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martes, 16 de junio de 2020

"EL ARTE DE NARRAR"


                                                                       


                                                                    por Graziella Pogolotti



Desde tiempos inmemoriales, una vez concluida la faena, los trabajadores se reunían a contar historias. Así se elaboraron leyendas de brujas y de hadas, transmitidas a través de generaciones. Los clásicos de mi infancia no se escribieron para niños. Procedían de esa fuente popular. En el siglo XVII, Charles Perrault fue uno de los participantes en la polémica entre los antiguos y los modernos. Los primeros, con la mirada vuelta hacia atrás, reivindicaban la existencia de modelos literarios definitivamente cristalizados en una lejana edad de oro. Los modernos, en cambio, sostenían, con la atención centrada en el presente y en el porvenir, la necesidad de una renovación permanente. El imaginario rescatado del ayer se convertía en metáfora para el ejercicio de la crítica ante los problemas de la contemporaneidad. El simpático gato con botas mostraba el triunfo del arribismo. En sucesión de episodios, la astucia protagonizaba la carrera hacia el éxito.  Para decirlo en términos actuales, era un modo eficaz de hacer lobby.
Sostenida por el canto, la poesía épica desarrolló el arte de narrar. Atribuida a Homero, la Odisea  tiene mucho de novela. Terminada la guerra de Troya, Odiseo emprende el regreso a su natal Ítaca. Hasta lograr su propósito, el héroe tiene que vencer los más disímiles obstáculos, desde la seducción de las sirenas hasta la violencia de Polifemo.  En sentido inverso, derrotado al cabo, Don Quijote deberá asumir su terrenal condición de Alonso Quijano y renunciar a la quimérica caballería andante.
Cuando Eduardo Heras León presentó en una reunión de la Uneac su proyecto de fundación del Centro Onelio para la enseñanza de técnicas narrativas, Fidel se interesó por saber si ese aprendizaje resultaría útil para los periodistas. Tenía razón. Los grandes de la narrativa han sido también excelentes en el Periodismo. Gabriel García Márquez dejó reportajes memorables. Como sucedió con Odiseo, su náufrago atraviesa situaciones de extremo peligro. Su habilidad y su voluntad de sobrevivir, sus conocimientos relacionados con la capacidad humana de vencer obstáculos, lo conducen a puerto seguro. Mediante la crónica, otro género periodístico, Carpentier reveló la tragedia del pueblo español víctima de la violencia fascista y el canto a la vida como ancla de salvación, aún en las peores circunstancias.

Desde la Grecia antigua, el filósofo Aristóteles advirtió que las historias contadas tienen que ser verosímiles. Imperfecto por su naturaleza humana, el protagonista de un relato comete errores, vacila en el momento de la toma de decisiones y navega en un mar proceloso donde habrá de sortear obstáculos de toda índole. La dimensión heroica de la poesía épica se afianzaba en la revelación de las dificultades que habrán de ser superadas por los personajes. En la Ilíada, la prepotencia de Agamenón y la soberbia de Aquiles demoraron el salto victorioso de los helenos al reducto de Troya. Sobre ese trasfondo conflictual se estructuran el reportaje, la crónica y también la entrevista cuando adquiere visos de autenticidad.
El arte del buen narrador consiste en tomar de la mano a su interlocutor, el lector potencial, para atravesar juntos la selva oscura de una realidad de ayer y de hoy y emprender la aventura del descubrimiento de un universo complejo. Los recursos de la narrativa sirven al Periodismo, a la elaboración de convincentes guiones cinematográficos y al autor de telenovelas para animar la noche de nuestros hogares. Su utilización adecuada es indispensable para la enseñanza de la historia, tan necesaria para preservar la memoria y construir el imaginario colectivo. El gran relato que nos acompaña no puede reducirse a la confrontación entre los irremediablemente buenos y los absolutamente malos. Confieso que las novelas de Alejandro Dumas despertaron mi interés por el gran relato del devenir. El incesante cabalgar de Athos, Porthos, Aramís y D’Artagnan deshizo la imagen acartonada de los personajes según los manuales. Descubrí los secretos de la manipulación del poder por parte del cardenal Richelieu, los amoríos de Ana de Austria y el duque de Buckingham tras el telón de las tradicionales rivalidades entre Francia e Inglaterra.
Bien vista, la historia de Cuba es apasionante. El largo batallar por construir la nación se entreteje con las apetencias de los imperios que en el mundo fueron por adueñarse de un pequeño Archipiélago estratégicamente situado a la entrada del Golfo de México. Economía, sociedad, política y cultura se entrelazan para configurar lo que somos. Aunque muchas veces discrepantes, los próceres entregaron vidas y haciendas para lograr el propósito. Algunos, como dijo Martí a Máximo Gómez, tuvieron que padecer la ingratitud de los hombres. Tampoco se redujo a un tránsito silencioso la República neocolonial.

Nunca resignados, los cubanos intentamos más de una vez levantar la cabeza. Lo hicimos con la Revolución, pero los adversarios no nos han deparado minuto de descanso. A modo de complemento del panorama histórico, el arte de contar permite rescatar biografías convincentes, un género de escaso cultivo entre nosotros porque requiere la paciencia del investigador y el talento literario.
Durante mil y una noches, Sherezada contó historias al sultán.  Su pericia de narradora le salvó la vida. En estos días de pandemia, estamos llamando al rescate del hábito de lectura. Para acrecentar el acceso a un disfrute enriquecedor de la existencia humana, no basta con insistir en su importancia. Se precisa fomentar la costumbre desde la infancia y abrir espacios de comunicación pública para cautivar a muchos con el mágico «érase una vez».

Ilustraciones 1 y 2 @Virginia Piñón
Ilustración 3 tomada de internet

Texto extraído del Periódico Granma, La Habana, Cuba, junio 2020

jueves, 11 de junio de 2020

“Liliana Bodoc: entre el recuerdo y el don”


                                                                                 


                                                                                         por Adrián Ferrero

    Liliana Bodoc (Argentina, 1958-2018) fue una persona, no solo una escritora, de esas que no se repiten. De esas que no se repetirán. Me parece que si a uno le interesan otras cosas además de la literatura y hacer de ella un oficio, no puede sino tomarla como un referente. O quizás como un faro.

