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viernes, 10 de julio de 2020

Diario de cuarentena. El poder de la ilustración


por María Cristina Alonso

¿Cómo despertamos cada mañana?

 
Sumergidos en la pandemia, flotando en sus aguas oscuras e inciertas, manteniéndonos a flote sobre cifras imposibles de asimilar, somos náufragos, cada uno en nuestras casas, esperando llegar a salvo a la orilla, sorteando monstruos, fantasmas y duendes enanos. 

Inevitablemente viene a mí, cuando la primera luz de la mañana entra por mi ventana, la imagen más poderosa de mi infancia. Está en un libro, claro, Cuentos para niños de la Editorial Sopena, una edición de 1941. Creo que se lo habían regalado a mi hermana, tal vez mi padre lo había comprado en la librería Depanis que no sólo tenía lápices, papeles y cuadernos, también vendía partituras musicales (era la época del auge de las profesoras de piano) y los libros que nos regalaban en cumpleaños y enfermedades. El dueño era un hombre enorme y canoso que estiraba sus manos hacia las estanterías para bajar todas esas cosas que uno ama en la infancia (y sigue amando): papel glasé, tijeras de plástico, tintas y lápices de colores y cuentos de editoriales españolas de algunos años atrás, como el ejemplar que recuerdo ahora, el que tiene la imagen más perturbadora de mi infancia y que, en esta mañana de un 9 de julio inverosímil, aun me aterroriza. Pertenece a un cuento muy elemental cuyo argumento puede sintetizarse en pocas líneas: una chica de nueve años se queda sola en su casa una tarde porque sus padres se van a visitar a una persona enferma. Lee Cuentos de hadas, un libro que le han regalado en su cumpleaños. Pasan las horas (qué padres más irresponsables pensé siempre), la chica empieza a sentir miedo y se va a su cuarto. En la creciente penumbra del crepúsculo unos fantasmas enormes empiezan a danzar alrededor de su cama y duendes y enanos con sonrisas perversas se trepan por los barrotes. Le hacen guiños, la señalan con el dedo, esas cosas que hacen los seres sobrenaturales. Mucho rato después los padres la encuentran aterrorizada, escondida entre las sábanas. Los fantasmas y duendes, claro, ya han desaparecido. Adviértase que el narrador sugiere que el terror de la niña y su desbordante imaginación es culpa de la literatura.

Desaparecen del cuento, claro, pero quedan para siempre -entre mis imágenes de terror- gracias a la ilustración de un anónimo dibujante (ni siquiera el autor del libro figura, mucho menos el del ilustrador que en esos tiempos era absolutamente ninguneado). En la ilustración la chica está vestida íntegramente de negro, digamos a la moda de una pupila de hospicio de la década del 20. Y el negro del vestido contrasta con los tonos pasteles, esfumados, del ambiente irreal donde los seres imaginarios (¿imaginarios?) avanzan entre la bruma.

En mi primera novela, Tías de infancia, Alicia, la protagonista lee este cuento. También a ella se le aparecen “duendes con caperuzas y barbar erizadas, enanos con pústulas en la cara y fantasmas aparatosos que danzaban y se acercaban a ella”. Cuando la desaparecida editorial Club de estudio decidió publicarlo me preguntaron acerca de qué imagen imaginaba para la tapa y describí la escena del cuento al ilustrador Chipo Sánchez que trabajaba para ese sello. Su dibujo –el ilustrador no vio el original- actualiza maravillosamente el terror que lo desconocido amenaza por las noches.

Así nos despertamos todas las mañanas cuando las noticias actualizan el imparable avance del virus. Asediados, inermes, desamparados.

domingo, 5 de julio de 2020

#CelebramosALilianaBodoc - 20 años no son nada...



                                                                 por Eduardo Raúl Burattini



La Biblioteca Popular Madre Teresa de Virrey del Pino, La Matanza, a través de su blog de LIJ: “EL HORMIGUERO LECTOR” se une a la campaña en “Julio…, #CelebramosALilianaBodoc “, al cumplirse 20 (veinte) años del lanzamiento de la obra “Los días del venado”, que forma parte de la trilogía “La saga de los confines” y que  marca el lanzamiento de Liliana Bodoc como la mejor representante de la épica latinoamericana del siglo XXI e inaugura el género en las letras argentinas.  

La novela fue premiada por la Feria del libro de Buenos Aires y obtuvo la mención especial de The White Ravens en el año 2002. Sorprendió a la crítica en general por haber creado una novela interesante y atrapante, cuando había pocos antecedentes en el género épico en Argentina.


La historia que narra Liliana, tiene todos los condimentos que hacen que estas historias universalmente exitosas, se vaya consolidando como una historia de magia, con personajes que dan fuerza al relato, que están a la altura de los acontecimientos, que hacen visualizar un mundo donde las acciones van atrapando al lector, lo llevan a recorrer los espacios que toda narración épica requiere, donde la “muerte”, el dolor, las guerras y la paz se acechan y se huelen. Donde las virtudes y los “pecados” humanos sirven para dar vestimenta a los personajes, muchos de ellos incapaces de amar, y otros llenos de cualidades como la solidaridad, la defensa de la vida y de la tierra.

Toda la narración esta sostenida por un sentimiento de misterio que va, al igual que una tela de araña envolviendo al lector, lo va llevando en un “crescendo” que hace que sea muy difícil dejar por momentos la lectura. Además, porque la historia recrea hechos históricos como la conquista y descubrimiento de América, el uso del caballo y de las armas de fuego que son desconocidos para el resto del mundo a conquistar, esto hace que Liliana Bodoc, con su narrativa no nos hace evadir de la realidad histórica, nos hace reflexionar sobre ella, es un ingrediente importante en toda la creación “bodociana”. Siempre hay una pata en el mundo real que fortalece al mundo de la ficción.



