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jueves, 9 de abril de 2020

“Literatura infantil o la casa de las palabras”




 por Adrián Ferrero



     Con motivo de la 29° Feria del Libro Infantil y Juvenil que organizara la Fundación El Libro de Bs. As., la SADE filial La Plata, a través de la escritora Rosa Graciela Carreto, me invitó a dar una charla en un panel con la más completa libertad en lo relativo a la elección del tema de exposición. Esta circunstancia no solo habla del respeto hacia la libre expresión en un contexto tan necesario como lo son los estudios literarios, sino también de un seguimiento de un trabajo de investigación y profundización que yo venía realizando en torno del tema de la literatura infantil y juvenil en el marco de distintos foros y espacios que evidentemente a esta coordinadora no le había pasado desapercibido.

     Hace muchos años que mis cavilaciones giran en torno de la literatura infantil y juvenil, dándole vueltas y más vueltas (circunstancia que en ocasiones debo confesar me marea de tan compleja que se me hace u otros la hacen) y tampoco sé si llego a conclusiones acertadas y definitivas. O incluso si llego a conclusiones, a secas. Son, en todo caso, puntos de vista, tentativas, aproximaciones a una materia siempre cargada de debates pero también escurridiza como la arena entre las manos.   


  

     En lo primero en lo que pensé fue en ampliar el panel y en invitar a la excelente escritora infantil de La Plata, también Prof. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, con una larga trayectoria en este campo, Gabriela Casalins. Ella había publicado dos novelas infantiles en Bs. As., en Ed. La Brujita de Papel, Lo que Teo no dice (2014) y Lo que Teo descubre (2018). Gabriela Casalins también escribe libros para adultos, obras para títeres y cuenta con una amplia trayectoria profesional consagrada a la educación con niños, como coordinadora de talleres y dando charlas en escuelas o bien en instituciones de educación para el pensamiento. Escribí de inmediato mi charla ni bien fui convocado porque soy de las personas a quienes les gusta corregir con mucha antelación los textos que ha producido y, sobre todo, va a leer. Lo hago con la precaución de tomar distancia de  primeras versiones. Y le avisé a Gabriela Casalins, ocupada como estaba en aquel momento con varios menesteres. Nos enviamos recíprocamente las charlas para no superponer contenidos, lo que no hubiera favorecido al panel, y me dispuse a leer con mucha atención su intervención. 

   No solo estaba llena de sensibilidad, de experiencia, de inteligencia y de conocimiento de la psicología infantil en diálogo y contacto directos con ella de larga data, con un enorme respeto hacia los chicos, sino que me resultó apasionante su abordaje. Para ser sincero me produjo una conmoción. Ella habla, por ejemplo, de la coautoría entre los niños y sus textos. Cómo en esos diálogos a ella la han hecho revisar y reformular la escritura de sus cuentos o novelas. Y me di cuenta de lo que revelador y primordial que era ese permanente y cotidiano intercambio con los chicos en un aula o ámbito similar. Gabriela Casalins hablaba también de otras muchas cosas, no quiero hacer del desarrollo de una charla extensa una síntesis simplista. Pero sí se refiería por ejemplo a la mediación y los mediadores (en este punto coincidíamos) entre la literatura infantil y los niños. Las intervenciones sobre los textos que las editoriales pretendían hacer y los circuitos por los que circulaba y fluía la literatura de este tipo. Y Gabriela Casalins lo hacía con atrevimiento, con gracia, con un arrojo, con una valentía y un ímpetu arrolladores. Para un abordaje de la literatura infantil me resultó fascinante, además de contener una inmensa vitalidad. Lo hacía desde el respaldo que confiere el trabajo áulico concreto y diario en una conversación incesante, como dije, con el público infantil y, sobre todo, teniéndolos en cuenta en cada frase. 


     Cotejé luego con mi intervención, o, en todo caso, el recuerdo que yo tenía de ella a medida que leía la suya, y me di cuenta de que, como quien dice, a mí “me faltaba calle” porque en verdad me andaba “haciendo falta aula” y me “andaba faltando escuela” y me andaba faltando “contacto con los docentes”. Tenía el recuerdo algo vago de mis lecturas de infancia, de mis alumnos de la primaria de los años 1998 u 1999 durante los cuales me había desempeñado como docente primario y de los programas de estudio a los que me consagraba con tanto placer y tanta exigencia para ellos.  Interrogando bibliotecas, procurando poner en coloquio a Marina Colasanti con Horacio Quiroga, a María Elena Walsh con Ana María Shua. Tenía también la memoria de los cuentos que le contaba a mi hija y sus reacciones inesperadas junto con el recuerdo de su asombro. Y convengamos que las charlas con los niños y el juego no tienen parangón. Es esa inmediatez, esa sintonía y esa respuesta instantánea que nos resultan sorprendentes porque también nos hacen repensar nuestro rol como docentes, escritores, mediadores o padres. Todo eso hace la literatura infantil. En tal sentido, resulta sumamente eficaz pero también de una infinita riqueza pensarla como un recurso. Recordé también todo el trabajo de la escritora infantil argentina, en especial dramaturga, Adela Basch visitando escuelas urbanas y rurales, jardines de infantes, bibliotecas, centros culturales públicos. Haciendo campañas de promoción de la lectura. Sus fotografías en Facebook tan emocionantes con ellos. Sus experiencias también en el Teatro Colón o bien narrando cuentos o recitando poemas que habían sido previamente grabados. El compartir la literatura desde la presencia. Adela Basch era capaz de saltar de una escuela rural al centro de la alta cultura escénica y musical de Bs. As. con una soltura y una capacidad adaptativas admirables.  

     Sin dejar de lado la emoción, yo había hecho otra clase de trabajo. Yo había hecho otra opción. Un trabajo de gabinete. Había hecho hincapié en la teoría y en la crítica (que es para lo que estoy verdaderamente entrenado), pero era un trabajo de laboratorio. Aséptico. Creo que la teoría es necesaria. Es más: es imprescindible además de necesaria. Porque sin producir teoría no estamos en condiciones además de sentir de nuevos modos tampoco. Porque no estamos en condiciones de formular nuevos modos de leer según nuevos modelos textuales. O, en todo caso, de refinar los recursos para concebir que otro u otra sientan de un modo más sutil la experiencia estética mediante nuevas formas comunicativas. Y vivimos en un país que produce poca teoría si cotejamos con otros del mundo, como Francia por ejemplo, el país productor de teoría por excelencia de Europa (al menos a mi criterio). La teoría es importante a la hora de revisar categorías para pensar la práctica. Es importante para pensar versiones y formatos de los textos literarios. Narradores y narraciones, formas y procedimientos gracias a una reflexión metalingüística. Y me di cuenta de que era el punto justo en el que ambas intervenciones podían confluir. Gabriela Casalins también hacía teoría. Pero la hacía desde el lugar de quien escribe en vivo y en directo contacto con la palabra de los chicos, además de con su producción literaria cotidiana. 





