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viernes, 6 de marzo de 2020

Lecturas de Pinocho



Por María Cristina Alonso

Cuando Carlo Collodi publicó los primeros capítulos de la historia de su muñeco de madera lejos estaba de imaginar que, en torno a las aventuras un tanto descabelladas de un trozo de leña, se pudiera escribir tanto acerca de las enseñanzas que se desprenden del texto.

Sin embargo, Las aventuras de Pinocho no es un tratado de pedagogía, aunque esté lleno de mensajes aleccionadores propios de la educación en valores común en la literatura infantil de su tiempo. Simplemente es la historia de un niño desobediente que quiere alargar su infancia y, aunque sabe que su deber es ir a la escuela, extiende todo lo posible el momento de incorporarse al sistema educativo, es decir, convertirse en un niño de verdad los ojos de la sociedad.

La primera pregunta que nos surge al releer este clásico infantil publicado por primera vez en 1883 es por qué sigue vigente aún hoy. ¿Por qué es una historia que sigue conmoviendo a les niñes  y las osadas peripecias de Pinocho, siguen resonando en nuestros oídos adultos?

Acaso el éxito de Pinocho resida -en primer lugar-en que es un muñeco, un juguete que habla y que se mete en problemas. Gianni Rodari, en su Gramática de la fantasía, nos dice: “el juguete es el mundo que el niño quisiera conquistar y con el que se mide (de aquí la necesidad de desmontarlo para ver cómo está hecho; o de destruirlo) pero también es su proyección, una prolongación de su persona.


Ilustración: Sara Fanelli

Rodari también quiso jugar con el muñeco de Collodi y escribió un cuento, “Pinocho el astuto”, que integra el libro Cuentos para jugar. Su personaje es un individuo desaforado que construye su enorme fortuna merced a la madera que extrae de su nariz que crece, como en el relato de Collodi, cada vez que dice mentiras. Y, para que el lector se divierta, coloca tres finales distintos. En el primero, Pinocho se convierte en un miserable; en los dos siguientes, su fortuna se hace polvo y ni el “sugeridor de mentiras” que contrata lo salva. Claro que Rodari nos advierte que ese Pinocho no es el del libro sino otro, uno de madera que no había hecho Gepetto, sino que se había hecho a sí mismo.

Carlo Lorenzani (Florencia de 1826- 1883) -que luego firmará como Collodi- escribió Las aventuras de Pinocho sobre el final de su vida. Fue soldado y periodista. Luchó en las guerras de la independencia italiana y sobrevivió para regresar convertido en un republicano. Fundó un periódico. Publicó sus primeros libros y se volvió un jugador empedernido que pagaba sus deudas cediendo espacio en su periódico. 

 Comenzó a firmar con el seudónimo de Collodi en 1860 usando el nombre del pueblo natal de su madre. Cuando volvió de la segunda guerra de independencia a Florencia y la Toscana pasó a formar parte del reino de Vittorio Emanuele, Collodi asumió dos cargos burocráticos y tuvo tiempo para dedicarse a la literatura. Escribió la obra que le dio fama y, antes de morir, alcanzó a ver publicado su Pinocho en un volumen ilustrado por Enrico Mazzanti, en 1883.

Te mando esta niñería (bambinata, en el original), haz con ella lo que te parezca, pero si la publicas, págame bien, para que me den ganas de continuarla". Con esta nota dirigida al director del diario Giornali per Bambini, Carlo Lorenzani envió los primeros capítulos de Pinocho.

El éxito fue inmediato, los niños se apropiaron de un texto que contaba las múltiples transformaciones que sufría un muñeco de madera, exactamente como les sucede a los niños. Y en esas continuas mutaciones, quizá esté lo que Rodari llama la proyección que el niño hace en el juguete, una prolongación de su persona. (Rodari, 1973). Las aventuras de Pinocho es la historia sobre un muñeco que se convierte en niño y al que en el camino le van sucediendo las peripecias de la vida.



Ilustración Roberto Innocenti

Recordemos un poco el argumento: La historia comienza con un carpintero, Maese Cereza que, al tallar un trozo de madera, escucha que éste se queja y le pide que no continúe porque le hace daño. Este trozo será regalado a Geppetto, que hace un muñeco que habla.

Pinocho es un muñeco travieso que se mete en problemas permanentemente, pero el amor de Geppeto es inmenso y llega al sacrificio de vender su saco para comprarle un libro para ir a la escuela. Pero Pinocho no irá a la escuela, las tentaciones empezarán demasiado pronto: Vende el libro para ver una función de títeres y vive una aventura con Tragafuegos, el titiritero que casi lo hecha al fuego para terminar su asado en castigo por haber interrumpido la función. Tragafuegos es-en el fondo- sensible, y lo deja en libertad regalándole cinco monedas de otro. Estas monedas serán las culpables de que Pinocho se meta en nuevos problemas, porque en su camino de regreso a la casa de Geppetto, se encuentra con el Zorro y el Gato y se deja convencer para ir a enterrar las monedas en el Campo de los Milagros y así multiplicarlas.

En los momentos más terribles, aparece el Hada de los cabellos azules para salvarlo de la muerte. También el Grillo que es su conciencia- aparecerá cuatro veces para recordarle cómo debe actuar.. Cada vez que Pinocho mienta, le crecerá la nariz.


Ilustración Enrico Mazzanti

 Son múltiples las aventuras y los duros desafíos que deberá  enfrentar: será colgado de una encina por el Zorro y el Gato disfrazados, pasará  meses en la cárcel, se convertirá  en perro guardián, volará  junto al palomo a la orilla del mar para encontrar a su padre, protagonizará peleas con sus compañeros de escuela y se verá  envuelto en sospechas, intentará- por consejo del Hada Azul- convertirse en un buen estudiante, pero se dejará  convencer por su amigo Pabilo para ir al País de los juguetes. Allí, se convertirá en burro y deberá afrontar otra serie de desventuras: será comprado para hacer pruebas en un teatro, será revendido a un hombre que quiere matarlo para sacarle su piel. Pero el Hada velará siempre por su vida.