     Dejó sentado a las claras ya desde sus inicios como autora que no estaba dispuesta a hacer carrera sino a tener una trayectoria que fuera de la mano de ciertos principios irrenunciables Eso como punto de partida. En segundo lugar, sus narraciones “de comienzos”, en términos de Edward Said ya la muestran como a una mujer contestataria sin ser agresiva. Vehemente sin ser violenta. Convincente sin ser insolente. Lo que por estos días convengamos que es inhabitual. Más bien el paisaje social nos tiene acostumbrados a los agravios, las escenas y los comportamientos confrontativos que han postergado el diálogo civilizado en beneficio de ataques y ofensas. Sí la vi enojada. Sí la vi perder la calma. Pero por motivos que tuvieran que ver con todo aquello que atentara contra la dignidad humana. Y aún así cuidó siempre sus modales. En mesas redondas o paneles en los que se levantaba el tono de la voz y la conversación se acaloraba más de la cuenta era ella la que conciliaba. Se movía con altura en cada circunstancia. Y en un mundo que mucho tiene de abyecto pero que se cuida muy bien de mostrar sus aristas más esperanzadas, Liliana Bodoc era quien nos las recordaba.

     Otro punto que sí quisiera señalar, es que fue una persona coherente. No postulaba en sus escritos actuar de un modo y vivía de otro. Ni había contradicciones entre el hablar y el obrar. Muy por el contrario, planteaba una observancia y había una congruencia entre ambas cosas que francamente no dejaban de llamar la atención. Lo más gratificante de todo es que eso no era una pose sino que se trataba de un estilo vida. Liliana Bodoc vivía la literatura. Vivía lo que escribía (en lo que a principios y valores atañe) y escribía lo que vivía porque su modo de tratar a sus semejantes era el del funcionamiento de una ética paradigmática implícita en sus narraciones, tanto en las infantiles como en las para jóvenes y adultos.



     Hay una poética de la reparación del dolor, de la restitución de los ultrajados sin propagandas ni menos aún una literatura de tesis, de la imprescindible pérdida de la cordura que sería bueno trajera consigo el arte. Por otro lado, un interés capital por el humanismo: el ser humano, las personas tienen ciertos derechos que deben ser respetados, son inalienables. Y quien transgrede esa ofensa debe ser sancionado compensativamente pero no mediante la violencia sino mediante un sistema que respete la legitimidad. Porque precisamente Liliana Bodoc ante todo fue una persona respetuosa. Y se ganó el respeto de la sociedad argentina y del de buena parte del mundo.

     La suya es una poética de la imaginación más desbordante, en la que pese a todo no se pierden jamás por ello las coordenadas que remiten a un referente que metaforiza los conflictos de la realidad social y política de todos los tiempos. En lo referente, entre muchos otros temas, a cuestiones de género, totalitarismos, racismos, discriminaciones, persecuciones religiosas o de etnia, entre muchas otras. De allí una de las razones de su vigencia, además de la excelencia de su prosa. Esto es: jamás se olvidaba del mundo en el que vivíamos pese a estar sumidos en hazañas plagadas de dragones y de mundos prodigiosos. Este es el punto en Bodoc. De creer que supuestamente estamos habitando lo distante, lo maravilloso o lo irreal siempre nos encontramos frente a lo contiguo o lo cotidiano. Frente a lo que estamos leyendo cada mañana en los diarios.

     Si uno presta una mirada de conjunto a su poética, se encuentra con que no hay fisuras, no hay contradicciones. Todo encaja y no hay disonancias. Todo es, por el contrario, consonante. Aspiró, por ejemplo, con su Saga de los confines a que el referente histórico que daba cuenta del lugar de la mujer en la sociedad fuera sacudido por su ficción para encontrar un paradigma que la ubicara en un espacio tanto de acción, de dicción  como de enunciación más poderoso. Esto está presente en toda su poética. No solamente en una novela o un relato como contenido aislado. En este sentido hablo también de coherencia en la poética de Liliana Bodoc.  


     Jamás fui testigo de un desplante de su parte. De manipulaciones mediáticas o un culto de la personalidad. Siempre fue una persona humilde, de perfil bajo, agradecida a la vida, a los suyos, a quienes hacían algo por ella. Y jamás fue ni soberbia, ni narcisista ni ambiciosa. Sospecho que desconocía la malicia. Su solidaridad quedaba demostrada a cada momento y lo hizo con hechos concretos. Predicó con el ejemplo. Fue pluralista y tolerante con la diferencia. Respetuosa de la diversidad. Esto se nota particularmente en ficciones en las cuales se plantea como núcleo temático el de las persecución del diferente o en las cuales hay una hegemonía de un grupo que mediante la lógica de la exclusión persiguen a otros grupos.

     Me parece que es bueno no olvidar a personas virtuosas como ella. En lo personal, tuvo un trato irreprochable en la entrevista que realizamos por correo electrónico. En los intercambios que mantuvimos se manifestó siempre accesible, cordial y cuando le escribí para que supiera que el libro que había preparado del que ella junto a otras autoras formaba parte (que solo por unas pocas semanas no llegó a ver) estaba exultante.

     Si tuviera que imaginármela ahora lo haría en un paraje lleno de todos los habitantes de un bestiario del cual ella teje las tramas para que se muevan o inquieten a los humanos o a otras almas habitantes de quién sabe qué obstinado universo.

     En la entrevista que mantuvimos, todavía recuerdo el impacto de una respuesta que me dio la pauta de la talla de su ética. La interrogué por el origen de su libro de cuentos infantiles Sucedió en colores, en cada uno de los cuales uno de ellos predomina. Hay objetos, personajes y paisajes que son de un color dominante sin mezclarse con los de otro. Entonces me respondió que esa idea provenía de unas rimas que le cantaba o recitaba su padre de niña, en las que sucedía (precisamente) eso mismo. Pero cuando tomó la decisión de escribir un libro siguiendo similar procedimiento me dijo: “Entonces, fui a ver a mi padre para pedirle permiso para usar esa misma idea”. Este episodio me dejó paralizado porque fui testigo de su grandeza y de su lealtad. De su lealtad en  primer lugar para con los seres queridos. Pero alguien con esta educación ¿cómo no iba a haberla extensiva a su ficción? Resulta inconcebible luego de esta anécdota que refiero.