   Creo que hay una conexión con la sensibilidad de escribir, con ese contacto fulminante con las palabras, entre las palabras y los lectores, que estallan, que se siente y se experimenta en todo su espesor y toda su energía vibrante. Y hay otro espacio a partir del cual una persona escarba, busca sentidos, hurga, aspira a profundizar en las entrelíneas, de modo interpretante. Hace una lectura de esa obra o esa poética y la pone por escrito para luego hacerla circular en distintos formatos. Es un contacto con el texto en la dimensión de la lectura que también es vibrante y experimenta en sus inflexiones más refinadas porque se ha formado para eso. Es un diálogo desde la materialidad de los signos que se potencia hasta lo que las palabras no dicen pero subyace a ellas y esa persona piensa que puede estar solapado por debajo de su texto. O lo que las palabras insinúan porque cada palabra trae por detrás de ella una Historia del lenguaje. De modo que cada cuento nos habla de la Historia de la lengua nos demos o no cuenta de ello. Y de una Historia de este tipo de literatura en particular, de la evolución que ha seguido sinuosamente la literatura infantil, singularmente la argentina, en cuya tradición nos inscribimos. Y como estudioso yo hacía esto hasta plasmarlo en un texto, artículo, nota, reseña, entrevista. Allí esas sensaciones emocionantes quedan inscriptas créase o no y el que ha leído entrelíneas y escrito lo que esas entrelíneas tan sugestivas le dictaban, espera que luego se repliquen en los lectores y lectoras. Son lugares de la casa de las palabras distintos. En uno, una mujer o un hombre, en un living o un dormitorio cuentan un cuento a un niño por la noche, antes de que se vaya a dormir. Escriben ese cuento para él mientras se lo cuentan y él hasta quizás se los vaya dictando. Escriben esos cuentos a cuatro manos. Y lo escuchan. Es un lugar de la casa en el que hace falta silencio pero también hacen falta voces. Voces vivas. Voces vibrantes.


     Y hay otro lugar de de la casa, un estudio me parece a mí, o quizás un comedor luminoso con una mesa muy amplia de madera también, en el que por las mañanas alguien lee un libro, lo subraya, coteja fechas en un diccionario, revisa enciclopedias, consulta bibliografías y chequea lugares de edición por la Internet, investiga colecciones y editoriales. Y escribe sobre lo que en ese libro ha encontrado. Sobre lo que más le ha llamado la atención pero también más lo ha conmocionado. Explora y procura traducir esa exploración en un texto. Es un esfuerzo. Pero un esfuerzo gratificante. Interpreta a los creadores, a los grandes creadores infantiles argentinos, y elige cuidadosamente qué es lo que va a leer y por qué lo va a hacer. Hay afinidades y hay predilecciones. Pone en relación textos con contextos. Esta es la infinita casa de las palabras. Y todas merecen mi respeto. Y me parecen imprescindibles todas  y cada una de sus habitaciones. Todos y cada uno de sus habitantes. A lo que sumaría la presencia de los escritores y escritoras en conferencias y mesas redondas hablando acerca de sus libros o de la literatura infantil. La presencia de los docentes de las escuelas que no solo enseñan su asignatura sino que pueden incluso hasta hacer aportes como el teatro leído o el recitado de un poema. Ya no quizás en la casa de las palabras propiamente dicha. Quizás en la casa de al lado. O en el jardín de la casa de las palabras.

      Este es el viaje. Este es el viaje a la semilla, como quería Alejo Carpentier. Estas son las distintas habitaciones de la casa de las palabras. Todas habitadas. Todas necesarias. Todas imprescindibles. Componentes a los que sumaría una condición: la de la libertad. La libertad de escribir, la libertad de leer, la libertad de estudiar, la libertad de interpretar, la libertad de crear. Es en esta ilimitada casa de las palabras donde cada persona es necesaria ocupando un lugar irrenunciable, porque encontrará su habitación que no es la de nadie más. Encontrará el lugar más cómodo para ser y hacer de sí mismo y de la literatura infantil una constelación infinita. 

     

miércoles, 1 de abril de 2020

Pensar la literatura infantil en nuestro presente histórico


                                                                                                            



                                                               por Adrián Ferrero



     Pensar la literatura infantil es cierto que es pensar en una cierta clase de discurso literario. Pero no menos cierto es que también es pensar, sobre todo, en el lugar que una determinada sociedad (por cierto muy diversas) asigna a infancia en su seno. Esta circunstancia nos pone frente numerosas variables y dilemas que resultan imposible abordar en un artículo breve. Pero sí señalaré algunas grandes tendencias.



     En primer lugar, y dada su peculiar psicología evolutiva, los niños deben enfrentarse a una serie de estímulos (que han sufrido un efecto de evidente aceleración en los últimos años) algunos de los cuales no están en condiciones de metabolizar de modo exitoso. Por otra parte, esos procesos involucran asimismo dimensiones éticas, políticas y sociales, además de psíquicas, que  pueden afectarlos indefinidamente hasta incluso devenir en algunos casos episodios de índole traumática.  De modo que la mediación y supervisión de familiares o bien de otras figuras allegadas responsables de la socialización secundaria, como docentes, amistades, niñeras, entre otros, resulta primordial. Así, tanto mensajes explícitos como implícitos serán más o menos evitables, neutralizados o bien se colaborará para una comprensión y prevención a tiempo de determinados males. No pretendo con esto decir que un niño permanecerá por completo ajeno a todo peligro, lo que resultaría no solo imposible sino hasta irresponsable de mi parte afirmar. Pero sí dispondrá de ciertas herramientas y recursos elementales (además de estar bajo custodia) para, en caso de verse afectado por ciertos fenómenos o estímulos abrumadores, detectarlos, avisar a los adultos y apartarlos si son nocivos y aciertan a percibir esa condición. En otros casos esa misión corresponderá a adultos capacitados. Estos fenómenos, por su condición por lo general seductora y atractiva, suelen captar su atención de inmediato. Pero también pueden ser fugaces o bien capturarlos. Los ponen en riesgo, como adelanté. No será exitosa en todos los casos la labor preventiva de los adultos. En algunas oportunidades sí será operativa y en otras irremediablemente pueden ocurrir episodios indeseables. Simplemente que, desde sus posibilidades, habrán hecho todo lo que estaba a su alcance para brindar al niño los elementos indispensables para velar por ellos desde su rol y eludir así consecuencias leves o severas.

     Pensar entonces la niñez, como dije, consiste en pensar en el lugar que una sociedad le otorga al infancia. Hay diferentes ámbitos en los que la niñez encuentra cobijo. La familia es uno de ellos. La escuela y otras instituciones formativas son otras. Los espacios recreativos (como los deportivos), son otros. En fin, menciono estos como los más sustantivos. Y me parece que la circunstancia más seria resulta ser que el niño no está en condiciones de tomar las decisiones que determinen su futuro (lo es obvio pero no deja de ser importante). Tampoco tendrá un pensamiento argumentativamente elaborado, abstracto y fundamentado similar al del adulto para asignar significados sociales a puntos de vista que sí lo son o bien tienen un poder persuasivo que habitualmente son impuestos. El niño está inerme frente a la acción y el pensamiento (en ocasiones astutos) de ciertos adultos. Esto, como mencioné, si bien resulta una obviedad, no deja de constituir una condición social esencialmente pasible de devenir lesiva. Desear incurrir en prácticas destructivas hacia un niño es una circunstancia que estimo no solo inadmisible sino en ocasiones directamente criminal. Favorece, entre muchas otras, luego las autodestructivas, e induce a posibles patologías de toda índole.

   
  La asimetría arriba citada cifra los términos dentro de los cuales se establecerá un vínculo. Y esos términos, mal planteados, pueden revestir resultados escandalosos. Los niños, como quien dice “están a merced” de los adultos en el plano de lo simbólico y en el plano de lo material, en el plano de lo físico. Para su formación como sujetos de cultura y para que se les suministre lo necesario para el orden de la supervivencia y el crecimiento que se realizará (nuevamente) de un modo que no elegirán. Los factores económicos y la formación cultural de una familia, será mayor o menor, según los casos. Los principios éticos que pongam en práctica e imparte, son relevantes.

