar-nodriza 

que a más loca mejor mece. 

La red me llena la falda 

y no me deja tenerte, 

porque si rompo los nudos 

será que rompo tu suerte...

 Duérmete mejor que lo hacen 

las que en la cuna se mecen,

 la boca llena de sal 

y el sueño lleno de peces.

 Dos peces en las rodillas, 

uno plateado en la frente 

y en el pecho, bate y bate,

 otro pez incandescente... 

Vemos como de forma recurrente el personaje principal es sin duda el mar, o como dirían algunos la mar dejando en claro una vinculación afectiva mucho más cercana con él. En este poema se destacan todos los elementos que constituyen los elementos del día adía del pescador, y dibuja el paisaje que ronda la mirada de aquellos que viven en las cercanías del mar, al igual que en muchos de los textos revisados con lo cual se evidencia que en la Literatura Infantil se logra lo que Colomer llama el imaginario universal, y se constituye así en una herramienta fundamental para construir la identidad que tanto se desea concretar en nuestros pueblos.

 4. CONCLUSIÓN Podemos concluir que, de manera efectiva se encontraron elementos suficientes en los textos de Literatura Infantil revisados para esta investigación, que se encontraron en ellos los elementos claves de la identidad caribeña, y que al igual que no solo en los textos considerados clásicos de literatura, sino en textos mucho más contemporáneos, los temas, las imágenes, los recursos, dan cuentan de los elementos necesarios y suficientes para facilitar a nuestros niños y niñas la construcción de su identidad Latinoamericana y caribeña, ya sin el dolor del látigo del negro de la plantación, ya sin el lamento del indígena saqueado, ya sin la posición arrogante del blanco, y sin ánimo de revancha, sino con la convicción que es mucho más que eso y puede poblar de cuentos, cantos y perfumes un mar, un río, un continente. 


Notas 1. HAMLET: To be, or not to be? That is the question— Recuperado de: http://nfs.sparknotes.com/hamlet/page_138.html 

2. Para efectos de este papel de trabajo Caribe englobará tanto al insular como al continental, al anglófono, al francófono y al hispano hablante. 

Referencias Bibliográficas 

ANTILLANO, Laura. 1992. Diana en la tierra wuayúu. Alfaguara. Caracas (Venezuela).

 BOADA, Aura Marina. 2000. Contornos del Caribe en la Novelística venezolana contemporánea: vivencias y referencias.

 Akademos. Vol. II, Nº 1, 2000, pp. 127-137. Jenny Fraile 542 Opción, Año 32, No. Especial 11 (2016): 531 - 543

 BODOC, Liliana. 2008.El espejo africano. Ediciones, S.M. Buenos Aires (Argentina).

 BOJUNGA NUNES, Ligia. 1989. Angélica. Colección Torre de Papel. Editorial Norma.

 BOLSH, Velia. 2000. Clásicos de Literatura infantil y juvenil latinoamericana y del Caribe. Colección Claves de América. Biblioteca Ayacucho. Caracas (Venezuela).

 BONFIGLIO, Florencia. 2014. El ensayo que se repite o el Caribe como lugar común (Antonio Benítez Rojo, Edouard Glissant, Kamau Brathwaite). Anclajes. XVIII.2 (diciembre 2014) ISSN 1851-4669. Páginas 19-31. 

FRAILE, Jenny. 2013. Churquitos. Ediciones CO-BO. Caracas (Venezuela). 

KURUSA. 2011. Picuyo. Ediciones Ekaré. Caracas (Venezuela) / Barcelona (España).

 MACHADO, Ana María. 2009. Niña bonita. Ediciones Ekaré. Caracas (Venezuela) / Barcelona (España).

 MARTÍNEZ REINOSA, Milagros y VALDÉS GARCÍA, Felix. 2013. El Gran Caribe en el Siglo XXI. Luis Suárez Salazar y Gloria Amézquita, compiladores.

 ¿De qué Caribe hablamos? (pág. 21-34). CLACSO, Colección Grupos de Trabajo. Buenos Aires (Argentina). 

