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sábado, 19 de octubre de 2019

Entrevista a la escritora PATRICIA IGLESIAS TORRES


Hoy compartimos en el Hormiguero, una entrevista con una de las Hadas que tenemos en nuestra Comunidad de Hormiguitas laboriosas y creativas. 

Llegó a nuestro Hormiguero apenas este se iniciaba y ha realizado un camino de creación y fortalecimiento de la LIJ..., un crecimiento personal y profesional la que la hace hoy,  una escritora con una obra en plena ejecución y acción tanto en Argentina como en el resto de América Latina, publicada en Colombira, Ecuador y otros paísajes de nuestra América. 

Ella nos dice en forma tajante y clara..., como debe ser la creación literaria: "Creo que la literatura tiene que contar bien lo que cuenta"








— ¿Por qué se te ocurrió ser escritora?

No fue una ocurrencia. Leer me movió el muue losndo y escribir me refugió. Hace 20 años que me publican, cuando otros y otras comenzaron a leerme… me llamaron “escritora”.







— ¿Se puede decidir ser escritora, o se nace?

Ni una ni la otra. Se inicia con el deseo de  “ser”. Todas y todos escuchamos alguna vez la pregunta ¿qué querés ser cuando seas grande?
Luego, como en cualquier disciplina artística, habrá muchas condiciones necesarias para que te consideren los lectores y lectoras: escritora.



— ¿Cuando escribís, dejás volar siempre tu imaginación o mirás la realidad?

Cuando escribo hay una fusión: vuelo con imaginación aun mirando la realidad. Como decía mi maestro Walter Iannelli: “se necesita tener mundo interior y mirada literaria”.


— ¿De qué trabajaste antes de dedicarte a ser escritora?

Trabajé como docente, fui maestra de nivel inicial, vicedirectora, directora. Ahora paralelamente capacito docentes de nivel inicial y primaria en talleres de creación y lectura.

— ¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

Había elegido sólo un título… pero al pasar los días me di cuenta que tengo varios preferidos.
La colección “otras miradas” (Riderchail ediciones) que hicimos con mi amigo e ilustrador Alejandro Okif fueron dos libros muy conmovedores, tarde mucho en escribirlos, tuve que vivir y sentir emociones muy profundas, “ARTSARDAM” es madrastra escrito al revés y justamente es un cuento que formula interrogantes al lector, me encanta interpelar a los lectores y lectoras. Y “una estrella para Margarita” habla de una pérdida, de un duelo, no podía encontrar un final que me gustara, hasta que me atreví a soltar la estrella y salió.
En el género novela: “La ciudad voladora”, una novela de ciencia ficción que saldrá en el 2020 en Ecuador. La protagonista de llama Regina como mi madre. Y me divertí muchísimo creando ficción.



—Se habla mucho de la lectura y la escuela, ¿cómo es la relación dentro de la escuela con la LIJ? ¿Cómo te gustaría que fuera la escuela de hoy para los niños?

Considero que hay una relación de necesidad mutua, que las escritoras y los escritores necesitamos de la escuela y la escuela de los textos; hay diferentes infancias y docentes en nuestro país,  tantas como posibilidades y carencias existen. La relación termina siendo tan individual como la pasión (o no) lectora del adulto que guía.

Me gustaría una escuela más tranquila, con más políticas de estado que permitan a los maestros y maestras trabajar con menos presiones, con momentos de reflexión, con perfeccionamiento, con directivos que puedan estar más atentos a lo pedagógico que a lo burocrático, con pautas de educación y respeto entre los adultos (familias y docentes). Con niños y niñas más escuchados y valorados.






— ¿Sos muy sensible, como tus personajes?

Sí, soy sensible.


— ¿Qué te hizo ser así?

Fue una construcción que les debo a mi madre y a mi padre. Tenían sensibilidad en las acciones de la vida cotidiana.


— ¿Cómo ves la literatura infantil y juvenil en ARGENTINA? ¿Y en Latinoamérica?
En Argentina hay excelentes autores y autoras, ilustradores e ilustradoras, editoriales que muestran calidad y compromiso con la niñez y la juventud. Los promotores de lectura realizan una labor muy intensa y la variedad de género y ediciones lo demuestran. Estos últimos años la economía ha marcado un deterioro en todos los sectores de nuestro país que se ve reflejado en la industria editorial.
La globalización en redes ha permitido tener una mayor comunicación con compañeros y compañeras Latinoamérica: las páginas web, las ferias, los congresos, nos hacen sentir más cerca y buscar nuevos espacios para la literatura infantil.
Colombia y Brasil se caracterizan por su calidad literaria, Cuba por sus investigadores.
En Perú, Bolivia y Ecuador hay una revalorización de los pueblos originarios.



—Si un niño o niña quiere ser escritor, ¿qué tiene que hacer?

Jugar, jugar, jugar. Leer, leer, leer. Escribir, escribir, escribir. Y ejercitar la constancia y la paciencia.


—¿Crees que la literatura debe ser estremecedora, conmovedora, molesta o indomable?.  ¿Por qué?