     Y respecto de la asimetría entre adultos y niños, hay bastante para decir. Trae aparejadas varias otras que se impone analizar. En primer lugar, al no elegir, puede llegar incluso el caso de padecer efectos serios si las decisiones no han sido las acertadas y  saludables. Tampoco las que los realicen como personas Hasta los pueden perjudicar. En otro sentido, no son debidamente estimulados para alcanzar su máximo rendimiento cognitivo y físico. Pueden estar subalimentados, con lo que su sistema nervioso se vea afectado. Por último, puede que padezcan, dado el caso, toda clase de violencia, así como abusos en virtud de la arriba citada diferencia en la atribución de poder por edades, tanto intra como extra familiares.

     Ahora bien: ¿qué hacer desde la literatura en este contexto? ¿qué puede hacer la literatura (que es nuestro campo de competencia) frente a estos contextos de naturaleza compleja y, por lo visto, amenazante? En primer lugar procurar afrontarlos. A través del orden de la representación literaria hacerlo (habrá que ver cómo) según determinadas escenas propias de estos mismos contextos para introducir al niño en esas situaciones que lo ponen en riesgo. De ese modo contará con algunas pistas acerca del modo como procesarlas o, antes aún, identificarlas en el marco de ese proceso. Si un niño accede mediante representaciones literarias a fenómenos que vive o con los que convive está en condiciones de reconocerlos y, por lo tanto, de realizar procesos contraidentificatorios también desde la construcción del juicio para el rechazo de dichos estímulos o mensajes si ha sido debidamente educado. También esas representaciones pueden colaborar para que, en situaciones  de conflicto o incluso de riesgo, desde el plano de lo simbólico al menos, pueda disponer de recursos para, de modo resolutivo, afrontarlos. Reconocerse en una representación literaria especularmente puede reenviar a un determinado conflicto para rechazarlo si se presenta, para eludirlo. Así, desde la prevención, la literatura puede actuar concretamente. Reconocer un estado de cosas que le toca vivir tanto de deseable (gratificante), dato que lo potencia más aún, o indeseable, dato que lo obliga a actuar para la autopreservación, resulta vital. En este sentido, la literatura funciona como un espejo no sólo útil sino hasta esencial. Al tratarse de literatura, estamos frente a un discurso del orden de lo artístico, de lo connotativo y no de lo denotativo. Eso introduce variables tanto más ricas para pensar y repensar la realidad desde varios ángulos y puntos de vista, no solo de modo unívoco y lineal. Sino polisémico. No concluyentes sino abiertos. El mundo entonces, se abre a infinitas posibilidades y aun habiendo miedos o incluso pánicos, aun habiendo obstáculos, también habrá elementos de los cuales echar mano. Un universo de significados sociales dentro del cual también encontrar un espacio. Ese me parece un buen punto de partida para escribir. El reconocimiento desde la representación literaria de los peligros. Representar para identificar un objeto, una acción invasiva o a un sujeto cuya acción pueda afectarlos. Corresponde primero y antes de todo a los escritores y escritoras tomar consciencia de este estado de cosas y pensar estrategias para, desde la escritura, brindar su aporte a niños y jóvenes.



     Procuremos no reproducir esa pedagogía antipática de la que tanto nos ha costado salir gracias, en Argentina, a figuras como María Elena Walsh, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, Javier Villafañe, Hugo Midón, entre otros grandes precursores y precursoras. Pero además de ello, de pensar las poéticas en primer lugar en términos de la excelencia, de hacerlo en términos de que no respondan a estereotipos, a clichés, a lugares comunes, a argumentos carentes de toda imaginación creativa pero desvinculada de los contextos de este presente histórico. Afrontemos el desafío de actualizar nuestros temas y nuestras tramas en función de todo lo que arriba expuse en lo referido al orden de lo referencial, pero sin descuidar la excelencia. El gran desafío, me parece, consiste en cómo, desde nuevos temas, desde nuevos paradigmas en el modo de concebir la ficción a partir de estas problemáticas, pensar la escritura creativa con sentido de perfeccionamiento pero también de vigencia. Y de la operatividad.

     Busquemos encontrar en los grandes autores y autoras esa mirada ejemplar que nos puede enriquecer, como un puente hacia la infancia también desde lo comunicativo, no solo desde la libertad creativa. En este momento está primando en el mundo el universo de las comunicaciones, sobre todo virtuales. De la videocultura y el mundo digital. La literatura, mediante un lenguaje accesible pero sin simplismos, sería bueno (me parece) buscara esta senda a partir de la cual sacudir al niño, al tiempo que él se reconozca en el marco del discurso literario pensándolo como un mensaje activo, atractivo y formativo y pensándose a sí mismo como un sujeto activo. En todas sus facetas el arte literario infantil sería la posibilidad infinita del orden de la invención y de la recreación y el espacio de la reparación (si ha habido daños más o menos serios, según los casos, esperemos que no irreparables, pero aún así para convivir con ellos del mejor modo posible) de reencontrarse con un mundo que pretende sustraerles a los niños lo que son o lo que es de desear sean de modo totalizador. Seres libres, complejos e interpelados desde todos los sentidos de la palabra integridad que merecen como personas dignas, con una dimensión ética y completa..

domingo, 29 de marzo de 2020

EN EL MES DE LA MEMORIA, LA VERDAD Y LA JUSTICIA. La casa de los libros perdidos (subtítulos en Inglés)




Para ver, para pensar, para reflexionar, en este mes de marzo, mes de la MEMORIA, LA VERDAD Y LA JUSTICIA....!!!
Imprescindible verlo, analizarlo... compartirlo.
GRACIAS a la Universidad Nacional de Córdoba.


Los Gerchunoff eran una familia más de barrio Parque Vélez Sarfield. Como familia sufrieron en carne propia la persecusión política durante la época del proceso. Eva Maltz y Salomón Gerchunoff sabían que tener libros se había vuelto peligroso. Sabían de familias que los enterraban, que los quemaban. Y también sabían que había personas que desaparecían, como esos libros. El matrimonio decidió entonces, esconder su biblioteca en una pared. Tan simple como eso.



En su propia casa, este abogado y militante tapió su biblioteca completa. Sin embargo, ocultar libros no lo salvó de la detención. Esa militancia y simpatía por las ideas comunistas durante esos tiempos oscuros fueron motivo suficiente para que Salomón pasara años de su vida detenido. Durante más de cinco años, Salomón no pudo ser sustento de su familia y la casa de Vélez Sarfield cambió de manos, junto con la biblioteca escondida.

Años después, en democracia, los hijos de Eva y Salomón lograron recuperar la casa, y con ella, esos libros que habían permanecido a salvo tras el cemento.

Este relato salió a la luz en 2008. Para Josefina Cordera, una de las realizadoras, esa historia pedía a gritos ser contada, documentada. Y sus propios protagonistas debían ser quienes relataban cómo la historia de la época del proceso atravesó a su familia. Sin embargo, el propósito fue abordar una temática que tal vez no ha sido tan explorada hasta el momento. La prohibición cultural como eje. A partir de la historia de los Gerchunoff, muchos cordobeses fueron contando de qué manera escondieron y recuperaron sus libros.

