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martes, 10 de noviembre de 2020

Escribir en la infancia. Maestros de escritura

 

Por María Cristina Alonso

 En la soledad de una habitación un niño, una niña escriben. Cuentan cómo es el mundo que los rodea y al que recién comienzan a aventurarse. Dejan testimonio con frescura de recién llegado. Las escrituras infantiles que perduran por haberse publicado, en general, merodean el género del diario íntimo. El diario de vida es un refugio, un espacio donde se cuela la realidad  y donde  el escritor deja testimonio de las vicisitudes personales.


Ivonne Bordelois en un fascinante libro titulado La palabra amenazada escribe: “Nada más injusto que el nombre de in-fante, que significa que el niño no puede o no sabe hablar –como el soldado de infantería, llamado así porque carece de derecho a réplica. Todos sabemos que en innúmeros casos, es la frescura de una primera aproximación al lenguaje la que hace de los niños maestros del habla”.  Maestros del habla y, en muchos casos, maestros de escritura.

 A los 15 años, Arthur Rimbaud lee a escondidas de la madre Los miserables de Víctor Hugo y edita su primer poema “El aguinaldo de los huérfanos” en la revista “Revue pour tous” en enero de 1870. El poema habla de la tristeza de dos niños pequeños en una habitación fría el día de año nuevo. Se ha muerto la madre y evocan otros momentos del pasado en los que recibían juguetes y dulces. Es un poema triste. “Ya vuestro corazón lo entiende todo: /ellos no tienen madre./¡No hay una madre en casa y su padre está lejos!/ Una criada vieja se ha ocupado/ de los niños. Los pobres/ están solos en una estancia helada,/ huérfanos de cuatro años solamente,/ y he aquí que despierta/ en sus mentes un recuerdo alegre…”

 Carrera meteórica la de Arthur Rimbaud, una vida apasionada. A los 21 años da por finalizada su carrera de poeta y se convierte en traficante de armas, esclavos y marfil en el corazón de África.



Uvas amargas y cenizas 

Una niña de nueve años escribe en 1890 una novela en una libreta, con lápiz y con algunas faltas de ortografía. La titula The Young Visiters (Los jóvenes visitontos, lo escribe incorrectamente en inglés y esta es una traducción aproximada). Uno de los personajes dice “Sin ti, mi vida serán uvas amargas y cenizas”. El argumento se desgrana en torno a un triángulo amoroso en el que la niña ridiculiza a la aristocracia inglesa. La pequeña escritora se llama Daisy Ashford (Inglaterra 1871-1972), e inventa historias desde los cuatro años que, su padre, pasa en limpio respetando su peculiar gramática y su lenguaje. Es un relato cómico y agridulce. Les niñes tienen la capacidad de ser incisivos humoristas. Extrae sus argumentos de las novelas que sus hermanas dejan a mano. Y les pone su toque personal.

A los 14 años -en 1890- escribe su última obra, The Hangman’s Daughter, una historia de crímenes e identidades cambiadas. Después la internan en una escuela de monjas y deja sus cuadernos olvidados en la casa de la infancia.

 




Daisy no se dedicó a la escritura, se mudó a Londres y trabajó como secretaria hasta 1912, año en que murió su padre y tuvo que regresar al hogar para cuidar a la madre que murió en 1917. Al desmantelar la casa, Daisy encontró en un cajón lleno de polvo sus escritos infantiles. Por intermedio de una amiga llegó con el manuscrito a interesar a un editor y el libro Los jóvenes vistontes fue publicado en 1919. El famoso James Barrie, el autor de Peter Pan, escribió el prólogo. Obtuvo un éxito arrasador, se convirtió en una comedia musical y en una película.

En ese 1919, la gripe española hacía estragos y el público necesitaba un poco de humor. Lo dice el escritor y traductor Guillermo Piro en un artículo dedicado a la novela de Daisy: “A finales de 1919 nadie estaba de humor para grandes celebraciones. La I° Guerra Mundial y después la gripe española habían diezmado a la población y su capacidad de ver más allá de su propia tragedia. Hasta que una niña de nueve años recordó a todos los adultos lo estúpidos que eran, y con su inocencia, su candor, un sentido del humor endiablado, y un montón de faltas de ortografía publicó una novela, “Los jóvenes visitontes” que devolvió un poco de ligereza y felicidad a la vida.

 

Familia duarnte la gripe española, 1919


A pesar del éxito de su novela, Daisy no volvió a escribir. Intentó con una autobiografía, pero no pudo concretarla. La escritora había quedado en la infancia. Tuvo tiempo, hasta 1972 cuando murió a los 90 años, para recordar la época lejana en la que podía poner la lupa en el mundo que la rodeaba, descubrir lo que traman los adultos y además contarlo. Un tiempo en el que, la niña escritora aseguraba: “Me encantaban los días de lluvia porque eso significaba que me podía quedar en casa leyendo y escribiendo”.


Deseaba que no hubiera pianos en el mundo

Parecen ser los diarios, y no la ficción, el género que los niños y niñas prefieren. Un diario pensado como una especie de amigo invisible, alguien al que se le pone nombre, un lugar que es refugio y consuelo. 

Los niños y niñas que escriben diarios nos demuestran que esa inocencia que los adultos les atribuyen no es tan real. Que en la infancia se mira el entorno con más realismo del que puede suponerse y, al narrarlo, los pequeños escritores van dejando la marca de su mirada y su juicio al mundo adulto. 

¿Qué leemos en un diario íntimo? ¿Una obra de ficción, un testimonio, un documento escrito? Entre los géneros discursivos referenciales, en el que coinciden autor y narrador, el diario personal contiene anotaciones que se van haciendo a diario y que sitúan al autor en un determinado contexto histórico. 

Un diario de vida es un texto flexible, abierto a multiplicidad de discursos. En él tienen cabida dibujos, reflexiones, anécdotas cotidianas, fotos. Una manera de atrapar la vivencia que es tan frágil en la memoria y dejar testimonio de lo que se vive. 


“En la actualidad me levanto algo lento, ya que temprano hace bastante frío. Sin embargo, tenemos un mayo perfectamente verde. Si no fuera sordo, me levantaría temprano para escuchar al ruiseñor.” Escribe Otto van Eck a los 10 años en su diario, el más antiguo que se conoce escrito por un niño. Lo comenzó en 1790 y llegó a tener más de 1500 páginas, lo que lo convierte en el diario más completo escrito por un niño y que nos permite escuchar la voz de un chico del pasado, cuando la infancia no se pensaba como se la piensa ahora y los niños eran considerados adultos en miniatura.


Otto inició su diario a instancias de sus padres que pusieron en práctica una estrategia educativa de los pedagogos del siglo XVIII que recomendaba la escritura de un diario para acrecentar los conocimientos del niño y seguir de cerca su crecimiento. Por lo tanto Otto es un niño de la Ilustración, educado con las teorías pedagógicas de Rousseau.

 Sus padres esperaban escudriñar meticulosamente su educación a partir de esas páginas. El niño escribe sobre paseos a caballo, sus enojos con las hermanas menores y cuenta anécdotas, pero también nos informa extensamente sobre los progresos de su enfermedad.