Por eso, creemos muy positivo, sumarnos a esta campaña de celebración de Liliana, no sólo por todo lo que significa ella como escritora, sino por la calidad de sus escritos, por el compromiso de su narrativa, por hacer realidad ese convite de ir a jugar con las palabras, con la imaginación, con la verdad que al recorrer los senderos de su prosa encontramos. Es un convite ya no sólo a leer "Los días del venado"...., sino leer la trilogía completa...., y seguir, seguir leyendo cada uno de sus libros, sumergirnos en su literatura, recorrer sin limitaciones sus creaciones para encontrar el goce pleno de la lectura, de una lectura esencial porque es lectura de muy buena literatura, de una calidad precisa y concreta. Por eso, celebremos....a Liliana Bodoc..., como ella se lo merece, leyendo su obra.

miércoles, 1 de julio de 2020

“Serafín, el escritor y la bruja de Claudia Piñeiro: la crítica de la crítica”



                                                       
por Adrián Ferrero


     Leo Serafín, el escritor y la bruja (2011) de Claudia Piñeiro (Gran Bs. As., 1960) como una parábola de escribir lo que genuinamente se desea y no en ser un mero escribiente. Un escriba burocratizado, institucionalizado que está obligado a realizar su tarea como una obligación sin vocación. En este sentido ¿en qué consiste escribir la biografía de una bruja que en verdad es un hada? ¿la historia de un gato que en verdad es un supuesto tío hechizado por una bruja en el siglo XV que había muerto en la hoguera? ¿no sería este el mayor anhelo de un escritor? Pues a Felipe Echenique tendrá que esperar bastante para que esto suceda.


     Pero Felipe Echenique será responsable de que de su pluma surja la biografía de la bruja Amanda Amancay que mencioné más arriba. Y Serafín es un niño, el menor de seis hermanos cuyos padres aspiran a que gane alguna clase de concurso en la escuela para ser populares en el barrio. Se acaban de mudar a un nuevo barrio y pretenden llamar la atención del vecindario. Lo fuerzan a que destaque y con este mandato no saben que en verdad están poniendo en movimiento lo que será la victoria de Serafín: llegar a Machu Pichu y no a Disney, donde sus padres suponen que debería gustarle ir.


     Serafín es un chico inteligente, pero al que no le gusta hacerse notar. Es desprejuiciado. Por eso desayuna con la mucama de su casa, y también el día en que vaya a atravesar una de las mayores pruebas de su vida, la que defina una parte importante de su existencia, será la misma mucama Mimí la que vaya al colegio a verlo, no sus padres. Ellos completamente desentendidos de él ya desde su nacimiento, podría decirse que no solo no están dispuestos a darle amor, sino a sentirlo. Los padres de Serafín no esperan de él un ser libre. Sino un ganador.     

     Un exitoso, como escuché cierta vez decir una mujer de mi ciudad. Un exitoso que es en lo que finalmente se convierte pero no producto de las expectativas de su padre, sino un exitoso por su propia iniciativa.

     ¿Y cómo se cruzan los destinos de Serfín, un escritor y un bruja? La bruja Amanda Amancay quiere a toda costa que alguien escriba su biografía de bruja, es decir, de bruja que en verdad es un hada. Serafín debe participar en un concurso en el colegio y elige el taller en el que el certamen consistirá en responder preguntas acerca de biografías. Y el escritor de esta historia es experto en escribir ese género literario. Pero es un escritor  fracasado. Porque lo que anhela profundamente es editar libros de miedo, terror, zombies y fantasmas.  Libros que asusten. La protagonista ideal de esa biografía es naturalmente Amanda Amancay. Y el lector ideal de ese libro para concursar en un colegio, es Serafín. Esto es lo que termina sucediendo, a grandes rasgos.

     ¿Pero cómo lograr que Felipe el escritor acepte realizar la biografía de Amanda Amancay? Amanda no tiene una vida llena de aventuras. Pero es una bruja. Y como toda bruja tiene un lunar en su nariz. Y como toda bruja es fea. Y tiene poderes para hacer daño a otros. O en verdad quizás tan solo haga magia, a secas.

     El 31 de octubre de cierto año, en que los tres miren la misma estrella por separado, quedará sellado el destino en que algún día se cruzarán sus vidas. Como de hecho así sucede en la historia que acabo de referir. En particular la noche en que Serafín, buscando una biografía para contestar las preguntas para su concurso, se encontrará navegando por la Innternet. Y luego de que ella irrumpa enojada en su cuarto porque él la ha tocado con el cursor del mouse de su computadora mientras ella navegaba por el ciberespacio, elijan en una búsqueda al escritor encargado de su biografía a Felipe Echnique.



     Pero ¿qué sucede en la vida de Serafín además de tener una familia que no se ocupa de él? No tiene amigos. Y en ese célebre concurso al que se presentará para “ser popular” debe enfrentarse a Axel, el hijo del dueño de la editorial que publica las biografías que escribe Felipe Echenique muy a su pesar. Pero únicamente porque ha firmado un contrato. Desde este otro punto leo la trama del libro. Desde el de un escritor fracasado, como el de Roberto Arlt, que cierto día de su vida se cruza con la oportunidad de escribir la biografía de una bruja (su pasión más ferviente) y también con repercusiones que terminarán siendo determinantes para este historia. Porque la biografía de esta bruja, editada gracias a las artes mágicas de Amanda Amancay en tiempo récord, logra llegar a menos de Serafín a tiempo para el concurso del que participará respondiendo preguntas de modo certero. Él ha asistido al proceso de génesis de escritura de cómo se gestaba la biografía. Él ha auxiliado al escritor con un grabador registrando la vida de Amanda Amancay para que dispusiera de más material para escribir la biografía. Él conoce a la biografiada. Él sabe lo que es leer libros y sabe lo que es descifrarlos sin prejuicios.

     Y, sobre todo, sabe lo que es en verdad la escritura, profundamente. Porque cuando llegue la pregunta final del concurso,  que estará escrita en un papel dentro de un sobre color rojo, sabrá responderla del modo correcto, pese a que el jurado no acuerde con su respuesta.

     La pregunta es muy simple pero muy compleja a la vez: “Serafín. ¿Qué creés que motivó al autor, Felipe Echeñique, a escribir esta historia?”. Esa es la pregunta, engañosamente simple, que el jurado ya considera respondida de modo acertado sencillamente porque ya la han estipulado como la única.