Junto con la colaboración de la Prosecretaría de Comunicación Institucional de la UNC, Diego Julio Ludueña , Josefina Cordera, Glenda Mackinson, Sebastián Cáceres, Rocío Montamat y Eliana Piemont pusieron la idea en movimiento. Y hoy, podrá verse el resultado.


La historia de la familia Gerchunoff es el hilo conductor que lleva la trama del documental de casi 50 minutos. Los nietos de Eva y Salomón interpelan a sus hijos y en medio de su relato comienzan a entrecruzarse otros de familias de Córdoba. Así, aparecen los relatos de Oscar Pettina, Patricia Palacios y Carolina Ávila. Además, aportan datos del contexto la bibliotecaria Silvia Fois, la escritora Laura Devetach y el librero Rubén Goldberg.
Historia viva que entre el horror de la época vivida y lo surrealista del relato, este documental logra un equilibrio reparador, que sana heridas.

jueves, 26 de marzo de 2020

Literatura infantil: cómo huir de la educación emocional y la educación en valores



Por María Cristina Alonso


Hace un tiempo, a lxs docentes se les pedía que  enseñaran por medio de las emociones y todxs andaban a la caza de cuentos "con emociones". Y ni hablar los que buscaban literatura en valores. Por suerte María Cristina Ramos escribió un texto para aclarar las cosas que tituló “Mensaje urgente”. Dice, entre otros conceptos: "La literatura es para acompañar los sueños, para sostener y entender los deseos, para desplegarse, para conocer espacios de nosotros mismos que permanecen aún calladitos. Si buscas cuentos con valores, nunca tuviste la suerte de que te dieran a leer verdadera Literatura. Estás a tiempo: buscá y leé Literatura."



Hace un año, una maestra que había hecho un curso sobre educación emocional me pidió, para acreditarlo, que le sugiriera cuentos para chicos en los que hubiera emociones.


¿Emociones?, pensé. Toda la literatura apunta a nuestras emociones. ¿No escuchamos, acaso, los lectores de La isla del tesoro el latido del corazón de Jom Hawkns escondido en el tonel de manzanas de la Hispaniola mientras se  producía un motín?  ¿No sentimos nuestro estómago retorcerse de hambre mientras acompañamos a Hansel y Gretel por el bosque, antes de encontrar la casita de chocolate? ¿No nos crecen cosquillas en nuestro interior mientras descendemos con Alicia por la madriguera persiguiendo  al Conejo Blanco?




¿No nos angustia el crecimiento de la Nada que se va devorando el reino de Fantasía mientras leemos La historia sin fin de Michael Ende? ¿No nos alegramos cuando cantamos  la Canción del jardinero de María Elena Walsh? (Mírenme, soy feliz, entre las hojas que cantan, cuando atraviesa el jardín, el viento en monopatín), o sentimos el odio incontenible del capitán Ahab por la Ballena Blanca?



Muchos teóricos han escrito sobre la literatura infantil como medio para favorecer la educación emocional, del cuento como recurso para trabajar el miedo o para superarlo. Es decir, piensan en la literatura como instrumento para eso que todos vagamente definen como “educación emocional” pero que, en definitiva, está pensadas para educar a individuos que se adapten a la sociedad capitalista. Es la educación que impone a los pueblos el neoliberalistmo que desplaza las problemáticas sociales al ámbito de las emociones, políticas en las que el “Mercado” configura la constitución de la subjetividad debilitando la cohesión social y la solidaridad.

Por algo no se habla de educar, sino de entrenar. En el neoliberalismo la cuestión de la vulnerabilidad afectiva se resuelve en la “gestión de los afectos”. En tanto “el Mercado” predomine en la constitución de la subjetividad, se debilitan la cohesión social y las solidaridades. Ante ello, para el aprendizaje, el Estado descentraliza su responsabilidad en las emociones de los individuos.
En el campo de la educación emocional circula “el cuento de la tortuga”utilizado como estrategia de regulación emocional. Y dice así: “Cierto día una tortuguita se encontró con una tortuga mayor, con mucha experiencia y sabia en muchos aspectos. La tortuguita le dijo a la mayor: ‘La escuela no me gusta. No puedo portarme bien. Y si lo intento, no lo consigo. ¿Qué puedo hacer?’. La tortuga mayor le respondió: ’La solución está en ti misma. Cuando te sientas muy contrariada o enfadada y no puedas controlarte, métete dentro de tu caparazón. Ahí dentro podrás calmarte.’

Traducido: si de niño calmas tus emociones podrás ser un engranaje obediente del sistema. Nada de preguntas, nada de pensamiento crítico. Proclamemos la felicidad y controlémonos.

Pero la literatura es otra cosa, es peligrosa, por algo durante la última dictadura se quemaron libros y se prohibieron cuentos como Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann o La torre en cubos de Laura Devetach.


La literatura nos permite entender más allá de los conceptos cristalizados de la publicidad, de la religión, de los mensajes televisivos.

 De la misma manera, la Literatura infantil ha sido sierva de la educación en valores. En el pasado con sus moralejas, en la actualidad con textos para difundir modos de entender la realidad y los conflictos del mundo desde una mirada progresista. Con este criterio, en una biblioteca escolar de Cataluña, fueron retirados más de doscientos libros porque un grupo de madres los había leído con “perspectiva de género” y había vetado hasta a Caperucita roja por sexista.


Es que los censores nunca fueron buenos lectores de literatura, ni tampoco los predicadores. Me auxilia Gianni Rodari para explicar esta cuestión intrínseca de la literatura. En su libro La gramática de la fantasía, en un capítulo titulado “En defensa del gato con botas” cita  algunas lecturas de este cuento popular.
Se  ha sostenido que la moral de esta fábula recogida por Perrault  radica en que, con astucia, con  engaño, es posible llegar a ser potente como los reyes o, si, se quiere, la historia enseña como la humildad, la paciencia, el ingenio y la inteligencia, pueden obtener más beneficios que el dinero.

No obstante, Rodari transcribe una lectura de Laura Conti en la que rescata que el Gato vencía al Rey pero no se transformaba en Rey, continuaba siendo gato, y eso era lo conmovedor; que los pequeños, los humildes pudieran vencer a los poderosos. Ya vemos, la literatura es plurisignificativa, no hay lecturas unívocas.



Ya lo  señala María Adelia Díaz Rönner  en Cara o cruz de la literatura infantil: “Los educadores, padres o docentes, tergiversan a menudo la dirección plural de los textos para consumarlos en una zona unitaria de moralización. (…) lo literario se subordina a la ejemplificación de pautas consagradas que tienden peligrosamente a homogeneizar las conductas sociales desde la infancia. O, sencillamente, sugieren que se las acate sin ninguna crítica."

Es que la literatura no es sierva de nadie. Nos conmueve, nos enseña, nos convierte en seres críticos, nos habla de la belleza y de la maldad, de la sociedad patriarcal, de lo oscuro y de lo luminoso, de la felicidad y de la soledad, pero nunca se propone expresamente adoctrinarnos. La literatura trabaja con la tela suave e invisible de la imaginación. No adoctrina; eleva, fascina, nos hace discutir. Calma, enerva, inquieta, tranquiliza, pero se empobrece cuando la  escuela la utiliza como panfleto pedagógico.