Creo que la literatura tiene que contar bien lo que cuenta, no la clasificaría con adjetivos, eso se lo dejo a cada lector o lectora y a su propia necesidad, porque cada lector lee un libro diferente, aun leyéndolo de a dos.


GRACIAS….!!!




@ Eduardo R. Burattini



miércoles, 16 de octubre de 2019

Poe y las locaciones de sus cuentos


 Casas en las que no querríamos vivir

Por María Cristina Alonso


  Cuando era un bebé, Edgar Allan Poe debió haber tenido mucho frío. Sus padres eran unos actores de mala muerte que se paseaban, sin mucha fortuna, de ciudad en ciudad con la compañía de la que formaban parte. Casi no tuvo una casa donde crecer hasta que quedó huérfano y Frances Allan, la mujer de un acaudalado comerciante de Richmond, Virginia, en el sur de Estados Unidos, se lo llevó a vivir con  ella. Esto ocurría en la segunda década del siglo XIX. Todavía no había comenzado la guerra de secesión, la esclavitud era legal y el Norte y el Sur eran dos mundos irreconciliables.
Ilustración: Luis Scafatti

  Quizá en esa casa sureña, Poe tuvo la primera sensación de pertenecer a un lugar, de tener una estructura que lo cobijaba.  Pero, mientras la madre adoptiva lo colmaba de ternura, su padre -frío y conservador- se negaba a adoptarlo y pronto comenzó a discutir con este hijo de actores que no cumplía con sus expectativas.

  El chico tenía una imaginación febril y escuchaba fascinado a los esclavos sirvientes de la casa que le contaban historias sobrenaturales con cadáveres y aparecidos. De ellos aprendió, a través de su música, que el arte debía tener un ritmo, una respiración particular. También escuchaba los relatos de los comerciantes amigos de Allan que hablaban de exóticos viajes por mar, con episodios fantásticos y sobrenaturales.

   Lo cierto es que, este escritor que hizo nacer al cuento moderno nunca tuvo un lugar definitivo para vivir, ni sosiego económico para escribir, ni verdadero reconocimiento a su talento. Ni siquiera murió en una cama propia. Consumido por el alcohol y la desesperanza, terminó sus días en un hospital de Baltimore, en tránsito hacia Richmond, perseguido por varios fantasmas.
                                                                         Ilustración: Luis Scafatti
  
Nunca tuvo una casa propia, pero inventó muchas locaciones para sus personajes.   Una mujer enterrada viva en el sótano de una casa agrietada, un retrato de otra mujer que parece haber absorbido la vida de su modelo, un espectro que se pasea por los coloridos salones de un excéntrico príncipe que se cree aislado de la peste, una habitación cerrada donde duerme un anciano cuyo ojo enloquece al asesino, un sótano en el que un gato yace emparedado junto un cadáver… Todos ellos personajes que viven en los cuentos de Edgard Allan Poe, seres que transitan los horrores que el escritor norteamericano imaginó para ellos y que están –ineludiblemente- ligados a los sitios donde fueron concebidos.

  Pensar en esas situaciones extremas a las que Poe somete a sus personajes nos lleva a repasar la relación que este escritor tuvo con las casas (mansiones, abadías, castillos).
 Las moradas no sólo se constituyeron en meros escenarios sino que, cada una de ellas, con sus características, jugó un rol central en la construcción de sus historias.

  La casa más inquietante que aparece en los cuentos de Poe es la casa Usher. La mansión es descripta por el narrador en La caída de la casa Usher desde el comienzo, es la verdadera protagonista del cuento. El joven viajero la mira desde lejos, ha acudido al llamado de su amigo Roderick Usher que vive con su hermana, lady Madeleine.

  La casa, nos dice el joven, le provoca profunda tristeza: las paredes están desnudas, las ventanas parecen ojos vacíos, está rodeada por juncos escasos y siniestros. Y para peor, está edificada junto a una laguna inmóvil que la refleja duplicando su siniestra imagen y la envuelve con vapores pestilentes. En su fachada tiene una grieta, “una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque”.

  Pasan muchas cosas en esa casa. Roderick es un ser enfermizo que vive recluido y su hermana, a la que también aqueja la enfermedad, muere mientras el visitante está en la mansión. La entierran en el sótano, pero no se quedará tranquila en su tumba. Lo que sigue después está en el cuento, pero la casa Usher se estremece y nos habla de la muerte y de la enfermedad. Es una casa que influye sobre los personajes y, a la vez, estos la modifican. Tiene en su interior una fuerza negativa y, sobre todo, esa grieta que, a medida que avanza la enfermedad de Roderick, se agiganta. Cuando el narrador huye de la casa, lo último que ve es su derrumbe: “mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.”

 Otra edificación extraña es la que Poe describe en el cuento La máscara de la muerte roja.
  El príncipe Próspero creía tener una abadía fortificada a la que suponía no entraría la peste roja que diezmaba a la población de su país. La peste roja era una enfermedad que comenzaba con terribles dolores y hacía sangrar a sus víctimas por los poros.

