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lunes, 4 de mayo de 2020

Los niños invisibles. Ficcionalización de la pobreza, el hambre y la marginalidad en los relatos para niños

(Ponencia destinada al VII Simposio de Literatura infantil y juvenil del Mercosur, que se iba a realizar en el pasado abril en Bariloche y que se pospuso para el año que viene por razones conocidas por todos)

Por María Cristina Alonso

 Un niño llamado Facundo muere con un tiro por la espalda en Tucumán. Le dispara la policía una madrugada de marzo de 2018. ¿Puede su historia ser el argumento para un relato para niños?


En el Bajo Flores, en la Villa Illia, un febrero de 2016, la murga “Los auténticos reyes del Ritmo” recibe una lluvia de balas de goma y de plomo mientras ensaya sus pasos para el próximo carnaval. La mayoría son niños y jóvenes. ¿Qué público escuchará esta historia en la que el verdadero lobo es la gendarmería?



¿Es pasible de ser ficcionalizada la historia de la niña jujeña obligada a tener un hijo fruto de la violación de un hombre de 60 años y a la que, además de negársele la posibilidad de interrumpir el embarazo -como lo disponen los protocolos para estos casos de menores de 15 años-, el gobernador de la provincia ya había digitado la “buena familia” que adoptaría al bebé, mientras que la niña sólo quería que todo terminara para volver a jugar?

¿Puede la literatura destinada a niños y jóvenes ignorar el contexto social y el padecimiento de los pueblos? ¿El hambre, la pobreza, la marginalidad son temas difíciles y desaconsejables para abordar con los lectores más pequeños?

Si -como sostiene Colomer[1]- una primera función de la literatura infantil es introducir al niño/a en el imaginario humano configurado por la literatura, la realidad-que es parte de ese imaginario- necesita ser recontada por la ficción. Es ella la que tiene-desde antiguo- una función socializadora, y otorga, a los lectores, las claves para desentrañar cómo funciona el mundo.

El cometido de esta ponencia es indagar en producciones de autoras que han tomado la exclusión y la pobreza de tantos argentinos y argentinas y han reelaborado esas cuestiones a través de la ficción. Partiremos de algunas preguntas, como las que se han hecho las autoras que abordan este tema: ¿Para qué niños se escribe? ¿Quién lee esas historias cuyos protagonistas son, con frecuencia, los niños invisibles que la sociedad ha dejado de ver, salvo cuando se siente amenazada?

Tengo una mantita de lana mezclada celeste y blanca, argentina, aunque ya está gris porque la tengo desde que era chica, no se me perdió nada, ni me la sacaron nunca esta mantita. Yo la quiero porque es la que más abriga y más cuando tenés que dormir en la calle, los que no tenemos casa ni nada”. La que habla es una niña que vive en la calle, protagonista de uno de los cuentos del libro Bajo las estrellas,12.000 años de historias bonaerenses, de Roberta Innamico (2008), relatos que protagonizan niños de pueblos originarios que habitaron en el pasado la provincia de Buenos Aires y niños urbanos actuales, marcados por la exclusión y la desigualdad.


¿Leerán chicos como la narradora una historia que cuenta sobre tanta orfandad? ¿Le interesará al chico bien alimentado que disfruta de la tecnología en su casa del country? ¿O al que tiene un padre que apenas si llega a fin de mes, pero puede disfrutar de la lectura en la biblioteca de la escuela pública, abastecida por el Plan Nacional de Lectura entre los años 2003-2015 con la mejor literatura de todos los tiempos?


En 2002, cuando afrontábamos otra crisis del neoliberalismo, Sandra Comino, en una ponencia titulada Esto no es para vos, decía: “Muchas veces cuando termino de escribir un cuento me pregunto: ¿quién lo leerá?, ¿lo podrá leer un chico que espera la hora del almuerzo en el colegio porque en su casa no pudo cenar? O, en todo caso, ¿qué derecho tengo yo de decir esto no lo escribo porque no me lo publican? Los chicos deben tener la posibilidad de elegir cuentos que le hagan olvidar por un rato lo que padecen o historias que les permitan identificarse o relatos que les dejen hundir su dolor o narraciones que los hagan estallar de alegría, pero siempre de una literatura que haya sido escrita desde el corazón sin prohibición alguna.”

Pensemos con números a la vista: Según un informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), en 2017 el 37,1% de los niños en Argentina pertenecía a la pobreza estructural, y en el 2018 esa cifra llegó al 41,2%: hijos de familias con ingresos insuficientes y sin derechos básicos.

El 41,2% de los niños del país vive en estado de pobreza estructural, esto representa 4,7 millones de chicos con padres sin ingresos suficientes, mal alimentados, que viven en casas sin agua potable o cloacas, con problemas para acceder a la educación y escaso nivel de atención sanitaria. Estas cifras demuestran que vivimos en una sociedad segmentada, con muchos padecen y pocos que disfrutan.

Sandra Carli (2006) señala -en La cuestión de la infancia- que vivimos en una sociedad marcada por las clases sociales,desde el niño que en un carro tirado por caballos recorre la metrópoli y que recuerda al siglo XIX, hasta al niño que accede a las más modernas tecnologías del siglo XXI desde la privacidad del hogar familiar.

Nos interesa indagar cómo se plantea la representación de esa infancia víctima de políticas económicas injustas, en la literatura infantil y juvenil; y cómo sus autoras reflexionan acerca de sus poéticas al abordar estos temas.