Ilustración Attilio Mussino

Finalmente, comido por el terrible Tiburón, encontrará -en su interior- a su padre Geppetto, que ha sobrevivido dos años en el vientre del animal. Con astucia y mucho amor, ayuda a Geppetto a escaparse y -en una acción osada- llega a nado a la costa. Así comenzará la transformación de Pinocho en un ser que, con trabajo y sacrificio, mantendrá a su padre. El Hada lo premiará convirtiéndolo en un niño de verdad.

Paul Auster, en su ensayo La invención de la soledad, dice que Pinocho es un libro de la memoria, que el libro es una búsqueda de la infancia perdida a la manera de En busca del tiempo perdido, de Proust, y que-incluso el nombre que elige para firmarlo, Collodi- es un regreso a la infancia. El autor estadounidense agrega que, en un cuento escrito sobre el final de su vida, Collodi deja claro que el títere es su doble.

Para ilustrar esta afirmación recuerda el episodio en que Pinocho es tragado por el tiburón. En esa oscuridad “…ni siquiera podía recordar en qué mundo estaba. Todo alrededor no había más que oscuridad, pero una oscuridad tan negra y profunda que le parecía haber entrado en el cuerpo de un calamar lleno de tinta”. Auster traduce: “…por un momento pensó que lo habían sumergido de cabeza en un tintero”.

Y deduce, “al situar a la marioneta en la oscuridad del vientre del tiburón, Collodi nos dice algo, moja su pluma en la oscuridad de su tintero”. Después de todo, Pinocho está hecho de madera y puede ser usado como instrumento­-una pluma- que le sirve para contar su propia historia.


Ilustración Justine Brax

Paul Auster señala, en su ensayo, que Pinocho es un libro de memoria, un relato autobiográfico que el autor escribió al final de su vida.

En su libro Nuevo elogio a la locura, un compendio de reflexiones sobre la cultura, Alberto Manguel lee a Pinocho como las aventuras de un aprendizaje, puesto que –sostiene-“…la saga de Pinocho corresponde a la educación de un  ciudadano.”

Escribe Manguel: “…en la sociedad de Collodi, la escuela es la que enseña al niño a formar parte de la sociedad humana, es un campo de entrenamiento en donde los niños aprenden a devolver a la sociedad lo que ésta hace por ellos.”

En el mundo de Pinocho los libros se convierten en armas y vuelan por el aire. En el capítulo XXVII, el muñeco de madera se ve envuelto en una pelea con sus compañeros que quieren convertirlo en un mal estudiante, en un holgazán como ellos.
“...los muchachos, rabiosos al no poder medirse con el muñeco cuerpo a cuerpo, pensaron en echar mano a unos proyectiles y, desanudando las correas con que llevaban atados sus libros de escuela, comenzaron a tirarle con los Silabarios, las Gramáticas, los Giannetinos, los Minuzzolos, los Cuentos de Thouar, el Pollito de la Baccini y otros libros de escuela; pero el muñeco, que era rápido y avispado, los esquivaba a tiempo, y los libros, pasándole por encima de la cabeza, terminaba todos en el mar.”

Finalmente, un Tratado de Aritmética que iba destinado a la cabeza de Pinocho termina matando a un compañero y Pinocho va preso.


Ilustración Paolo Romani

Entre estos libros estaba uno encuadernado en cartón grueso, con el lomo y los bordes de pergamino. Era un Tratado de Aritmética. ¡Dejo que ustedes imaginen lo pesado que era!”, nos dice Collodi convirtiéndonos en cómplices de su ironía,

Concluye Manguel en su ensayo que, en una sociedad en la que no se satisfacen las necesidades básicas de los ciudadanos, los libros son un pobre alimento, y -si se los usa mal- pueden ser mortales”

Porque lo cierto es que Pinocho es un personaje que vive la pobreza con intensidad. El estómago le ruge de hambre, va vestido con una casaca de papel y un sombrero de miga de pan y es hijo de una sociedad en la que la escolarización todavía no es un derecho universal. No obstante, tanto Gepetto como el hada hacen esfuerzos para que el muñeco, que se convertirá en niño, se eduque aún en las condiciones más miserables.

Collodi escribió una fábula llena de enseñanzas educativas, pero los niños la leen en clave fantástica a pesar de que está llena de alusiones a la muerte.

Para algunos autores este libro es un "texto ambivalente", según la categoría que utiliza Zohar Shavit Esta autora denomina texto ambivalente a aquel que viola las restricciones de la literatura para niños, recurriendo a modelos ya consagrados en la literatura para adultos, pero inexistentes en el sistema de los libros para niños. Los textos ambivalentes, señala Shavit, son aquellos que se colocan en el centro del sistema de los libros para niños al dirigirse simultáneamente a dos destinatarios: el infantil y el adulto, colocando -en primer término- al segundo.


Ilustración Richard Floethe 

 Así como otros textos infantiles suponen un único lector implícito y una única comprensión del texto, el texto ambivalente y, por muchas razones que hemos mencionado, Pinocho lo es: tiene dos lectores, un destinatario supuestamente niño y otro real. El niño es el lector oficial del texto, como señala Shavit, y no se pretende que lo entienda todo, casi es una excusa para hablarle al genuino destinatario que, en este caso, es el adulto.