     No conocía el divismo pese a su altísimo nivel de reconocimiento y excelencia. Y creo que siempre supo que era lo último a lo que debía parecerse un escritor de verdad: ser alguien que pensara primero en su prójimo (en especial el más desfavorecido) y luego en sí mismo y su imagen frente a un espejo. Y a decir verdad, puestos a pensar seriamente, esto no está reñido con el profesionalismo. Sino todo lo contrario.

     Se la echa de menos. Pero sus libros allí están, espléndidos e intactos. Con solo abrirlos, la magia de su voz comienza a empaparnos de una riqueza incesante inmarcesible.




sábado, 6 de junio de 2020

Leer para la vida





                                                                                por ELENA STAPICH



            Un lector autónomo es aquel que no lee por obligación ni por prescripción académica sino que hace de la lectura un proyecto de formación permanente, ligado a su proyecto de vida.
Yolanda Reyes



                Uno de los malentendidos más comunes alrededor de la lectura consiste en pensar que leer es algo que se hace en la escuela y que sirve para pasar de grado. Tal vez la escuela tenga algo que ver con esta idea. Pero aquí vamos a hablar de la lectura como un modo de construirse como persona, como un ser autónomo, capaz de pensarse críticamente a sí mismo y a la realidad que le ha tocado vivir. Entonces, para decirlo de una vez, hay que aclarar que un lector no nace de un repollo. Un lector se construye durante toda la vida y necesita, además de libros, del encuentro con otros, con personas que lo ayuden a transitar por los caminos del lenguaje, especialmente en sus primeros años.

            Un lector comienza a formarse al escuchar la voz de la madre, esa voz que le canta una canción de cuna, Duérmase mi niño, duérmase mi sol; que le repite esos versos que nadie sabe quién inventó: Qué linda manito que tengo yo, chiquita y bonita, que Dios me dio; que lo consuela de los primeros accidentes con un Sana, sana, colita de rana; que lo sienta en las rodillas y lo mueve al ritmo de Arre, borriquito, vamos a Belén. Se trata, ni más ni menos, que de un curso introductorio a la poesía, esas palabras que son las mismas con las que hablamos todos los días y, a la vez, no lo son, porque tienen otro ritmo, otra sonoridad, otros poderes. La misma voz que lo introduce en las primeras historias: Había una vez, tres chanchitos que querían hacerse una casa muy fuerte, muy fuerte, tan fuerte que el lobo no pudiera derribarla...



            Un lector comienza a formarse mirando con el adulto los libros de imágenes: ¡Uy! ¿Qué es esto? Una vaca con el ternerito... ¡Muy Bien! Él no lo sabe, pero alguien le está abriendo las puertas para que entre dentro de un nuevo orden: el de lo simbólico. Porque las imágenes de los libros pueden ser más o menos parecidas a la realidad, pero no son la realidad sino una representación de ella. Y las historias de los cuentos pueden ser más fantásticas o más realistas, pero no son la realidad, son una ficción. Y el lector va aprendiendo a diferenciar una cosa de la otra. Y se identifica con algunos personajes, pero con otros no. Y puede dar forma a sus angustias y temores imposibles de representar. Se va adentrando en los misterios de la vida a través de relatos que  nombran al amor, al odio, al bien, al mal, a la soledad, a la muerte, a la amistad, pero los nombran en clave, una clave que no hace falta explicar porque tiene su explicación en lo más profundo del lector.

            Los primeros porqués, la necesidad de saber cómo funcionan las máquinas y porqué pasan las cosas que pasan en la naturaleza pueden encontrar una respuesta en los libros informativos. El lector tiene sus hipótesis, esos libros las confirman, las desmienten, las ajustan. Ni más ni menos que lo que le pasa a un investigador.

            Pero, además, el lector va aprendiendo a conocer el lenguaje, que no es el mismo cuando se habla que cuando se lee o escribe, que las letras colocadas una junto a la otra forman palabras y que de las cadenas de palabras brotan los significados, que no todo se lee igual: hay silencios, cadencias, entonaciones distintas, ritmos. Que el adulto toma el libro de una determinada manera y no es lo mismo de adelante para atrás que de atrás para adelante, de arriba para abajo que lo contrario, que leemos cada línea empezando por la izquierda y yendo hacia la derecha, que hay letras y hay números, que los libros tienen tapa, contratapa, lomo, portada, título, autor, editorial, índice, solapas y tantas cosas más...

            Más adelante el lector comienza a ir a la escuela. A veces la escuela no considera que ya es, a su manera, un lector; pero él sabe muchas cosas que lo van a ayudar en el aprendizaje sistemático de la lectura y la escritura. Este es un momento crítico para nuestro héroe, la prueba de fuego. Si el aprendizaje se hace largo y penoso, complicado y frustrante, es posible que aquí termine su recorrido como lector. En adelante será, con suerte, un niño alfabetizado. Si esta etapa se convierte en una aventura estimulante, eso lo ayudará a significar positivamente a la lectura.

            También es un momento de prueba para los padres. Es como uno de esos caminos que se bifurcan. Si ellos caen en la tentación de pensar: Bueno, hasta aquí llegamos, ahora ya puede leer solo, se están equivocando de camino. Si comprenden que la posibilidad concreta de leer que tiene el chico –primero, segundo, tercer año de la escuela- no le sirve para satisfacer su necesidad de relatos, de viajes, de misterios, de humor, de aventuras, de poesía, le seguirán leyendo los textos más extensos, aquellos que nuestro lector todavía no puede emprender por sí mismo. Además, un adulto que lee para un niño le está enseñando que es posible suspender por un rato las urgencias de la vida cotidiana para entrar en el ritual mágico de un tiempo sin tiempo, le está enseñando la generosidad de quien lee contra el cansancio, contra el apuro, contra todo, a favor del niño, a favor de la imaginación, a favor de un vínculo que se desea prolongar por puro afecto.

            Y el lector, entonces, sigue aprendiendo: aprende a anticiparse a lo que va a pasar en la historia, incorpora nuevas palabras, ensaya interpretaciones, ríe con los disparates, juega con las rimas. Va descubriendo que hay textos y autores que le gustan y otros que no tanto...