ROSENBLATT, Loise. 1996.El Modelo Transaccional. La Teoría Transaccional de La Lectura y La Escritura. Asociación Internacional de Lectura - Lectura y Vida. Buenos Aires (Argentina).

 TORRES, Gerardo. 1998. Identidad latinoamericana en la literatura infantil del Caribe. Lectura y Vida. Vol.19, N°2, páginas 31-37. 

ZEA, L. 1965. El pensamiento Latinoamericano. Biblioteca de Ciencia Política. Colección DEMOS. Editorial Ariel. Documento en Pdf. Disponible en: http://www.olimon.org/uan/pensamiento [Consulta: 2015, mayo 27].


(*)  Fraile, Jenny La literatura infantil: una forma de leernos y ver la identidad caribeña Opción, vol. 32, núm. 11, 2016, pp. 531-543 Universidad del Zulia Maracaibo, Venezuela

miércoles, 24 de febrero de 2021

"Literatura infantill: exclusión y ghetto"




                                                                                     por Adrián Ferrero

En ocasiones me he preguntado como estudioso (y muy seriamente) por qué la crítica literaria (en especial la académica, pero también la del periodismo cultural argentino, de variada seriedad), está sobresaturada de ciertos nombres que regresan, en un leitmotiv, o un bis en el que ciertas personas evidentemente se manifiestan interesadas (en especial si son expertas) hasta el agotamiento. O quizás daría un paso más allá: se obstinan. Ello a mí me resulta cansador. Inhibe el deseo de leer crítica por falta de pluralismo y variedad. Y, en cambio, hay toda otra serie de propuestas literarias, de otros nombres, de similar talento pero pertenecientes a un campo de la producción literaria alternativo a aquél, que no figuran en esa aparentemente “literatura oficial”, de modo evidente funcionando por exclusión (estimo que no por ignorancia, porque son de pública y amplia circulación).

Aquella agenda no la tienen en cuenta, la descalifica o la ignora. Por otra parte, no se trata de la literatura canonizada por los críticos más influyentes (quienes dispensan la fama, diría Borges) ni sobre la que ellos reflexionen. No sé si se trata de una necesidad de legitimación y aprobación por parte de estos críticos que así la requieren de la institución académica y de sus autoridades hacia sus trabajos e investigaciones. Es más, bien mirado, les conferiría hasta una saludable dosis de originalidad de sus papers o ponencias en congresos escribir sobre estos autores o autoras que tanto de bueno vienen a decirnos y a decir. Pero evidentemente ellos sospechan, acarician la idea de que habría en tal caso una desaprobación. Por parte de los comités académicos o evaluadores, quiero decir. Pero naturalmente. No existe una tradición importante en lo relativo a abordajes críticos respecto de los últimos creadores y creadoras a los que acabo de aludir.