  La abadía  donde se refugiaba el príncipe con los mil caballeros y sus damas de la corte tenía murallas altísimas y sus puertas habían sido soldadas con pesados cerrojos. El príncipe era un poco exótico y había diseñado su mansión con una sucesión de habitaciones dispuestas en forma irregular, decoradas con tapicerías y vitrales de diferentes colores. Una de ellas era enteramente verde; otra, azul; otra, naranja; otra, púrpura; otra, blanca; otra, violeta. Pero el séptimo aposento era negro. Y si en las demás habitaciones las ventanas hacían juego con los tapices y las alfombras, la habitación negra tenía cristales de color rojo, como la sangre.

   A pesar de que la peste andaba merodeando, el Príncipe -que se creía seguro en su abadía-  quería divertirse. Y no tuvo mejor idea que organizar un baile de máscaras.
  La fiesta, nos cuenta Poe, era alegre y magnífica y en todos los aposentos bailaban con desenfreno máscaras extrañas, esplendorosas, grotescas. Hasta que el reloj de la cámara negra comenzó a sonar y apareció “un enmascarado que se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata”.

  No hay refugio posible para el hombre atormentado por la muerte, por la fatalidad, por la locura. Ninguna de las casas que aparecen en los cuentos de Poe, protegen a sus habitantes. La vida es una gran intemperie para estos seres, como el narrador de El corazón delator. La casa donde ha cometido un asesinato lo denuncia y lo obliga a decir la verdad, movido por la culpa.
Ilustración: Alberto Breccia

Ha matado a un viejo sin justificación alguna y esconde el cadáver levantando unas maderas del piso. Llega la policía, que ha escuchado un lamento. El asesino está relajado y dialoga tranquilamente. Los oficiales parecen satisfechos de las explicaciones, pero confiesa: “Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.” Finalmente el asesino termina confesando: “¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

  En el cuento El retrato oval, el criado del narrador insiste a su amo, que viene malherido, que -para no pasar la noche a la intemperie- entre en un castillo que encuentran de camino.   El castillo aunque parece recientemente abandonado,  conserva todo su esplendor. Está ricamente decorado, pero los dos caminantes se instalan humildemente en una de las habitaciones más pequeñas, en una torre aislada del resto del edificio. Hay pinturas por todos lados, y un libro que explica lo que representan. El narrador lee con interés y, al correr una lámpara, descubre el retrato de una joven con un dorado marco ovalado. La muchacha parece viva.
Ilustración: Benjamín Lancombe

La ha pintado su enamorado, un pintor obsesivo que extrae del modelo la esencia para su pintura. A medida que la pinta, esta desfallece. Y cuando el artista termina, ella muere. Nuestro Horacio Quiroga, que era lector de Poe, tal vez haya encontrado inspiración en este cuento para otro muy célebre, El almohadón de plumas, donde también hay una muchacha que se consume   hasta morir.

 La última casa de Poe que visitaremos en este itinerario es la que está en el quartier Saint-Roch, en el cuarto piso de la rue Morgue, donde mueren trágicamente madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye.

Ilustración: Leandro Fernández

  Es uno de los tres cuentos con los que Poe inicia el género policial: Los crímenes de la calle Morgue.
   El piso está en desorden. En el patio, el cadáver de mandame L’Espanaye yace degollado; el de Camile, encajado en la chimenea de la sala.
 Una casa con varios pisos y varios habitantes, y un crimen que parece no poder resolverse, porque es un misterio de “habitación cerrada”, como se denominarán más adelante los relatos policíacos. Este es el primero y, justo es decir, invento de Poe. Una historia contada como un reto al lector para resolver un enigma que, en apariencia, no tiene solución.

  Minucioso, Poe describe el cuarto como fue encontrado: “EL aposento se hallaba en el mayor desorden: los muebles, rotos, habían sido lanzados en todas direcciones. El colchón del único lecho aparecía tirado en mitad del piso. Sobre una silla había una navaja manchada de sangre. Sobre la chimenea aparecían dos o tres largos y espesos mechones de cabello humano igualmente empapados en sangre y que daban la impresión de haber sido arrancados de raíz. Se encontraron en el piso cuatro napoleones, un aro de topacio, tres cucharas grandes de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger, y dos sacos que contenían casi cuatro mil francos en oro. Los cajones de una cómoda situada en un ángulo habían sido abiertos y aparentemente saqueados, aunque quedaban en ellos numerosas prendas. Descubrióse una pequeña caja fuerte de hierro debajo de la cama (y no del colchón). Estaba abierta y con la llave en la cerradura. No contenía nada, aparte de unas viejas cartas y papeles igualmente sin importancia.”

  El que resuelve el caso -no vamos a contar quién es el asesino, desde luego- es el chevalier Auguste Dupin, el detective creado por Poe y que hace su primera aparición en este cuento y que va a sentar las bases para la creación de otros detectives que protagonizarán posteriores relatos policiales, como Sherolck Holmes, de Conan Doyle y Hércules Poirot, de Agatha Christie.

 Todas las casas que hemos recorrido están invadidas por la oscuridad, hablan de ese monstruo que habita en el corazón humano y que, muchas veces, revela  la capacidad que tenemos de destruir lo que amamos.

  Los cuentos de Poe nos fascinan aunque hablen de mundos muy lejanos del nuestro; porque están construidos para lograr un efecto en el lector, de modo que no podamos abandonar el relato hasta llegar al final.