            Y así, si en la casa, en la escuela, en la biblioteca, se forman y se sostienen estos espacios de intimidad para la lectura por la lectura misma, sin interrogatorios que intentan medir cuánto se recuerda, qué se entendió, irá buscando por sí mismo otros libros, aquellos que se plieguen mejor a sus gustos y sus necesidades: incorporará las novelas, las historietas, las biografías de sus personajes preferidos, los “cómo hacer tal cosa...”: disfraces, barriletes, juguetes; los libros de juegos y crucigramas, las revistas deportivas, y un largo etcétera. Ese apetito se podrá saciar con el menú que le ofrece la biblioteca, con una visita mensual a la librería para poder ojear, hojear, elegir, comprar, con algún regalo-sorpresa de alguien que quiere al lector como para preocuparse por saber qué hay de nuevo en la literatura infantil, qué hay de bueno, qué recomiendan, qué es lo viejo que todavía sigue vigente.

            Y como leer no es sólo leer libros –y revistas- sino leer los textos de la cultura en general, el lector va aprendiendo junto al adulto a “leer” la televisión, el cine, la música, Internet, los videojuegos, el teatro, la pintura. Su pensamiento y su sensibilidad se expanden y descubre que hay libros mejores que otros, música más elaborada que otra, películas más interesantes que otras. En su interior se va formando un texto que entra en relación con los textos de la cultura y lo vuelve más perspicaz como lector, se descubre a sí mismo capaz de relacionar a un personaje de un dibujito animado con uno de un mito griego. Poco a poco, se le anima a cualquier desafío, por raro o difícil que pueda parecer a simple vista, o a simple leída.

            Y llegamos al momento en que nuestro lector se vuelve adolescente. Le gusta leer en privado y se molesta cuando le controlan lo que lee o lo interrumpen para que haga otra cosa. En medio de una cultura donde domina el ruido, la publicidad, la tecnología, probablemente no gustará de ser rotulado como “lector”. Necesita igualarse con sus pares. Pero, en la intimidad, buscará lecturas, quizás sólo compartidas con algún par, que le ayuden a entender de nuevo todo. Porque las preguntas son otras. Buscará algunas respuestas en los libros de psicología, de autoayuda, de esoterismo, sobre viajes iniciáticos y drogas, sobre sexualidad. Pero también le interesarán las novelas y la poesía amorosa. Descubre que, en medio del caos, es bueno refugiarse en la intimidad y que, a veces, las noticias que más se necesitan son las de uno mismo, las que ayudan a encontrar sentido a las experiencias, las que se cuentan como secretos,  dispersas en los textos de la literatura. Esos textos que pueden ser o no ser los que se leen en la escuela y que generalmente no lo son. Las preguntas que la escuela hace sobre los textos no suelen ayudar a descifrarnos a nosotros mismos y a los demás.


            En este camino de lecturas, el lector va aprendiendo que, a través de la literatura, es posible vivir otras vidas, habitar otros mundos y otras épocas, inventar la propia vida, construir una casa para nosotros donde se encuentren  los sueños y la realidad, y que sirva, a veces, como un lugar para refugiarse cuando afuera arrecian las tormentas.
           

jueves, 4 de junio de 2020

“Escribir literatura infantil: dilemas y encrucijadas”


                                                         


                                                               por Adrián Ferrero

     Escribir literatura infantil y juvenil no es una opción menor. En todo caso consiste en escribir libros para una población lectora más reducida (lo sabemos), de un cierto estado de maduración y para ciertas editoriales o colecciones, que no son tantas. Por otro lado, se trata de escribir para  un campo de la producción literaria en términos generales, para decirlo de modo elegante, no considerada merecedor de ser apreciado como corpus crítico por parte de la institución académica en términos amplios. Una literatura que suele estar reunida en torno de ciertos foros, escasos por cierto. Por último, lectores y lectoras adultos suelen ignorarla. Es cierto que para la docencia en los primeros niveles escolares, sobre todo, sigue resultando una aliada imprescindible.

     Sin embargo, en lo que a mí atañe como escritor, si bien pienso en otra clase de receptor cuando escribo literatura infantil y juvenil, mantengo igual o mayor nivel de exigencia que cuando lo hago para adultos. O que cuando escribo crítica para adultos. No me parece en lo absoluto que reducir el nivel de edades de los lectores y lectoras sea sinónimo de que la calidad de esos textos se vea afectada o acaso que no plantee intensos desafíos desde la producción. Muy por el contrario, condicionados por multitud de factores, el escritor o la escritora infantil y juvenil a la hora de la escritura de un texto si aspiran a que sea de excelencia echarán una ojeada mentalmente o de hecho a qué se ha escrito hasta la fecha, al menos en sus líneas más relevantes y potentes, y buscarán caminos alternativos para no repetir ni ratificar modelos que han sido previamente trabajados o, en todo caso, excesivamente transitados. También hay otros factores importantes: por ejemplo desmarcarse de los libros comerciales de modo terminante. Escapar a una literatura de fórmulas. No aceptar formar parte de ese corpus porque se aspira a hacer algo distinto, tras los pasos de la calidad y el sentido de originalidad.


     Por otra parte, ha habido en la literatura infantil argentina a mi juicio un abuso de ciertos recursos que han sido consagrados por figuras tutelares, como María Elena Walsh, Javier Villafañe o bien, en el teatro, un referente como Hugo Midón. De modo que la otra gran tarea no diría precisamente que consiste en el así llamado habitualmente “parricidio” (lo que sería un proceder absurdo), pero sí en acudir a formas y contenidos en lo posible novedosos. Que sean desafiantes para el escritor que está frente a la página en blanco en primer lugar, que los ha leído previamente y que a él lo pongan en problemas. Que lo pongan en problemas porque es el modo más provechoso de crecer como autor o autora. Producir textos que sean desafiantes para los lectores y lectoras, que se enfrentarán a un nuevo material, completamente distinto en lo que hace al consumo de bienes simbólicos más frecuente. Pero para ser desafiantes para los lectores y lectoras han de serlo para el escritor.