Como todo niño, no puede ocultar su mal genio o sus comentarios desagradables. “Deseaba que no hubiera pianos en el mundo”, escribe en su diario cuando era obligado a repetir su práctica de piano. A pesar de ello, los críticos sostienen que el diario refleja el mundo optimista de la ilustración holandesa a través de los ojos de Otto. El diario se acaba en noviembre de 1797, cuando su salud empeora. Otto sufría de tisis y muere a los 18 años.

 Una chica de avanzada

 En ocasiones, la publicación del diario de un niño o joven a raíz  ocurre a raíz de su muerte. Es el caso del diario de  Marie Bashkirtseff (Imperio ruso 11 de noviembre de 1858 - París, 31 de octubre de 1884) que comenzó su diario a los 15 años y, cuyas 19.000 páginas fueron publicadas por su madre luego de su muerte por  tuberculosis, a  los 25. Fue pintora y escultora famosa. Su diario fue considerado un modelo en su género por Simone de Beauvoir. Una chica de avanzada para su época: “Lejos de querer ser un hombre estoy contenta con lo que soy. Mi manera de entender una mujer puede ser tan útil a su país y a la humanidad como un hombre, si solo hubiera (no hay) una diferencia en la educación. No puedo vivir ignorada y perdida en la multitud, tengo que distinguirme”, escribió Marie.

 

Su diario fue víctima de la censura de su madre. Retocó, edulcoró y suprimió pasajes –a su parecer- no eran convenientes para su reputación.

Aunque Marie llegó a exponer sus obras en el Salón de París y llevó una vida mundana, con viajes y visitas a estaciones termales cuando su salud comenzó a quebrantarse, no dejó de expresar sus ideas feministas: escribió artículos denunciado la discriminación que sufrían las mujeres a las que se le impedía formarse en L’Ecole des Beux-Arts.

 Después de la muerte de la madre pudo leerse el diario de Marie sin censuras. Sirvió de inspiración para otras escritoras que incursionaron en el género: Katerine Mansfield y Anais Nin.



Marie Bashkirtseff, En el estudio (1881). Bashkirtseff se ha retratado a sí misma como la figura central sentada en primer plano


Querida Kitty

Otra niña escritora tiene una vida breve. Mientras escribe su diario en “la casa de atrás” sueña con convertirse en escritora cuando termine la guerra, sin saber que ya lo es. Para que los abrumadores días pasen en el estrecho espacio que debe compartir con sus padres, hermana y una familia amiga, no deja de hacer observaciones sobre las relaciones cotidianas, la persecución a la que son sometidos los judíos durante el nazismo, las lecturas que hace, el despertar del amor adolescente, la esperanza de que algún día vuelva la paz. Una muchacha corriente que se convierte, sin saberlo, en la voz de seis millones de personas víctimas del Holocausto.

Es la mundialmente leída Ana Frank, que le escribe a Kitty, como llama a su diario. Lo hace durante el encierro voluntario para salvar la vida desde junio de 1942 hasta agosto de 1944, fecha en que los escondidos fueron detenidos y enviados a campos de concentración.

La niña pasó dos años escondida en el número 263 de la calle Prinsengracht, en Amsterdam. En extremas condiciones, con comida racionada y obligación de hacer silencio para no ser escuchada. En la parte delantera del edificio funcionaban las oficinas de la empresa donde trabajaba su padre, Otto Frank.



Los Frank eran una familia de comerciantes judíos alemanes que, con el triunfo del nazismo, habían emigrado a Amsterdam en 1933. Se creyeron seguros hasta que Hitler invadió Holanda. Todo lo va registrando la niña con precisión y conciencia de que está gestando un documento histórico. Desde las primeras restricciones hasta los acontecimientos que deciden desaparecer a la familia. 

“Querida Kitty- le cuenta Ana a su diario el jueves 9 de julio de 1942- Así anduvimos bajo la lluvia torrencial, papá, mamá y yo, cada cual con una cartera de colegio y una bolsa de la compra, cargadas hasta los topes con una mezcolanza de cosas. Los trabajadores que iban temprano a trabajar nos seguían con la mirada. En sus caras podía verse claramente que lamentaban no poder ofrecernos ningún transporte: la estrella amarilla que llevábamos era elocuente.
Solo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá empezaron a contarme poquito a poco el plan del escondite. Llevaban meses sacando de la casa la mayor cantidad posible de muebles y enseres, y habían decidido que entraríamos en la clandestinidad voluntariamente, el 16 de julio.”


Su diario, fue hallado por Miep Gies -secretaria de Otto Frank quien los asistió durante el encierro- después de que la Gestapo detuvo a los habitantes de la casa y se convirtió en testimonio contundente de uno de los horrores más insoportables del siglo 20.

 

Te hablo de la guerra

 

La guerra es un suceso incomprensible, aún para los adultos que sabemos de cuánta crueldad es capaz el ser humano. Por eso los que más sufren en las guerras son los niños y niñas que deben atravesarlas. El sitio de Sarajevo fue uno de los más prolongados en la historia de la guerra moderna. Duró desde el 5 de abril de 1992 hasta el 29 de febrero de 1996, durante la guerra de Bosnia y Herzegovina cuando se desintegró la ex Yugoslavia.


Desde las colinas, una lluvia de fuego se batió sobre Sarajevo, los  francotiradores tomaron la ciudad y la vida se tornó insoportable.

 Zlata Filipovic (Sarajevo, 1980) había leído el diario de Ana Frank, tenía 12 años, y escribía en el suyo la vida cotidiana de una adolescente que va a la escuela, toma vacaciones con su familia, se encuentra con amigas.

 Pero de pronto la guerra irrumpe en su diario sin pedir permiso. El miércoles 23 de octubre de 1991 escribe: “En Dubrovnik ha estallado la guerra. Terribles bombardeos. La gente están en refugios, sin agua, sin luz. El teléfono está cortado. En la tele se ven imágenes horribles.”

 Escribir es el acto organizador en la vida de la adolescente. Y, al cabo de varias entradas, así como Ana llama a su diario Kitty, Zlata,  le escribe a Mimmy: “Dear Mimmy: ¿Recuerdas el 2 de mayo de 1992, el día más infernal de esta vida miserable? A menudo me digo que seguramente no era el día más duro sino el primero, el primero verdaderamente duro, y por eso lo recuerdo como el peor. No logro expulsar de mi cabeza el hedor del sótano, el hambre, los cristales que saltaban en pedazos por los obuses. Estuvimos doce horas sin comer ni beber; pero lo peor era el miedo, tener que permanecer pegados en un rincón del sótano si saber lo que iba a suceder.” Y más adelante, en ese diálogo que va trazando la escritura, el diario es interpelado y se convierte en refugio, en el lugar donde los acontecimientos del mundo se hacen propios: “Dear Mimmy, Yo no te hablo nunca de mí. Te hablo de la guerra, de la muerte, de las heridas, de obuses, de penas Y TRISTEZAS. Casi todos mis amigos se han ido. Pero incluso, si estuvieran aquí, ¿quién sabe si podríamos vernos? El teléfono no funciona, ni siquiera podríamos hablarnos.”