  No querríamos vivir en esas casas, pero el escritor nos atrapa en esos castillos lúgubres, en esas curiosas abadías de cristales rojos como la sangre, nos deja  en un salón donde una muchacha nos mira desde su retrato oval, o nos empuja al sótano donde hay un cadáver escondido en la pared.

  En sus cuentos fantásticos, Poe  nos seduce con su imaginación desbordante y con una belleza que lo trasciende.





lunes, 14 de octubre de 2019

Sobre el único cuento infantil de Héctor Tizón


                                                                                                   por Adrián Ferrero



     El viaje, especialmente si es en barco, ha cautivado la imaginación de muchos escritores (y de muchos lectores) y conoce una larga tradición en Occidente, desde la Odisea hasta otros más recientes, como Moby Dick, ciertos libros ingleses como los de Robert Louis Stevenson y Joseph Conrad. Y por supuesto no quisiera olvidarme de los viajes espaciales, para estar algo más al día. Están los Viajes de Marco Polo, como libro paradigmático (sobre el que Graciela Montes y Ema Wolf escribieron un desprendimiento ganando el Prenio Alfaguara de España). Estos como los de naturaleza canónica, hay muchos más. El viaje marítimo o fluvial es otra forma del viaje, pero no la única. Quizás porque ofrecen esa promesa de aventura propia de los avatares meteorológicos tanto benéficos como adversos propios de los océanos. De avizorar costas y espacios nuevos, explorar territorios, realizar descubrimientos, encontrar lo inesperado. Pero también, este es el punto, encontrarse con uno mismo. O encontrarse transformado. Porque todo viaje resulta transformador.

     Conocidas son las peregrinaciones a templos o santuarios (Delfos, en Grecia; Luján o San Nicolás, en Argentina; Fátima, en Portugal), las expediciones, las exploraciones, esas distancias que se recorren a pie para una misión o bien para una aventura, como lo fueron para la “beat Generation”, de los EE.UU., esos largos viajes por las autopistas o los desiertos.
     Pero, profundamente, hondamente, además de un desplazamiento ¿qué es un viaje? Convendría evaluar las motivaciones, claro está, porque puede tratarse de uno con fines religiosos o espirituales, de otro con la misión de hacer llegar a otra persona un mensaje de alguna naturaleza o una información, otro puede ser, como en Mientras agonizo, de William Faulkner, conducir un grupo de familiares el ataúd de una madre como una misión emocional pero también como un ceremonia fúnebre del orden de lo doloroso o, acaso, también del duelo. 

     Pero el viaje fundante de Occidente, no caben dudas ha sido el de Ulises. Recordemos que también Ulises no solo viaja o regresa a Ítaca por haber partido. Regresa de una guerra. La que ha tenido lugar en Troya. Es decir, la que se canta en la Ilíada. Es su saga. Me abocaré precisamente en este breve artículo a abordar (en su doble acepción marítima y crítica) un cuento, el único infantil que ha  escrito el narrador y ensayista argentino Héctor Tizón, titulado El viaje (1997). Está sugerido para una edad a partir de los 11 años. Y pienso que esa sugerencia resulta acertada. Se trata de una prosa trabajada, de una narración que transcurre con prolepsis y analepsis y eso hace que para esa suerte de procesos de recomposición del relato a través de la experiencia lectora sean necesarias ciertas competencias además de una cierta psicología evolutiva para metabolizar sus contenidos que si bien no son agresivos desde el punto de vista de sus matices sí lo son desde sus connotaciones a mi juicio al menos también metafísicas.

En efecto, El viaje comienza con una frase escueta, afirmativa, de apertura, que parece un disparo. que anuncia y resume fácticamente el contenido de lo que será toda la trama. Pero no los sentidos que tendrá. Esto es: ese telón que esa frase descorre un velo, formula una sinopsis del guión de una obra pero su actuación resulta imprevisible: lo que le sigue. Un narrador extradiegético, esto es, que no forma parte de la historia ni como protagonista ni como personaje, anuncia es obertura. Lo condensa en un sintagma. A partir de ese momento, comienza a desplegarse la narración propiamente dicha. Si eliminamos el paratexto final de Tizón y el del ilustrador, Oscar Rojas, respectivamente, el cuento está dividido en XVI breves capítulos. Y en un determinado momento de la lectura, me asaltó un repentino pensamiento: “¿Qué habrá sentido Tizón al crear esta historia? ¿habrá vivido alguna de estas experiencias? ¿habrá sido testigo de alguna de estas escenas? ¿se las habrán contado? ¿qué experimentó mientras lo escribía?”. Diría que me resultó inevitable reflexionar en estos términos dado que también soy cuentista y cuando escribo un cuento siento cosas, me pasan cosas con lo que leo. Uno siente, en primer lugar, que  “crea un universo” autónomo.  A este punto quiero llegar. Tizón con su cuento crea un mundo con leyes propias. Parte de las que nos serán reveladas. Parte de las que no pero debemos imaginar. Parte que ni siquiera somos capaces de hacerlo ni menos aun de sospechar. De modo que, como en todo buen relato, hay zonas visibles, zonas invisibles pero posibles de reconocer y zonas conjeturales, que pueden estar  presentes de alguna cierta manera implícita.