María Teresa Andruetto (2009), en Hacia una literatura sin adjetivos se pregunta: “¿Debe el escritor ocuparse en su escritura de lo social, de lo político? ¿Debe un narrador escribir sobre la miseria, sobre la violencia social, sobre la violación de los derechos? Sinceramente creo que eso no es algo que debe preocuparnos a priori. Lo que sí debiera preocuparnos a todos y a cada uno de los que vivimos en este país, es aprender a ser hombres y mujeres comprometidos como hombres y mujeres con nuestro tiempo y con nuestra gente. Luego vendrá lo que escribimos.”

Con esa certidumbre, quizá, la escritora cordobesa escribió El país de Juan (2018), un relato sobre migrantes de las provincias a la capital, las políticas económicas que no permiten el desarrollo de las comunidades y la ausencia del Estado. La familia de Juan, que en el campo cuidaba vacas, en la ciudad se reconvierte en cartonera. “La sequía, los gobiernos y los ladrones de ganado hicieron que poco a poco perdieran sus vacas.” Como también la familia de Anarina, la otra niña de la historia que, antes de dedicarse a cartonear, pertenecía a una familia de tejedores. “Pero los vendavales, los gobiernos y los ladrones de lana hicieron que poco a poco fueran perdiendo sus ganancias”.
Ambas familias pasan de gestionar sus trabajos a trabajar para otros empobreciendo consecuentemente hasta perder el trabajo, cerrando así el círculo del capitalismo y su lógica ajena al bienestar de las personas.
Escrita -como lo señala la autora- “en medio del desastre de 2001”, y reimpresa en 2018, en otra vuelta del país a la pobreza y la falta de trabajo recupera su vigencia. El encuentro de Juan y de Anarina marca un viaje por la geografía de un país que obliga a migrar, pero que contiene una vuelta a las fuentes. Con ternura, envolviendo a sus personajes en una atmósfera poética, Andruetto nos habla del amor y del dolor de los que menos tienen, pero luchan por recuperar su identidad.Desde la primera edición de El país de Juan, este país, el nuestro, ha girado y vuelto a girar. Desgraciadamente, este último giro lo vuelve un libro tan, tan actual”, reflexiona Andruetto.[2]

Literatura y visión del mundo, literatura e ideología. Así lo dice Laura Devetach en La construcción del camino lector (2008): “Toda sintaxis es una opción de vida inconsciente. Nuestra vida, nuestros propios diálogos, nuestra oralidad y escritura tienen gramáticas, sintaxis, estructuras, tonos, que revelan búsquedas y posturas frente al mundo (…) Quienes escribimos también estamos de cuerpo entero en nuestra manera de mirar el mundo y de urdir con las palabras.

Entonces, cómo no tematizar el hambre, moneda corriente de estos tiempos neoliberales, cómo no construir textos en los que los personajes sean esos niños invisibles que el capitalismo siembra por las calles de las grandes ciudades. Tanto Liliana Bodoc, en Caramelos de fruta, ojos grises, como Silvia Schujer/ Mónica Weiss, en el álbum Hugo tiene hambre, ingresan a sus historias esos niños que nadie quiere ver, pero que son un escándalo para una sociedad que se dice defensora de los derechos humanos, niños que duermen sobre colchones a la intemperie, que limpian vidrios por unas monedas o piden en la puerta de los supermercados.

En el primer caso, en el cuento de Bodoc que integra el volumen Amigos por el viento, los invisibles son dos hermanitos que venden caramelos por las calles y ofrecen estampitas. Dos niños que el mundo mira con indiferencia y, a veces, accede a darle unas monedas, pero que se vuelve mudo cuando la niña, Magui, en un descuido de su hermano, desaparece mientras juega en el tobogán.  El cuento avanza sobre la desesperación de Tomás, que interpela a personas y cosas que encuentra a su paso intentando dar con el paradero de la niña. Hasta el Superman del afiche publicitario está sordo:Superman no pareció escucharlo. Habló en otro idioma. Y se fue volando, cartel adentro, tras unos malos de mentirita.”
Con respecto a este cuento, Liliana Bodoc narra su matriz filosófica en un reportaje hecho por Paz Herón Ruiz[3]: “La infancia en la calle es un dolor, es una vergüenza que creo que nosotras seguramente compartimos y que comparte un montón de gente. Es casi una incapacidad de aceptarlo y de comprenderlo. ¿Cómo puede ser? Yo siempre digo lo mismo, yo sé que es ingenuo, que es infantil, que hay un montón de explicaciones, que uno entiende que en el neoliberalismo tiene que haber de esos chicos para que otros tengan cinco autos importados, y que de otra manera no cierra la ecuación, pero ¿cómo puede ser que lo permitamos como especie?


Y se pregunta: “¿Qué nos pasó para naturalizar que un niño duerma en la avenida Alem en pleno invierno? Es la incapacidad de aceptar, la vergüenza de que como especie seamos capaces de esta atrocidad, y a uno lo bueno y lo malo le sale por la literatura, porque es nuestra manera de decir, de expresarnos, y creo que fue por ellos.” Y refiriéndose concretamente a la historia de Tomás y Magui:” Es uno de los cuentos míos, seguramente, con final más doloroso, en general tiendo a abrir, aunque sea un pedacito “así”, una ventana, y acá no pude, me pareció una traición, un golpe bajo. Por ahí me reclaman, los propios chicos o las maestras, que es un final muy duro, muy difícil de sobrellevar, y bueno ¡Cuánto más difícil de sobrellevar es la vida en la calle? Si hay que sobrellevar un cuento con un final triste, habrá que apechugarlo, ¡qué va a ser!”