Zlata reflexiona y se sabe testigo de un acontecimiento y, en su registro diario se vuelve una crítica notable: “He vuelto a ver el mercado al ir a clase de música. A Sarajevo no le falta nada. La gente vende de todo para poder comer. No está bien robar cosas, pero todavía peor venderlas a cambio de divisas fuertes…Y hay que ver lo que comemos. Cuando se tiene hambre, vale todo. ¿Cómo vas a comprar un huevo que vale 5 marcos alemanes, o el chocolate a 20 marcos, las galletas a 40 marcos, el café a 120 marcos, etc? ¿Quién puede pagar eso? La gente común como nosotros, no. La gente común, como nosotros recibe un paquete, y ahora, para SOBREVIVIR se cultivan verduras donde y como sea. Las ventanas y los balcones se han convertido en huertas. En lugar de flores crecen lechugas, cebollas, perejil, zanahorias, remolachas, tomates y no sé cuántas cosas más.” 

El diario de Zlata comenzó a circular en fotocopias puesto que muchos consideraron que era un testimonio importante para que el mundo conociera lo que estaba sucediendo en las Balcanes. La prensa internacional lo difundió e interesó a una editorial francesa que lo publicó. Zlata junto a su familia, fue refugiada en París, a finales de 1993 con la ayuda de las fuerzas de la ONU y de las autoridades francesas gracias a la popularidad obtenida por su diario. 



“Ayer vino un equipo de la televisión canadiense con Janine para ver cómo aguantábamos esta locura de los bombardeos. Un hermoso gesto. Humano.(…) Y cuando vimos a Janine con los brazos cargados de provisiones, estallamos en sollozos. La gente humanitaria se preocupa por nosotros, piensa en nosotros, y gente inhumana quiere destruirnos. ¿Por qué? Siempre me hago la misma pregunta. ¿Por qué?” 

Voy a poner todas las órdenes que se han dado 

Una niña chilena, Francisca Márquez de 12 años también lleva un diario cuando Pinochet da el golpe de estado contra la Unidad Popular y sume a su país en un despiadado régimen militar. Se publicó recién en 2019. 

Así cuenta Francisca en su diario ese 11 de septiembre de 1973: 

"Son las 11:45 am. El ejército, la marina y la aviación han decidido echar a (Salvador) Allende y a sus ministros. Allende está en La Moneda y el ejército, la marina y la aviación le dijeron a Allende que se rindiera porque, si no se rendía, iban a atacar por tierra y por aire. Resultado: Allende no se rindió y bombardearon La Moneda". Y continúa: “"No he podido saber nada más porque por la radio no dicen mucho. En mi calle, todas las casas pusieron una bandera chilena en la ventana. Y unas personas sacaron una mesa para la calle. Y empezaron a dar café. En la esquina viven unos UP (Unidad Popular) y su casa está llena de personas UP. Ahora tenemos un nuevo gobierno. Junta militar de gobierno. Espero que todo llegue a ser como antes".




El diario de Francisca tuvo que esperar 46 años para salir a la luz cuando su autora, la antropóloga y académica de la Universidad Alberto Hurtado decidió publicar los textos que escribió desde agosto de 1973.

Entre dibujos, recortes de revistas y papeles de golosinas Francisca, va relatando los acontecimientos que terminaron con el derrocamiento de Salvador Allende y la instauración de un régimen de terror.




El relato escrito ese 11 de septiembre continúa así:

“Parece que el incendio en La Moneda es inmenso, porque desde mi ventana se ve el humo. El papá cree que Allende y sus ministros iniciaron el incendio y así pudieron arrancar por algún túnel secreto.

Voy a poner todas las órdenes que se han dado por el nuevo gobierno.

1. Está prohibido salir a la calle en grupos. A todos los que no obedezcan se les disparará.

2. No se podrá salir a la calle a partir de las tres de la tarde.

3. Los trabajadores no deben abandonar su trabajo. Se castigará al que lo haga.

4. Todos los extranjeros que estén ahí y no tengan sus papeles en orden deben presentarse en una comisaría.

5. No se deben hacer manifestaciones como: poner banderas en las ventanas, gritar en las calles, etc.

6. Prohibido portar armas de cualquier tipo.

7. Hay que quedarse en sus casas calmados y dejar que la Aviación, Marina y Ejército actúen.

8. Antes de las seis de la tarde deben estar todos los trabajadores, obreros o profesionales en sus casas.

Todo es bastante espantoso porque los bombardeos, los disparos y los aviones pasan a cada rato, igual el helicóptero.

A mí me da pena que maten o destierren a Allende, él pensaba solo en lo mejor para los pobres. Yo creo que Allende es bueno, y que puede pensar lo que quiere y hizo lo que creía mejor para Chile.”

 

Maestros del habla, como señala Bordelois, las escrituras infantiles desnudan un mundo que a veces, los adultos, no queremos ver.

 

 

 




sábado, 31 de octubre de 2020

“El cancionero para adultos de María Elena Walsh”

 


                        

 por Adrián Ferrero

 

     Si tuviera que definir en unas pocas palabras de qué modo asisto como lector a este conjunto de piezas que leo (y no escucho), para el presente caso, como composiciones escritas, diría que se trata de producciones con un alto voltaje crítico respecto de la hipocresía, la doble moral, el autoritarismo, el machismo, la frivolidad, las ensoñaciones nostálgicas de ciertas mujeres cautivas del relato de un amor imposible, la rebelión contra las fuerzas de seguridad y su prepotencia, el desenmascaramiento de la avaricia, la denuncia irónica de la dominación del capital y sus agentes como vigorosos dictadores de la época contemporánea, las tramas del dolor social en todas sus facetas. Y, a cambio, una encendida defensa del pacifismo, la libertad de expresión, la realización de las personas, el encuentro entre semejantes desde la solidaridad, la posibilidad de construcción de un mundo cuyos conflictos puedan ser dirimidos según palabras y, como para cerrar, diría que proponen un ideal humanista de valores éticos en los cuales, de ser transgredidos, deberían ser sancionados (en términos ideales), por la comunidad o por la ley.

     El cancionero tiene una estructura tripartita que no respetaré linealmente para su análisis pero sí explicitaré. La primera, “Juguemos en el mundo”. La segunda, “Cancionero contra el mal de ojo” y, para cerrar, “Los sonidos del Nuevo Mundo”: Si bien guardan una cierta unidad temática, María Elena Walsh tiende a reincidir en torno de varios núcleos semánticos. A incorporar otros nuevos que sí comentaré. Y finalmente hay una unidad de tono que principalmente desde lo ideológico resulta incontestable. La edición que manejo es la primera de 2004 que reúne a los poemas y canciones en un mismo volumen, lo que ya otorga desde el principio una similar jerarquía estética a ambas manifestaciones verbales de expresión. Si tenemos en cuenta que se trata de artes distintas (la escritura literaria, la música), que esto suceda resulta de naturaleza excepcional. Porque es el indicio de que la autora o cantautora (según cómo se mire) ha  puesto similar atención cuidadosa además de similar talento en ambas clases de prácticas sociales. Si una está hecha para la soledad o, a lo sumo, la recitación o la lectura entre unas pocas personas, la otra está pensada para shows o grabaciones de cualquier clase de registro, de modo que los contextos dentro de los cuales ambas se sitúan así como se perciben sensorialmente y, por lo tanto,  se vuelven inteligibles, son radicalmente distintos.