No obstante ¿alguien sería capaz de poner en duda su talento, su capacidad de trabajo, su perfeccionismo, su trayectoria, sus muchos premios y becas, sus subsidios, sus principios ideológicos de avanzada y progresistas, la buena terminación de sus obras, su concepción sin pedagogías de la literatura infantil y juvenil, su novedosa concepción del sujeto infantil? (porque a ellos me estoy refiriendo) ¿A qué atribuir esta indiferencia, incluso este desdén? ¿alguien sería capaz de poner en duda el talento de los poemarios infantiles de
Guillermo Saavedra
, la novedosa poesía y los cruces semióticos en la narrativa de Liliana Bodoc, la narrativa con abordaje sin tabúes de la sexualidad además de la inmigración así como el diálogo con la realidad política y social argentina más agresiva de
Maria Teresa Andruetto
, el trabajo fino con el humor y la parodia en Ema Wolf, el humor, lo risueño y la labor de recreación de los mitos griegos y bíblicos de Graciela Montes, la desacralización de los relatos tradicionales de
Patricia Suárez
, en una relectura crítica, dándole la voz a los victimarios además del despliegue en clave crítica de la fantasía de los cuentos maravillosos o de hadas, la narrativa de ritmo poético lento de
Perla Suez
, tan conectada con las tramas del dolor social, en especial del pueblo judío, en la que se produce la irrupción en muchos casos de grupos destructivos en aldeas inermes o bien el valor de la espera recompensada en el encuentro con reciprocidad, el trabajo pionero de María Enea Walsh, que directamente dio el giro maestro e imprescindible a las poéticas argentinas que andaban necesitando para la libertad subjetiva de crear, el nonsense, el desparpajo, la utilización de los neologismos, su autorización definitiva, su permisividad para el deleite del juego, del cuento a la poesía, del teatro a los guiones? ¿la poesía sutil de desde México, que trabaja con la palabra como grafía, como significado y lo fonológico en directo correlato con las ilustraciones de sus libros, los libros de escaso texto pero con condensación poética y elocuentes pero sutiles diálogos de Canela (
Gigliola Zecchin
), los combates dilemáticos entre el bien y el mal, el humor, las reflexiones éticas, la lírica, los trabajos críticos sobre lectoescritura con énfasis en literatura infantil en Laura Devetach, la picardía, la trampa y el humor en Gustavo Roldán (además de su valiosísima recuperación de manera imprescindible del legado de los pueblos originarios y de la fauna y flora del Alto Chaco), la impertinencia, la irreverencia, la parodia, el humor, la proliferación significante del discurso en
Adela Basch
?

Estos son solo algunos pocos y contados ejemplos de los muchos grandes de los disponemos en Argentina. Y ahora sí que me quedo corto por falta de espacio. También porque nombro solo a una cierta generación además de a una cierta tradición, en particular crítica y de ruptura con los recursos que le precedieron (en términos generales, si bien se pueden establecer algunas ciertas clases de genealogías). Pese a que puedo advertir que esta tendencia al descuido se ha comenzado a revertir en nuestro país (en el mundo hace rato), con maestrías, diplomaturas, Ferias del Libro, Congresos, Jornadas, Simposios, seminarios (lo que no hace sino confinar en un tranquilizador ghetto a esta producción tan variada y tan rica, su crítica y su mercado del libro). Pues a mi juicio esa no es la respuesta más acertada ni la más saludable a este fenómeno de desdeñosa recepción. Sino que la tal respuesta (si es que la hubiera o existiera) a mis ojos pasa por un respeto por considerarla de igual a igual en tanto que poéticas estéticamente nobles y de jerarquía, como si se tratara de un semejante, hacia esa producción otorgándole la misma excelencia, la misma dignidad que la de los productores culturales así llamados "para adultos" de naturaleza consagrada. La solución no es poner paños fríos para que una producción de tal infinita riqueza sea preservada en un elegante "corral de la infancia", para servirme de un feliz título de un libro de Graciela Montes, separado del resto de la literatura. Sino en el respeto genuino hacia ella en el reconocimiento de lo que es: una igual, una par. No ubicarla en un aparte para tranquilizar consciencias perturbadas por la culpa literaria de la exclusión. Sino integrarla a los debates de una literatura nacional, a su corpus, en las mismas mesas redondas, en las mismas conferencias que la otra, en los mismos foros de discusión, en los mismos seminarios, en los mismos congresos, en los mismos festivales de lectura de modo inclusivo.

Como parte lo que vagamente suele llamarse una literatura propia de una nación, propia de un territorio y del uso de una cierta variante de la lengua. De otro modo se la circunda en un peligroso aparte. Y reconocer que se trata de un campo de estudios y, mucho más aún, de producción de textos también literarios de referencia mundial, como el otro, únicamente con otros nombres y, quizás, atributos relativamente (y acentúo este “relativamente”) matizados ¿Que acude a otros recursos y apunta a otro receptor? ¡Pues naturalmente! Pero ello no es razón para descalificarla o proceder a su apartamiento o indiferencia respecto de su consideración en los estudios literarios académicos u otros, como los de divulgación periodística, como así cité, de diversa calidad. Más bien, por fuera de esa marginalidad, subalternidad, periferia, bueno sería acercarla hacia una zona de mayor centralidad.