     Pero Felipe, contra toda expectativa, responderá otra cosa. Otra cosa que es  intensamente verdadera. Y que tal vez sea, ella misma, la parábola de la escritura de la que estoy hablando. La relación entre vocación y trabajo. Entre vocación y realización. Y entre vocación y frustración. Porque responderá Felipe: “-Felipe Echenique quiso ser coherente consigo mismo. Estaba cansado de escribir vidas que no le interesaban. Y esta historia tenía que ver mucho con sus sueños adolescentes de escribir cuentos de sangre y terror”. Felipe Echenique había actuado en consonancia con sus valores y sus ideales.

     El jurado la considerará errónea. Y, es más, lo descalificará directamente del concurso dando la pauta de que en verdad entre evaluación interpretativa de un libro y génesis de escritura hay un abismo. El que dirimirá el gran malentendido entre esta interpretación o sobreinterpretación que se le atribuye a la biografía y la verdadera, es quien la ha escrito. El que conoce sus más recónditas motivaciones. El que sabe por dentro, cómo ha sido construida una historia y tiene consciencia de su secreto nacimiento: Felipe. Que ese día y a esa hora se encuentra presente en el concurso y hace su aparición frente al jurado. Él, públicamente responde avalando a Serafín.

     La respuesta, que es la que le daría la crítica literaria y no el escritor propiamente dicho, es la siguiente que pronuncia la maestra: “Entendemos que Felipe Echenique escribió esta biografía como una irónica forma de denuncia, ante tanto falso brujo que engaña a la población”. Es una respuesta simplista y estereotipada. Además de pensar a la literatura como un medio para un fin: el de ser una el instrumento de una crítica. No una obra de arte autónoma concebida para ser admirada por su belleza o por su perfección.

     De modo que no solo leo esta historia como la parábola de la escritura, dramatizada entre alguien que está obligado a escribir lo que no quiere, tironeado entre el deber, el compromiso, los contratos, el dinero que necesita, la supervivencia y la realización. Sino que también leo este libro como el gran malentendido, de naturaleza inaugural y de naturaleza fundacional (que he sentido como crítico en muchas ocasiones) desde que nació la crítica, entre exégetas y creadores. El autor o autora crea a partir de ciertas premisas, emociones, condiciones de producción, procesos. El crítico asiste a un producto concluido, por un lado. Por el otro, ese producto no es unívoco. Es polisémico y admite muchas interpretaciones. Pretender que solo tiene un sentido es reducir la literatura a una fórmula y la literatura a una manual.

     Quienes crean obras literarias solo dan vida a una historia, a un conjunto de personajes que circulan y dialogan por ella o, en este caso, la historia de una vida. De la vida de una bruja que en verdad finge que es tal. Porque es un hada que hasta es tan bella que debe usar una máscara de bruja hasta que se quita el disfraz, se quita la careta y se ponga su traje floreado y su sombrero colorado para ir al colegio a ver el certamen de Serafín.  Sentada junto a Mimí, desbaratan la trampa de Axel quien, siendo finalista junto a Serafín del mismo concurso, finalmente es derrotado.

     Serafín es el gran lector. El lector por antonomasia y el lector que conoce los entretelones de la creación no por escritor, no por crítico, sino porque ha asistido a la escena de la escritura. Aunque bien podría ser un escritor. Y aunque bien puede que lo sea en el futuro. Serafín es quien también ha conocido a la protagonista de la biografía y le ha tomado declaración con un grabador para que le narre su vida y le sirva de material a Felipe. La bruja Amanda Amancay devenida finalmente lo que es, el hada, es la biografiada. La protagonista de otra historia. De una historia en segundo grado dentro de la historia que en sus líneas argumentales mayores narra este libro. La protagonista de su propia vida a la vez  que, respondiendo a la convención del género biografía, es su protagonista. Finalmente, Felipe es el creador. El que teje y desteje hilos de esa biografía que protagoniza quien tiene a su lado mientras escribe. Y de la que Serafín será lector públicamente frente a un auditorio el día del concurso. Felipe es quien termina por definir qué es la escritura para un escritor. Y qué es la escritura apasionada y apasionante para quien la ejerce. 

Y el jurado, está integrado por un conjunto de críticos que suelen elaborar una hipótesis de lectura devenida lectura crítica o, en el mejor, más de una. Caso que no es este. El escritor escribe su deseo. En este caso, también escribe con el objetivo de que Serafín gane su concurso y de que Amanda Amancay disponga de lo que más anhela en este mundo, quizás de modo narcisista: el relato de su vida. Quizás porque no es lo suficientemente interesante y necesita de alguien que la vuelva de ese modo.



     Serafín será el mejor crítico literario. No es ni quien está por fuera del texto por completo (el jurado), ni quien la ha escrito (Felipe), ni su protagonista de existencia constatable (Amanda Amancay). Es la persona que ha asistido al proceso creativo en tanto se desplegaba en el tiempo. Y ha asistido a todo el proceso de edición además de conocer la importancia de la magia en este mundo en el que se ha dejado de creer en lo que vale la pena. Que tal vez sea en los cuentos. O en el amor de sus padres. Y ahora que ha conocido a Amancay y a Felipe, ha recuperado el sortilegio que pueden ejercer sobre algunos mortales la ficción y los poderes sobrenaturales. Serafín ocupa el justo medio. Y también es honesto. No miente ni a la hora de hablar con sus padres. Ni  aspira a ser popular sin serlo. Ni pretende explicar este mundo de un modo que no es posible. Tampoco consiente en ser engañado. Es un niño con la capacidad de distinguir a un traidor y a canalla de una buena persona. Es la clase de persona que precozmente tiene capacidad de discernimiento.

     De modo que también leo Serafín, el escritor y la bruja como el libro en el cual las máscaras caen, como la de la bruja que en verdad es un hada, como la de Axel el competidor tramposo del certamen a quien le dictaban las respuestas con un micrófono.  Como la de su padre, el dueño de la editorial para la cual debe trabajar Felipe Echenique para ganarse el pan y donde es explotado. Donde cae la máscara del tramposo Coppetti, empleado del padre de Axel que le dicta las respuestas en el concurso. Y leo este libro, como la parábola del escritor probablemente fantasma, probablemente que escribe lo que otros le exigen  (como sucede con los periodistas) para sobrevivir. Para poder ganarse el pan a costa de lo más valioso que tiene. Que son su imaginación y sus principios.