Ilustrador Alexiev Gandman

Miles de versiones cuentan una y otra vez las andanzas de un simple muñeco de madera que tiene la virtud de meterse todo el tiempo en problemas. Disney lo vuelve sentimental y trata de aligerar las tenebrosas alusiones a la muerte, ediciones simplificadas se quedan en unas pocas anécdotas como las orejas de burro que les crecen a los niños después de holgazanear en el país de los juguetes.

Una y otra vez, el clásico de Collodi nos insta a hacer múltiples interpretaciones, aunque sepamos, en el fondo, que solo estamos leyendo la historia de un niño en un mundo hostil.

Bibliografía

Collodi, Carlo. Las aventuras de Pinocho. Ilustraciones de Carlo Chiostri. Traducción de Guillermo Piro.

Garralón, Ana, Historia portatil dela literatura infantil y juvenilAna Garralón. Zaragoza. Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017.

Lluch, G. (2004). Cómo analizamos relatos infantiles y juveniles. Bogotá, Colombia: Grupo Editorial Norma.
Manguel: Alberto, Nuevo elogio de la locura, Emecé, 2006
Auster, Paul, La invención de la soledad, Edhasa, Barcelona, 1990
Piro, Guillermo, Qué cómico resultaba cuando era un muñeco, ediciones Godot, Buenos Aires, 2013.
Rodari, Gianni, Cuentos para jugar, Buenos Aires, Alfagura.
Rodari, Gianni, Gramática de la fantasía, Hogar del libro, Barcelona 1973.
Vasco, Irene. Las aventuras de Pinocho. Historia de la mentira más larga del mundo, en https://www.cuatrogatos.org/detail-articulos.php?id=121#
Shavit,Zohar “La posición ambivalente de los textos..El caso de la literatura para niños, en Teoría de los polisistemas, Arcos Libros, Madrid, 1999.








miércoles, 4 de marzo de 2020

;Adela Basch: la literatura infantil como función crítica

                                                                                                             

                                                                                                                por Adrián Ferrero



Adela Basch (Bs. As., 1943) abre su proyecto creador con una obra teatral “de
comienzos” en términos de Edward Said que será trascendente para sentar las bases
según las cuales ese proyecto tendrá lugar. Me refiero a "Abran cancha que aquí viene
Don Quijote de la Mancha" (1990). En efecto: encontramos allí ya, por un lado,
fortaleza. Por el otro, un efecto letal y socavador (pero encantatorio) sobre el canon
occidental en lengua española. De modo que toma por asalto a una figura paradigmática
y ejemplar de la tradición para su idioma, nada menos que en el que escribe. También,
en un gesto pacífico pero desafiante a la vez, arrebata un capital simbólico al prócer
literario identitariamente con mayor excelencia de la literatura española: Cervantes. Y,
por añadidura, de la capital imperial del dominio de la lengua española (volveré sobre
este punto). Toma prestado el nombre de su héroe ejemplar para elaborar su parodia. Y
la apuesta es más radical aún porque lo hace desde un territorio considerado subalterno
en el marco del sistema literario, como lo es la literatura infantil. Y más subalterno aún:
Sudamérica. Y otro más aún: siendo escrito por una mujer. Entre esa toma de posición
insurgente y lo que siga, no perderá una gota de inteligencia creativa coherente.

 Porque, bastante más tarde (es cierto), con ¡Que sea la Odisea! (2003) repite el gesto valiente a
partir de un trabajo sobre un clásico esta vez de naturaleza fundacional del canon
occidental, en términos de Harold Bloom. De sus bases racionales, de sus premisas
teóricas, literarias, filosóficas, en especial filológicas y todo lo que significa la
Antigüedad Clásica Griega para Occidente. Un fermento que aun hoy es fuente de
investigaciones y perplejidad. Se le consagran desde estudios literarios, académicos,
escolares hasta reescrituras literarias también para adultos por parte de otros escritores o
escritoras también europeos, como el propio James Joyce, autor del “Ulysses”, una obra
de la modernidad narrativo del siglo XX en lengua inglesa, Incluso la Grecia Antigua
aún es fuente de expediciones arqueológicas. La cosmovisión del sujeto infantil ya
queda fundada, y con ella un pacto de lectura de naturaleza inamovible. Al niño y a la
niña no se los subestima. No se les narran o refieren historias edificantes. Se les habla
sin solemnidades pero de los mismos temas o fabúlas que leen o hablan los adultos.
Salvo que con varios reparos a mi juicio de naturaleza específica en una escritora
infantil: se lo hace a través de operaciones concretas de síntesis, condensación,
traducción y transposición literarias desde los significantes y desde el orden de lo
semántico. De modo que, atenta a la retórica, Adela Basch será cuidadosa con lo que
escribe (además de selectiva, porque no puede referirlo todo) y cómo lo hace. La
apuesta a la dramaturgia, naturalmente, resulta otra opción audaz. Reviste otra clase de
aventura. Una aventura que supone temeridad (pero que de modo triunfal conquista, su
éxito lo permite comprobarlo) y de una aventura que requiere también de ciertas
astucias. Porque, como es sabido, el teatro constituye otro género marginal dentro de los
géneros literarios. Si bien sabemos que Shakespeare, el pilar del canon occidental, fue
dramaturgo y su corpus, salvo los Sonetos (a lo que sumo sus poemas Venus y Adonis y
La violación de Lucrancia) consiste en obras dramáticas. Si a ello agregamos que Adela
Basch lo hace en el contexto de la literatura infantil, el trabajo de conquista (en su doble
acepción de logro pero también de posesión de un territorio simbólico de un continente
literario o corpus de la literatura nacional) es sustantiva. La dramaturgia de Adela
Basch, por otra parte, no es de naturaleza irreflexiva y espontánea. Sino es una ficción
calculada con destreza, habilidad de premisas ideológicas que reenvían a una función
crítica sobre la literatura más pedagógica infantil y, por analogía, sobre las operaciones
de críticas literaria y cultural sobre ella ejercida. En efecto, se trata de una literatura que
plasma posiciones que no son complacientes son el poder que nos guste o no es el que
ha codificado los así llamados géneros literarios y que en la actualidad dicta y ha
consagrado el mercado bajo sellos y colecciones para el caso infantiles.