     Las canciones son sin embargo en otros casos celebratorias de personalidades. Tal el caso de compositores, como J. S. Bach o bien Ravel. En otros se celebran países por las deudas culturales que el yo lírico (por llamarlo en un sentido más o menos estricto), declara mantener para con ellos. Así Francia, y concretamente París, es un espacio al que se regresa como un ámbito (que ya Walsh ha reconocido como fundamental en su educación), pero también España, en una canción puntual en un viaje por sus ciudades más importantes que se pone de manifiesto en un recorrido por los hitos de su geografía urbana. La misma Buenos Aires, se ve de modo permanente exaltada como el espacio en el que suceden y le han sucedido cosas al yo lírico de naturaleza crucial. Algunas de ellas narran capítulos políticos, con espacios emblemáticos como la Plaza de Mayo, pero también está la calle Corrientes como lugar de esparcimiento o bien de descubrimientos estéticos no solo ligada a los libros sino también a espectáculos.

     La reivindicación de la mujer se da en múltiples instancias, defensa de principios y libertades que no es nueva en Walsh sino que es un leitmotiv en toda su poética. Desde el padre machista azorado porque su hija un día irrumpe al llegar del colegio pronunciando ciertas palabras para él tabú. La presencia de la mujer feminista que se presenta como una amenaza desafiante frente al varón quien, al contemplarla en una avanza para él fuera de lugar, pretende desautorizarla y con prepotencia acallarla. Esa posición despectiva no hace sino azuzar aún más a la feminista que encuentra en la voz de Walsh el perfecto fraseo para dar en el blanco con palabras certeras, en contestación a las acusatorias de las que se hace blanco al yo líroco. El poema no hace sino poner en escena, en el teatro de la canción, la conflictividad social que se manifiesta en una esgrima verbal frente a la cual el yo lírico se muestra valiente pero también se muestra con un fuerte sentido de determinación y de perspicacia.



     La clandestinidad de los más jóvenes, que no encuentran un espacio en el que ejercer libremente su sexualidad, más que en ascensores, debajo de puentes, plazas, siempre a la intemperie, a las escondidas cuando sus padres no están presentes, en fin, un dilema que durante la adolescencia tiende a ocurrir con frecuencia. Las personas, a esa edad,  gozan de la libertad de elegir compañeros y compañeras bien parejas pero no la de libremente gozar de su cuerpo. Este capítulo por supuesto lo estoy refiriendo a la época en que Walsh la escribió canción. Hay que tener en cuenta que todo cuanto aborde en el presente artículo en lo relativo a los cuadros de costumbres ha de ser puesto en el contexto de su tiempo histórico, que en el  presente ha radicalmente superado sus premisas porque la sociedad ha ganado en conquistas en lo que hace a la libertad pero también en lo que hace a lo permisivo y a la rebelión. Las nuevas ideologías sociales que han ido ganando terreno dejan a las piezas de Walsh no diría en un estadio anacrónico, pero sí en ciertos casos como parte de una vigencia relativa. En su teatro narran momentos que se han transformado incluso de modo radical. De solo pensar que en universo virtual por entonces no era ni siquiera una sospecha, fácil resulta inferir el salto que supone para una sociedad pasar de un paradigma a otro en el que muchas otras cosas han cambiado, no solo el universo digital. Pero son tan perfectas las letras y dan cuenta de circunstancias tan cotidianas que analógicamente pueden ser atribuidas a nuevas escenas bajo otros términos que mantienen ese mismo espíritu. Quiero decir: hay un rasgo que tiene que ver con lo universal propio de la poética de Walsh que la hace atravesar temporalidades y costumbres, ideologías y conquistas. Es aquello que de inamovible se mantiene en cualquier poema sea leído en la época en que ello tenga lugar. A nadie se le podría ocurrir decir que los poemas de Quevedo, por ejemplo, han perdido vigencia. Simplemente porque lo que vale para ellos es el componente estético, no su dimensión verosímil.

     Otra constante del cancionero es el de las personalidades que tienen una cara pública decente pero que a espaldas de la sociedad desmienten cada uno de los actos virtuosos o su escala axiológicamente connotada de modo positivo. Esta paradoja siembra de sospechas a lo que la sociedad inviste como respetable de lo que efectivamente lo es o finge serlo. Especialmente en lo relativo a la religión este punto es un letimotiv. Personas que se manifestaban devotas pero que encubren rasgos de personalidad profundamente retrógradas y, en ocasiones, hasta inmorales. Padres de familia que dejan embarazadas a jovencitas por cuyos hijos damas de beneficencia de su propia familia luego deben velar.

     Hay una canción fechada en 1972 en Hanoi, de evidente apología del pacifismo, sobre la guerra de Vietnam, en una dedicatoria que evoca un capítulo trágico de la Historia del mundo en la cual también el imperialismo se vio involucrado con el enfrentamiento bélico que fue, en verdad, su origen. La canción es desoladora: un campo de batalla con objetos desordenados, las lágrimas silenciosas de las madres, el sonido de las armas, el campo destrozado por las bombas. El clima, sin ser patético, sí resulta emotivamente desconsolador. Esta circunstancia muestra a un Walsh que incorpora a la conflictividad de lo político incluso internacional hacia el centro de su poética musical.

     Y junto a todo esta panorama de seres indeseables o bien ideológicamente o bien éticamente  (si bien ambas dimensiones siempre se tocan) está la canción “Las aguasvivas”, que constituyen una figuración de esas típicas personas que rigen su conducta según la conveniencia, la posibilidad que tienen de escalar o trepar en su trabajo o en la sociedad, que no tienen convicciones profundas que defender ni por las que regirse, no responden ni respetan ideales, a las que no las guía la valentía, sino que se dejan llevar. Se dejan llevar para donde las conduce el provecho personal. Pero están dispuestas, ante la menor amenaza, a atacar y despedazar a quien atente contra su bienestar interesado. “Las aguasvivas” viene a hacer contrapunto con la biografía íntegra de Walsh, que se ha guiado históricamente por posiciones combativas, por un lado. Por el otro, por rechazar toda forma de indiferencia o, peor aún, connivencia con el poder, por considerarlas de nula dignidad. Y precisamente “Las aguasvivas” deviene la cara opositora que Walsh condena en la mayoría de sus canciones en el prójimo que en una dimensión que considera inaceptable. La poética de Walsh es la del riesgo. Pero no la del riesgo como meta para una marca sino la del riesgo para posibilidad de alcanzar una dignidad mayor para la condición humana.