     Como escritor de literatura infantil y juvenil esporádico, me gusta poner en problemas a ese productor de textos literarios que soy. Yendo tras nuevos temas, incluyendo nuevos procedimientos, procurando escapar a los que han sido utilizados en exceso. Naturalmente en leer a autores  y autoras que han realizado recorridos por estos nuevos senderos, o que al menos a mí me lo parece lo han hecho.
     El absurdo, el humor, el nonsense, el disparate, la impertinencia, la risa desopilante me parece que han sido, son y seguirán siendo ejercidos magistralmente ejercidos por creadores y creadoras irreprochables. ¿Quién podría objetarles a ciertos creadores  y creadoras la escritura de obras magníficas, de una radical invención, que han llevado hasta el extremo esos procedimientos con obras verdaderamente logradas? Me parecería hasta en un punto poco respetuoso pretender lo contrario, mucho más teniendo en cuenta que la literatura es el espacio de la liberad subjetiva por excelencia. No obstante, es aquí donde procuro pensar en mirar hacia adelante. En el presente histórico. Y en el presente de mi escritura. En el presente de la escritura de otros que como yo puedan estar formulándose preguntas en este mismo sentido. Cuando me siento frente a la máquina con una idea que se me ha ocurrido o bien cuando he tomado la decisión de escribir por oficio, sin estar movilizado por inspiración alguna. En tales casos (ambos), las preguntas que me formulo pero que no sé si he logrado revisar son: “¿Cómo escribir a partir de nuevas premisas? ¿de qué nuevos parámetros partir para desembocar el universo poético que me propongo?”. Estas preguntas no son sinónimo en absoluto de que lo haya logrado. Porque de hecho he regresado en buena parte de mis cuentos o de mis nouvelles a modos de narrar y temas que ya lo habían sido antes. De modo que resulta sumamente difícil sortear esta trampa que nos presenta la creación en relación con la lectura del pasado literario. Evitar soslayar lo ya realizado con talento o hasta genialidad, de modo fuera de serie por los grandes creadores y creadoras sin regresar a esos paradigmas tan acertados. En tales casos, me ha sido sumamente útil acudir a literatura para adultos que fuera experimental desde todos los puntos de vista. O bien buscar entre todo el corpus de las poéticas infantiles y juveniles las que percibo han incursionado por territorios novedosos. Que han sacudido sus cimientos. Esto nutre, alimenta, va conformando un sustrato que tampoco tiene por qué descalificar lo realizado hasta el momento en modo alguno. Pero sí estimo propio de un creador o creadora responsable plantarse frente a su oficio con la idea de procurar decir otras cosas mediante mecanismos enunciativos diferentes.


     Se introduce aquí un contrapunto sumamente interesante entre tradición y renovación según un presente histórico en el marco del cual los creadores y creadoras sentimos que necesitamos encontrar un lenguaje literario que nos sea propio, acudir de modo elocuente a otros espacios, otros tiempos imaginarios, decir otras cosas con palabras desconocidas incluso para nosotros mismos. Que deberemos ir descubriendo. No obstante, no resulta una empresa imposible. Si uno es una persona respetuosa de su disciplina o de su arte, de sus colegas y del trabajo y la trayectoria que han realizado y siguen realizando, encontrar caminos nuevos es cierto que pareciera arrinconarnos. Pero nos paraliza. Vemos que sus poéticas resultan ser tan frondosas, tan dominantes también por su alto nivel de perfección que parecen haberlo abarcado todo, de modo envolvente. Que muchos de ellos se han servido de los procedimientos que enumeré, pero que también han trabajado otros tantos que no podrían encajar jamás en el marco de esa tradición. De modo que el escritor o la escritora de literatura infantil que se sienta a escribir (y por añadidura sin demasiada experiencia creativa en este campo, como en mi caso), se ve expuesto frente a un dilema. ¿Cómo encontrar una voz en el concierto de las poéticas, de poéticas potentes muchas veces, que han puesto a dialogar la escritura con realidades también sociales y políticas que no son sencillas de abordar para la infancia? ¿dónde puede encontrarse esa voz? ¿se la encuentra o debe ser creada a partir de una síntesis de todo lo leído que resulta ser una experiencia riquísima? ¿se debe partir de un tabula rasa o eso resulta a todas luces imposible? El crítico Harold Bloom habla en el caso de la escritura en uno de sus libros de que existe una “angustia de las influencias”. Emoción que es totalmente cierta. Y otro crítico, Edward Said se refiere a los comienzos en la ficción. A los “libros de comienzos” y lo que suponen para cada uno de los productores culturales estos dilemas que son por cierto incómodos. Más bien tienden a sumirnos en estados de desasosiego si no somos escritores naïfe, impulsivos, ingenuos. Parto de la base de que somos escritores y escritoras que nos proponemos problematizar nuestra poética, volverla día a día más compleja. También de que hemos apartado de entrada toda pedagogía, si bien sabemos que el universo de valores es un factor importante en el marco de la literatura infantil y juvenil.

     ¿Cómo empezar una historia? Esta suele una pregunta en la que se ha insistido. Pero no sé si se ha insistido en las repercusiones que supone en lo relativo al choque que el escritor mantendrá a partir de ese incipiente comienzo de cuento o novela (en mi caso) con todo lo previamente escrito. ¿Habrá conflictos, habrá alianzas, habrá perturbación, experimentará malestar, sentirá a la hora de escribir tantas disyuntivas que quedará literalmente paralizado? Estas preguntas me parece que no tienen una sola respuesta en la medida en que cada escritor o escritora las resolverá a su manera y la vivirá a su manera. También están otras preguntas que le son correlativas: ¿Cuál será el tema al cual me referiré, está demasiado transitado, abrirá el juego hacia nuevas posibilidades y aristas, supondrá repetirme involuntariamente porque lo que he leído impactará sobre mí de un modo que me habrá marcado de modo indeleble, bajo cuyo influjo produciré mi texto?  O bien, otras tantas inquisiciones, para un escritor o escritora: ¿A la hora de corregir, en qué lenguaje literario me dirigiré al niño o niña al cual le estoy hablando como interlocutor, estaré construyendo un interlocutor persuasivo, eficaz o estaré siendo abrumador con mi exigencia, no estaré teniendo en cuenta en la escritura alguna dimensión a la que debo estar atento, estaré eliminando los momentos del texto que corresponde figuren, debo corregir tanto, en la medida en que escribo no estoy subiendo en exceso el nivel o bajándolo demasiado a la hora de la demanda para un lector o lectora infantil o juvenil? Y finalmente, ¿Estaré interesando a ese lector o lectora o lo estaré aburriendo soberanamente? ¿cerrará el libro, será el modo en que lo he hecho de abordar el tema el más apropiado para generar interés pero al mismo tiempo el más acertado desde el punto de vista estético, el abordaje es el correcto según la edad a la que está dirigido, los temas sobre los que  escribo son los que preocupan a los niños y jóvenes de esa edad, no sería conveniente pensar en temas nuevos, más atractivos, los contenidos sobre que escribo siguen estando vigentes en la actualidad o pertenezco a una generación donde las cosas que nos importaban ahora ya no lo hacen,  ser un adulto me habrá separado en exceso de la experiencia vital de los niños y jóvenes, generando anacronismos y hasta abismos? En fin, estas son algunas de las tantas preguntas, por cierto que en lo personal me provocan incomodidad respecto de lo que voy a escribir como productor de textos infantiles y juveniles. Seguramente hay otras tantas.