 De hecho, la editorial Abran Cancha, fundada por Adela Basch nada menos en que
en 2002 (un momento culminante de crisis institucional para el país) viene a iluminar un                      territorio por el que las personas y la literatura se movía a tientas en una oscuridad desorientada.
Adela Basch nos permite vislumbrar una la realidad argentina alternativa propagando
buenos libros en ese clima difícil para la cultura literaria. Muy especialmente la infantil,
siempre de carácter marginal. Pero también desplazado por la crítica.

Con los padres de la patria, las gestas independentistas y la labor emancipatoria la
labor de desmontar la estereotipia y el poder consagratorio será exactamente la misma.
Se mantiene el humor pero se los desacraliza, se neutraliza toda moraleja nacionalista
pero sí se acentúa su importante rol patriótico. Sin ser jamás irrespetuosa Adela Basch
insiste en lo verdaderamente valioso de todos ellos: sus convicciones fundacionales. En
una nación necesitada de referentes nítidos estos libros resultan de naturaleza
primordial. En una temporalidad macroscópica como la Historia argentina (con
mayúsculas) Adela Basch nos regala versiones no oficiales, bajo la forma de historias,
esto es, dramaturgias infantiles de referente constatable intervenidas. Asimismo, el
trabajo fundamentalmente con anticuados o bien demasiado complejos libros de
Historia (una disciplina para expertos) o bien manuales, es trabajada en una doble
operación. Por un lado, se democratizan los contenidos disciplinarios de los libros de
Historia en tanto que disciplina mediante la representación literaria. Por el otro, a los
manuales se los parodia porque si ellos presentan representaciones más o menos
simplistas de los héroes de la independencia argentina o de América Latina, Adela
Basch desde el orden de lo ficcional (en la variante de la dramaturgia) los dotará de
contenido y recorridos por el orden semántico de naturaleza múltiple y jamás unívoca.
Siempre connotativa y en mucho menor medida denotativa, como ya lo he estudiado
previamente, su dramaturgia realiza un trabajo creativo de reconstrucción de un figuras
cuyas representaciones están fragmentadas por múltiples miradas y perspectivas. Sus
libros no están en este mundo para ratificar certezas sino para ponerlo todo en cuestión,
incluso a los discursos sociales, como el de la Historia en tanto que disciplina. Y esas
discrepancias son las que hacen de la suya una poética crítica. Una discrepancia desde
muchos puntos de vista, como los hemos analizado abordado, pero en lo primordial
contra el poder.

"Colón agarra viaje a toda costa" (1999) es una pieza también de su primera etapa. El
referente es nítidamente de naturaleza constatable. Pero si toda parodia se caracteriza
por detentar una cara parodiante y una cara parodiada ¿cómo se daría esta premisa
teórico o retórica (en todo caso) en la presente pieza de Basch? Diría que, naturalmente,
la cara parodiante sería su obra. Y la cara parodiada podrían ser varios discursos
sociales. Desde las crónicas de Indias a los manuales o libros de Historia disciplinarios
o, como hemos visto en el caso de los héroes de la patria, los libros disciplinarios.
Se trata de una obra de teatro que invierte, como dije, mediante la parodia, el desparpajo y
el humor más desopilantes la lógica de la dominación, nuevamente, imperial. Pero lo
hace volviendo en contra del poder colonial una voz tonante en su misma lengua nativa.
Basch juega una pulseada con el español oficial. El español postulado desde lo
normativo por la Real Academia Española centralizado con sede en la metrópoli de
España, esto es, el castizo, será cuestionado. Si, como afirma la teórica y crítica de la
literatura latinoamericana Josefina Ludmer en su libro Aquí América Latina (2010), la
mayor riqueza de capital en la época contemporánea es flujo de capital financiero
concentrado en el caso de la literatura, concentrado en grandes oligopolios, por un lado.
Y la centralización del español hegemonizado que irradia luego al resto de las de todas
las Academias de la Lengua Española distintas de la madrileña, el trabajo de Basch
resulta incuestionablemente transgresor.

La recuperación del sustrato de los pueblos originarios es lograda en el caso de
Basch. Porque en otra obra, mediante estrategias que desarticulan desde las
temporalidades, las especialidades, hasta el uso de esa lengua española mismo cambia
de signo nuevamente el poder del conquistador. Se trabaja la traducción en un sentido
de metaforizació. Se logra así una operación compleja desnaturalizadora y de inversión
en torno de los significados sociales. Esto habla de la concepción por parte de Adela
Basch de un sujeto infantil que, al igual que en las gestas emancipatorias por ella
representadas, se aspira sea independiente, se libere de sujeciones y limitaciones (pero
no de límites, porque las reglas con Adela Basch son siempre limpias, pero también
siempre claras). La labor sutil con la lengua y los procedimientos siempre merece ser
destacado en Basch. Se trata de una escritura cuidadosa, meticulosa, con consciencia de
recursos que se permite una enorme libertad expresiva.