     Que el cierre de este libro sea el viaje a Machu Pichu, con el que Serafín tanto había soñado, junto con Amanda Amancay, Felipe y Mimí, la mucama de su casa, con la insinuación de una posible historia de amor entre Felipe y Amanda Amancay también es la parábola perfecta de que los sueños de un lector que conoce los intersticios de la creación pueden cumplirse como puede escribirse un libro: con las ganas de lograrlo. 

     La escritura es el territorio de lo  posible y de lo imposible. Incluso de lo posible a medias, como lo ha estudiado Tzvetan Todorov. De esas ficciones e historias que vacilan entre una interpretación fabulosa y otra realista, en el caso de la literatura fantástica. En ese vaivén, también este libro juega con la fantasía de la tradición maravillosa (algunos de sus componentes emblemáticos, como la tradición de las brujas, los hechizos y los embrujos). La tradición de los cuentos de terror. La de las supersticiones. Y costumbres como la de Noche de Brujas. Pero también como los relatos dentro de los relatos. O de las vidas devenidas biografías que se terminan por convertir en historias. Y, por lo tanto, en ficciones. Y luego son interpretadas por los críticos de modo erróneo o bien descabellado respecto de su motivación originaria tal como la ha concebido su autor.


     Celebre que Claudia Piñeiro haya tenido la iniciativa y la ocurrencia de descorrer en velo entre este triángulo no siempre visible para los lectores infantiles, entre los hacedores de obras literarias, quienes asisten a ellas en su escena como testigos y quienes emiten los juicios sobre ellas. De modo completamente subjetivo y arbitrario. Demostrando que esas interpretaciones rara vez comulgan con las originarias del autor o autora.

     Esta es la historia, entonces, de la crítica errónea sobre biógrafos, biografiados y biografías. Nada más y nada menos que una lección de escritura. Y una lección sobre cómo leer. También al escribir crítica.



jueves, 25 de junio de 2020

ENTREVISTA A LA ESCRITORA MARÍA CRISTINA ALONSO






Por Eduardo Burattini

¿Por qué se te ocurrió ser escritora?

Porque antes fui una lectora. Soy hija de Luisa Alcott. Mujercitas fue el primer libro entero que leí a los 9 años, quizá a los 10. Pero antes estuvieron todas esas colecciones de libros troquelados, adaptaciones de cuentos de Andersen y de los Grimm que me regalaba mi padre durante las enfermedades infantiles. Todavía mis dedos juegan con un farol de plástico que colgaba del paraguas de la cerillera de Andersen, una especie de libro juguete editado en España. Pero cuando llegó Alcott fue otra cosa. Quise desde el primer momento ser Jo, la chica que escribía en la buhardilla sin importarle las modas y las cuestiones sociales. No sólo  quería ser escritora, quería ser la escritora Jo y terminar teniendo una escuela para muchachos que se interesaran en la lectura.


—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?

No  lo sé, pero tampoco me imagino una vida sin libros que leer e historias que escribir. No creo en marcas de nacimiento porque de hecho, no hubo escritores en mi familia, pero hay huellas que los antepasados van dejando que indican caminos. En primer lugar una biblioteca completa de La Nación que mi hermana heredó de una tía abuela que firmaba como María Alonso. Mientras yo leía su firma en la primera hoja de cada novela que intentaba abordar, me imaginaba que ella me estaba indicando un itinerario de lecturas. También le debo el deseo de contar historias a los relatos de mi padre sobre  hechos de su juventud. Él había tenido un amigo escritor en sus tiempos de militancia en FORJA, José Trípoli del que había algunos libros en casa. Tener un amigo escritor, en mi imaginación infantil, era algo increíble, fascinante. Y, sobre todo, decidí escribir para combatir la monotonía de la vida de un pueblo. Oesterheld me enseñó con sus obras que la aventura era posible aún a la vuelta de la esquina.

—¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

La realidad es una espada que siempre está clavada en la espalda. Se escribe con ella doliendo siempre. Pertenezco a una generación que sufrió la dictadura, que de joven tuvo que mirarle la cara a la muerte, que sufrió la violencia institucional,  la desaparición de personas, la censura. Pero también que creyó en un mundo más justo, más equitativo, más amable. Desde luego nunca me propongo escribir con ese fin, pero los dolores y los deseos se filtran en lo que uno escribe sin que nos demos cuenta.


—¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora?


Soy docente desde los 23 años cuando egresé de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. He intentado despertar el amor por la lectura durante los treinta y cuatro años en que enseñé en todos los niveles de la educación y aun ahora, ya retirada, sigo capacitando docentes y dando clases de Literatura en un profesorado. Aunque escribir es lo que me define y es lo que hago la mayor parte de los días siento pudor de decir que soy escritora de profesión porque no vivo de los libros que escribo y tampoco me resulta fácil publicar. Pero sigo escribiendo porque es lo que me ayuda mucho en estos tiempos de pandemia, cuando publico en las redes mi diario de cuarentena y cosecho lectores.

— ¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

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Aventuras en borrador, sin duda. Una novela de aventuras que transcurre en un pueblo del oeste de la provincia de Buenos Aires. Es la historia de un viaje por caminos vecinales de una chica de los setenta con   Alberto, un tío fantasioso y tarambana, al que unos tipos le pisan los talones. Mientras huyen en un Falcon destartalado el tío va contando la historia de Burke y Wills, dos exploradores de Australia del siglo XIX. En el epígrafe que la editorial Colihue me pidió que escribiera dije esto:”Como el tío Alberto, escribo historias para que me pasen cosas…”


Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es la relación dentro de la escuela? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los jóvenes?