La indiferencia también es crueldad. Con mucha sutileza, las autoras del libro álbum Hugo tiene hambre, de Silvia Schujer y Mónica Weiss, narran esa violencia silenciosa que es el hambre de los niños que están en la calle. Niños que nadie mira, que parecen invisibles pero que, con su sola mirada, nos dicen que vivimos en un mundo que va perdiendo su humanidad. En este cuento, Hugo, un niño de la calle, está enojado (el hambre, inevitablemente, nos pone irascibles), anda con los labios apretados porque en una ciudad llena de colores, él solo puede mirar: gentes, plazas, calles, negocios, todo lo ve con la forma de su deseo: las plazas son soperas, los árboles alcauciles, y la gente y las cosas se vuelven platos de comida, golosinas, frutas y verduras.
Hugo recién se distiende y sonríe cuando encuentra a un perro hambriento como él, porque “cuando uno tiene un amigo, la panza hace menos ruido.” Mónica Weiss, la ilustradora de este libro álbum conmovedor: dice: “Cuando me puse a trabajar en él, enseguida reparé en que -en los cuentos clásicos- el niño pobre que deambula solo y tiene hambre era un personaje corriente, pero como estaba “en el pasado”, parecía no doler tanto. En cambio, en los libros para chicos que transcurrían en aquel momento (2005), los niños pobres casi no aparecían. En mi biblioteca, entre cientos de libros donde los chicos tienen casa y comida asegurada, sólo contaba con De noche en la calle, de Ángela Lago. Así que había como un ocultamiento de algo que todos veíamos a diario en nuestra vida cotidiana. Aunque ´ver´ era una manera de decir.”[4]


El eje del cuento, para Weiss, está en la mirada. “La mirada del niño y la no mirada de la gente hacia él”. Y, en su búsqueda de un lenguaje visual para esta historia tan común en las calles de cualquier ciudad latinoamericana, se plantea cómo dibujarlo. No debía ser un niño bello porque era alguien que debía, son sus palabras, “resolver asuntos de adulto como conseguir comida o encontrar un techo”. De esa manera, la ilustradora explica las decisiones que toma. Le pone una mirada de adulto enfermo, le da una tonalidad oscura a su piel y trabaja el intertexto con la imagen de El pibe, de Chaplin, que también cuenta una historia de pobreza de un niño abandonado. “Una piel que no se diferenciara del paisaje urbano en el que está inserto porque -sostiene la ilustradora- quería significar la indiferencia que todos experimentamos frente a esos niños que encontramos en las paradas de los semáforos, con qué naturalidad aceptamos que estén desamparados y cómo nos preocuparíamos si -en esa misma situación- viéramos a nuestros hijos u otro niño conocido.”

El mundo, visto desde los ojos del niño, deja de ser gris y se expresa en clave sensorial. “Con pintura -dice la autora- busqué formas “dulcificadas”, amables, dirigidas al lector infantil. Y con el collage, ciertos guiños para jóvenes y adultos: compuesto por recortes periodísticos sobre niños de la calle, la casa, la comida, el trabajo”.






Weiss, a la hora de encontrar un receptor para su libro, se pregunta si es para niños, para adultos, para jóvenes. ¿Es el hambre un tema para ser tratado por los niños? Ella sostiene que, cuando firma sus libros los niños prefieren otros de sus títulos; en cambio, los adultos inmediatamente eligen a Hugo. “Por un lado, hay un tema de resonancia estética -dice la ilustradora: Los “grandes” lo asocian frecuentemente con Juanito Laguna, el personaje tan querido de Antonio Berni. Hugo es pictórico, da goce estético. Por otro lado, despierta mucho interés el título: a los jóvenes sencillamente les interesa, y los adultos encuentran un puente para tratar el hambre y la pobreza con los chicos. A partir de ahí, los chicos se enganchan, sobre todo con el juego de las proyecciones de Hugo, que todo lo que mira, lo ve como comida.”

De noche en la calle (1999), de la ilustradora brasilera Ángela Lago, es un libro álbum silente. Es que no le hacen falta palabras a su autora para comunicar esta descorazonadora historia, la de un niño que intenta vender una mercancía en un mundo en el que los adultos a quienes se la ofrece, sólo muestran los dientes. Ángela ilustra con colores brillantes y claroscuros la soledad de esa hora de la noche en que a todo niño le asaltan los fantasmas. Es una historia sobre la infinita intemperie de los niños invisibles. 
Pensaba que sería a través de los recuerdos de mi infancia que tendría paso a la infancia de los demás”-reflexiona Lago en un reportaje publicado en una página de la Editorial Ekaré- “Empiezo a entender que la memoria es caleidoscópica. Es una invención siempre actualizada que reconstruyo de acuerdo con la óptica escogida. Fue con esta postura que, volviendo a la mesa de dibujo, intenté hacer el libro Cena de rúa (De noche en la calle). En ese libro no existe propiamente una historia, quiere ser un reportaje, ser testigo de los niños de la calle. Opté por colores y pinceladas fuertes y no utilicé ningún detalle además de lo estrictamente necesario para referir el relato. En este libro no quiero distraer al lector.