     Agregaría que hay toda una serie de canciones que pintan escenas o bien costumbres de los tiempos en que el yo lírico era joven o adolescente y asistía a reuniones sociales o bien espectáculos que han desaparecido. La orquesta de señoritas, típica durante una etapa de la vida musical sobre todo de Buenos Aires, un grupo de mujeres interpretando obras, es una estampa que no por perdida deja de ser menos vívida en los versos de María Elena Walsh. También la ceremonia del té y de los primeros bailes o aquellos iniciáticos cantantes d jazz o melódicos especialmente estadounidenses de los años ’50.

     Viento Sur” es una composición que merece ser destacada de todo el resto porque diera la impresión de que estuviera pensada para ser recitada más que para ser interpretada como canción (así lo ha hecho Mercedes Sosa en sus shows, declamándola) en virtud de su forma y su distribución tipográfica en la página más en prosa o verso libre. No tiene estrofas sino párrafos. Si bien entre cada párrafo hay blancos tipográficos, no menos cierto es que salta a la vista que su verdadera melodía es la sonoridad de sus palabras, luego devenidas significado y sentido en la lectura. Se trata de una pieza que alude a lo terrible que puede suceder o está sucediendo en una sociedad arrasada por la banalidad, la tragedia, la nostalgia, las ausencias, los medios de comunicación que incomunican, la masificación en la vida moderna, en tanto sin embargo a esas escenas amargas se les contrapone una “estación claridad” a la que “vamos llegando”. Un destino que sin ser idealizado sí se presiente como más habitable pero sobre todo como uno de naturaleza éticamente más digna. Una canción con sinsabores, pero llena de contenido. Y que se manifiesta con fe en el porvenir. De ese dramatismo en el que el yo lírico y un nosotros inclusivo se hallan, es posible encontrar salidas alternativas que mediante la unión y la solidaridad entre conciudadanos o bien seres humanos a secas permitan asistir a un espacio y a una sociedad, por un lado, con más concordia. También en la que una cierta falta de sensatez evite hacer “perder el juicio” al punto de que las prioridades que hacen destacar éticamente a la especie  humana empalidecen. Por otro lado, la posibilidad de alcanzar una vida más armónica y más en consonancia con la naturaleza. Un optimismo nostálgico y doloroso se apodera del yo lírico. Constituye una narrativa del dolor y de la fragilidad de valores de una sociedad, avasallada por tiempos adversos. Pero ese “vamos llegando” es el veredicto de un yo lírico que de modo descriptivo narra un destino exitoso.



     Hay en María Elena Walsh un profundo respeto por toda la pluralidad de lo que significa su país y el mundo. Quiero decir: no se muestra despectiva ni de idiomas ni de toponimias sino, eso sí, de ideologías que considera nocivas para lo que ha sido la Historia de la Humanidad. Y la Historia de su nación en particular. Este cosmpolitismo de Walsh se advierte en el tipo de composición que elige para su cancionero (en ocasiones de origen español), en otros por sus contenidos exaltando, como dije, espacios extranjeros, en otros recupera de su formación producto de viajes un encuentro entre culturas e idiomas que le han brindado la posibilidad del acceso a estadios de la civilización para estar a la avanzada. Walsh no se muestra despectiva con Argentina. Sí se muestra descorazonada frente a capítulos de nuestra Historia o frente a ciertos prototipos de personajes que deambulan sobre todo  por la ciudad y que son profundamente dañinos.

     De María Elena Walsh admira todo lo que no ha callado junto con lo que dice en sus canciones. Su enorme capacidad de observación, de detección  de fenómenos sociales que permanecían velados por la invisibilidad propia de la costumbre, la taimada maldad encubierta por detrás incluso de gestos que parecían heroicos, lo que cierta belleza afectada disimula por detrás En  particular acentuaría el modo como traduce en canción, mediante operaciones de condensación, escenas que han sido altamente destructivas para la Historia del mundo (de Vietnam a la conquista americana, de las dictaduras a la violencia contra la mujer), lo han sido o siguen siendo para la sociedad aún de nuestros días. ¿Podría postularse un universal que atraviesa tiempos y espacios según el cual estas canciones compuestas hace ya tantos años prosiguen en una vigencia en curso en la crítica de costumbres? A mi juicio así es. Las escenografías han mutado. Los espacios han cambiado. Pero resulta evidente que al menos en ciertas zonas de Occidente las ideologías sociales emergen como perennes, pese a los aires nuevos. Por otra parte, las emociones de la condición humana de modo esencial son inmovibles. Particularmente en su dimensión ético/política.

     Hay composiciones sobre objetos primordiales para la vida de las personas, como la sábana y el mantel, ambos lienzos que si uno los tiene se cargan de una potente historia personal, privada, pero si faltan, en la distancia o por carencia, se vuelven objetos que se añoran y se echan de menos al punto de que esa pérdida o esa falta son ocasión de incluso de orfandad. En cambio, en posesión de sus dueños, se transforman en objetos preciosos y preciados, de naturaleza elemental, lo que también confiere dignidad. O acaso cuando son facilitados por alguien que generosamente los brinda también cobran un valor superlativo.

     Están las referencias a la conquista de América y a Fray Bartolomé de las Casas, quien denunció incendios, masacres y violaciones hacia los pueblos originarios. Esta vehemente defensa de María Elena Walsh de presencias españolas en disonancia con las de la metrópoli imperial de naturaleza inescrupulosa no hacen sino ser el indicio de que no se trata de una artista que generaliza o universaliza a toda la raza humana con motivo de que un grupo de bárbaros abusara de un territorio inerme, saqueándolo y siendo destructivos con sus habitantes, sino que destaca con énfasis la de quienes fueron dignamente personalidades que llegaron a ser opositores a sus propias naciones. Los disidentes no dudaron ni en denunciar ni en dejar valioso testimonio escrito de su posición disonante que discrepaba con la oficial.

 


    Más allá de estas notas dramáticas, algunas de las cuales acabo de enumerar, tampoco podía estar ausente junto con la tragedia, la cotidianidad de la vida social tal como es manipulada con malicia. La chismosa, en “Lengua filosa”, por detrás de los postigos está atenta a los sucesos del barrio para luego propagarlos, defendiéndose hasta con cierto orgullo envilecido, porque la profesión de dar a conocer lo que se ha visto de modo constatable a su juicio merece ser puesto en conocimiento de sus conciudadanos. Adoptando como derecho legítimo el manipular la vida privada de las personas. Este acto indefendible, lo sabemos, suele provocar graves daños a las personas, afectando una reputación en la que muchas de ellas se sienten heridas u otras simplemente ignoran, según los casos. Pero que pone en evidencia la curiosidad malsana por la vida ajena en su aspecto personal.