Hablar de la escuela hoy es hablar de la escuela en casa, de las clases por whatsapp o por video conferencia. Ya no de la escuela con su edificio, sus rituales, sus tumultos. Hoy la escuela es la que pintó Isaac Asimov en un cuento, “Cómo se divertían”. Transcurre en un futuro lejano y los chicos aprenden en pantallas y en sus casas. Ya no hay maestros ni compañeros de clase. Pero los protagonistas encuentran un libro de verdad y uno de ellos recuerda que, el abuelo del abuelo contaba que, en una época remota los chicos iban a una escuela y tenían una maestra de carne y huesos. Y, claro, se divertían.
La literatura cuenta el porvenir, evidentemente. Pero creo que esta horrible pandemia que nos mantiene dentro de nuestras casas nos da la oportunidad de hacer circular la literatura, y creo que esa es una de las grandes misiones de la escuela: hacer que los docentes lean y hablen de sus lecturas con los alumnos, que los inciten a buscar las respuestas que nadie tiene en la poesía, en el teatro, en las novelas, en los cuentos. La literatura calma la angustia que crece cuando el mundo se vuelve pura incertidumbre.
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— ¿Sos muy sensible, como tus personajes?

Cuando uno escribe se esconde detrás de los personajes, es todos ellos, los malos y los buenos. El secreto está, me lo digo constantemente, en no ser autorreferencial. Sin embargo, detrás de cada uno de ellos se esconde la niña que fui, que se sentía como los personajes de los cuentos, atravesando un bosque con demasiada oscuridad.



— ¿Qué te hizo ser así?
Otra vez debo responder, la literatura. Cuando iba a la escuela me sentía un poco bicho raro. Yo era “la que leía”. No una traga porque nunca fui eso. Era la que podía ausentarse en los desiertos del África, navegar hasta Singapur, tomar el té en una pequeña casita en Boston o salir a caminar por los páramos de Haworth en Yorkshire, Gran Bretaña. De esas experiencias es difícil que no tengas la sensibilidad a flor de piel.


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—¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?

Aprendo todo el tiempo leyendo a magníficos escritores y escritoras argentinas y latinoamericanas. Mis artículos en El hormiguero lector dan cuenta de esa admiración.


—Si un niño o jóven quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?
Creo que, con en lo que te he contado está la respuesta. Tiene que leer, leer hasta el punto de no poder pensar una vida sin libros. Y después escribir cuando realmente tenga algo que decir, que contar. Pero eso, también,  viene con el tiempo.

—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable? ¿Por qué?

La buena literatura siempre es disruptiva, siempre está transgrediendo un orden, siempre llama a esa región oscura donde están todas las preguntas incontestables que nos hacemos por el sólo hecho de estar en este mundo. No creo en la literatura que se escribe para adoctrinar, para enseñar valores, para “educar en emociones” que es, veladamente, hacer niños y niñas adaptados al sistema. La literatura  debe volar la cabeza del que la lee, llenarlo de preguntas, incomodar. Por algo los escritores y los lectores son los primeros sospechosos en los estados totalitarios, por algo se han quemado tantas bibliotecas.




miércoles, 24 de junio de 2020

"Ilustrar = dar luz”



        por Beatriz Ré




El álbum es la única contribución que la literatura infantil ha hecho a la literatura, los demás géneros han sido puramente imitativos”.
Peter Hunt. Children’s Literature. Oxford: Blackwell, 2001:288

La ilustración es fundamentalmente una visión, una lectura, una explicación del propio texto, que por su imaginación, coloración, proyección, estilo, forma, amplía, diversifica y supera la propia lectura de la narración del texto concreto.
Tiene que explicar cosas, en el sentido más amplio de la palabra. Sirve para ir más allá de las referencias concretas del propio texto, y para hacer volar la imaginación del lector, para llegar a explicar  aquello  a lo que no alcanza el texto por la sencilla razón de  su concreción específica.
No es la propuesta una ilustración vinculada  al texto, tan sólo para encuadrar lo que este describe, sino  plasmar imágenes  con creatividad, para crear un clímax  en el que el receptor  puede desarrollar su propia imaginación con respecto al texto.
Es saludable concebir  el libro como un todo: en el que no se pueden disociar texto e imagen. Porque los autores lo son en conjunto. En un libro ilustrado, la imagen crea la atmósfera del texto y así el modo imaginario del lector juega sobre dos andamiajes: el plástico  y el conceptual.

En este sentido los autores son tanto quien lo escribe, como quien lo ilustra.
El escritor infantil debe tener en cuenta al concebir la historia que ésta se extiende hasta otro lenguaje: el gráfico. A su vez el ilustrador debe analizar la narración e ilustrarla para que armonice con el texto y evitar las redundancias innecesarias.
La pintura permaneció  durante años sometida a los dictados de la realidad. El pintor más admirado era aquel que poseía la técnica para reflejar esa realidad.
Con la llegada de los llamados impresionistas; Renoir, Gauguin, Cezanne, se rompe esa relación servil de la pintura con la naturaleza. Simplemente extraían de ella lo que necesitaban sus cuadros y rechazaban lo innecesario. Estos proscriptos mostraron un sendero virgen  que las  generaciones posteriores exploraron.
Luego se vuelve a recuperar la relación con la realidad, pero de manera más serena y fresca, sin compromisos.
La literatura, la arquitectura y la música se vieron afectadas por estos cambios. Es por eso que el arte impreso también comenzó a liberarse de las ataduras del texto y a consolidarse autónomo. Su objetivo, más que servir a la narración, es servir al libro.
Lo gráfico es portador de un mensaje artístico con connotaciones ideológicas, filosóficas, culturales. Imágenes y texto son capaces de decir cosas, de expresar. Se trata de complementación y no de subordinación y es importante destacar la posibilidad significativa de la imagen. No sólo refuerza la significación del texto escrito sino que constituye  un modo de ver, de concebir y de mostrar la realidad. La ilustración siempre pone de manifiesto un imaginario social, propio de una sociedad en  un momento histórico  particular.
En la literatura infantil la imagen dice cosas importantes, aporta contenidos culturales y es portadora de mensajes. Las imágenes sirven de puente entre el lenguaje que el niño posee y la forma escrita del lenguaje. Posibilitan al niño junto con los objetos y las acciones de su experiencia el paso del lenguaje oral al escrito. Por eso la importancia de la ilustración en los libros para los más chicos.
Dice Leo Lionni
“Uno de los más importante ingredientes de ese mundo que rodea al niño  es el libro ilustrado. Porque es allí donde tendrá su primer encuentro con una fantasía estructurada, reflejada en su propia imaginación y animada por sus propios sentimientos.
Es allí donde, a través de la mediación de un lector adulto, descubrirá la relación entre el lenguaje visual y el lenguaje verbal. Luego, cuando esté solo y repase las páginas  del libro, una y otra vez, las ilustraciones le harán recordar las palabras del texto. Entonces articulará su primer monólogo interior. Y con el recuerdo de la voz que le leía, que le dará color y ritmo a sus silenciosas palabras, tendrá su primera lección de retórica. Sin percatarse de ello aprenderá acerca de principio y final , y lo más importante, experimentará el descubrimiento de un nuevo tipo de mundo verbal, tan diferente en  estructura y en forma del caótico tráfico verbal que hasta  entonces lo ha rodeado. El libro ilustrado, en medio de un entorno complejo, con frecuencia represivo e incomprensible, es para el niño una isla imaginaria. Como los terrarios de mi infancia, los libros ilustrados  representan el mundo alternativo donde el niño puede reconstruir el relato e incluso anticipar su propio asombro “.
Nuestra formación comparada con la de los chicos de hoy, en términos generales es más literaria que gráfica, a excepción de quienes se dedican al diseño gráfico. Los chicos son críticos más avezados para los estímulos gráficos.