Creo –continúa- que De noche en la calle es mi mejor trabajo, a pesar de que es el menos querido por mi sobrino de seis años, con el que actualmente hago mi encuesta de opinión. La verdad es que Chiquinho tiene tal horror por este libro que a veces llego a pensar en la posibilidad de sugerir a mi hermana que lo utilice como castigo. Entretanto, Chiquinho se refiere a este trabajo más a menudo que a los otros y quiero creer que es el que más le impresionó.”
Tres pelotitas son las que ofrece el niño de este libro con los colores del semáforo ante la indiferencia de los automovilistas. Desde el cómodo interior de los autos, la gente mira con ferocidad al niño solo. Y le teme, y lo amenaza. Lo exterior y lo interior no se comunican, salvo en el momento en que el niño roba una caja del asiento trasero de un auto donde encontrará tres nuevas pelotas, que seguirá ofreciendo en una rueda infinita de un destino que no podrá modificarse. La crueldad y la indiferencia también aquí son tematizadas.
Para Perla Suez,La literatura no tiene obligaciones de hablar de ciertas problemáticas como tampoco de no hablar de ellas, la cuestión sería qué es genuinamente interesante para el niño. Y se pregunta: ¿Acaso problemáticas como los abusos, las violaciones y toda otra forma de violencia no forman parte del universo de los niños? ¿Y qué pasa con la soledad y la tristeza, la indiferencia de la sociedad?



Ángela Lago afirma que: “En realidad para nosotros, los que trabajamos para los niños, no hay muchas comodidades. Es que tenemos más que nadie, un compromiso con la verdad. Por eso nos cuesta, algunas veces, abandonar la dulzura por la pasión.”

Estos relatos que hemos mencionado dejan al lector con las hilachas de la
realidad, no dan soluciones ni dan consejos, no pontifican cómo debe ser el mundo, pero lo dejan al desnudo para que lo invisible se visibilice.

La literatura suele escribirse sobre lo urgente y necesario. Volvemos a “Los Auténticos Reyes del Ritmo” y la agresión que sufrieron en manos de la gendarmería, una noche de verano de 2016. Eran 140 chicos y chicas del barrio, que se juntaban en la calle Bonorino, dos o tres veces por semana, a preparar sus pasos y sonidos. Pero llegaron móviles de Gendarmería para hacer un supuesto operativo. El director de la murga pidió por los niños, pero los patrulleros aceleraron y después dispararon. Dejaron el saldo de dieciséis heridos y dos niños internados. La indignación frente a ese hecho tomó forma de libro. Un grupo de escritores. Ilustradores y trabajadores de la LIJ decidió unirse para contar que balear la alegría de una murga, lastimar y aterrorizar a niños inermes es un límite que, una vez traspasado, ya no tiene retorno.
El libro se denominó Hasta la vida y fue publicado en 2016 por el Espacio Cultural Nuestros hijos, de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Lo integran poemas, canciones, relatos, ilustraciones que tematizan la indignación.



“Un colectivo de autores -escribe María Teresa Andruetto en su aporte Meten bala- reacciona al atropello que sufrieron los chicos de la murga “Los Auténticos Reyes del Ritmo”, en la villa del Bajo Flores, que representará, para quienes trabajamos en cultura de la infancia, un punto de inflexión”.

En un poema de Alejandra Erbiti, ¿Me miraste bien?, habla uno de los niños invisibles de la Argentina: “Cuando sea grande, muy grande, / recordaré esta historia. / Y aunque creas que no sé, / que no soy un político, / quisiera decirte algo más: si agujereás un país/ nos caemos los chicos.”

Bibliografía
Andruetto, María Teresa (2009). Hacia una literatura sin adjetivos. (2009) Córdoba. Comunicarte. 2009.
Andruetto, María Teresa. El país de Juan. (2018). Ilustracionesde Matías Acosta. Buenos Aires. Sudamericana Infantil Juvenil

Blanc, Natalia. Liliana Bodoc. "La escritura no tiene que ver con la inspiración; se busca y a veces se encuentra". La Nación, 20 de agosto de 2017.

Bodoc, Liliana. Amigos por el viento. (2019) 1a ed. 2a reimpr - Buenos Aires: Alfaguara.
Carli, Sandra (comp.). (2006). La cuestión de la infancia. Entre la escuela, la calle y el shopping. Buenos Aires, Paidós.
Carranza, Marcela. (2006). “La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura”, Imaginaria. Revista quincenal sobre literatura infantil y juvenil Disponible en:  http://www.imaginaria.com.ar/18/1/literatura-y-valores.htm
Colomer, Teresa. “El desenlace de los cuentos como ejemplo de las funciones de la LIJ”. Revista de Educación, núm. extraordinario 2005, pp. 203-216

Devectach, Laura. (2008) La construcción del camino lector. Córdoba. Comunicarte.