Volviendo al texto de María Cristina Ramos: “Si buscas cuentos con valores -yo agregaría cuentos con emociones-nunca tuviste la suerte de que te dieran a leer verdadera Literatura”.

martes, 24 de marzo de 2020

Continuum

                                                     por María Cristina Alonso


Está ahí, siempre creciendo, siempre en movimiento. Tiene algunas zonas transitadas con frecuencia, repasadas con dedos veloces y  otras,  territorios desiertos, olvidados, de esos por los que no pasan ni los bandidos que se pierden en la niebla.
No es una ciudad pero contiene miles, desde las que cuelgan del aire a las que se derrumban en medio de la guerra.
No es un pueblo, pero muchos Macondos, Comalas, Santa Marías, Colonias Velas, Yoknapatawphas encienden sus faroles justo en el momento en el que el sol se oculta con último suspiro.

No es un bar ni un salón de baile, pero he creído ver, a lo lejos que una mansión se ilumina y una multitud elegante baila y bebe champagne mientras Gabsy, o alguien que se le parece, se aleja solitario. No es un barco, pero a veces, cuando me acerco, veo surgir, desde las profundidades del mar, a una ballena diabólicamente blanca.
Suele permanecer en silencio. Sin embargo, cuando ando buscando esa palabra esquiva, me aturde con sinónimos y murmura poemas sobre antiguas batallas o amores que no cesan.

No es, a simple vista, una máquina del tiempo, pero de tanto en tanto, rugen sus motores  cuando me instalo cómodamente en la cabina central donde están los mandos. Me pongo los anteojos para inspeccionar el mapa y le digo a alguien que quiere parecerse a Nemo que deseo marchar hacia el planeta rojo donde los yanquis ya han levantado puestos de salchichas en el lugar en el que había ciudades de cristal, o mejor, viajar hacia atrás y caerme de visita en la isla de Polifemo, para ver si era cierto eso que dicen de la sagacidad de Ulises.
Cápsula, reservorio, depósito, coto, artefacto, residencia, sostén, navío, a simple vista parece receptar en silencio el polvo que entra por la ventana, pero se estremece imperceptiblemente cuando fusilan a poetas en la madrugada o encarcelan a los que escriben nanas a los hijos que no pueden abrazar.
Por las noches, cuando apago las luces y dejo sólo encendida la del escritorio, de ella se escapan para flotar levemente en el aire violeta del sueño los británicos fantasmas de Henry James o el mismísimo padre de Hamlet desde  la fría noche de Elsinor.

Parada frente a ella entrecierro los ojos y, entonces se encienden las fogatas de Pavese, relumbran los cuchillos de Borges, se ensombrece la selva de Quiroga, huele al cianuro que una muchacha llamada Ema está por beber, o se agitan las patas del insecto que anticipa metamorfosis y soledad.
Por ella me paro tan pronto en una esquina de Brooklyn o me largo  con el coronel Mansilla  a los ranqueles. Aunque no bebo, me tomo unos  tragos con Marlowe cuando está triste y solitario o me deslizo en el Metro parisino para evitar que la Maga  siga llorando por Rocamadour.

No es mi biografía, pero desde sus maderas arqueadas veo a la niña que fui paseando por los jardines troquelados de Aladino, tomando el té bajo las lilas con las mujercitas de la colección Robin Hood, caminando hacia la casa holandesa de atrás para vivir el encierro de Ana.
No es un avión ni una goleta, pero a veces me sumo al vuelo de Antoine para repartir  cartas con el Correo del Sur y hablo entre amigos con algunos piratas escapados del mapa de Stevenson.


Frecuento algunos estantes más que otros, confieso arañas en las estancias de bests sellers adquiridos vaya a saber cómo y suelo detenerme en los girasoles de Van Gogh, en las bailarinas de Lautrec, en los cuellos infinitos de Modigliani. Se me estruja el corazón cuando el Nunca más aprieta sus hojas inundadas de horrores o elijo las infancias de Alejandra en el país del no me acuerdo.
Ha ido creciendo conmigo, se ha hecho grande a mi ritmo, la miro, nos miramos, nos reconocemos. Cuánto tiempo ha pasado, nos decimos. Ya casi no te queda lugar, me advierte.

Pero siempre hay un  espacio para un libro más en mi biblioteca.

sábado, 21 de marzo de 2020

ENTREVISTA A LA NARRADORA SILVIA GAM




-¿Cómo y cuándo descubriste que tu destino estaba ligado a la transmisión de la cultura a través de la oralidad?

De niña me acunaron con cuentos :  leídos, contados, cantados, actuados.
 Criada en una familia de actores , directores, docente y dramaturgo , fui a la escuela de arte en la que estudié teatro, danza clásica, moderna, música, instrumentación, flauta dulce, percusión, títeres, pintura y escultura y títeres  .
Cada expresión artística implicaba un relato. Con cada lenguaje construía historias.
Más que un descubrimiento  fue una necesidad
Todo contaba historias. En todo armaba historias.
Mi  necesidad siguió creciendo  a medida que yo lo hacía. Comencé mi carrera como actriz profesional a los  11 años . Así conté historias elaborando y habitando personajes.
Así pasaba el tiempo. Siendo más grande también ejercí mi trabajo docente  en primaria  y como profesora de teatro para niños y adolescentes. Habité otros modos de contar y transmitir educación y cultura . Posteriormente trabajé difundiendo y haciendo gustar la literaratura en inicial, primaria, secundaria y terciaria en un proyecto mío llamado” Biblioteca Viva” en el Normal Superior Número 7.
La  oralidad es la herramienta primera con la que se nos transmite todo. También la gestualidad. He dado clases enteras sin hablar , sólo con los gestos .
Mis abuelos me transmitieron cultura a través de historias y de canciones.
Y yo lo sigo haciendo.



¿Con quién aprendiste a narrar?

Primero con mi madre, Marta Gam. Ella fue mi primera profesora de teatro en la escuela de arte del teatro IFT.
Luego hice seminarios con diferentes maestros /as de la narración.
Mis grandes maestros fueron los propios narradores y narradoras que me deleitaban desde mi niñez.




¿Narrás para niños y adultos? En caso afirmativo ¿Cuál es la diferencia?

Narro para la gente. 
La diferencia está en los textos que abordo para cada edad. Nunca en las formas. Para los/as niños/as  soy tan lúdica como para los “ mayores”.


¿Tu principal defecto? ¿Tu mayor virtud? (como narradora)

¿Es un defecto ser meticulosa en la búsqueda de textos, de historias para narrar? ¿ Es una virtud disfrutar con cuerpo y alma de lo que hago?
Imagino que he de tener defectos y virtudes como toda persona. Nunca me detuve a analizarlos. Yo me entrego al oyente, le regalo lo mejor de mí en la transmisión de la historia que relato o del personaje que encaro.



-¿Cómo seleccionas tu repertorio?

Primero, me tiene que gustar. Leo mucho, me divierto buscando material y si me atrapa, lo tomo para mi repertorio.
Me ha sucedido que encontré textos que los críticos habían descartado sugiriendo que eran malos o simples o que no se entendían y, de pronto , los dí vuelta , sin modificarlos, imprimiéndoles una impronta diferente.
Me gustan los desafíos, marcar la  diferencia, buscar los subtextos y las intenciones  sugeridas pero no explicitadas. Me gusta jugar y crear sobre lo creado.

-¿Qué historias no debería desconocer ningún niño?

Aquellas que tienen que ver con sus orígenes, con sus ancestros.
Si esas historias atrapan y gustan, por añadidura aparecerá la necesidad de los clásicos.
Creo que la respuesta correcta a esa pregunta , desde mi visión sería: todas las historias que sea capaz de disfrutar .

¿Cuál fue el primer cuento que narraste en público?    