Si a todo esto sumamos que sus obras teatrales suelen ser corpus para la enseñanza y
la didáctica de la lengua y la literatura en escuelas primarias, o acaso las académicas en
mucha menor medida, la capacidad propagatoria del discurso literario de Adela Basch
resulta sin precedentes. Su presencia tangible en esos espacios institucionales, dictando
talleres, conferencias, con puestas de sus obras, diálogos con el alumnado y los docentes
y las docentes es enriquecedor. A lo que agregaría el que ejerce en centros culturales o
centros educativos rurales, Ferias del Libro del interior del país y, en otros casos, del
extranjero. Así, el trabajo queda coronado por una opción y una decisión llena de
integridad. E integral. El sujeto infantil será humanista, tendrá valores y principios
éticos (no respondiendo a una moraleja aleccionadora, sino a una evaluación del mundo
axiológicamente connotada de modo positivo) a partir de estas iniciativas encomiables
de Basch.

Que no calle la calle (2019), uno de sus libros más recientes, solo en principio es
uno para adultos. Bautiza a una Buenos Aires “que no tenía nombre” porque nadie se lo
había puesto o cantado bajo esa entonación jubilosa. O, en todo caso, nadie había
jugado a hacerlo en ese tono singular. Allí, las tramas verbales de lo lúdico con la risa
de los sonidos y las formas de la lengua literalmente son desarticuladas por la
proliferación significante una vez más junto a una narrativa urbana de la diversidad que
se conjuga con el discurso icónico. El trabajo verbal se articula aquí sobre todo a partir
de la nominalización. Cada calle pertenece a un barrio (con un referente social nítido) a
partir del cual los distintos poemas adoptan sus notas creativas. Del uso literal (del
nombre propio) la creación parte de él o lo toma como foco para alumbrar nuevos
sentidos. Las calles hablan, cantan según esta melodía cautivante. Y como correlato, en
el seno del libro un discurso icónico que acompaña al verbal que, a diferencia de otros
libros de Basch (en términos generales), más registra que dibuja, pinta o ilustra, dado
que es de índole fotográfica. En efecto, la fotografía es la coprotagonista en este caso,
de la mano de Silvia Sergi: su combinación culminante pero complementaria a la vez.
Ambas coautoras crean un libro/objeto que enriquece el corpus de nuestra literatura
nacional desde sus zonas menos transitadas: la calle.

Como para cerrar, la narrativa y la poesía de Adela Basch, de no menor relevancia,
que no hago a un lado, siempre abren las puertas a la libertad subjetiva y a la vitalidad
más plena porque por ella suelen circular personajes (por lo general adoptando la forma
de animales o plantas personificados, pero no exclusivamente) que salen al mundo,
irrumpen en él para descubrirlo de modo que promueve el espíritu de apertura. Lo hacen
para encontrarse con lo inesperado pero también lo que permite explorar lo desconocido
con vistas a la inclusión. Estos libros son la punta de un ovillo que Adela Basch sigue
desplegando de modo incesante, junto con un proyecto creador que se reformula paso a
paso. Se revisa a sí mismo en el camino hacia la excelencia. Nada puede detener un
proyecto creador formativo e informativo a la vez. Que de la metaforización y la
función literaria (según es definida la de la literatura en términos del teórico ruso
Tinianov) cunde en el resto las series sociales. Las afecta y tiene un impactante efecto
sobre ellas.

Frente a los discursos hegemónicos de una lengua española castiza que pretende el
borramiento de las cualidades de las variedades del español de toda América Latina,
normalizándolo mediante dispositivos como diccionarios, glosarios, manuales,
documentos curriculares o didácticos, la poética de Adela Basch se planta frente a esos
discursos sociales de la dominación y desde una literatura por y para Argentina (en el
marco de América Latina), descubre el continente en sus riquísimos matices lingüísticos
y retóricos, además de trabajar para la invención de una tradición (en términos de
Raymond Williams) específicamente argentina de una dramaturgia infantil que atiende a
asuntos propiamente argentinos y americanos.

Desde la privacidad de su estudio en Buenos Aires, Adela Basch se proyecta
poderosamente hacia la entrañas mismas del universo social, porque, precisamente, lo
hace hacia su zona más entrañable: los niños y las niñas.

sábado, 29 de febrero de 2020

DAR DE LEER



                                             por Beatriz A. Ré






“En las frases de un niño se refleja, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, la calidad de su nutrición emocional y cognitiva”. Yolanda Reyes


“Dar a leer”, “dar a jugar”, “dar a sentir”, “dar a pensar”.
Como se da de mamar o de comer.
Así como la nutrición es vital para crecer y desarrollarse, los libros nutren los sentimientos, el juego, las ideas, la vida.
¿Cómo hacer para que los chicos tengan un profundo encuentro con los libros?
¿Cómo hacer para que las familias se encuentren con los chicos y los libros y tengan ganas de leer el mundo y los libros?

La mesa está servida

Acercar libros variados y cálidos, con humor y maravilla que despiertan el apetito de historias y conocimientos de mundos a conquistar: el mundo propio, el mundo en que vivimos, el mundo de los otros, el mundo de los imposibles. Leer libros es leer todos estos mundos.


¿Cómo “preparar la mesa”?

Se disponen los libros de manera que se vean las tapas, es conveniente calcular dos libros por niño para que cuando elijan siempre queden algunos que no se eligen y al mismo tiempo, no haya tantos libros que abrumen.
❥ Los “menús” tienen que ser variados de manera de poder ir ampliando los gustos.
Para que cada uno encuentre un libro que le interese tiene que haber de todo un poco: cuentos, poesías, libros de información...


 
¡A la mesa!