En general cuando se habla de libros, se piensa en textos de diferentes tipos: literario, filosófico, histórico, ensayístico, etc., impresos sobre las páginas. Escaso interés suscita el papel y la encuadernación del libro, el color de la tinta y todos aquellos elementos con los que se realiza el libro como objeto. Escaso interés se le dedica a los caracteres tipográficos y menos aún al espacio en blanco, a los márgenes y a todo el resto.
El ilustrador  juega con estos elementos  y como cualquier otro  artista, crea con un interés, con un objetivo: influir en el mundo de su receptor. Sabe que es ése, el momento de la percepción, el que valida su creación y dónde ésta se afirma a sí misma como valor artístico.
Es por eso que la ilustración interroga al niño y le concede la palabra. Y una vez que el niño despertó del sueño, espera. Miró la realidad, la transformó con el toque magnífico de su imaginación creadora  e hizo significar otra realidad.
Es condición del arte  su poder de emocionar al receptor.
Literatura infantil impresa es arte por partida doble.



Fuente del artículo: Ré Beatriz. “Ilustrar = dar luz”, en  Zoom. Un espacio para mirar-nos, Año 3, Nª 3, junio de 2012, p. 46 a 48.
La cita de Leo Lionni fue tomada de: Lionni, Leo. “Antes de las imágenes”, en: El libro-álbum: invención y evolución de un género para niños. Caracas: Banco del Libro, 1999, (Parapara clave), p. 136.

jueves, 18 de junio de 2020

"Volver del futuro: La casa maldita de Ricardo Mariño”




por Adrián Ferrero

     Cuando Ricardo Mariño llegó a este mundo, en 1956, ya H. G. Wells había ya escrito la novela La máquina del tiempo en Londres, en 1895. En esa novela, un hombre viaja al futuro en una máquina, luego de haber descubierto la cuarta dimensión. El dispositivo, descripto sin demasiado lujo de detalles, hace que la novela de Wells pertenezca al género de la ciencia ficción, y no forme parte, en su defecto, del género fantástico o de la literatura de tradición maravillosa. Lo que el protagonista encuentra es un panorama profundamente desolador. Lejos de cumplir con sus expectativas de llegar a una sociedad en la plenitud de su desarrollo, asiste a un mundo en decadencia habitado en su superficie por unos seres hedonistas (los Eloi), pero sin escritura, inteligencia ni fuerza física. El Viajero supone que así debió de terminar la humanidad tras resolver todos sus conflictos existenciales, sin embargo, poco después descubre que estos seres viven con un inmenso miedo al subsuelo y a la oscuridad. Ese subsuelo está dominado por unas siniestras criaturas, los Morlocks, otra rama de la especie humana que se ha habituado a vivir en las tinieblas y sale de noche para alimentarse de los Eloi que captura. Lo cierto es que en la presente novela, La casa maldita, que data de 1991, también las fechas y loso viajes son importantes.


     En efecto, dos niños que viven en un pueblo, se dirigen a una casa de la cual se afirma que está embrujada, habitada por fantasmas, los espectros de una familia que ha desaparecido pero en verdad permanece aún allí, los Vanderruil. Por lo menos, ese es el rumor que ha cundido. Un día, Irene René Levene y Matías Elías Díaz, se van a ese lugar con toda la intención de cerciorarse de que la historia que se cuenta es cierta.  Ellos ignoran, como ustedes ahora, lo que les sucederá.


     Pero las cosas son aún mucho más complejas. Porque la nouvelle juvenil reviste una serie de planos narratológicos, que en ella comenzarán a interactuar. Por un lado, el relato enmarcado (el que acabo de comenzar a referir). En segundo, el marco (al que me referiré). Por último, la realidad empírica, referencial, dentro de la cual los lectores nos movemos cotidianamente.

     Ahora bien: la gran pregunta en torno de esta novela es ¿quiénes son sus personajes principales? Porque se inicia con el comienzo de un relato, a continuación ese relato es descartado, aclarando un narrador en tercera persona omnisciente que el escritor no ha quedado satisfecho con ese resultado. Y a continuación se irán dejando de lado otros. Es aquí cuando comprendemos que estamos delante de un proceso creativo: alguien está escribiendo una historia y manifiesta vacilaciones. Hasta llegar por fin al comienzo de uno definitivo y el desarrollo de una trama (la de Inés y la de Matías). Nos enteramos que por detrás de la decisión de estos cambios en los comienzos de las historias, estos borradores son la hoja en blanco del escritor, insatisfecho con los resultados que va concibiendo. Estos cambios narratológicos, nos sumen en una sensación de provisoriedad, porque la estructura de cajas chinas. Pues tampoco sabemos si no elegirá en algún momento otro comienzo.