Fue un texto mío que hablaba de la necesidad que tiene una persona de vivir el arte.
Luego los clásicos y durante mucho tiempo preferí a mis colegas autores y autoras argentinos/as.
Recuerdo , de adolescente, con guitarra en mano, después de haber terminado mi participación en un festival artístico, la figura principal no había llegado .Detrás del escenario me dijeron que alargara, que no saliera de escena.
No me amedrenté y en vez de interpretar otra canción ( porque las que me quedaban por cantar pertenecían al repertorio de esa cantante) comencé a contar la vida de un juglar que iba de pueblo en pueblo contando historias. Allí fui mechando poemas satíricos de Francisco de Quevedo mezclados con otros de autores anónimos, otros de Federico García Lorca y concluí , cuando me dijeron que ya había llegado “ la Negra”, con un poema de Armando Tejada Gómez. ( mezcla rara , ¿no es verdad? Pero les aseguro que gustó mucho)

Te convocan frecuentemente a realizar narraciones en las escuelas ¿Qué le piden los maestros a un espectáculo de narración? ¿Qué valorizan los chicos?

Generalmente  los/as maestros /as piden que les narre cuentos del autor o autora que están trabajando. No lo descarto, lo hago pero agrego más narraciones probablemente de otros autores o autoras.
Los chicos valorizan la entrega, que el narrador /ora no cuente” pour la galerie”, valoran su compromiso y  que disfrute de lo que está haciendo y se los transmita.
Es muy  importante para mi tener una lectura del grupo de niños/as que están escuchando para saber qué necesitan y cómo puedo hacerlo . La narración tiene magia porque en ella se brinda cariño.




-¿Cómo describirías el panorama actual de la narración oral en   Argentina?

La Argentina tiene excelentes narradores y narradoras. Hay un campo vasto para contar historias. Debería haber escenarios en las plazas, convocar a todos /as y cada uno/a de los narradores /as  para que eleven historias a los oídos  de cada quien . Creo que todavía no se han dado cuenta de que el narrador es un cofre de tesoros.

-¿Se puede vivir en nuestro país siendo cuentacuentos?

Depende. Sobre eso no se puede generalizar. Hay quienes lo hacen sólo por gusto y otros lo toman como trabajo. Falta, todavía, darle al narrador más posibilidades .



-¿Qué público te demanda mayor esfuerzo a la hora de narrar? ¿El público infantil o el público adulto?

¿Esfuerzo? Es un gran gusto contar. 
Los niños son muy directos: si les gusta, se quedan y escuchan. Si les disgusta no atienden.
¿ Hay alguna diferencia con los adultos? Ustedes dirán.

viernes, 20 de marzo de 2020

“Borges y la literatura infantil”


                                                                                 por Adrián Ferrero



     Siempre insistí en que sobre algunos autores o autoras (más autores que autoras) se había escrito más de lo conveniente. El trabajo crítico se obstina en torno de ciertos corpus a los cuales se les ha hecho decirlo todo. En tanto toda otra zona de la experiencia literaria permanece bajo el manto del silencio crítico. O por indiferencia o por resistencias. De modo que, más modestamente, es el propósito del presente artículo tomar nota acerca de los silencios por parte de Borges en torno de la literatura infantil y juvenil. En particular de la infantil. Procuraré analizar los desplazamientos de  públicos de la literatura para adultos hacia la juvenil que en el caso de Borges fueron decisivos.   Y, finalmente, me interesa una dimensión productiva de su poética  en relación con la infancia: la escritura de narrativas de escenas de lectura o de traducción.  

     Dicho esto con toda franqueza, he leído y releído la obra de Borges en varias y distintas etapas de mi vida con diferentes niveles de profundidad y complejidad. También buscando encontrar en ella no siempre las mismas pistas. Y en otras encontrándome de forma sorpresiva con temas o formas inesperados. Por otra parte, esas lecturas tuvieron lugar en contextos diversos. Desde un secreto comedor adolescente familiar hacia mis 17 años, los circuitos institucionales ligados a planes de estudio del colegio secundario o bien de la carrera de Letras en la Universidad de La Plata. Diría entonces que hay para mí muchos Borges en el orden de la imaginación crítica. Porque para un crítico su objeto, el corpus sobre el que trabaja o trabajará en el futuro, como para cualquier lector, es de naturaleza imaginaria. Con la diferencia de que a partir de esa representación plasmará una cierta lectura del mismo. En esa lectura progresiva de la poética de un escritor, es de desear que, tal como lo esbocé, la complejidad aumente en refinamiento de nivel interpretativo. Una interpretación que realice abordajes cada vez más agudos. Porque en la medida en que se vaya formando contará con mayores recursos. Y porque por otro lado conocerá más acerca de teoría y crítica literarias, conocerá otros saberes ligados a las humanidades y las ciencias sociales o, en particular, acerca de la literatura misma. De la literatura de ese autor o de otros. Todo ello facilitará enfoques intratextuales e intertextuales día a día más fecundos.


     Desde que empecé a ahondar en la literatura infantil argentina, especialmente en algunos autores y autoras además de en temas de teoría en torno de ella pensé,  siendo el referente mayor de la de nuestra Historia literaria, en un autor como Borges. Precisamente en sus silencios en torno de ella. No había escrito literatura infantil. No había sido un corpus que él hubiera indagado en sus ensayos (lo que por supuesto no era ninguna obligación) o incluso mediante operaciones intertextuales como sí lo hizo sin embargo en cambio con autores que, como veremos, de ser “para adultos” comenzaron a engrosar las bibliotecas juveniles. En efecto, el académico especializado en la obra de Borges Daniel Balderston en su libro El precursor velado: R.L. Stevenson en la obra de Borges (1985), explora de modo tan pormenorizado como elocuente el envés secreto de las tramas de la literatura de Robert Louis Stevenson con la poética de Borges. Se trata de una meticulosa investigación hasta encontrar cuál es el factor Stevenson en la poética de Borges. Rastreando, también sus citas, razón por la cual debió, entre muchas otras cosas, proceder a  leer  y releer las  Obras completas del autor anglosajón en dos oportunidades en su idioma originario.

     Y aún estando Borges rodeado de escritores y escritoras amigos que sí habían cultivado la literatura infantil, en algunos casos con intensidad (tales los casos de Silvina Ocampo, Sara Gallardo, Manuel Mujica Láinez con su célebre “El hombrecito del azulejo”, entre otros), el creador de Ficciones hizo caso omiso de esta  producción. Hubo naturalmente autores infantiles argentinos con valiosos corpus por fuera de este circuito endogámico de clase. No era un campo el de la literatura infantil de naturaleza prestigiosa. Era más bien marginal (el caso argentino, por entonces sobre todo, pero siempre lo ha sido), pero sí Borges había consagrado largas páginas de sus libros a autores que serían contemplados como infantiles, como Lewis Carroll con las Alicias. Y también Borges se había ocupado de producir obras que tampoco estaban en el centro de los géneros más consagrados o de la escena literaria. Lo había hecho mediante distintas operaciones teórico/críticas concretas en torno de autores (varones sobre todo) que respondieran a las expectativas más frecuentes de quienes asistían al fenómeno literario.