Con la mesa servida se invita a chicos y grandes a explorarlos.
Es importante aclararles, a quienes participen del encuentro, todo lo que pueden hacer con los libros:
❥ Recorrer la mesa o la alfombra para mirar todo lo que hay.
❥ Levantar el que más les llame la atención.
❥ Tocarlos.
❥ Hojearlos.
❥ Olerlos.
❥ Leerlos cada uno a su manera: de atrás para adelante, de adelante para atrás, abrirlos por donde tengan ganas.
❥ Mirarlos y leerlos solos, con otro, o con quienes quieran.
❥ Comentar con los que tienen cerca.
❥ Preguntar.
❥ Descubrir.
❥ Compartir.
❥ Pedir que se los lean.
Durante este momento de exploración, puede ocurrir que algunos miren varios libros a la vez, otros tomen un libro y lo exploren solos y muy concentrados, otros vayan cambiando de libro rápidamente. Cada uno se encuentra con los libros como quiere y como puede.
La “mesa servida de libros” les permitirá a los niños ampliar y diversificar su apetito lector. Es necesario pensar en un nutrido menú para estos comensales, dando lugar a un significativo ritual de lectura pleno de comentarios, intercambios y placenteras sensaciones.

Una mesa para muchos “comensales”.

·       Los que avanzan con una mezcla de audacia y cautela sobre los renglones siguiendo muchas veces con el dedo lo escrito, como quien se sostiene para no caerse.
·       Los que ya descubrieron que según cómo las letras se combinen dicen cosas diferentes y están muy interesados en buscar qué dicen.
·       Los que, con decisión, quieren conquistar su condición de lectores.
Como afirma la autora colombiana Yolanda Reyes: 

“Todos los niños tienen el derecho a la lectura para poder operar con símbolos, para encontrarse con los que están lejos y cerca (y con los que ya se fueron), para pensar, organizar, y planear, para saber lo que sienten, para aprender en igualdad de condiciones durante el resto de la vida, el “nutrirse de relatos” es lo que nos posibilita descifrar ese “otro” en la temporalidad; el tiempo de la ficción, el mundo de la metáfora”.








sábado, 22 de febrero de 2020

ENTREVISTA A LA ESCRITORA MARÍA EUGENIA ERILL








—¿Por qué se te ocurrió ser escritora?

Siempre me gustó escribir.Desde muy chica. Es maravilloso imaginar e investigar otras realidades, personajes, tiempos, animales etc. Y también expresar nuestras vivencias y sentimientos. Me divierte y gratifica muchísimo.

—¿Se puede decidir ser escritor, o se nace?

Supongo que se puede nacer y también hacerse. A mi me resulta imposible no escribir. Surgen en mi interior pensamientos, emociones, y palabras continuamente. Todo me conmueve y me lleva a escribir.



 —¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

 Las dos cosas. Uno de los pasos anteriores a la escritura es la observación. Detenerme y observar a la hormiga que carga una hoja, escuchar los pájaros, ver la gente a mi alrededor en diferentes situaciones, palpar la injusticia, la alegría, el amor, etc  Todo me lleva a escribir e imaginar. A partir de una emoción, de un suceso, de un personaje me surgen ideas que toman forma de cuentos, poesías, canciones… Y allí florece la imaginación que se hace palabra escrita



. —¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora?

 Trabajé desde muy jóven. Cuidando niños, animando fiestas infantiles. Y más tarde en la docencia. Mientras escribía, para mi familia, amistades, alumnos, mis hijos y mis lectores. La escritura me acompañó a lo largo de mi vida.

 —¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

Creo que me enamoro de cada personaje, situación o hecho que dispara mi imaginación. Y disfruto el escribir cada cuento, cada libro, en el momento que lo hago. Y nuevamente al narrarlos en una escuela, en una biblioteca, feria o taller. Observando los ojos de los niños y adultos atentos, sus sonrisas y expresiones con emoción.

Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es tu relación dentro de la escuela entre la escritora y los niños? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños?

 Me encanta visitar escuelas, conversar con las docentes y con los niños. Narrar mis cuentos, contestar sus preguntas etc.   La escuela de hoy debe brindar a todos los chicos sin distinción alguna, la posibilidad de acceder a la lectura. .

 —¿Sos muy sensible, como tus personajes?

 Sí. Creo que es necesario conmoverse y sentir empatía, para escribir. Mis personajes me buscan, me enamoran y a partir de allí surge en mí el proceso creativo.

 —¿Qué te hizo ser así?

La sensibilidad se despierta en la niñez. En la familia,la amistad, ante las bellezas de la naturaleza. Observando y sintiéndose parte. Yo agradezco haber estado rodeada desde muy chica de afectos, animales, plantas etc.

. —¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en Argentina? ¿Y en Latinoamérica?

La Literatura Infantil y Juvenil en la Argentina y en Latinoamérica es sumamente valiosa y diversa.



—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

Le sugeriría que lean y también que vivencien el mundo que los rodea y más. Que investiguen, experimenten, conozcan, imaginen. Que jueguen mucho libremente. Que busquen momentos de ocio, de silencio. Porque en el silencio surgen ideas y proyectos. Brota la imaginación, soluciones a dificultades etc.

 —¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable?. ¿Por qué?

Todo eso. Los niños y niñas tienen que leer y leer de todo. Libros con sonrisas, emociones, valores, conocimientos, etc. Para poder conocer, valorar, discernir ,comprender, para reir,expresarse y disfrutar. Amando otras realidades enriqueciendo el camino de sus vidas y las vidas de los demás con empatía. Ejercitando la resiliencia y la autonomía . Para poder ser faros en un mundo mejor

lunes, 17 de febrero de 2020

Un temporal en una taza de té

                                                     por María Cristina Alonso


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Suena el timbre del recreo. Es una mañana de cualquier día de 1981, en cualquiera de las escuelas donde trabajo. Estamos en dictadura y la literatura, como otras cosas en el país, está rigurosamente vigilada. Salgo  del aula con una bolsa llena de libros colgada del hombro. Los pasillos se llenan de alumnos, de voces, de gritos. Paso por delante del despacho de la directora que hace que lee unas planillas, pero vigila detrás de sus anteojos. Sonrío. Su trabajo es vigilar. El mío, el de no levantar sospechas. Llevo conmigo a unos tipos impresentables que no serían de su agrado y que -si los descubriera- serían invitados a abandonar el establecimiento inmediatamente.