     Hay muchas dimensiones muy ricas en esta historia dentro de la cual evidentemente hay otras que se revelan a medias. En primer lugar que quien narra en primera persona, es uno de los tres protagonistas. Están el Capitán (el abuelo del narrador), Efraín (un niño amigo de narrador) y el narrador en primera persona, el Ronco o el Ronquito, también un niño. Sin embargo, quien se inicia en la historia siendo un niño, cierra el libro, siempre como narrador en primera persona, ya evidentemente a una edad adulta, porque Efraín está casado, el Capitán ha muerto. Y el protagonista hasta es capaz de poner en duda (lo que tiene más de trampa o de juego, de ilusión que de verdad) que lo que sucedió haya tenido lugar, que haya sido un peregrino sueño. En tanto que artificio poético, resulta una hazaña tentadora, pero no demasiado verosímil. Más bien un juego narrativo de naturaleza provocadora para el lector. Un truco para que quien termina de leer el libro se desoriente, pensando que puede haber asistido a un espejismo llegando a poner en duda incluso su propia existencia en tanto existente que ha leído esa historia que abruptamente se desrealiza. Autorrflexivamente entonces este  narrador que duda de lo que ha tenido lugar desestabilizada el relato y lo pone en cuestión. Pone en cuestión una versión, se pone en cuestión a sí mismo en tanto que narrador y pone en cuestión su valor de verdad, haciendo lo propio con el lector y su actividad. Si no está seguro de que lo que ha narrado tuvo lugar ¿lo hemos leído o también nosotros junto con él debemos ponerlo en duda? En tanto que ejercicio peligroso, ese letal y brevísimo último párrafo, desbarata en diez líneas el relato entero en un juego más que en una operación seria que podamos creer como una afirmación dirigida a nosotros que aspira a que en tanto que lectores pensemos que no lo henos sido, por lo pronto, de una historia que para ese personaje era real y para nosotros apenas una trama verosímil. Y una trama que hemos disfrutado.  



     Pero regreso a la idea de viaje. Hay un punto muy claro que hace dialogar a El viaje con la Odisea.  Uno es una alusión al episodio de las sirenas en la epopeya del siglo VII a. C. En efecto, afirma el narrador en el apartado VIII: “En medio de la embarcación y hacia la popa, habíamos techado con hojas de palma una especie de cabina, para cuidarnos del sol, porque mi abuelo había dicho que el sol intenso y el reverbero del agua hacen oír voces a los marineros y los vuelven locos y entonces hay que atarlos al palo o se largan al agua” (p. 31). Aquí el intertexto implícito si bien no está mencionado  resulta evidente en el contexto. Muy en particular si tenemos en cuenta en el paratexto final de Tizón que clausura el libro, en el que habla en primera persona del cuento que ha escrito. En efecto, dice allí: “Algunas de las mejores obras aparentemente  escritas para adultos, son también las mejor logradas para los que no lo son aún, y me refiero por ejemplo a la Odisea”. De modo entonces clarísimo intertexto y paratexto dialogan de modo fecundo en un tándem que articula una cierta clave de lectura a la que resulta imposible sustraerse. Este, entonces, es un punto que resulta nítido. Y si bien ni los tripulantes de este barco ni el viaje tienen por objeto el regreso a la tierra de origen o a su amada luego de una contienda de la que participado, sí la metáfora del viaje condensa la idea de punto de partida, tránsito, transformación del sujeto, llegada a un determinado destino siendo otro distinto del que partió. Y la de avatares: que sí los tiene este libro. Esta tripulación de tres: un anciano, dos niños, ya plantea una asimetría entre quien sabe y quien aprende, por un lado. Quien orienta, quien conduce, quien guía y quien se deja guiar. Y entre quien manda y quien obedece. Pero también el más anciano puede enfermarse. Y los más pequeños velar por él, como de hecho ocurre en un momento del relato.

     El punto de partida es un pueblo. Un pueblo perdido, pobre en el que se juega a juegos de azar y se bebe (como lo hace el Capitán), pero poco más se puede esperar de su oferta. Por otro lado, los niños y el Capitán parecen vivir al día, producto de lo que pescan, de changas y el abuelo suele inclinarse por la bebida. Pide con asiduidad su jarra de vino incluso a otros.  Y respecto del alimento del que se proveen, se compone de peces que ellos mismos pescan del río. Pero hay sin embargo un cuidar (quizás precisamente por eso, aunque también por educación) del río, esto es, una suerte de ecología que se pone de manifiesto en actos concretos. En el cuidado del medio ambiente. Citaré dos ejemplos:
“-El río está  lleno-dije yo-. El río está lleno de peces.
-No le pidamos más –dijo mi abuelo-. No es bueno pedir lo que no es necesario.
-¿A quién le importa?-pregunté.
-Al río-dijo-. Ahora los asaremos aquí, entre las piedras” (p. 23).