Inscribiéndola en la misma agenda de trabajo e indagación en profundidad de sus poéticas. En una mayor difusión. Ubicándola en los mismos estantes de las librerías por orden alfabético o a lo sumo por temática, no por estar dirigida a tal cual edad en sectores de las librerías que funcionan como otra clase de ghettos solapado, también de apartamiento. A la literatura infantil se le debe respeto. Es el que le corresponde por su excelencia, la que le confiere su dignidad, su tradición ya notable en Argentina (omití los nombres de Enrique Banchs, Silvina Ocampo, María Granata y Sara Gallardo, entre otros) y su trabajo sostenido con reconocimiento nacional e internacional. La que le corresponde por derecho propio. Un comportamiento opuesto solo denota una ideología plagada de prejuicios de actitud despectiva que solo diera la impresión de no contribuir a una noción de literatura con integridad y con sentido de tolerancia y pluralismo. Sino más bien a la univocidad y a una posición intransigente respecto de lo que debe y no debe estudiarse. De lo que es y no es una literatura argentina en su sentido total. Cordialmente, Adrián Ferrero

martes, 16 de febrero de 2021

"Canela y el "geño" de la tinta"



Por Adrián Ferrero 



Por qué un “genio” maravilloso (por supuesto, si bien sabemos hay de los otros) pasa a ser “un geño”? ¿cuál es la clave del enigma de esa letra “ñ” que dice tantas cosas en algunas palabras en lengua española y en otras lenguas no existe? (María Elena Walsh escribió cierta vez, no sé si lo recuerdan, un artículo que se hizo célebre titulado “La ñ también es gente”).

¿Es una clave que tiene que ver con lo la dimensión fonológica del lenguaje, con su uso vocal? Veamos. Habría que preguntarle a Canela, que fue la que escribió este bellísimo cuento, "El geño de la tinta negra" (2009), sobre Ceferino, un alumno repetidor de cuarto grado, más alto que el resto de sus compañeros (por lo tanto distinto por donde se lo mire), al que lo confinan al peor de los bancos de madera escrito y con marcas, justo al fondo de la clase, el más viejo de todos los que tiene el curso, pese a haber recibido un cargamento de treinta nuevos e impecables. No obstante, no alcanzan para todos y Ceferino está socialmente marcado desde la exclusión. Le toca en suerte el que tiene un agujero adelante, que su madre le ha explicado que antes servía para alojar a la tinta para escribir a la que luego se le pasaba un secante. Lo que parece inútil, puede depararnos grandes sorpresas. Y de la tinta siempre se pueden esperar, si está bien usada, cosas prodigiosas. Sobre todo la maravilla de las historias. De ese agujero, que estaba alojado en un banco que parecía descartado o tan usado del que no podía despertarse ninguna clase de expectativa, cierta mañana brota un ser prodigioso: “El genio de la tinta negra” (según él mismo se presenta), que le dice a Ceferino que escriba que él se le apareció. Luego de salvables errores de ortografía, su maestra queda más que satisfecha: le pone un "Muy bien 10". Porque tomando como punto de partida la consigna un 21 de marzo, día en que, como se recordará, comienza el otoño, de que escriban “algo lindo, algo interesante o algo nuevo” que les haya sucedido ¿Algo incipiente como el otoño, quizás? que se le haya aparecido a Ceferino el genio de la tinta negra es algo verdaderamente lindo. Casi para ser celebrado. De modo que él escribirá la gloria. Lo paratextual será fundamental en esta historia, en la que la letra manuscrita de dos personas distintas (un niño, Ceferino, una adulta: la maestra) alterna con la gráfica más frecuente de los libros. Habrá tintas y renglones de distintos colores y el texto de Ceferino estará escrito en letra manuscrita de nene, no de libro habitual. Una letra llena de rulos.