Hanán Díaz, Fanuel. (2015). Temas de literatura infantil. Aproximación al análisis del discurso para la infancia, Buenos Aires, Lugar editorial.
Herón Ruiz, Paz. Reportaje a Bodoc.Aquelarre. Revista de Literatura Infantil y Juvenil. Maestría en Literatura para niños. Res. CONEAU nº 808/14. Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario. Número 3, noviembre 2016
Lago, Angela, De noche en la calle. (1999). Caracas: Ediciones Ekaré,
Lago, Ángela: Cuestionamientos y descubrimientos. 20017.Ediciones Ekaré. http://edicionesekare.blogspot.com/2017/11/angela-lago-noche-calle.html
Micheletto, Karina. “En la caída los personajes se encuentran con ellos mismos”. Página/12. Cultura y Espectáculos, 18 de abril de 2018.
Schujer Silvia y Weiss, Mónica. 2006. Hugo tiene hambre. Buenos Aires, Norma.
Weiss, Mónica, Ilustrar ¿para niños, jóvenes, adultos?Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI





[1]Colomer, Teresa. “El desenlace de los cuentos como ejemplo de las funciones de la LIJ”. Revista de Educación, núm. extraordinario 2005, pp. 203-216
[2] Micheletto, Karina. En la caída los personajes se encuentran con ellos mismos. Página/12. Cultura y Espectáculos, 18 de abril de 2018.
[3]Herón Ruiz, Paz. Reportaje a Bodoc..Aquelarre. Revista de Literatura Infantil y Juvenil. Maestría en Literatura para niños. Res. CONEAU nº 808/14. Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario. Número 3, noviembre 2016.

[4]Weiss, Mónica, Ilustrar ¿para niños, jóvenes, adultos?Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI

lunes, 27 de abril de 2020

"Irina" un cuento para compartir



                                                      por Adrián Ferrero


     Es sabido. La flor del aloe vera, es fuerte como un abeto y fresca como el agua del otoño. Roja como una fogata con un tronco verde que la sostiene pero a la vez la inclina. Veremos que tiene que hacer el aloe vera en esta historia.
     Habían sido inseparables durante la infancia de ella. Él le inventaba juguetes, unía cartones con plasticolas de colores y pegaban papeles brillantes contra los azulejos del baño. La vida se les iba en la plaza. Le armaba caleidoscopios con pequeñas piezas de acrílico. Y le contaba cuentos. Muchos cuentos. Esa era una casa llena de cuentos.
     Los primeros paseos habían sido en coche.  Iban Juana con él  y la pequeña Irina. Irina ya desde que había nacido traía consigo buenas nuevas. Porque el día de su nacimiento su abuelo, que estaba en un hospital afectado por una operación de tímpano, llegó a escuchar las campanas que desde el Carmelo repicaron, justo en el horario en que nació Irina. Porque Irina llegó a este mundo a una hora redonda como un bostezo: las 00.00hs. En punto. De modo que sonaron las doce campanadas, Irina berreó y su madre pudo sentir sobre su pecho a esa bebé que latía con corazón de liebre y pelo de algodón alborotado.
     Irina no tomaba sopa. No le gustaba. Pero su padre tenía sus tretas. A los tres años logró que se hiciera fanática del arroz con leche con canela y cáscara de limón. Y a los cinco dejó las paletas de caramelo por la gelatina con trozos de banana y ananá.  Era receta de su padre: le ponía jugo de frutas y también algunas uvas pasas.     

     En el Jardín de infantes Irina tuvo una vida llena de gracias y morisquetas, de adivinanzas y canciones. Le gustaba pintar (su padre era pintor de cuadros, tenía su atelier) e Irina se hizo su grupito de amigas para trotar por el patio con caballitos de madera,  para armar figuras en la salita con formas geométricas y también por fin logró lo que pocos logran: ser querida por todo el curso. Es más: logró ser querida por todo el Jardín. Colaboraba en el reparto de los juguetes para las colectas y se ocupaba de consolar a sus compañeras cuando alguna lloraba con la pena negra por el manotazo de un patotero.
      Mientras su padre pintaba y pintaba y no le alcanzaban las telas y los óleos para cubrir sus formas geométricas con muchas curvas y algunas paralelas, ciertos rectángulos o figuras octogonales, el mundo giraba y giraba como ese globo terráqueo que tenía su abuelo en la casa quinta de Hernández.
     Juana era una mujer fría. Todo lo contrario del padre de Irina, que se llamaba Camilo. Camilo Por supuesto que como pintor había hecho exposiciones, muchas exposiciones pese a ser tan joven, porque desde muy chicos a él y a sus hermanos sus padres los habían mandado a estudiar a lo de una maestra de arte. Una maestra singular, que le soplaba al oído: “Caballos atravesando un arroyo al atardecer”. Y Camilo con una carbonilla de inmediato se ponía a trazar las formas hasta que terminaba, justo cuando el reloj de la clase indicaba su fin. Y un grupo de potrillos color gris corría por la llanura mientras otros vadeaban un arroyo lleno de juncos.
     El destino de Camilo quedó sellado además porque su casa estaba lleno de libros con cuadros de pintores famosos, que él desde muy chico  miraba con fervor. Y el tiempo de los colores pasteles llegaron. Y entonces Camilo lentamente comenzó a experimentar con nuevas técnicas. Nuevas para él, viejas para el mundo.
     Cuando Irina fue adolescente, en el Colegio Nacional al que asistió vio pinturas que reconocía de inmediato de pintores famosos en las clases de Historia del arte.  Vio las pinturas de Wassily Kandisky, las de Goya, las de Giorgio de Chirico, las de Leonora Carrington, las de Remedios Varo, las de Frida Kahlo y siguió buscando por su cuenta luego más y más pintores desconocidos. Rarezas solo para los entendidos. Algunas que su padre mismo le iba mostrando.  Camilo la llevaba a exposiciones a menudo o bien al atelier de amigos suyos.
     El tiempo pasó entre las pinceladas ocres de los otoños, los verdes que estallaban en verano junto con los azules eléctrico, los rojos y amarillos de la primavera y los verde oscuro del invierno, ese verde parecido al de las esponjas de lavar la vajilla.