Y más adelante:                                                                                                                   

-Esto ya no da ni siquiera para morir…Han convertido el bosque en carbón, los pájaros se han ido y ya no vendrán las lluvias-dijo. Comenzaba a estar borracho pero no lo sabíamos.
-Están arruinando este país.
-¿Quiénes, pregunté?
-Todos-dijo-. Pero yo me iré.”. (p. 26).

De modo que hay aquí una ética del cuidado de la naturaleza de la que el Capitán alecciona acerca de que debe tomarse solo lo necesario. Él no propone no tomar. Sino que debe tomarse lo que no dañara la naturaleza. Da a entender, en unas pocas palabras, que la ruina de esa toponimia natural ha sido el resultado de comportamientos inescrupulosos, dañinos o, en todo caso, desaprensivos por parte de humanos. Y muy asociado a este descuido de la naturaleza la declaración de una partida: “Pero yo me iré”. Ello puede ser sinónimo del viaje como  puede ser sinónimo de la muerte, en un hombre de su edad.
     Al abuelo (el narrador lo llama indistintamente de ambos modos), llamarlo “Capitán” denota la categoría de hombre de navegación. En este sentido, estaría connotando esta segunda denominación un significado que axiológicamente reenvía al universo de lo que efectivamente están haciendo, que es viajando por río con un destino también de navegante. Y llego al punto. ¿Hay un destino? Evidentemente así está planteado el cuento.


     Ese destino es el mar. Un lugar ancho, amplio, prácticamente carente de márgenes y lindes. Caracterizado por su apertura. Empapa de una inmensa sensación de plenitud y libertad. En tanto que destino remite una vez más a la epopeya y a otros tantos relatos por él connotados. Hay un tránsito del agua dulce al agua salada y del pueblo a las ciudades. Esto es: hay una transformación en primer lugar en el medio ambiente. A partir de allí, la partida, el viaje y la llegada a un destino completamente distinto, también lo serán. La transformación será inevitable y será, agregaría yo, irreversible.

     Cerraría estas breves reflexiones sobre el cuento con las palabras del propio Tizón. Dice en el paratexto final: “De todos los desafíos que en mi vida he padecido como escritor (…), el más difícil ha sido aquel de escribir un relato para niños no tan pequeños. Y no refutaré a nadie que pretenda sostener que he fracasado en el intento”. En efecto, Tizón es un conocido narrador y ensayista para adultos. No puede sino contemplar la ejecución de la producción de un cuento para niños sino como algo que va contra su propia naturaleza. No porque no la considere noble. Más bien todo lo contrario. La tiene en demasiada alta estima. Es precisamente por ese mismo motivo porque tiene la suficiente autocrítica como para saber que siendo un escritor “para adultos” escribir “para niños” muy fácil resulta deslizarse hacia lo que tanto él como otros pueden considerar desacertado o poco pertinente. No obstante, la contradicción de que “Algunas de las mejores obras aparentemente escritas para adultos, son también  las mejores logradas para los que no lo son aún (…)” pareciera desmentir, al menos parcialmente, casi en una jugada maestra, esta atribución a una edad determinadas formas y contenidos. Y agrega a continuación que una serie de personas que conoció, fundamentalmente marginales, extranjeros o fronterizos (las cursivas de Tizón) que fueron sus maestros, le enseñaron algunas cosas importantes. “Ellos me enseñaron, por ejemplo, que viajar es el verbo que por antonomasia simboliza la vida”. De modo que si viajar es símbolo de vivir, desplazarse de un origen mediocre a otro de una infinita riqueza es una metáfora de que esa vida se ha visto beneficiada de manera incomparable: se ha llegado por fin a un destino más valioso. Con más posibilidades de crecer y desarrollarse. Un destino noble. Así, viajan el Capitán, el Ronquito y Efraín pero en verdad viven una vida distinta. O van al encuentro de otra clase de vida que será la definitiva. Para el abuelo, será morir. Para Efraín, formar una familia. Sobre el Ronquito, pese a que ser quien narra, y que afirmar años después estar en el galpón abandonado junto al río, se cuida muy bien disimular la información sobre sí mismo ahora que es un adulto. La administra quizás con toda la intención de avivar curiosidad en el lectorado. Nuevamente surgen esos blancos que anuncié que todo lector debe reponer. Y con ese último párrafo lo logra.

      No solo considero que Tizón no ha fallado sino todo lo contrario. Pienso que ha escrito una pieza con maestría, encanto narrativo, capacidad reflexiva, temas profundos que se ha orientado hacia zonas de la experiencia del ser humano primordiales en un lenguaje accesible y en una construcción narrativa que no resulta tampoco previsible. Por todos estos motivos, El viaje merece ser leído, abordado críticamente, enseñado. Ningún regalo mejor para los niños de la edad sugerida como posibles destinatarios.    