     No obstante, debemos reconocer que está la instancia de la concepción de la idea previa, de la ejecución de la escritura, luego de la corrección y revisión, que puede darse en varios momentos o etapas. En alguna de ellas (o en todas) puede que llegue el momento de pensar acerca de estos problemas que planteo no necesariamente como dilemas o encrucijadas pero sí como zonas inquietantes de la creación. 

     La producción de textos infantiles, ya ven, no consiste en un lugar de simplismos, facilismos, un campo de trabajo apacible o que esté exento de conflictos, vacilaciones y dudas para quien la enuncia. Tampoco la que es para adultos, como se nos pretende hacer pasar por exclusiva y hasta excluyente en tanto que sofisticada. Pero como suele ser tan habitual que se la descalifique como un campo de trabajo sin grandes preguntas, considero relevante dejar sentadas estas resistencias que presenta la escritura de textos literarios infantiles y juveniles para que también la que es para adultos la reconozca en toda su complejidad. Se trata de que engañosamente eso se supone. Pero el lector y la lectora infantiles y juveniles son impiadosos, es más, despiadados con los textos que no consideran o bien propios de su edad o bien de su interés o bien escritos. No son personas sin capacidad de discernimiento. Suelen exteriorizar sus emociones sin demasiadas vueltas, menos aún represiones. Lo hacen de manera espontánea, completamente natural, no admiten réplicas o sanciones. A los libros que no les gustan los cierran, los apartan y los guardan. O si son para la escuela los leen a desgano.

     Pero de lo que sí quisiera tomar nota en este artículo, es que escribir para niños supone una puesta en juego de una serie de preguntas que no son sencillas. Que pocas veces tienen respuestas y que nos movemos entre signos desde lo incierto. Que se suele confundir de modo complemente erróneo el hecho de que su lectorado sea de las  edades más tempranas con que se tratará de libros poco elaborados, que no apunten a la excelencia o a la búsqueda obstinada por hablar en lenguajes nuevos. Que también la poesía en la prosa, la musicalidad, la armonía, la atención a las figuras retóricas, a los modos narrar (por ejemplo), los casos de experimentalismo (que existen) al igual que en la de los adultos pueden encontrarse y naturalmente deben buscarse y producirse en la medida de lo posible. Que se abordan temas en ocasiones considerados tabú y esta circunstancia es resuelta exitosamente por sus hacedores.        Que estos temas conflictivos (o que supuestamente el prejuicio así quiere que lo sean en el marco de la literatura infantil y juvenil), lo son desde lo social, lo político y lo vincular. Y que no siempre tenemos las respuestas para responder a la demanda que plantean desde la resolución textual. Me refiero a que quedamos en estado de desconcierto o bien de impotencia frente a varias de las dificultades que la literatura infantil propone a quienes la escribimos.

     En términos más teóricos, si así se quiere, a la hora de un a priori de la escritura, a la hora en que un escritor o escritora de literatura infantil se plantan frente al pasado de su campo de producción, está presente la memoria en ocasiones incómoda de un canon, que se le puede presentar bajo el síntoma de una angustia o bien con la idea de una transgresión o relectura, como dije (pero nuevamente tampoco podrá escapar a él como punto de referencia). Y que existe ese canon potente, que se ha instalado legitimado por figuras poderosas del campo intelectual a las cuales resulta extremadamente difícil sustraerse o a las cuales imposible eludirlas. Por otro lado, habrá creadores y creadoras que acordarán que sigue teniendo sentido proseguir de modo totalmente legítimo con esas tradiciones imprimiéndoles un sentido nuevo, trabajándolos desde todas las posibilidades que traen consigo en potencia, que son a su juicio enormes. Los habrá que consideren que bajo ningún punto de vista están agotados o incluso deben buscarse maneras de proseguirlos pero exacerbándolos quizás.  En lo personal desde mi ficción estoy permanentemente dialogando con ellos. Hay una memoria de la literatura infantil conformada a partir de lecturas y de crítica literaria que está presente todo el tiempo, de modo simultáneo al momento de la escritura. Pero estoy sumamente atento a no recaer en lo que recuerdo haber leído. En lo que suena en mi oreja haber ya oído (o leído en todo caso).


     Estimo modestamente que se vuelve primordial una lectura y estudio del corpus infantil y juvenil de ese pasado en lo que atañe a lo realizado hasta la fecha o en simultáneo, en la medida de lo posible. Muy en particular, como decía, poniendo el acento en figuras que advertimos han venido a decir cosas nuevas con un lenguaje literario también nuevo. En estar al tanto a fondo de la génesis de las líneas creativas que han configurado las distintas tradiciones en la literatura infantil y juvenil. Y una vez detectados aquellos exponentes fuera de serie estudiar por qué lo son. Qué nuevas propuestas traen consigo. En qué consisten. Y luego sí, discutir sus supuestos tanto ideológicos como formales en la medida en que es necesario concebir un nuevo proyecto que sea divergente, sin pretensiones de una originalidad imposible, lo que sería crédulo y hasta soberbio. Se trata de un punto de vista por cierto objetable y no aspiro a convertirlo en una aserción de naturaleza universalista. Sí reúne el conjunto inquietante de emociones e ideas que en mi práctica como escritor (que no es la de otros u otras necesariamente) pretendo formularme para que mi producción se posicione respecto de lo que se ha hecho y se ha leído por la crítica hasta el momento. De resultas que considero primordial impedir que ese canon internalizado adopte la forma de un mandato paralizante o de una amputación para el escritor. Si así se quiere, se trata de una esperanza crítica desde el punto de vista creativo en que es posible que la literatura infantil sea un campo dinámico. De revisión. En demostrar que la literatura infantil y juvenil,  también está sometida desde la génesis y la creación a miradas severas desde la producción de textos. Y que los escritores y escritoras en particular desde la investigación y la toma de distancia somos personas responsables que tomamos en serio nuestro oficio. Una parte importante de ello consiste en esta dimensión que expongo. Por otra parte, lo que planteo no es sinónimo de dejar de leer a mis colegas que continúen con las líneas de trabajo que acuden a los procedimientos arriba indicados ni menos aún a evaluarlos de modo peyorativo. Sino muy por el contrario, regocijarme en ese inmenso caudal de inmenso talento, nutrirme de él, para también tomar distancia con el objeto de configurar mi propio proyecto, si no sonara esta expresión de deseos como una frase presuntuosa.