     Un día, en medio de una clase de tercer año, un preceptor la interrumpió. Llamó al docente. El docente quedó paralizado.  La llamaron a Irina y la explicaron que bueno, en ocasiones estas cosas pasaban, las personas somos seres no de naturaleza perenne sino mortal. Y que su padre, mientras colgaba un cuadro en su atelier subido a una escalera, se había tropezado, y en una caída absurda, había dejado más solo a este mundo, a esta ciudad, a esa familia, a Irina que tiritaba como una hoja. Irina no reaccionó. El profesor le ofreció un vaso de agua. Irina se retiró al fondo del aula. Pensó bien lo que iba a hacer. Y sintió bien lo que iba a hacer.  Se reunió con su madre, que lloraba entre desangelada y perdida en una serie de trámites engorrosos.
     Los años pasaron. Irina no se atrevía a ir al atelier de su padre. Habían decidido dejar todo como estaba. Solo iba una señora a limpiar los pisos y a dar brillo a los muebles cada quince días.
     Era el lugar en el que su padre había perdido la respiración. Ese lugar en el que una persona deja de ser persona para convertirse en materia o, quizás, sustancia. 
     Cierta tarde, Irina le pidió la llave del atelier a su madre. Su madre dudaba. Se debatía entre si correr el riesgo de que le pudiera afectar estar en el lugar en el que su padre trabajaba cotidianamente. Por fin aceptó. Con miedo.
      Irina recorrió el lugar con cierta perplejidad. Mirando cuadro por cuadro. Se asomó al balcón por el que se veían las arboledas de la calle calle 51. Y también tembló de belleza ante ese atardecer de fines de septiembre cuyos rayos rebotaban tras los cristales del atelier y estallaban contra las paredes tan blancas como un mantel de lino colgado al sol.

    Asombrada de no conocer algunos de los cuadros, Irina comprendió que era mucho lo que no sabía de Camilo. Hasta que llegó a un cuadro cubierto por un cortinaje de terciopelo. Sin dudarlo descorrió la cubierta color celeste. Y cuál no sería su sorpresa cuando se vio a sí misma, en el momento preciso de nacer: las mismas facciones de la fotografía que tenían en la mesa de luz, su madre, el mismo hospital, la camilla de la que le habían hablado. Los médicos que la habían asistido. Y su padre sosteniéndola en el aire, en un gesto triunfal, como el de quien exhibe al mundo no un trofeo que se ha ganado, sino el regalo más bello que ha recibido en toda su vida. Miró  el cuadro, escrutó sus formas, sus contornos, sus colores. Era la postal exacta que ella había protagonizado pero jamás había visto. Era la escena de la que había sido  protagonista pero no testigo.
-Así era papá. Diáfano como las aguas cristalinas de una vertiente-se escuchó decir en voz alta, sin sentir que lo estaba pronunciando al mismo tiempo.
     La imagen era la fotografía más perfecta. Y más amada. Y más inolvidable que ella hubiera conocido jamás. Se le  heló la respiración. Vio  a su padre. Vio la escena.  Y supo que había sido lo suficientemente amada como para que un padre pintara con sus pinceles,  un instante tan memorable para él. Pero, sobre todo, para ella. Como si presintiera que era importante dejarle un legado para siempre.
     Irina muchas veces volvió a ver ese cuadro y las manos invisibles de su padre pintándolo. Era hora de comenzar a pintar los suyos. Empezó por los del verano. Y pintó el primer chapuzón en el mar que recordaba se había dado con su padre en Miramar.


     Y pintó la primera vez que habían andado en bicicleta en  la vereda de su casa. Y pintó el recuerdo de una visita a lo de sus abuelos en la que habían comido muchos merengues. Hasta que un día, cierto día, digamos, pintó un aloe vera. Era la planta preferida de su padre porque sabía que tenía propiedades curativas. Y cuando él había vivido solo de joven la única planta que tenía en la galería de su casa era un aloe. Y de pronto a Irina se le escapó el pincel de entre los dedos, se independizó de ella. Porque una flor como iridiscente, color toda roja y oro, tan larga como el cuello de un dinosaurio pequeño salió del centro del aloe. Comprendió que la primavera había llegado. Que era cierto lo que su padre siempre le había dicho: que el aloe todo lo sana. El aloe vera había sanado su dolor enterrado como un tesoro en un galeón en el fondo del océano. Y el color rojo y oro de su corola la había hecho tan, tan feliz, que el mundo se alumbró con un sol tan estridente que sintió  que su luz se parecía a millares de farolas en una noche de Navidad. La luz lo inundaba todo. Ella era feliz. Su padre, estaba junto a ella a cada instante, a cada paso que daba. Y la luz del mediodía la encontró observando hipnotizada la belleza inmarcesible de ese aloe. De ese aloe que guardaría para siempre. Porque era el de su padre. Y era, sobre todo, el que él le había enseñado a pintar sin habérselo enseñado.

Adrián Ferrero 7/4/2020

viernes, 24 de abril de 2020

ENTREVISTA A LA ESCRITORA ÁNGELES DURINI







—¿Por qué se te ocurrió ser escritora?
  

Mi abuela me contaba muchos cuentos, los tradicionales, y también anécdotas de su vida, y era una excelente narradora. Creo que fue ella la que me despertó el deseo. Aprendí a leer y a escribir muy rápido, ansiosa de poder escribir esos cuentos. Siempre me acompañó el deseo de escribir. En las visitas que hago a escuelas para encontrarme con los lectores niños, muchas veces me hacen esta pregunta, y a veces respondo: escribo para seguir escuchando la voz de mi abuela. O también: para seguir jugando.