Uno, por ejemplo, es un loco que, de tanto leer libros de caballería se cree un caballero andante,  confunde molinos con gigantes y anda liberando galeotes. Otro se despierta convertido en insecto con el vientre abombado y parduzco, moviendo las patas sobre el cobertor. Va también Long John Silver, el Largo, un marinero aparentemente trabajador y honrado que es, en verdad, un pirata feroz al que le falta una pierna y lleva un loro posado en su hombro. También llevo a dos gauchos que se exilian -uno de ellos ha roto la guitarra y  tiene dos lagrimones que le ruedan por la cara- en las tolderías. Hace barra con ellos una mujer adúltera,  natural de Tostes, compradora compulsiva que terminará sus días ingiriendo arsénico en polvo. Y una muchacha suicida que escribe poemas desesperados y dice “Alejandra, Alejandra/ debajo estoy yo/ Alejandra” y sentencia que “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”. Y, para empeorar las cosas, también estoy con otro tipo que se la pasa vomitando conejos y es imparable. Yo no sé qué voy a hacer si la escuela se llena de conejos, que no se culpe a nadie. Pero, por momentos, lo imagino: conejos saltando sobre la mesa de la sala de profesores, escondiéndose en los mapas enrollados, saltando sobre los ficheros, saliendo desde dentro del cajón de la secretaria que pierde los anteojos con la impresión. Y ni hablar si suelto a los leones que han estado agazapados en la pradera artificial del cuarto de los niños.
No quiero que la directora me llame. Seguro que me pedirá que le haga un informe sobre el rendimiento de los alumnos, que pase notas en huidizos casilleros, que llene una declaración jurada con toda mi carga horaria. Y yo ando con mi bolsa, de aula en aula, tratando de que el capitán Ahab deje por un rato su obsesión por la ballena blanca y que los gitanos de Lorca no griten tan fuerte dentro de la fragua.
A pesar de que siento la mirada helada que me lanza tras sus anteojos de miope, paso por delante de sus narices con todos esos indisciplinados que llevo adentro de mi bolsa, que hablan a mis alumnos con el discurso revulsivo de la literatura.
 A veces he intentado explicárselo cuando me agobia con reuniones de departamento y de padres. No puedo hacerle entender que, más allá de los programas oficiales y las recomendaciones pedagógicas, un profesor de literatura es un guía de lecturas, alguien que da de leer sus textos preferidos, que habla sobre lo que lee o escribe, que expone ante sus alumnos su biblioteca personal, los personajes que lo han marcado, las páginas que lo han emocionado.
Soy la suma de los libros que leo y doy de leer, tengo la armadura de mi biblioteca para soportar los embates de una profesión signada por las palabras. Con ese caudal me visto para afrontar las incontables horas de clase, los humores diversos de los alumnos y colegas, ese universo kafkiano que es una escuela cuyo mejor espacio es el aula de clase cuando todo está por inventarse.
Ser profesor y además un lector apasionado es complicado. La rutina de las horas interminables, el cansancio, la voz que se vuelve ronca, la parva de ejercicios para corregir vuelve a la tarea bastante poco atractiva para quien solo quiere tirarse a leer todo lo que -sospecha- no tendrá tiempo de leer en esta vida y ni hablar si además,  quiere escribir. Ser escritor y profesor se vuelve complicado.
El poeta chileno Nicanor Parra se queja de la profesión en su poema titulado Autobiografía. Es profesor en un liceo oscuro, su pobreza lo lleva a vestir como un fraile mendicante. Pierde la voz y la vista dando clases cuarenta horas semanales, “Para ganar un pan imperdonable/ Duro como la cara del burgués/ Y con olor y con sabor a sangre.”
Parra, nacido en 1914 perteneciente a una familia de miembros vinculados a la música y al arte popular, hermano de Violeta, la que escribió ese bello poema, “Volver a los diecisiete”, es -además de poeta- profesor de física y matemática, tarea que ejerció  en Chillán, en el Liceo de hombres y en Santiago mientras leía a Walt Whitman y comenzaba a gestar la antipoesía. “¿Qué es la poesía?”, se pregunta un uno de sus poemas. Y se responde: “Vida en palabras/ Un enigma que se niega a ser descifrado/ Por los profesores/ Un poco de verdad y una aspirina/ Antipoesía eres tú”. Y en Canciones rusas, escrito entre los años 1964- 1967,  nos conmina en su poema titulado “Test”: “Subraye la frase que considera correcta./ Qué es la antipoesía: Un temporal en una taza de té?/ Una mancha de nieve en una roca?
Es un poeta reconocido, recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile y el Premio Cervantes, entre otros, de tal manera que las cuarenta horas semanales de clase le permitieron, además,  escribir una obra completamente original. Parra, con su obra,  trascendió la vanguardia, se convirtió en antipoeta, artista visual, ecologista, creador de antidicursos y realizador de Artefactos, poemas visuales para los que utilizó objetos de consumo y los resignificó con una frase. Por ejemplo, una cruz con una leyenda: “Voy & vuelvo” o una zapatilla con la inscripción: “Mensaje en una zapatilla: levántate y anda”. Hizo antipoesía en las célebres bandejas de pastelitos, en una serie que tituló “Trabajos prácticos”. Las bandejitas descartables sirven de soporte, en un caso, para que un suicida escriba una carta y se despida: “Chao, no soporto la música ambiental”.
¿Qué diría mi directora si encontrara uno de los “Artefactos”, de Nicanor Parra, en mi bolsa de libros? Ay, Cristina, qué cosa rara son los escritores.