     Habrá otro detalle más, clave para comprender la convivencia de estos tres planos narrativos. La entrada en escena de un niño, que explica que quiere comprar una revista con un cuento  que transcurre en 1990, “dentro de 40 años”. Nos enteramos de que es el hijo del escritor que está iniciando y descartando comienzos para su historia por la intervención en un el diálogo con él, quien evidentemente se siente perturbado por la interrupción. Y lo deriva a su madre.

     En esta nouvella, tiene lugar el caso de esa gran dubitación delante de la hoja en blanco que tiene lugar en la mente de todo escritor. Ricardo Mariño, especularmente, ubica entonces el marco de este relato enmarcado, plasmando las escenas de la escritura, sus decisiones, sus indefiniciones, los cambios, que naturalmente conoce como pocos por profesión. Al fin y al cabo, es lo que le debe de suceder cotidianamente.

     Por fin, tiene lugar la elección de una fecha, evidentemente, porque en el capítulo 2, ya queda contorneada una historia principal (la del relato enmarcado) que, pese a que aún presentará complejidades desde los planos ficcionales, también estabilizará una  trama. En esta trama, Matías Elías Díaz e Irene René Levene, se dirigirán a la citada casona abandonada. Entrarán en ella, y para escapar al susto que les produce un ruido en el piso de arriba (la casa tiene dos plantas) Matías se introducirá en un baúl. Irene, en cambio, permanecerá afuera del baúl. No obstante, cuando descubran que el temido peligro estaba encarnado en un simple ratón, al abrir la tapa del baúl en el que estaba escondido Matías Elías Díaz, “Los dos sintieron que eran arrastrados por una extraña fuerza. Aunque esa sensación duró apenas un segundo (como si durante ese tiempo hubieran estado en medio de un invisible remolino), cuando se recobraron apenas tuvieron una fracción de tiempo para mirar alrededor y salir corriendo” (p. 28).



     Claro que a partir de este momento el mundo habrá adquirido otra fisonomía (ellos no, permanecerán idénticos). Llegarán al pueblo corriendo porque sus bicicletas ya no estaban donde las habían dejado. Y sucede algo sumamente extraño, que los deja perplejos. El lugar tiene otro aspecto. Se dirigirán a la casa de Irene y allí se encontrarán con una mujer joven que es nada más y nada menos que su abuela, infiere ella por el nombre con el que se presenta. La mujer llama a su hija, de ocho años, con sus nombres de pila, Egle Hebe, y cuál no sería la sorpresa de Irene cuando se encuentra con su madre de niña. Luego de ir a una taberna (que antes no estaba en su ese pueblo), de verificar Matías que está su abuelo de niño entre los parroquianos por tener un mechón blanco y el rostro idéntico a una fotografía que se conserva en su casa, caen en la cuenta de que han retrocedido en el tiempo. Exactamente al 19 de noviembre de 1950, cuarenta años atrás. Matías Elías Díaz e Irena René Levene estaban cursando su último año de la primaria antes del viaje en el tiempo, padeciendo a una maestra, “la cocodrilo”, que les hacía la vida imposible.

     Hay un grupo de parroquianos, al que toman la decisión de seguir cuando salen de la taberna, y llegado un determinado momento se detienen en el camino. Llega luego un carro del que desciende un baúl. Y el conductor lo raya involuntariamente. Irene y Matías, escondidos detrás de ellos, en un maizal, espiándolos, comprenden que se trata del mismo baúl en el que Matías se ha ocultado en la casa maldita. Los hombres leerán una carta que venía acompañando al baúl, en la que un primo les explica que ha retrocedido en el tiempo hasta 1492 porque deseaba a toda costa conocer cómo se había producido el descubrimiento de América. En la carta les explica rigurosamente el procedimiento que deben seguir para viajar en el tiempo. Se darán más detalles, pero me gustaría detenerme aquí para no revelar más detalles de la trama.

     De modo que Ricardo Mariño no solamente despliega un juego con planos narratológicos en el seno de una misma ficción, sino con planos temporales en el marco de esos planos. Habrá prolepsis y analepsis según los casos. 
Esta construcción narratológica tan deslumbrante de Mariño, resulta desconcertante para los lectores y las lectoras tanto como ha desconcertado a los parroquianos o primos y luego a Matías Elías y a Irene René Levene.

     Lo genial del libro es que gracias a intercalar ese  género incidental que es la carta del viajero a 1492, esa misma misiva a su vez brindará la clave a ambos niños para regresar a su tiempo originario, del cual han sido arrancados involuntariamente, desconociendo por completo lo que sucedía. No han viajado a otro lugar, porque Matías no había marcado en el mapa que había dentro del baúl otro destino. Sin embargo, este constituye uno de los puntos más jugosos de la trama, porque permite que ambos personajes puedan reconocer a sus ancestros siendo adultos o aún niños, en el caso de su madre, abuela y abuelo.

     El mecanismo de relojería de la nouvelle La casa maldita cruza también otra clase de géneros: el gótico o novela de horror (en particular en el comienzo), con la ciencia ficción y, agregaría yo, la intriga y el misterio. Para lo que supone una obra infantil, plantea un desafío a la comprensión lectora notable, que pone a la mente a trabajar activamente. 
La trama descolocará a quien la lee porque descubrirá la co presencia de planos narrativos simultáneos pero interdependientes al tiempo que sume a esos lectores en una situación de extrañamiento.  Las discronías siempre conducen a preguntas profundas en torno de las coordenadas dentro de las cuales la vida cotidiana de los lectores y las lectoras se desarrolla.  Este viaje compromete, por otra parte, tiempo y espacio. Pero en particular lo que lo rige de modo definitivo es el tiempo.  