     El amor tampoco se sustrae a hacer acto de presencia en estas páginas. Así como el deseo de los adolescentes los hacía buscar espacios que les permitieran ejercer su sexualidad libremente, el amor de la adultez se manifiesta de diversas formas. Por un lado, está el amor desdichado, el de la muchacha que se casa con el hombre dominador que poco margen de libertad le deja, en una domesticidad que lentamente la marchita. Por otro lado, está el caso del amor de quien pretende a jovencitas pero es un hombre ya mayor que bien haría en irse a la cama con bolsa de agua caliente y alcanfor (como afirma la canción). Está el amor del Don Juan, acumulativo, que hace acopio de conquistas, en muchos casos razón de desdichas. Está el amor del hermafrodita, que posee ambos atributos y ni siquiera en el cielo se sabrá de qué modo asignarle un lugar o un espacio para su descanso definitivo, tal como lo indica la canción. Y está el amor en el cual hay plenitud porque hay equidad sin necesidad de represiones ni de prohibiciones ni pulseadas por el poder. Tampoco competencias.

     No quisiera dejar por fuera del repaso del contenido del libro el agradecimiento o, en todo caso, la gratitud. En efecto, “El buen modo” da cuenta de todas aquellas personas que en circunstancias de sed, de un techo cuando se estaba a la intemperie, en ocasión del hambre o el desasosiego apenado acompañaron al yo lírico, le brindaron lo que necesitaba para satisfacer sus necesidades más ingentes. Y la generosidad es celebrada con un canto que restituye a esas personas anónimas la gratitud y reconoce su desprendimiento pero también su grandeza.

     La crítica a la situación de la mujer también está presente en la canción “Requiem de madre”, en la que un ama de casa fregona explica a su familia apenada por su partida y al oyente en general que adonde se dirige, a punto de morir, ya no estará consagrada a los obligatorios quehaceres del hogar, de una circularidad paralizante de la que ahora quedará exenta. Entre esta ausencia de creatividad producto de la esclavitud y la posibilidad de un descanso celestial en el cual ella promete la salvación a sus rutinas de mujer producto de una época pero contra las que tampoco se ha rebelado, sí se presenta ahora un destino culminante de orden reparador.

     El punto de giro de las canciones de María Elena Walsh lo da, por un lado, el voceo. Por el otro, que echan por tierra con toda forma de solemnidad que se pretenda rastrear en ellos. Más bien se trata de composiciones que están a la mano para comprobar que un discurso crítico desde la canción popular en torno de varios ejes sémicos es posible sin caer en el panfleto. Y que más bien se trata de composiciones que desde la creación talentosa, desde la singularidad de la invención se concentran en el buen modo de dar cauce a una serie de componentes ideológicos que no comprometen a la forma artística. Cada canción es un fragmento de belleza. Para algunos será simplista, porque no acude a formas cultas o a una elaboración en la construcción verbal llena de tropos excesivamente complejos o sofisticados. Sin embargo, hay humor aquí, hay ocurrencia, hay perspicacia, hay capacidad de observación, hay inteligencia, hay atributos en profundamente inventivos y expresivos. Si tenemos en cuenta, por otra parte, que mi lectura consiste simplemente en la de las letras, estamos atentos tan solo a una  de la mitad de estas creaciones. Han sido concebidas para ser interpretadas acompañadas de música, no leídas como poemas. Pese a ello, sobreviven a esa condición de mitades bajo una condición estética que las hace devenir piezas poéticas.

     Hay en estas canciones por supuesto estribillos, como no podía ser de otra manera. Y la rima ocupa un lugar fundamental, además de que lo formal completa una construcción rigurosa a la que la palabra se ajusta. No se trata de obras carentes de toda estructura sino que esa estructura es algo primordial en el trabajo con el lenguaje según cierta clase de género musical por dentro del cual la letra se encauza.



     Y en lo que sí quisiera poner el acento es que de las canciones surgen ideas. De una variedad de registros notables nacen ideologías plasmadas en creaciones que no buscan demostrar, no convencer mediante tesis a priori,  sino más bien sí ser un canal a la libertad de expresión. María Elena Walsh en todo su magnífico esplendor devela esta faceta compositiva en la cual debe tener en cuenta a la hora de escribir también al componente fónico de una melodía. Lo logra con creces porque logra independizar al uno de la otra.

     Con cada una de estas piezas Walsh de modo revelador radiografía alguna propiedad de la sociedad argentina a propósito de la cual su lírica musical busca tomar partido. No se trata de una compositora que se mantenga al margen del tiempo histórico en el que escribe sino que está sumida su poética en una política que defiende para que, desde la palabra, afecte un statu quo que está claro no aprueba. María Elena Walsh sale al ruedo como agente activo, interviene con sus creaciones en el orden de lo real bajo distintas formas poniendo en acento además de el énfasis fónico en determinados momentos de la Historia o tramas sociales. Sobre el escenario. En álbumes. En grabaciones. Y puede circular libremente mediante los medios de reproducción sonora como la radio, la TV o según los más recientes de la tecnología virtual o digital. En tanto que figura pública sus intervenciones resultan poderosas a mi juicio. Que una creadora haya tenido la valentía de pronunciarse sobre temas erizados de complejidad, con la ductilidad estética y la altura cívica y ética con que lo hizo, con la desenvoltura que le confirieron sus dotes, me parece todo ello admirable, acudiendo a formas populares, sin hermetismos y sin imposturas. Da gusto leer este cancionero para adultos como un genial tránsito a todo lo largo de un libro de poesía. Se disfruta desde la capacidad inductora de belleza. Pero también condensa, bajo la forma de una síntesis, ciertas problemáticas sobre todo sociales de nuestro tiempo histórico, bajo los términos en que mujer de su edad supo responder a ellas desde la discrepancia o desde la adhesión. Pese a que fueron escritos en la segunda mitad de siglo XX en su mayoría, haber puesto en diálogo todo un arco de dilemas, conflictos, paradojas, delitos, una memoria del mundo, plasmándolas en el discurso lírico de la canción popular no hacen sino confirmar que, también por otros medios, supo conciliar convicción y  coherencia. De modo magistral.

domingo, 18 de octubre de 2020

“Fantasmas en el parque: la última novela de María Elena Walsh”

 


 por Adrián Ferrero

 

     Para quienes no estén familiarizados con la vida y la obra de la argentina María Elena Walsh (Bs. As., 1930-2011), circunstancia que no suele ser habitual, conviene hacer un somero repaso de algunas de sus múltiples facetas. En especial, antes de formular una lectura de Fantasmas en el parque (2008), la última novela que escribió antes de fallecer, a la que puso el punto final el 22 de noviembre de 2007. Porque en este caso no se trata exclusivamente de una escritora (lo que supone una serie de repercusiones no sólo en su imagen pública sino en la escritura misma). Hay una serie  de oficios o prácticas sociales en simultáneo que María Elena Walsh ejerció y entiendo también generan tensiones en el corazón de su poética. Intérprete, compositora, escritora de poemas para adultos y niños, musicóloga, arregladora, guionista, viajera incansable, periodista, traductora, conductora de programas de TV, con participación en films, ha ejercido todos estos trabajos (lo que aparentemente constituye una desmesura) con rigor, idoneidad  y una radical creatividad.