martes, 2 de junio de 2020

ENTREVISTA AL ARTISTA PLÁSTICO CUBANO MAESTRO ALEXIS GELABERT


Hoy el Hormiguero Lector, tiene el honor de presentar al Maestro Alexis Gelabert, quien nos habla de su mundo de artista, un hombre de la plástica unido al mundo de las letras, un historietista, que ha sabido reunir pluma y pincel para acompañar el conocimiento, la lectura, el crecimiento espiritual de millones de niños y jóvenes en su encuentro con el ideal martiano, que es el ideal de la humanidad, el vivir para servir y amar. 


Cuándo descubriste tu gusto por las artes plásticas? ¿Dibujabas de niño? ¿Provienes de una familia con sensibilidad artística?

A la edad de 5 años, comencé a dibujar, ya que  siempre visitaba a mi tío abuelo, Florencio Gelabert, que fue un prominente escultor, director de la escuela Nacional de Artes Plásticas  San Alejandro, su obra escultórica  la encontramos  a lo largo de mi país y en gran parte del mundo. Además debo señalar que otros miembros de mi familia fueron músicos, aspectos que también influencio en mi inclinación hacia las artes, en especial a la plástica. 



¿Qué te aportaron tus estudios académicos de Bellas Artes ?

 La disciplina, el oficio y la perseverancia en el trabajo, el estudio de la naturaleza y la admiración por el movimiento corporal.

Durante algún tiempo fuiste y sos profesor de artes plásticas de niños. ¿Qué influencia tuvo esa etapa en tu quehacer profesional posterior?

Trabajar con niños es maravilloso, cada día se aprende , por eso cuando le imparto clases salgo fortalecido espiritual y emocionalmente. A ellos le dedico una gran parte de mi obra, en la pintura y en las historietas que escribo dedicada, principalmente, a niños y adolescentes.

¿Qué te atrajo de la ilustración de libros para niños y cómo te insertaste profesionalmente en ese mundo?

Desde niño leía los libros que tenían dibujitos, después empecé a realizar historietas que  publicaba en los periódicos de Cuba posteriormente empecé a ilustrar carátulas de libros infantiles, pinté sobre los personajes de cuentos infantiles, realicé varias exposiciones con este tema, hasta llegar a una de mis mayores obras del género de historietas "Aventuras desde la Edad de Oro" inspirada en la obra de José Martí.


Cuando se observan las ilustraciones de tu etapa inicial y las más recientes, se intuye un largo camino de búsquedas expresivas y de maduración profesional. Hoy día posees un estilo muy personal y fácilmente reconocible. ¿Cómo llegaste a conseguirlo?

Con mucho trabajo y dedicación, siempre recuerdo los consejos de mi tío Gelabert. Me enfatizo mucho en la perspectiva y doy mucha importancia a los planos generales, también al color  la brillantez de las cosas y a la luz. El estilo es el resultado de la constancia en el trabajo de la inspiración, de ser uno mismo.

¿Con qué técnicas te sientes más a gusto, más vos?

Me expreso con varias técnicas, Acuarela, Tempera, Oleo, pero, la más me gusta es el pastel pues me permite jugar con la combinación de colores.
 
¿Qué esperas del lector que se enfrenta a tus imágenes gráficas?      


Que disfruten  mi obra, que logren interpretar libremente  lo que quise decir , o lo que ellos consideren, cada lector es un mundo y resulta muy interesante la diversidad interpretativa, pues tiene que ver con la cultura , el conocimiento, el gusto, la región, entre otros temas.

¿En qué género te sientes más cómodo ilustrando: poesía o narrativa? ¿Tienen exigencias diferentes para ti?
Me gustan ambos géneros, pero tienen desde luego diferentes exigencias a la hora de trabajarlas.

¿Qué libros de los que has realizado sentís que representan mejor tus búsquedas como creador?

Hay varios, pero el que más representativo hasta el momento es  Aventuras desde la Edad de Oro, con de más de 180 páginas y créame que cada una fue un reto.


¿Qué creadores han marcado tu trabajo, bien como referentes o como paradigmas?

Orestes Suarez, Luis Duque, Manolo Pérez Alfaro y Francisco Blanco, cubano.
Luis Riuz, argentino y Carlos Jiménez, español

¿Cómo concibes la relación escritor-ilustrador-editor?

Muy estrecha, aunque en ocasiones hay que lograr acuerdos.

¿Qué elementos de un texto son importantes para vos a la hora de acercarte a él plásticamente?

Sobre todo busco la enseñanza que trasmite y  su poética.

Cuando miras hacia atrás tu obra publicada, ¿qué piensas de ella?




Que todavía me queda camino por recorrer.

¿Qué libro te gustaría ilustrar?   

El Quijote, Drácula, Metamorfosis y el Hobbit y la Edad de Oro.