     Sin embargo (y a este punto quiero llegar) hay dos vertientes que vinculan a Borges con la infancia y con la literatura infantil. La primera de ellas, es la cita y el abordaje crítico de algunos nombres: Stevenson, H.G. Wells, Oscar Wilde, Lewis Carroll (como dije), Mark Twain, entre otros. También operaciones editoriales en el mercado, en la dirección de colecciones. Esta literatura, que no había sido toda escrita originariamente para niños, niñas o jóvenes (en su mayoría), había sido luego apropiada por la literatura así llamada infantil o juvenil como parte de su territorio. Esto es: desde la industria editorial y sus lectorados se había producido un desplazamiento o corrimiento. Con vistas a un público ávido por aventuras y prodigios. Los marcos de referencia eran ahora otros. Esta experiencia traslaticia, según la cual un universo simbólico durante largo acotado a un dominio de la literatura durante una etapa de la Historia y de la Historia literaria en  particular (oriundos de Inglaterra, Irlanda y EE.UU., para el caso) luego era apropiado por otro país, selló también la poética de Borges. Pero Borges, por motivos muy distintos a mi juicio, la desviaba hacia un lectorado adulto en tanto que experiencia crítica y creativa. Recordemos que Borges no lee adaptaciones para jóvenes, sino que lee a los originales en su lengua nativa (este es un primer punto importante). Por otro lado, su persistente trabajo desde el género ensayo sobre estos escritores, marcaba un cierto tipo de lectura de ellos (y no otras). No era un lector. Dialogaba con esas poéticas. También trabajó o había trabajado sobre sus cartas, diarios y ensayos, no solo sobre su ficción. Lo que sumaba desconcierto al desconcierto. Y  también saberes al saber.  


     Agregaría por último, que de estos autores fundamentalmente se tomaban los contenidos de la fábula de sus libros, no su discurso, en términos de los formalistas rusos. Esto es: resultaban más interesantes sus tramas, sus argumentos y no el modo en que esas tramas habían sido referidos siguiendo una determinada escritura o retórica. Porque se trataba una literatura (en términos generales)  por lo general clásica, cuyas búsquedas no se cifraban precisamente en el modo de narrar sino en qué avatares eran contados en sus historias. Eran más narrativas parecidas al cuento tradicional que al cuento experimental (llamémosle así).

     En segundo lugar, el otro punto que siempre llamó poderosamente mi atención en Borges, fue esa ensoñación nostálgica en la que consistieron las evocaciones de escenas de lectura. O incluso escenas de traducción de infancia también. Borges había traducido al español como nadie, de modo muy precoz, a sus 8 años “El príncipe feliz” de Oscar Wilde. Y esa traducción, firmada en el diario en el que había aparecido de modo tal como presumiblemente solía hacerlo su padre, había provocado desconcierto y confusión entre quienes la leyeron. Todos  la habían atribuido a su padre. Esto es: se desplazado (nuevamente) de la función de traductor a su verdadero artífice para atribuírsela a su progenitor. Circunstancia que también constituye una marca fuerte de origen de escritor. Borges es capaz de ejercer mejor que nadie un oficio, al punto de ser confundido con un adulto. Esto es, alguien que no pertenece a su edad cronológica. Alguien que tiene las aptitudes de un adulto. Alguien avezado que en los términos más corrientes jamás sería capaz de medirse con un adulto en la práctica de la traducción. Y que ese adulto fuera su padre, volvía más radical y precoz práctica cultural.



     Hay multitud de escenas de lectura en Borges, de las cuales me gustaría recuperar algunas en las que se lo ve regocijado, haciendo lo que más le gustaba en una etapa en la que además podía ver y podía leer lo que se le antojara cuando así lo deseara. Declaró sentir que jamás se había marchado de la biblioteca de su padre, colmada de libros en inglés. Lo que también marca pero esta vez desde la ideología a la literatura en el orden del la jerarquía del idioma. Mucho más aún declarando que había leído el Quijote, la obra hispánica magna por excelencia, la paradigmática, su clásico fundacional, antes en inglés que en español. Esto tiene repercusiones en el orden de lo ideológico y en lo estético indudablemente. Leer el clásico de su lengua en otra lengua es una forma de afirmar que la operación de leer consiste en traducir. Esto en primer lugar. En segundo término, en afirmar que el español es su segunda lengua, la lengua que llegará en una segunda instancia. No es la lengua de la lectura. Pese a que sería la de la escritura. En forma édita, Borges dio a conocer contenidos bajo la forma de libro que yo sepa (los expertos siempre saben más muchos más por supuesto, y seguramente Borges debe de haber escrito otras obras literarias en esa lengua) solo sus “Two English Poems”, dos poemas de amor.

     Asimismo, afirmar algo así posiciona a Borges respecto del capital simbólico que maneja (una segunda lengua, no la materna, o la materna en un segundo plano, no de paridad en la lectura), como si fuera la primera. Ubica al inglés como la sede natural de su formación, como un lugar simbólicamente prestigioso. Él se ha formado como lector en una biblioteca con libros en inglés. Una biblioteca de la cual ocurre algo así, tal como él lo refiere, en términos de haber quedado cautivo de ella, por más que aparentemente no exista sinsabor en la experiencia. Hay sensación de seguridad. Una seguridad que ahora se ha diluido. Cautivo de una literatura, cautivo de un corpus, Borges también está cautivo de una imagen de sí mismo y de una construcción de la literatura. Esta etapa de la vida de Borges es la infancia. Y considero que queda bastante claro que Borges leía libros que no eran para niños siendo de corta edad. Este es otro punto interesante para estudiar en relación a Borges y a la literatura infantil. En cómo fue capaz de leer libros que no eran infantiles a edad muy temprana. Dotándolo, naturalmente, de un capital simbólico muy por encima del de los niños de su edad. Además de configurar un sistema de lecturas que no era el más frecuente en la infancia.

     De modo que en estos términos definiría una relación tensa entre literatura nacional y literatura extranjera mediada por la traducción cultural (no solo literaria) en relación con la producción de relatos sobre su protoimagen de escritor en  primer lugar en estrecha relación con la de lector. Porque Borges lee literatura inglesa y estadounidense en un espacio (también cultural) que no es Inglaterra o EE.UU. Sino su barrio, una casa donde hay un molino, un aljibe, palmeras y una biblioteca en Argentina. Esta escenografía para esa escena, presupone entonces, efectivamente una cierta clase de traducción: la que va del universo significante y material de la cultura de una nación a otra. Entonces Borges está diciendo muchas cosas con estas escenas de lectura en la casa de su familia, con libros que tampoco son suyos sino que de modo hereditario recibe o le son prestados, de ahí precisamente la palabra “biblioteca”. De una biblioteca “se piden prestados” los libros. Él no los compró. Él no los eligió. A él le tocaron en suerte. A él le son facilitados. Le son dados esos libros. Él recibe un legado bajo la forma de un capital simbólico en un cierto sentido impuesto. Recibe la tradición de una literatura y la de un idioma (también por consanguinidad) que no son los de su lengua materna. Por más que sabemos que Borges era bilingüe (además de haber hecho un culto de sus antepasados). De modo que él se hace cargo de una tradición literaria que no es la propia, de poéticas que lee como lo hace un argentino pero en el idioma originario en que esos libros fueron escritos. Borges es una suerte de ciudadano inglés apócrifo. Con documentaos de identidad argentinos. Es un argentino que también es inglés, con un salvoconducto a Inglaterra en una tierra donde se hablas español. Que lee libros en inglés que han sido escritos antes en español. Es alguien que “hace contrabando”. La figura del oxímoron es la que se impone, me parece, a esta definición de las operaciones culturales de Borges. Las que le tocaron pero también las que él eligió.