     No obstante, sus máximos esfuerzos estuvieron consagrados a la producción o recopilación de canciones y cuentos para niños, lo que produjo e introdujo un movimiento de renovación de tal envergadura en el seno de la cultura argentina que se recuerda como inédito. En especial teniendo en cuenta que se trataba de un público tan desatendido como subestimado. ¿qué podía esperarse de alguien consagrado a los “géneros menores”? ¿qué sumaba Walsh a esas rimas fáciles y esas moralejas edificantes, simplistas y aleccionadoras? ¿qué se podía esperar de una mujer artista de novedoso por entonces? Pues, precisamente, un incansable afán lúdico, un absurdismo cuyo nonsense provenía por ejemplo de Lewis Carroll, las nursery rhymes británicas u otras zonas de la tradición del juego verbal que ella supo traducir en una poética singular..

      El presente volumen, bastante peculiar si atendemos a alguna tipología en la cual procurar encuadrarlo, resulta complejo. En primer lugar porque por él desfilan tanto personajes de existencia constatable cuanto ficticios, episodios o anecdotarios evocados que se recuperan como una forma, acaso esforzada, de restituir significados y afectos que parecieran haberse diluido. En especial en una temporalidad en la que la enfermedad, las limitaciones físicas, la mayoría de edad y los malestares, inevitablemente nos confinan más a evocar que a generar o embarcarnos en iniciativas con proyección de futuro o que induzcan a nuevos desafíos.

     Ese movimiento retrospectivo se evidencia en el libro, donde si bien coexisten diversas y simultáneas temporalidades, es cierto que el rasgo definitorio de su poética se confina a un pasado que ya no se recuperará (pero sí en ocasiones se recompone) y que, en carácter de tal, si bien no se manifiesta bajo la forma del duelo, sí lo hace con una cierta mirada nostálgica. Esto es: hay una condición a la cual el sujeto de la enunciación deberá resignarse y ello genera un persistente aire desencantado. Pero sigue habiendo no obstante vitalidad, incluso en el modo de recordar.

     Lo cierto es que, como afirmábamos, María Elena Walsh elige dos tiempos dominantes, o varios, en todo caso. El tiempo presente, de la enunciación, donde mantiene diálogos ocasionales o deliberados, triviales o profundos, con personas de su círculo de amistades y afectos o bien con circunstanciales interlocutores que pretenden desde un autógrafo, una fotografía que rubrique el encuentro, hasta vendedores ambulantes de toda clase. Entre estos distintos matices naturalmente la invitación a reaccionar frente a ellas es muy diversa. Y no siempre de naturaleza simpática.  

     Ese parque, que como parque es un lugar público, fresco y permeable a la diversidad (como una biblioteca o una enciclopedia lo son en un sentido muy distinto), le sirve a Walsh para exhibir el deterioro de un universo ligado al eje de la exploración, del ocio, del descanso y la plenitud del contacto con la naturaleza en pleno marco urbano, que evidentemente experimenta de modo algo hostil pero que al mismo tiempo es la toponimia por excelencia del descanso. Procura entonces buscar mojones que le permitan escapar de ese encierro que también es encierro creativo. La autora insiste en la cantidad de perros y deposiciones que pueblan el césped, los vagabundos y pordioseros que mendigan monedas o comida, turistas que invasivamente aspiran a apoderarse con egoísmo de un lugar que deberían compartir y no pretender tomar por asalto, gente que tritura su salud con desperdicios. Como vemos, el espectáculo del mundo no deja de resultarle sorprendentemente ingrato y, en un punto, la irrita. Por otra parte, hay una particularidad: el parque adopta los matices de “un solárium”, como ella afirma. En efecto: hay hombres y mujeres que, por ejemplo, se asolean, untados en bronceador. Esta circunstancia mestiza el espacio y lo confunde al tiempo que lo degrada. Un parque es un lugar al que se va a pasear (sobre todo), no al que se va a exhibir el cuerpo en traje de baño. María Elena Walsh asiste a este espectáculo como si algo estuviera fuera de su sitio o fuera impertinente. Y también está la mirada del testigo que presta atención a este panorama con un cierto escándalo porque no admite el desvío a costumbres civilizadas que se transgreden. Sin poder naturalizar una situación a la que no asiente por sus modales.




      Entre ese presente del parque (al que, no obstante, se sigue asistiendo a tomar sol y hablar con amigas o amigos o conocidos sentada en un banco), se cuela la temporalidad pasada de encuentros, amores fugaces o de largo aliento, triunfos profesionales, retratos de personas famosas o célebres, en general ligadas a la república de las letras porteñas.

      Y entre relatos, diálogos, jirones de la memoria, productos de un montaje diestramente manejado, Walsh intercala fragmentos de textos literarios ajenos que “vienen a cuento”: de escritores norteamericanos, pero también de Marcel Proust o del distante Heródoto. Una “Agenda”, fragmentos de textos íntimos, citas de poemas, letras de canciones (por ejemplo de tangos), de conversaciones, entre otros.

    Topográficamente el texto se distancia o se aproxima con la presencia o ausencia de cursivas paratextuales que son indicativas de que la narración deja espacios a algún fragmento incidental, que se cuela en el largo derrotero del aliento narrativo: un sueño, una nota de diario, una anécdota o frase recuperada. Si cupiera una definición.

     Sin ser lapidaria, diría que Walsh sí juzga con severidad a figuras cuya sombra gravitaron en su vida o su carrera profesional, siendo selectiva, y planteando atributos (no siempre axiológicamente connotados de modo positivo) de varones o mujeres que intervinieron o frecuentó en alguna clase de carácter durante su vida.

     Hay una afinidad innegable con la bohemia citadina de los años cincuenta, sesenta y setenta, donde se menciona la ausencia de privilegios de cuna pero una sólida formación como autodidacta humanista y de asistencia a las Escuela Nacional de Bellas Artes.

      Feroz a la hora de asirse a un detalle que descompone a una mujer o a un varón hasta la cursilería o el ridículo, diera la sensación de que busca más la comicidad y el absurdo de ciertos protocolos que ni se envidian, ni se desean, ni se toleran en demasía. Esto es, María Elena Walsh ha aceptado sólo relativamente transigir con algunas ceremonias, especialmente solemnes. En este sentido, es fiel a una trayectoria que históricamente jamás se pudo tomar en serio las costumbres formales y los roles atributivamente obligatorios por el mero hecho de serlo. En ocasiones incluso que acontecen sin talento. En otro sentido, toda su obra puede ser leída en esa clave: como un enorme proyecto cuyo afán principal es neutralizar la solemnidad y la impostura.

      Atenta defensora de los Derechos Humanos, instalada en París en 1952 en un dúo de cantantes que integró junto a Leda Valladares, no faltaron entre sus frecuentaciones ni ámbitos (eclesiásticos, monumentales, artísticos, bohemios, sociales) ligados a lo cosmopolita y a figuras no solo argentinas. Y es que si el parque constituye una metaforización del espacio al que cualquiera puede asistir (es decir, es un ámbito público y, agregaría yo, democrático, significante de la libertad) y quedarse durante el tiempo que lo desee. Hay espacio para sentarse o deambular, también ese parque remite a todo tipo de franjas sociales, capaces de tolerar diferencias vestimentarias (esto es, semiológicamente diversas, técnicamente hablando), de admitir personas de distinto origen o linaje. Una suerte de gran cónclave según el cual las condiciones de ingreso a ese “club” son mínimas. Como si habláramos de un ritual o ceremonia colectivos. Pero simultáneamente atomizada. Y es que este rasgo profundamente inclusivo del parque, como lo fue el ágora para los helenos (o, en todo caso, para una parte de ellos), es del que, creo, se apropia Walsh para, analógicamente, desplazarlo hacia otros planos de su vida y de la de los demás.