@ Eduardo Raúl Burattini




sábado, 30 de mayo de 2020

Por un tiempo en casa


Estamos hechos de los cuentos que nos cuentan. Las historias les dan sentido a nuestro miedos, a nuestras dudas, a nuestros temores. En tiempo de pandemia las historias  empiezan a circular para dar cuenta de nuestro estar en este mundo. Compartimos un cuento escrito y narrado por Leticia Otazúa, profesora y escritora que narra desde Burzaco para cualquiera de los rinconcitos en los que nos refugiamos en esta cuarentena.  El hormiguero Lector , agradecido.



martes, 26 de mayo de 2020

Lecturas en la escuela: Mirando el mundo al revés con Mansilla



Por María Cristina Alonso

Una mañana encuentro -sobre la mesa de la sala de profesores de un colegio centenario donde trabajaba- un ejemplar de Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla. Es una vieja edición que alguien ha sacado de la biblioteca y ha olvidado regresarla. Sin dudarlo, la llevo al salón de clases de quinto año donde estamos leyendo a  Borges. Pero lo bueno de la literatura es que los libros dialogan entre ellos todo el tiempo. “Les presento a un tipo excepcional -les digo a los chicos cuyas miradas apenas si se posan sobre mi persona porque han tenido plástica y todavía hay carpetas y acuarelas sobre el banco.
Mostrando el libro les digo que les traigo la obra de un gran viajero, un señorito culto del siglo XIX que vivió más en Europa que en su país y que, ya a los dieciocho años, su padre lo mandó en un viaje para alejarlo de una muchacha que, según la familia, no le convenía y llegó más lejos que cualquier argentino de su época: a la India y subió al Himalaya. De ahí en más se convirtió en un viajero. No un turista, un viajero que transita por el mundo para aprender a mirarlo sin prejuicio. No obstante, el más famoso de sus viajes lo hizo tierra adentro, hacia el territorio de los ranqueles que, para los hombres de su época, era un territorio despreciado al que pronto harían desaparecer.
Hablamos con los chicos sobre viajes. Muchos no han viajado casi, ni siquiera a la capital o lo han hecho en excursiones organizadas por la escuela. Los viajes educativos son tan imprescindibles como la tiza y el pizarrón. Los viajes cambian la perspectiva. Mansilla lo sabía, por eso escribía en su libro Una excursión a los indios ranqueles: “Sin contrastes hay existencia, no hay vida. Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral.”


Y entonces, les cuento y los invito a que imiten al coronel Mansilla, cuando estaba en la guerra del Paraguay y los días se le hacían por demás de monótonos. Cansado de mirar siempre el mismo paisaje, las mismas trincheras paraguayas, los mismos árboles, se subía a un promontorio, daba la espalda al enemigo, abría las piernas y arqueaba el cuerpo hasta tener la cabeza entre ellas. Así los objetos quedaban del revés, se resignificaban, la perspectiva variaba y la apreciación del mundo también. Algo así como mirar el mundo con ojos nuevos.

Porque Mansilla, además de haber sido un nómade, un tipo que tanto estaba en París como hablando con el cacique Mariano Rosas, sabía que, además de moverse de un lado a otro, había otras manera de viajar, de soportar el aburrimiento, y eso sólo se encuentra en los libros.

En su diario de viaje, cuando Mansilla sólo tiene dieciocho años y sale por primera vez de su casa, de su mundo conocido y debe soportar el largo viaje en buque que lo llevará a Europa, a Egipto, a la India, se consuela con los libros.

Escribe con letra menuda y despatarrada en su camarote, hamacado por las olas: “La lectura ha sido el principal entretenimiento. Mientras duren los libros no hay que temer!”
Por eso, entre tantos escritores malhumorados, enojados y tristes, Lucio Mansilla es un tipo feliz. Alguien que ha viajado por el mundo desde joven, que ha ido a la India a los 18 años y subido al Himalaya, que se ha paseado por los salones de Londres, de París, de Buenos Aires. Es fino y culto, viene de una familia adinerada, es sobrino de Rosas y se enamora incontables veces. Cree en una Argentina con destino de progreso como todos los hombres de fin de siglo en la que no están incluidos los pueblos originarios. Sin embargo, mira al mundo sin prejuicios.



Su viaje a las tolderías ranqueles tiene por objetivo, más que firmar un tratado de paz que él sabe que será violado rápidamente, probarse que puede adentrarse en territorio aborigen y comprender ese mundo que los demás desconocen y demonizan. Su capacidad para mirar el mundo cabeza abajo le permite reconocer que los términos civilización y barbarie no son verdades absolutas, que, en muchas ocasiones, los ranqueles  por ejemplo, son más civilizados, más piadosos y solidarios que los blancos. Piensa que la solución no es el exterminio sino la asimilación a través de la religión y el trabajo. Dice, "hay que vivir para experimentar contrastes", en los extremos es donde se encuentra la felicidad. Y al tocar los extremos se da cuenta de que el mundo occidental sólo ha desplegado su barbarie sobre los más indefensos, los ha llenado de vicios, los ha ido destruyendo lentamente para darles el mazazo final.

Escribe apoyado en la montura del caballo, escribe para dar cuenta de su fuerza y salud, de su capacidad de descubrir los verdaderos valores en la naturaleza, en ese viaje interior aprende mucho más que en todos los libros y opúsculos en que los blancos hablan sobre el tema. Escribe para decir que los ranqueles le han dado lecciones de humanidad y, de paso, porque no es un santo, sino un tipo que quiere a toda costa ocupar altos cargos en el gobierno, que es el hombre ideal, que conoce a la tierra porque ha dormido sobre el lomo del caballo mirando las estrellas y sabe apreciar que no hay manjar más grande que una tortilla de avestruz comida a cielo abierto.



Leemos algunas páginas del viaje de Mansilla. A esas alturas ya hemos hablado de cómo sería un viaje hoy a un mundo desconocido cuando ya casi no quedan lugares sin explorar, cuando podemos conectarnos con gente de cualquier parte del mundo. ¿A otro planeta?, ¿Es viajar hacer un tour donde está todo previsto? ¿Con qué ojos miraría Mansilla este siglo XXI?

Eso ya lo escribió María Rosa Lojo en una novela que recomiendo a mis alumnos: La Pasión de los nómades. En ella, un Lucio escapado del paraíso y convertido en fantasma se enfrenta a una Argentina posmoderna.



Suena el timbre y termino mi clase volviendo a los viajes de Mansilla, hablo de sus trajes pintorescos y sus sombreros con plumas, de su pasión por los retratos –los hay de todas las etapas de su vida- de las fotografías múltiples que se tomó en la célebre Casa Witcomb, en las que, mediante un juego de espejos, Mansilla aparece en cinco imágenes como conversando consigo mismo, fotos novedosas que fueron exhibidas en las vidriera de la calle Florida. Un viajero inteligente y sagaz que hace del viaje una fiesta para él y para nosotros que lo leemos.



Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...