—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?

En la vida se puede decidir lo que una quiera, de eso se trata la libertad. Me gusta mucho una respuesta que dio la escritora Hebe Uhart a esta pregunta: ¿se nace escritor? Y ella con su humor contestó: se nace bebé. De todas maneras, creo que más que una decisión es un deseo. Un deseo profundo de escribir y de sostener una escritura a lo largo de la vida.


—¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?


A lo mejor un poco y un poco. De dónde salen las cosas que una escribe. De muchos lados, de las vivencias, lecturas, realidades que aparecen, que se observan, que despiertan ciertas cosas muy adentro. En algún momento, dos o tres de eso o de esto otro, que no sé bien qué son, chocan, chispean, y empieza a nacer un personaje con alguna carga, o un paisaje que oculta algo, o ciertas palabras. Lo más importante de ese chispeo es que enciende el deseo de contar, de expresar, de hacer un intento por captar esa misma ráfaga que duró apenas un segundo, o casi nada.
La literatura siempre se mete, se entreteje, porque lo que una lee no queda en un mundo aparte, sino que se cuela, motiva, chispea. Me gusta mucho dejar que el texto que escribo me lleve, sin imponerle casi nada, para ver a dónde va. La realidad siempre está, nadie puede escapar de ella, y prefiero que se cuele sola, sin señalarla, sin decir: estoy hablando de este problema o de este otro.


—¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora?

Antes de recibirme de profesora de lengua y literatura trabajé en un colegio y cuando me recibí di clases particulares a chicos que tenían dificultades con la materia, ya que tuve cuatro hijos muy seguidos, así que en un momento de mi vida no podía irme mucho de casa. También di clases de castellano a extranjeros. Y coordiné varios años un taller de escritura para chicos al que bauticé Tintenkuli. Además de divertirnos mucho, tuvimos un par de participaciones en radios locales y una de las participantes obtuvo un premio en Purochico, de la revista Purocuento, También puedo contar orgullosa que la ilustradora y autora integral Mariana Ruiz Jhonson asistía de niña a Tintenkuli. Y, como me gusta mucho el teatro, incursioné un poco en teatro para niños, participando con el grupo ambulante Vandormunka, en la representación de una obra mía en varios colegios de capital y de la provincia, o haciendo de directora y adaptadora en grupos de teatro del barrio.
Lo que hice, más que nada, tuvo que ver con la enseñanza. El hecho de poder manejar mis horarios me ayudaba a manejarme con mis hijos y también, a dar tiempo al desarrollo de mi escritura. 


—¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

Mmm qué pregunta. A ver. Disfruté mucho cuando escribí Bajo el ala del sombrero. Para hacerlo me metí en el mundo de Magritte y dejé que los personajes y sus acciones se desprendieran de sus cuadros. También en mi señor Mun y su sombrero se coló la personalidad de Phileas Fogg y su valet Picaporte, los personajes de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne.
Otro que disfruté escribiendo fue El enano maldito, donde di rienda suelta a mis lecturas de cuentos tradicionales, con un toque grotesco.
El cuento Abuela de trapo, donde siempre estuvo presente mi abuela, que me enseñó a inventar personajes con cualquier cosa que encontrara: un frasco de remedio, un palito, un globo pinchado.
Detrás de los cristales, la novela que salió a partir de una anécdota de mi madre sobre la primera nevada en Buenos Aires, allá en 1918. Me gustó mucho meterme en el clima de esa época mientras recordaba maneras de decir de mi abuela y de mi madre.



Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es la relación dentro de la escuela? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños?

Creo que hoy en día, en general, se lee mucho en la escuela y además, los chicos empiezan su escolaridad desde pequeñísimos. Recuerdo que el año pasado fui a una salita de dos años con la intención de leer un cuento. En el medio de la ronda, todos sentados en el piso encima de sus pañales, puse varios libros. No dudaron un segundo en acercarse a alguno de esos libros y empezar a hacer la mímica de que estaban leyendo. Fue una escena tiernísima. Pero, por otro lado, todavía nos encontramos con escuelas sin bibliotecas, o sí tienen para primaria y no para secundaria y etcétera. Y como creo que siempre hay que tratar de hacer las cosas cada vez mejor, es hora de exigirle algo más a la escuela, o de exigirnos a todos los que estamos en esto: un poco menos de escolaridad en la literatura. Un poco más de aire. Que entren libros que no tengan una razón específica, que no se elija la literatura que hable de tal o cual tema, que no se elija porque habla de x tema. Que se elijan para leer con los chicos libros más ambiguos, libros que no sabemos muy bien qué quisieron decir. A veces esos libros dicen mucho más que los libros en los que no encontramos ambigüedad, en los que el mensaje está tan claro que no deja margen para que cada lector “lea”. Las propuestas editoriales a veces siguen ese rumbo para poder entrar en la escuela, y la escuela elige de acuerdo a lo que se le ofrece, y muchas veces no se sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina. Un ejemplo de un gran cambio gracias a que las editoriales por fin se animaron: editar poesía.