      No obstante, los parques no son los lugares apacibles que se suele prometer. En ocasiones acontecen delitos, acosos de vendedores o admiradores, personas que abordan a quien descansa o pretende descansar de un modo intrusivo, animales que invasivamente agreden o, como dije, proceden a realizar sus ceremonias de evacuación, tienen lugar accidentes... Esto es: no siempre son del todo amables. Existen personas que llegan para cumplir ceremonias privadas o clandestinas.

      El semema de la invasión, es un tema rica y de larga tradición en la literatura  especial en la literatura argentina. Recordemos, por ejemplo, el cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar, por citar un ejemplo, entre muchos otros. De modo que pensar la invasión a un parque como la intrusión de personas en un espacio acogedor que se piensa casi como propio, resulta perturbador para quienes lo visitan habitualmente. Y también constituye la imagen de un territorio que se poseía con dignidad y ahora es profanado.



     Los fantasmas aludidos en el título, no constituyen figuras vinculadas a supersticiones o universos fabulosos, sobrenaturales o fantásticos, como resulta evidente a poco de leer el libro. Más bien se trata de figuras que regresan en busca de atención, evocación, una reparación a un daño que les fue infligido, una añoranza. Matizados con los sueños, donde dichos fantasmas son referidos merced al registro con fecha y argumento que Walsh redacta concienzudamente para dar cuenta de sus contenidos y las reacciones que experimenta al despertar o registrar su impacto, los fantasmas podemos ser nosotros mismos de pequeños, que nos reprochamos no haber hecho o dicho tal o cual cosa. El universo onírico se torna narrativamente de un espesor consciente en un plano que iguala invención con inconsciente. Esto es, estrictamente ligado a lo que hemos dejado pendiente o acaso sin resolver, a los reproches que por lo menos imaginariamente ese coro de ausentes, de personas fallecidas, adultas, desaparecidas de nuestras vidas, emigrados llaman a respuestas o, simplemente, retornan como figuras que han sido importantes en nuestras vidas, como familiares, amigas y amigos, artistas o poetas. Hay una recurrencia en la mención de anécdotas con artistas, como Neruda, Juan Ramón Jiménez, Susan Sontag, entre muchos otros. Y aparecen citados nombres de personas que han estado ligadas a su historia, como por ejemplo Susana Rinaldi como cantante a la que van a ver un par de conocidas de la protagonista.

     Ni la Internet ni el progreso digital (por los que Walsh experimenta cierta repelencia), ni la erradicación de ciertas ceremonias pueden suplantar la destreza del contacto con objetos considerados aún vitales, inherentes a la propia identidad de quien escribe pueden ser eliminados. Precisamente, Walsh apuesta a escribir en contra del olvido. A favor de los suyos y de los que la sociedad argentina, mediante omisiones o negligencia, ha procedido a borrar o a ocultar cuando no a suprimir.

     Los rituales a los que se consagra, casi antropológicos y tribales, como reunirse en torno de un banco, el césped de un parque, una taza de café o una gaseosa, tienden incluso a verse inhibidos y disolverse en mera evaporación y es por eso que Walsh persiste en defenderlos y aferrarse a ellos. Como si algo de esas ceremonias de antaño preservara una cuota de un “tiempo sin tiempo” (como reza uno de sus poemas) en el que no todo era tiempo que corría o acaso eso sucedía a velocidades arrasadoras.

     Sin descuidar una actitud militante, puntos de vista que por momentos interrumpen el sigilo y la fluidez del relato, una mirada apocalíptica, incierta también, se abre camino entre las páginas de Fantasmas en el parque (2008). Ese rechazo no es arbitrario. Es producto de una convicción, de una experiencia y de una educación que no se está dispuesta a rescindir pero también a ser una atenta observadora de época.  

     Ni la vida privada de Walsh ni la de las personas que la rodean es exhibida (tampoco sustraída u ocultada) como ante un escaparate. Simplemente se celebran los encuentros, se lloran los desencuentros y, por fin, hacia el final, se agradece a la vida “que le ha dado tanto”. Ecos elegíacos pueden escucharse todo a lo largo de este libro. Y no sólo ello es absolutamente legítimo. Sino que es absolutamente natural que tenga lugar.

     Dicen un personaje de la novela en las últimas páginas:

“-¿Y si los muertos tuvieran ojos?

-No tienen, por eso inventamos fantasmas, para fabricar la ilusión de que seguimos viéndonos” (p.257). Con este remate queda el claro el contenido del libro, el espíritu que lo ha alentado, quizás su génesis y anhelo más puros.

     Entonces: entre lo que tuvo lugar en el pasado. Lo que tuvo y sigue teniendo lugar en los libros (porque sigue teniendo vigencia) y este tiempo histórico que pese a que puede avasallar también aún se presta a ceremonias de la tribu, María Elena Walsh se despide de la vida creativamente pujante con una obra del adiós que hace confluir todas las temporalidades y todas las prácticas a las que se consagró, en la síntesis de la escritura creativa. Más espectadora que agente de cambio en este caso (pese a que incuestionablemente la escritura no deja jamás de constituir incidencia en el orden de lo real), asiste a este mundo en el que, como sombras chinescas, tienen lugar todo tipo de sucesos. Desde los más inverosímiles hasta los más cotidianos. Su sentido común y “el buen modo” (en sus palabras), dictan las reacciones, las emociones y, sobre todo, de las cuales ese parque es a la vez metáfora y metonimia. Condensación del universo mediante recurso poético y fragmento que nombra a través de la parte, el todo. En estos términos cifraría entonces, también retóricamente, sus operaciones más complejas.



     Esta sociedad ha adoptado una fisonomía que María Elena Walsh desaprueba. Ello lo deja a las claras. Aún así, ciertas ceremonias de la complicidad todavía son posibles. Y Fantasmas en el parque se erige como una novela autobiográfica llena de ecos y resonancias, de reverberaciones y polifonías inesperadas para un oído atento e incluso para la protagonista misma. María Elena Walsh, azorada, sorprendida, escandalizada, todavía es capaz de sentir incluso aquello que no creía posible. Pero las emociones son tensas. También experimenta la perplejidad. Debe acomodarse a los tiempos que corren. Y lo logra, pero en parte a regañadientes. Como si existiera un desajuste. No obstanter, esta novela es una prueba contundente de su capacidad tanto adaptativa, creativa como persistentemente innovadora. No ha perdido un ápice de respetar el humanismo al mismo tiempo que tampoco lo ha hecho de descubrir territorios de la invención y, en este caso, también de la memoria. En ese contrapunto eficaz se juega la verdad imaginaria y memorialística de Fantasmas en el parque.

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...