Lo cierto es que la literatura exige del profesor, y aún más si es un escritor, que plantee a sus alumnos las cuestiones del tiempo que le toca vivir. Porque la literatura no es inocente, y se despliega en múltiples interpretaciones.
Una clase de Literatura no es más que un entramado de voces que pugnan por interpretar las distintas maneras en que los hombres cuentan el mundo en que viven. Voces que se sublevan frente a las injusticias o que pasean su melancolía por las páginas de un cuento o de un poema.
Entre mis primeros trabajos tuve que dar clases en una escuela técnica. Cuarto de técnicos mecánicos. Eran todos varones, yo muy joven. El director me acompañó para presentarme.
Los chicos me miraron. Treinta pares de ojos posados sobre mí con desconfianza.
El director dijo mi nombre y les contó que yo iba a llevar la clase de Literatura.
-Sé- dijo confidente- que la Literatura no les sirve para nada, ustedes van a ser técnicos. Pero esta materia está en el programa y tienen que aprobarla.
Y me dejó con la tiza y el pizarrón lleno de fórmulas de la materia anterior.
-¿Saben para qué sirve la literatura? – pregunté con voz quebrada.
Se hizo silencio. Una tiza voló por los aires. La mayoría de los chicos bajó la cabeza. Uno se rió y emitió un sonido parecido al de un pájaro. Desde el fondo, un chico de cara alargada y llena de granos le tiró una munición de papel al compañero con una cerbatana. Si ellos no contestaban, yo tenía que dar la respuesta. Pero no pude. En ese tiempo había que seguir el programa oficial, Literatura hispanoamericana y argentina. Comenzar con el Inca Garcilaso y sus Comentarios Reales. Sé algunas cosas que aprendí a lo largo de mi larga carrera como profesora de secundaria, una de ellas es que no hay nada más aburrido que leer al Inca describiendo las maravillas de su raza extinguida.
Como  había comenzado con unas clases ya empezadas por la profesora saliente, los Comentarios estaban sobre el pupitre de algunos alumnos. Yo había preparado la clase, había escogido el capítulo.  Comencé a leer “El templo del sol”. El Inca seguramente entretenía en su tiempo, pero no a mis flamantes alumnos de un cuarto año de técnicos mecánicos. Me empeñé con dos páginas pero,  la clase estalló en carcajadas cuando el que estaba sentado en el fondo del salón, vaya a saber por qué pirueta que intentaba hacer, se desparramó en el piso.  En ese momento pensé que el director tenía razón, la literatura del Inca Garcilaso no les iba a servir para nada. Así que busqué en mi bolsa de libros que llevaba por las dudas y, cuando volvieron a hacer silencio les dije:
-Vamos a empezar por las instrucciones- les mostré Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar y luego lo abrí en la parte del “Manual de instrucciones”.
Los miré uno por uno, sobre todo al que se había caído de la silla y ahora estaba acomodándose la camisa que se le había escapado del pantalón.
-¿Podrías explicarnos cómo hiciste para caerte de la silla?- le pregunté.
El chico bajó la cabeza. El resto de la clase milagrosamente hizo silencio. Seguramente esperaban el reto al que estaban acostumbrados. En la escuela siempre pasan dos cosas, te explican y te retan. Pero yo no tenía ganas. Demasiado  habían gritado y perseguido y eliminado a nuestra generación y no había estudiado para policía sino para enseñar.
-Lo que te pido es que expliques, paso a paso, cómo hiciste para caerte de la silla, una especie de instrucción para alumnos que quieran imitarte.
Porque Julio Cortázar me había dado la gran idea. En Historias de Cronopios  escribe instrucciones para cosas tan comunes como subir una escalera o dar cuerda a un reloj. Un libro que nos propone mirar con ojos nuevos las cosas de todos los días. Deconstruir los gestos que hacemos a diario y que ni siquiera pensamos, esa es la propuesta de Cortázar y la que le hice a mi alumno, sólo que él no estaba preparado, porque el Inca Garcilaso y las crónicas de Hernán Cortés no preparan para eso. Les leí las “Instrucciones para subir una escalera” y después les pedí que escribieran instrucciones para lo que quisieran. Salieron muchos textos sorprendentes y otros anodinos. A uno se le ocurrió escribir instrucciones para realizar machetes para copiarse en los exámenes, otros pensaron cómo encender la luz o abrir persianas. El que se había tirado de la silla escribió una serie de instrucciones para molestar a los profesores, y la clase terminó en algarabía.
Después volví al programa oficial y nos aburrimos todo el resto del año. Me había recibido hacía poco tiempo y aún no estaba preparada para plantear innovaciones. No  eran tiempos propicios porque el mismo Cortázar estaba en la lista negra de los escritores censurados.
Tampoco volvimos a tener la visita del director que no había leído un libro en su vida y no podía saber que, a partir de sus palabras de desautorización, la literatura se convirtió en una manera nueva de mirar el mundo, capaz  de desatar una tormenta en una taza de té.

Obras mencionadas en este capítulo:


El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Martín Fierro, de José Hernández. Madame Bovary, de Flaubert. Poemas, de Alejandra Pizarnick. No se culpe a nadie, de Julio Cortázar. “La pradera”, de El hombre ilustrado,  de Ray Bradbury. Moby Dick, de Melville. “Romance de la luna luna”, de Romancero Gitano, de Federico García Lorca.  Poemas  y antipoemas,, Artefactos, de Nicanor Parra.  Comentarios reales, de Inca Garcilaso de la Vega. Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar.

Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...