Como los de algunas de sus compañeras o compañeros de curso. De letra de nene tamizada por la magia de un libro en el que lo fantástico llega para demostrar que solo hace falta dejar irrumpir a lo inesperado en nuestras vidas para pasar por encima del tedio, las dificultades o, en todo caso, lo que parecía irresoluble. Esa grafía le confiere una naturaleza entrañable a la historia. Además de una con la que los más pequeños pueden por identificación compararla con la propia de modo exitoso y gratificante, pese a que les traiga al mismo tiempo el mal recuerdo de algún reto o tachón por las correcciones de sus maestras o maestros de variable temperamento. Al reconocerse en sus disortografías, que todos hemos cometido. Y este Ceferino tan bueno, que les prepara el desayuno de mate cocido con leche a sus hermanos, que se detiene a mirar a los benteveos por la ventana del aula de modo soñador y perplejo cuando llevan una pajita en el pico presintiendo que van a anidar, cumplirá su sueño de, pese a ser un repetidor, lograr conquistar la maravilla.

Y Ceferino triunfa. Gracias a la ayuda de un genio que también es "geño", según el modo como él lo escribió en su producción escrita (¡he aquí develado el enigma!). Pero sobre todo gracias a la invención de Canela que nos viene a regalar el don de la tinta fresca que habla. Y, en especial, nos cuenta historias ilimitadamente imaginativas.

jueves, 11 de febrero de 2021

Sapos de la memoria, una interpelación en las profundidades (*)

 

                                                                          Por Maximiliano Suarez

A principios de diciembre del 2020, la escritora cordobesa Graciela Bialet dio a conocer en su página oficial el libro interactivo digital “Los sapos de la memoria”, de descarga libre y gratuita. Su acceso estuvo disponible para los/as lectores/as el Día internacional de los Derechos Humanos. En su versión original (en soporte libro) apareció por primera vez bajo el sello Op Oloop en el año 1997. En la actualidad cuenta con 30 ediciones y más de 25 reimpresiones. Se trata de una novela que ya ha ganado su espacio en el ámbito no solo de la literatura infanto-juvenil, sino en toda la comunidad; y sigue buscando nuevos lectores y derroteros para construir memoria y ciudadanía.

Aborda el tema de la identidad, los derechos humanos y la desaparición de personas durante la última dictadura cívico-militar. Protagonizada por Camilo, un adolescente de 17 años que intenta reconstruir las piezas faltantes de un rompecabezas que el peso del dolor real de la historia ha escondido, pero que será revelado tras remover las ruinas de la memoria de un archivo familiar que pretendía mantenerlo oculto y en silencio.

El proyecto de la escritora empezó a tomar impulso en el año 2015, acompañada de las hermosas ideas sobre sistemas digitales que aportaba su hijo mayor, José Agustín Bialet D’Lucca, programador digital, quien no pudo finalizar este bosquejo debido a su lamentable ausencia física el año pasado. Este incidente doloroso fue lo que llevó a la escritora de “Si tu signo no es cáncer” (2004) a tomar la decisión de continuar con este trabajo, que prometía un gran enriquecimiento para los/las lectores/as. Quizás, como explica la propia Graciela Bialet, “la pandemia, la partida de Agustín, la demanda de lectura digital que requerían docentes y estudiantes, las interminables y penosas horas de duelo y cuarentena, me impulsaron a la tarea de concretar este proyecto en formato digital e interactivo”. Siguiendo sus palabras, interpretamos que fue la fuerza del amor, de ese amor puro que solo ella sabe dar, la sentencia que determinó que esto se llevara a cabo.