jueves, 10 de octubre de 2019

Pobreza e infancia. Narrativas sobre la crueldad



Hugo tiene hambre, Shujer, Weiss

Por María Cristina Alonso

Los libros destinados a los niños que nos muestran escenas de la infancia nos dicen más sobre los adultos que sobre los chicos, precisamente porque esas narrativas se construyen a partir de la realidad. Una sociedad inmersa en la violencia y en la que se vulneran los derechos de los más débiles se verá reflejaba, de una manera u otra en las historias que pensamos y escribimos para los niños.
Pero no todo lo que les ocurre a los niños es pasible de ser ficcionalizado, al menos en relatos destinados al público infantil. Pienso en la historia de la niña jujeña que fue obligada a tener un hijo fruto de la violación de un hombre de 60 años y que, además de negársele la posibilidad de interrumpir el embarazo -como lo disponen los protocolos para estos casos de menores de 15 años- el gobernador de la provincia ya había digitado que una “buena familia” iba a adoptar al bebé. ¿Y la niña? La niña sólo quería que todo terminara para volver a jugar.
Tan difícil de convertirla en historia para el público infantil como la de cientos de niños y niñas que hoy viven en las calles de casi todas las ciudades del mundo, huérfanos de escuela, de juguetes, de protección, de acompañamiento del Estado que, por otro lado -y en los discursos- proclama su interés por la infancia y dice considerar al niño como sujeto de derecho.

La crueldad y la violencia ejercida sobre los niños y niñas, sin embargo, impregna a toda la literatura infantil desde los albores del género.

Un médico alemán, Heinrich Hoffmann, escribió y dibujó en 1845 un libro con historias para su hijo que tituló: Struwwelpeter (Pedro Melenas). Consciente de que las imágenes tienen un efecto aleccionador, Hoffmann cuenta relatos de advertencia sobre niños desobedientes que sufren ejemplificadores castigos: Gaspar, el melindroso, se niega a tomar la sopa y, al quinto día de su negativa, muere. Hoffmman no ahorra en detalles macabros; va dibujando al personaje cada vez más flaco hasta que, en la última imagen, aparece la tumba del niño con la cruel imagen de la sopera como epitafio. Pero verdaderamente horripilante es la historia del Pequeño Chupadedo. Para evitar que continúe con el hábito de chuparse los dedos aparece el sastre con unas enormes tijeras y le corta los pulgares: “Cuando mamá vuelve al hogar, /Se lo encuentra -¡puro llorar!-/¡Sin pulgares se quedó,/el sastre se los cortó!”
Nada comparable con la historia de Paulita, que se prende fuego por jugar con los fósforos.Claro que la historia cuenta, al pasar, que a Paulita la dejaron sola en su casa. No obstante, si se prendió fuego de pies a cabeza a pesar de que los gatos le advertían el peligro y su madre le había recomendado no hacerlo, se deduce que la culpa, además, recae sobre la niña, que -como la pequeña de Jujuy de la historia real- fue abandonada por los adultos y, de víctima, pasa a ser culpable y desobediente.La niña -¡qué gran tristeza!-/ardió de pies a cabeza./ Quedaron sólo ceniza,/ y rojas, dos zapatillas.”

La indiferencia también es crueldad. Con mucha sutileza, las autoras del libro álbum Hugo tiene hambre, de Silvia Schujer y Mónica Weiss, nos narran esa violencia silenciosa que es el hambre de los niños que están en la calle. Niños que nadie mira, que parecen invisibles pero que, con su sola mirada, nos dicen que vivimos en un mundo que va perdiendo su humanidad. En este cuento, Hugo está enojado, el hambre inevitablemente nos pone irascibles. Anda con los labios apretados porque en una ciudad llena de colores, él solo puede mirar: gentes, plazas, calles, negocios, todo lo ve con la forma de su deseo: las plazas son soperas, los árboles alcauciles, y la gente y las cosas se vuelven platos de comida, golosinas, frutas y verduras.

Hugo recién se distiende y sonríe cuando encuentra a un perro hambriento como él, porque “cuando uno tiene un amigo, la panza hace menos ruido.”

Dice Mónica Weiss, la ilustradora de este libro álbum conmovedor: “Cuando me puse a trabajar en él, enseguida reparé en que -en los cuentos clásicos- el niño pobre que deambula solo y tiene hambre era un personaje corriente, pero como estaba “en el pasado”, parecía no doler tanto. En cambio, en los libros para chicos que transcurrían en aquel momento (2005), los niños pobres casi no aparecían. En mi biblioteca, entre cientos de libros donde los chicos tienen casa y comida asegurada, sólo contaba con De noche en la calle, de Ángela Lago. Así que había como un ocultamiento de algo que todos veíamos a diario en nuestra vida cotidiana. Aunque ´ver´ era una manera de decir.”[1]

En la literatura infantil el tema del hambre es recurrente, como en los cuentos de hadas recogidos por los hermanos Grimm. Los niños de esas historias deben enfrentar, como los reales en los que están inspirados, el secuestro, el abandono, la esclavitud, el abuso y hasta el asesinato.

Como el Hugo del que hemos hablado, en Hansel y Gretel el tema del hambre proyecta una realidad histórica. En la Edad Media, la escasez de comida por el crecimiento demográfico y las malas cosechas producía hambrunas. Por lo tanto, el abandono de los niños –y hasta el infanticidio- eran frecuentes, ya que no podían ser alimentados.