     Las genealogías de Borges han sido trabajadas magistralmente por el escritor y crítico Ricardo Piglia aludiendo a “los dos linajes”: el inglés y el criollo viejo. Dos líneas en estrecha relación no solo con universos sociales sino con tradiciones literarias prácticamente divergentes. Pero de cuya mezcla Borges conseguiría ser ese escritor magnífico y esclarecido que con su poética pondría patas arriba a la literatura del mundo para siempre. Ricardo Piglia dirá que Borges sería en adelante el gran maestro de todos los escritores y escritoras que le siguieron. Y se reconoce como parte de la generación de los parricidas. Borges será, a partir de cierta altura de su vida, quien dicte las pautas a partir de las cuales se deberá ajustar la literatura y la poética. Esto provoca irritación y conflicto  dado que cada escritor o escritora aspira a definir su proyecto creador no por oposición a una poética todopoderosa sino según una afirmación contundente de la propia. Si bien, lo sabemos, el funcionamiento de todo campo intelectual supone el dinamismo complejo y ambiguo de la competencia por la legitimidad cultural.

     Así, el trabajo fino de Borges en torno de estas narrativas de escenas de infancia construyen una imagen de escritor más cerca del escritor/lector que del escritor profesional que ejerce exclusivamente su oficio por  fuera del universo de la lectura. Borges no concibe la escritura sin la lectura. Solía afirmar que otros se jactaran de los libros que les había sido dado escribir. Él lo hacía de los que le había sido dado leer. Bajo estas circunstancias considero que queda fundado un rasgo identitario crucial para Borges. Será alguien que está, mientras escribe, leyendo todas las tradiciones literarias, no solo la propia. Pero en particular estará leyendo cuando escriba (este es el punto). Pero lo que lea será caudaloso. Tanto como el nivel complejidad de sus lecturas. Entiendo que esta será su operación crucial. Y en particular estará leyendo la gran tradición de las culturas anglosajonas muy en particular. Porque en ella ha sido educado (o en ella se educó él mismo, es una suerte de self made child). Ese es un punto ambiguo. Porque si uno se encuentra como escenografía de su vida literaria al llegar a este mundo con una biblioteca en inglés, su futuro ya está sellado de antemano, precisamente, por otra mano. Un futuro que no ha elegido. Pero uno puede, en un ejercicio opositor, como ha sucedido en tantos casos, tomar distancia del  origen. Y hasta ir a contrapelo de esa guión prescriptivo, sin repetirlo. ¿Borges lo hizo? Pienso que sí y pienso que no. Escribió en lengua española cuando la herencia primordial era inglesa. Hizo esa opción. Es cierto que pudo no haberlo hecho. Como Héctor Bianciotti escribió en francés y Juan Rodolfo Wilcock en italiano. Pero ambos se habían radicado en esos países. Borges estuvo toda su vida, excepto sus últimos días, en Bs. As.

    Borges escribe todo el tiempo leyendo. Esto resulta nítido. No estamos hablando de un escritor espontaneísta ni ingenuo. Tampoco irreflexivo. Mide cada paso que da. Tiene todo bajo control, conoce cada movimiento de la pieza del ajedrez que va a jugar. Su jugada maestra será, naturalmente, su poética. ¿Llegó Borges a un jaque mate? Esto lo dirá la evolución de la Historia literaria y de los distintos campos intelectuales, no solo el argentino. Además de cómo el canon se vaya construyendo, destruyendo, tensionando, diluyendo, renovando y siendo puesto en cuestión por los propios escritores, escritoras además de los estudiosos inicesantemente. Borges realiza  operaciones  difíciles en las que somete a la literatura del mundo a los efectos de escribir condensándola en su poética en  una operación de síntesis de una radical originalidad.


     Ahora bien: ¿tiene sentido objetar a Borges la lectura y consagración de ciertos autores en desmedro de otros que consideramos hubieran sido o son más valiosos? Pienso que no. Y no  tendría el menor sentido cuestionar su canon porque Borges es Borges merced a que leyó esos libros y no otros. Su corpus está cerrado. Su poética ha sido construida según las bases en que él las ha dejado sentadas. Y me parece que pretender poner en cuestión algo que ha alcanzado su punto culminante en el mundo entero no tendría fundamento alguno. Sería como buscar el defecto malintencionado en un virtuoso de naturaleza superlativa. Porque ¿qué se logra con impugnar lo que Borges dejó de leer si en cambio lo ha leído todo de ciertos autores sobre los cuales solo él tenía noticias? Sobre los que nosotros no hemos leído ni media palabra. Menos aún en su idioma nativo. Y seguramente sobre los que ello así seguirá ocurriendo para siempre. Nadie leerá nunca libros que Borges sí leyó porque nadie sabrá nunca de su existencia. O nadie tiene su prodigiosa inteligencia como para con esa lucidez extrema interrogarlos de ese modo. O libros incluso que otros descalifican pero en los que Borges encontró claves de lectura primordiales para la experiencia creativa ¿Tiene sentido reprocharle a Borges haber ignorado a muchos autores argentinos o del mundo cuando él mismo podría decir lo propio de nosotros alegando similar argumento? Él podría decirnos ¿por qué no han leído tal autor, tales libros esenciales para hacer o desentrañar la literatura? Borges murió llevándose el secreto (varios).

     Como operación crítica me resulta tanto más interesante (además de mucho más productiva) pensar en cuáles realizó Borges con las poéticas argentinas y las del mundo. Qué posición adoptó desde la ideología literaria respecto de la cartografía literaria internacional, por ejemplo. Cómo eligió ubicarse respecto de las grandes literaturas hegemónicas del mundo, con grandes tradiciones letradas por detrás. Con culturas literarias antiquísimas. Proviniendo de una patria joven con una cultura literaria de naturaleza escasa. Esto resignifica las escenas de lectura a las que me estoy refiriendo. Inglaterra era una potencia imperial. Él habitaba la periferia. Sin embargo contaba ya siendo un niño con el capital simbólico de lo más rico de Inglaterra en ese idioma nativo en su propia casa. Con tiempo y conocimientos para leerlo. Las narrativas de escenas de lectura o traducción de infancia de Borges, esto vale anotarlo, están girando también siempre en torno de la figura de su padre.
     Y, como para cerrar, evoco a ese niño que se regocija entre libros y que seguramente entre ellos ha de haber sido revoltoso. Por opción y transgresión. Ese niño que fue un niño que tuvo una infancia diría yo que letrada. Que fue un niño, efectivamente, de letras. Su padre le explicó libros así como (en otra escena que ahora recupero) mediante una partida de ajedrez le hace descubrir algunas perplejidades filosóficas acerca del universo. Y probablemente eso haya hecho toda su vida: divertirse leyendo. Divertirse escribiendo sus propios libros dentro de los cuales había algunos jamás escritores con autores inexistentes.




     Estas narrativas de escenas de lectura de Borges lo pintan como un niño feliz. Pero también como un niño voraz. Un niño que abusa de la lectura. Y a la traducción (si es que un niño concibe la peregrina idea de traducir del inglés un cuento infantil). Y en esta evocación de ese Borges con escenas superpuestas, traigo a mi memoria la fundacional de su poética que es la narrativa de escena de traducción. Aquella reescritura (como toda traducción) de un cuento infantil de un clásico (pero para el caso de autor polémico) que ahora soy yo el que en una escritura crítica reescribo a mi vez en abismo. Porque en ese momento, Borges fue alguien feliz. Fue lo que es y sería para siempre. El príncipe feliz. Del espléndido reino de la literatura del mundo.

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