El nuevo proyecto es la respuesta que los lectores esperan recibir: al descargar el archivo, en formato PDF, se encontrarán con la novela, en su versión revisada y, además, un plus que Bialet ofrece: una guía con distintos caminos y herramientas interactivas para navegar en un mar de palabras, información y datos interesantes para comprender nuestro pasado a la luz de nuestro tiempo, pero desde otro lugar. Imágenes, documentos, fotografías, canciones, películas, cortometrajes, obras de arte, reflexiones, glosarios de palabras e hipervínculos con accesos directos (por ejemplo, a la Comisión Provincial de la Memoria de Córdoba o a la Asociación Madres y Abuelas de Plaza de Mayo). En la lectura únicamente basta prestar atención a las palabras subrayadas, a las cintas traslúcidas verdes, o tocar una foto o imagen, para unirse a un nuevo hipertexto. Esta labor es una hermosa posibilidad y responsabilidad para ayudar a las nuevas generaciones a construir la historia, pero también una ética de la memoria individual y colectiva, ya que es nuestra condición de existencia. La memoria es ese santuario que nos exige decir NUNCA MÁS.

Este trabajo también habilita y abre a otras discusiones, otros interrogantes que pueden rastrearse aquí y que podríamos llamar metatextuales: las nuevas formas de leer, los cambios aparejados que la cultura y las nuevas tecnologías acarrean también se hacen presentes con esta revolución digital; por ende, este giro cultural que introduce la ciencia nos obliga a pensar una nueva reorganización de la cultura escrita. Si bien el libro en papel y el digital coexistirán, hay que reflexionar sobre la transición que se está atravesando entre dar a leer en papel y dar a leer en medios digitales. Esta nueva forma de lectura implica un desafío para los cuales debemos estar atentos y receptivos.



Los mundos ficcionales narrados hoy se propagan por diversos medios. Las narrativas transmedia son un claro ejemplo de esto, ya que posibilitan la difusión narrativa al mismo tiempo que una interacción con el espectador. El modelo de “lector ideal” que guardábamos en nuestra memoria fue migrando con el paso del tiempo. Del lector grupal al lector individual y silencioso, hemos pasado al lector que interactúa con el objeto. Néstor García Canclini, reflexiona sobre estos cambios en “Lectores, espectadores e internautas” (2007), donde argumenta que “las pantallas de nuestro siglo también traen textos, y no podemos pensar su hegemonía como triunfo de las imágenes sobre la lectura. Pero es cierto que cambió el modo de leer. Se lee de otras maneras, por ejemplo, escribiendo y modificando”. Ellos/as (lectores) son espectadores e internautas a la vez, y en esa conjugación se amalgaman deseos, gustos y alianzas que se forman compartiendo la palabra en los espacios de la virtualidad. De allí la importancia de inmiscuirse y navegar por la obra de Graciela Bialet.

Un libro sincero, crudo y real que nos atrapa desde el primer instante y nos transporta a un espacio en el que se diluyen las esferas del tiempo. Una nueva propuesta que incita a derribar los muros de la distancia y de los niveles sociales en que nos encontramos; una manera de fortalecer una cultura más democrática y libre de la riqueza de la palabra y de la literatura. Una invitación que espera llegar a cada hogar, escuela y a cada rincón del mundo. Leer (o releer) “Los sapos de la memoria” significa recibir el antídoto para el cuerpo, pero también para el alma. Parafraseando a Bialet, lo que aquí importa es ser lectores en el soporte que nos sujete un buen libro. Por eso, todo lector o lectora que esté interesado por nuestra historia y por la literatura no puede escaparse de la lectura de esta novela.

Para Agustín Bialet D’Lucca, que era la luz, In Memoriam.

A Graciela, siempre.

Textos revisados:

Bialet, G. (2017). Prohibido leer: reflexiones en torno a la lectura, literatura y aculturación. Bs. As.: Aique.

Bialet, G. y Bialet, A. (2020). Los sapos de la memoria: libro interactivo digital de descarga libre y gratuita. Disponible en: https://www.gracielabialet.com/descarga-sapos-de-la-memoria

García Canclini, N. (2007). Lectores, espectadores e internautas. Barcelona: Gedisa.

(*) Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Hoy en Córdoba, lo publicamos con autorización del autor, al que le agradecemos profundamente.

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...