Ilustración de Daniel Montero Galán

Hansel y Gretell es uno de los cuentos más crueles que se puedan contar. Es la historia de dos hermanos abandonados por el padre y la madrastra en el bosque, con la excusa de que no tienen nada para darles de comer. Cuando se encuentran con la engañosa casa de chocolate, aparece la bruja que enjaula a Hansel para comérselo crudo, y encima lo engorda lentamente. Para compensar tanta crueldad, Gretel logra tirar a la bruja al horno encendido y la quema viva. Como los chicos regresan con una bolsa llena de oro, los padres los reciben contentos. ¿Tiene un final feliz este cuento? Según esta historia, hay que llevar un tesoro a casa para ser amado.

En los cuentos de hadas aparecen todo tipo de crueldades dirigidas a los niños. A Caperucita Roja se la come un lobo, Cenicienta tiene que soportar todo tipo de desprecios y burlas de sus hermanastras; a Blanca Nieves, la madrastra la manda a matar y pide que le arranquen el corazón; a Pulgarcito y sus hermanos, el Ogro los anda buscando para cortarles la cabeza y, en Pinocho, de Carlo Collodi, el Zorro y el Gato se abusan de la ignorancia del muñeco de madera: le roban las monedas de oro y  lo cuelgan de una encina.
Ángela Lago

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El libro álbum de la escritora e ilustradora brasileña Ángela Lago, De noche en la calle quiere ser un testimonio de los niños de la calle. Hay un niño que ofrece tres pelotitas con los colores del semáforo ante la indiferencia de los automovilistas. En el cómodo interior de los autos donde nos ubica la autora, la gente mira con ferocidad al niño solo, le teme, lo amenaza. Lo exterior y lo interior no se comunican, salvo en el momento en que el niño roba una caja del asiento trasero de un auto donde encontrará tres nuevas pelotas, que seguirá ofreciendo en una rueda infinita de un destino que no podrás modificarse. La crueldad y la indiferencia también aquí son tematizadas. Volvemos a Hugo tiene hambre (Shujer-Weiss). Mónica Weiss escribe -refiriéndose a los niños de la calle-: “Siempre me impresionó la naturalidad con que, en las paradas de los semáforos de las grandes ciudades, los conductores pasan por alto el hecho de que esos que están pidiendo monedas son niños. Imagino que, si vieran en esa misma esquina a uno de sus hijos o vecinitos, saldrían inmediatamente del coche y tratarían de ampararlos y de llevarlos a sus casas o con sus adultos. Sin embargo, los chicos como Hugo parece que fueran parte del paisaje urbano: con el mismo valor simbólico de una silla de plaza, un cesto, un semáforo. Como sin entidad humana, propia. [2]

Niños pobres y maltratados deambulan por muchos relatos infantiles de todos los tiempos. Lo hacen David Copperfield y Oliverio Twist, los personajes de las respectivas novelas del escritor inglés Charles Dickens, que no dudó en contar la crueldad de la sociedad del siglo XIX en la que le tocó vivir. Tanto David como Oliver se quedan huérfanos, reciben palos de los maestros, desprecios de sus padrastros y sienten hambre.
También medio muerto de hambre anda por los tres primeros tratados Lazarillo de Tormes, el protagonista de la novela picaresca española del siglo XVI. Lazarillo es un chico que queda solo en el mundo. Cuando el padre se muere, su madre le dice esta crueldad: “Criado te he, válete por ti” y lo manda a que se las arregle por los caminos. Por suerte el chico es vivo y se las ingenia para ir de amo en amo aunque siempre, con hambre. 



La orfandad es una constante en los relatos para niños y jóvenes. El héroe casi nunca tiene padres, por lo tanto, tiene que reinventarse. Los padres de Harry Potter fueron asesinados por el mago Voldemor una noche de Halloween. Tom Sawyer vive con su tía Polly en un pueblito junto al Missisippi, y el Principito, está en su planeta con la sola compañía de una rosa.


La pobreza y el hambre siempre determinan que estos personajes niños inicien un largo viaje, vivan una aventura, obtengan una riqueza o realicen una hazaña. Así Charly, el de la película “La fábrica de Chocolate”, de  RoaldDahl, se somete a los caprichos del excéntrico Willy Wonka; Bastián Baltasar Bux, el protagonista de “La historia sin fin”, que es un chico huérfano de madre, viaja -a través de un libro- al mundo de Fantasía, para compensar sus días solitarios.

Los chicos y las chicas de la literatura infantil y juvenil tienen maestros que pegan coscorrones en la cabeza a los que se portan mal, tienen padres que los abandonan o los olvidan, y andan por caminos embarrados y muertos de frío. La literatura cuenta, sin disimulo, lo que les sucede a los niños pobres en la vida real. Como la historia de la niña de Jujuy, los relatos de ficción siguen contándonos de qué manera las sociedades lejos de combatirla, abominan de la pobreza.







[1] Weiss, MónicaIlustrar ¿para niños, jóvenes, adultos? Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI
[2]Weiss, MónicaIlustrar ¿para niños, jóvenes, adultos? Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI



Quieren derogar la Ley del Libro... defenderla, es defender NUESTRA CULTURA

 (*) ATENCIÓN HORMIGUERO LECTOR...!!! Debemos DESPERTAR...!!!, han venido por uno de nuestros derechos más preciados, el pan espiritual de l...