     El autor de la carta que informa sobre el funcionamiento de la máquina, Saúl Abdul Majul, es una voz que llega del pasado a un presente del cual ya está ausente. Porque ha viajado a la España de Colón durante el lapso que haya decidido. Y para Matías e Irene, quienes escondidos habían escuchado esta historia, el gran reto consistirá en poder regresar a su punto de partida, esto es, al futuro. Para ello necesitarán servirse de un reloj y de un interlocutor que cuente el tiempo que requieren para preparar la condiciones para hacerlo. Lo consiguen. Logran que el hijo de un escritor realice el conteo en tanto ellos se introducen en el baúl. Pero Liborio Riolobos, el ocasional conocido que han logrado convencer para realizar semejante tarea con dos desconocidos, se cansa de contar el tiempo y en lugar de llegar a su presente originario, esto es, 1990, los hace llegar con su cálculo a 1989, a una clase en la escuela en la que tienen a “la cocodrilo”, quien los mortifica. Ya no estarán en el último año de la primaria, sino en el inmediatamente anterior. Entre tanto, Liborio Riolobos, ignorándolo ellos, también habrá seguido ese manual de instrucciones, irrumpiendo en la clase. Ellos se lo llevarán afuera del aula, alegando que se trata de un  primo, en tanto la maestra reprende a los tres.                             

     La nouvelle concluye con Liborio azorado asistiendo desde la vereda al descubrimiento de un televisor. “¡Un verdadero cinematógrafo en miniatura! ¡Y en colores!” (p. 77). Nuevamente los planos se desdibujan,  porque lo que Liborio ve a su vez, es otro plano ficcional, el que le muestra la imagen de un aparato de TV. Pero también allí la escena es engañosa. Porque este habitante del pasado se encontrará con otro invento, que le muestra representaciones, como las figuras chinescas de un teatro que llega providencialmente, al estilo de un milagro, más que de un progreso de la tecnología que él no está en condiciones de detectar en tanto que avance de la civilización.

     Todo este juego de planos resulta fascinante. Fascinante en tanto uno se pregunta, una vez que ha logrado desentrañar sus mecanismos constructivos el modo como una mente inteligente pero también dotada, inspirada y con oficio de un escritor, ha logrado concebir semejante mecanismo de relojería en el que no hay fisuras.

     En efecto, La casa maldita se presenta como una novela que perfectamente está en condiciones de dialogar con la gran tradición de relatos que desarticulan los planos de realidad y las tres dimensiones, desde las Alicias de Lewis Carroll hasta la novela de Sir Arthur Conan Doyle, El mundo perdido, sobre una expedición a una meseta sudamericana en donde aún sobreviven animales prehistóricos (primera novela que introduce los dinosaurios en la ficción de todos los tiempos), pasando por Julio Verne. Todos clásicos europeos del siglo XIX que, curiosamente, pasaron a formar parte de catálogos juveniles ócuando originariamente fueron concebidos por sus autores como ficciones para adultos. Este es un proceso que la literatura conoce de sobra. Un desplazamiento de públicos que del lectorado adulto mediante una operación que el tiempo histórico define (y no solo las adaptaciones o versiones), mediante una operación bastante inexplicable, se modifica. El único que pareció tomarse en serio a algunos de ellos entre los exponentes de los escritores de la alta literatura (o al menos así lo  pareció), fue Borges. Quizás por el componente fantástico o de ficción científica que alentó su espíritu, como se vería luego en la ficción fantástica o especulativa que cultivó. Por supuesto que dejo por fuera de este catálogo todas las adaptaciones cinematográficas o películas que están también atravesadas por estas cavilaciones, temáticas y sería imposible inventariar. Pero también las artes plásticas, como por ejemplo el dibujante neerlandés M. C. Escher, quien problematizó las categorías entre ficción y realidad, con sus magníficos dibujos es también otro espléndido ejemplo de esta vertiente. Y en pintura los surrealistas, como el belga René Magritte hizo lo propio durante el siglo XX.


     La casa maldita se inscribe en la gran tradición de este corpus, lo hace con sentido de originalidad, no acudiendo a la reproducción de un recurso  liminar sino introduciendo inflexiones propias respecto de un linaje que aún tenía mucho para decir y también había callado lo suficiente como para dar lugar a otros creadores a proseguirlo. Y que evidentemente en Argentina encuentra un caso que si bien respeta en su idea central al intertexto de Wells, también lo enmarca en contenidos que trazan un vuelco hacia los problemas de génesis de escritura y los dilemas propios de la creación en la literatura. La casa maldita prosigue un linaje pero también disputa con él. Desde la periferia del mundo, con una versión que suma sofisticación formal, encuentra un sitio de excelencia. Por añadidura, que se trate de una ficción infantil, porque está pensada para niños y niñas a partir de los 10 años, la vuelve una pieza incuestionablemente valiosa, además de, nuevamente, transgresora.  Acerca a los niños a la noción de realidad paralela o alternativa, a la noción de discronía, problematiza la realidad en términos del sentido común y lo pone todo en cuestión en lo relativo a las leyes de funcionamiento del universo tal como los humanos las concebimos cotidianamente. A nivel de los planos de escritura el juego resulta magistral. La interrupción por parte del hijo del padre escritor que brinda la idea original para el argumento de la trama, también resulta un hallazgo. Eleva el rango del niño a la categoría de inspirador para la ficción del escritor que como una mano invisible digitará toda la trama, sin que lo notemos pero a sabiendas de que es una suerte de alter ego de Ricardo Marinño. En efecto, por detrás de todo lo que vayamos leyendo, si hemos estado atentos al comienzo de la novela, comprendemos que hay una presencia que está siendo personaje a la vez que está tejiendo los hilos de lo que leemos. Ellos actúan en tanto son escritor.

     Esta nouvelle no hace sino confirmar que estamos ante una pluma mayor de la narrativa infantil y juvenil argentina. Entre su trayectoria podemos mencionar el  Premio Casa de las Américas, varias recomendaciones de IBBY (International Board of Books for Young People) y en dos oportunidades el Premio Konex a la trayectoria (1994 y 2004).

     La casa maldita a decir verdad es un premio que nos regala Ricardo Mariño con magistral habilidad de prestidigitador de la palabra. Como escritor que conjuga los dilemas de la escritura con la más desatada de las imaginaciones de la invención en torno de la representación de las escenas de la escritura.                           




                                                                                                                                               

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