 Cuando empecé a publicar, las editoriales decían que no publicaban poesía, o muy poco, porque era imposible venderla, que a los chicos no les gustaba la poesía. Eso lo escuché clarísimo. Que no les gustaba. En esa época a veces viajaba al interior a dar talleres literarios a escuelas, a que los chicos escucharan leer y a su vez, escribieran. Y, oh, sorpresa, los chicos que no vivían en Buenos Aires pedían poesía. SI les leía una, querían que les leyera otra, y más y más. Y ellos se animaban a escribir poesía. ¿Será porque viven más en contacto con la naturaleza?, me preguntaba yo. Pero resulta que en Buenos Aires los chicos también querían poesía y por fin, las editoriales empezaron a rescatar y a publicar cosas nuevas. Hablo de editoriales que trabajan mucho con la escuela, no de las editoriales pequeñas que nunca dejaron de hacerlo. Quizá la influencia de estas editoriales más pequeñas, que hacen cosas más exquisitas, editoriales gourmet las llamó una colega, dio su fruto.

¿Cómo me gustaría que fuera la escuela de hoy? Es difícil la pregunta. Pero me gustaría que cada chico se sintiera acompañado en descubrir qué es lo que realmente le gusta y así, poder desarrollarlo.




 
—¿Sos muy sensible, como tus personajes?

Ah, ¿son sensibles mis personajes? Podría ser, ¿no?


—¿Qué te hizo ser así?

¿Asi, cómo? Acabo de elogiar a la ambigüedad en la literatura, así que no puedo quejarme y me debo largar a contestar con libre interpretación. Me parece que hay un tema recurrente en lo que escribo, sin proponérmelo, y es el de la comunicación. En la dificultad de la comunicación. En el encuentro y desencuentro que se produce en la comunicación. Los personajes sufren por no saber cómo comunicarse y desean con toda el alma poder hacerlo. Quieren acercarse al otro y no saber cómo. Si yo soy así o no, se contará en otro capítulo.


—¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?


   La veo abundante, con muchas ganas. Hay cosas preciosas y estoy segura de que debe haber otras muchas que todavía no se publicaron. Y hay de todo. Algunas obras se repiten, aunque sean libros distintos y de distintos autores. Y creo que el punto importante, vuelvo a decir, es permitir que entre la ambigüedad, un poco más, a la literatura para chicos. Tener en cuenta que no todo tiene que estar tan claro, siempre. Pero, repito, hay obras, muchas, que me conmueven por su belleza. Quizá esté faltando un poco de obras de teatro. Hay poca gente que escribe teatro para chicos en este momento, aunque hay excelentes autores. Y eso que nos gusta el teatro. Y que la poesía circule todavía un poco más.


—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

Tiene que escribir, pero cuando tenga ganas. Y leer, seguro que a la niña o niño que le gusta escribir también le gusta leer. Jugar, pero también, seguro que juega. Si puede ir a un taller literario donde se encontraría con chicos que les gusta escribir, genial. Pero si no puede, no importa. Si tiene ganas de mostrarle a los otros chicos lo que escribe, también genial. Pero si no se anima, no importa. Lo importante es no perder esa capacidad de juego al crecer. Como decía Picasso, que dibujaba y dibujaba para llegar algún día a dibujar como cuando era niño. Leer si, leer mucho. Y que se sienta segura y seguro de que tiene todo el tiempo del mundo. Que escribir no es como intentar ser futbolista, bailarín, tenista, en donde el físico tiene un tiempo de vida para poder competir a primer nivel. Que escribir se puede escribir siempre, desde que uno es chico hasta que uno es muy muy viejo. Mientras se tenga ganas, claro.


—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable?.  ¿Por qué?

Si. Es genial cuando terminamos un libro y sentimos que ya no somos las mismas personas. Que eso que acabamos de leer nos movió de donde estábamos, nos corrió, aunque más no sea, un poco. A veces lo que se cuenta es un hecho mínimo, íntimo. Creo que no siempre tiene que contarse una gran cosa. Y, sin embargo, eso mínimo, íntimo, nos llega al alma, o nos hace reír a carcajadas, o nos da ganas de cambiar el mundo. La literatura nos da herramientas para leer el mundo, para ver lo que pasa a nuestro alrededor, para darnos cuenta de cómo estamos, de cómo nos sentimos nosotros o cómo se sienten los que nos rodean. Y, sobre todo, nos da ganas de que otras personas disfruten de leer eso que leímos así como lo disfrutamos nosotros. Así como nos hizo pensar y sentir a nosotros. La materia de la literatura es muy curiosa, se trata de las mismas palabras que usamos para todo. Depende de cómo las combinemos, esas mismas palabras nos pueden llevar hasta el estremecimiento más profundo o, simplemente, nos pueden hacer volver a casa con dos flautas de pan.


--- ¿Cómo impacta en vos, en tu relación con la creación literaria este fenómeno de coronavirus? ¿Cómo llevás la cuarentena? ¿Te permite escribir, crear o es una barrera que impide el hecho creativo?

Lo que estoy escribiendo no tiene nada que ver con el coronavirus, al menos por el momento. Me parece que necesito distanciarme un poco de todo esto, capaz más adelante escriba algo, no sé. Me hace bien estar escribiendo otra cosa, me distrae, me pone contenta, me hace pasar el tiempo, me hace olvidar por un rato la angustia. Los primeros días estaba más concentrada, a medida que pasa el tiempo me cuesta más concentrarme, es de a ratos. El sol me ayuda, si hay sol todo está bien.
   También me hace bien compartir un taller virtual de poesía que da Roberta Ianamico, y un proyecto de libro álbum que estamos haciendo con mi hija.
   Y a seguir esperando, como todos.







@Eduardo Raúl Burattini

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

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